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El petiso Oribe
Por Niko Schvarz*
A Oribe Irigoyen, el entrañable petiso, amigo del alma y compañero, lo dejamos muy solo en el último tramo de su vida. Es un reproche que me hago en esta hora triste, a mí mismo en primer lugar. Oribe había perdido todos sus afectos, y con la muerte de sus hermanas se había quedado sin ningún vínculo familiar. Vivía solo, con muchas estrecheces para lo más elemental. Era mi vecino. Fuimos juntos al último asado de la gente de El Popular, a fines del año pasado en la rambla del Buceo, y nos trajeron de vuelta a los dos juntos. Fue la última vez que estuve con él. En el acto tradicional del 1º de febrero pasado frente al primer local del diario, en Justicia y Lima, yo no estuve porque viajé a México a conocer a mi preciosa bisnieta Daniela. Los compañeros me dicen que Oribe tampoco concurrió, aquejado ya sin duda por la enfermedad.
Con él transitamos juntos un largo camino. Somos casi contemporáneos, nacimos el mismo año con unas semanas de diferencia. Se incorporó a la redacción de El Popular a pocos meses de su aparición en el año 1957, y siguió en la brecha hasta su clausura por la dictadura. Cubrió con absoluta dedicación y solvencia la crítica de cine. Son cientos de notas que merecerían recopilarse, en que aborda esa temática desde todos ángulos y proyecciones, en la edición diaria y en los suplementos culturales. El cine era, sin sombra de duda, la pasión de su vida. No excluyente, porque estaba también la literatura, pero sí dominante al extremo. Filmó un cortometraje titulado “El Encuentro” en 1965, y publicó el libro “Cine. Crítica. Espectador” en 1972, en vísperas del golpe de Estado.
En el exilio, participó en las tareas del colectivo de uruguayos en España en la campaña contra la dictadura, y luego se trasladó a Moscú, donde se hizo cargo de la parte técnica de la edición de la revista teórica Estudios, dirigida por Rodney Arismendi. Esto lo obligaba a viajar sistemáticamente a la República Democrática Alemana (RDA), donde se componía y editaba la publicación, que después era distribuida por todo el mundo e ingresaba también por los canales adecuados a Uruguay. En esas condiciones vieron la luz 25 ediciones de Estudios, la última de las cuales (Nº 92, de fines de 1984), preanunciaba el fin del régimen dictatorial y el inicio del período de recuperación democrática. De vuelta al país Oribe trabajó, siempre en los temas de su especialidad, en La Hora, El País Cultural, la revista Crónicas, y de manera especial en La ONDA digital y Vadenuevo. En La ONDA dgital se le realizó en el 2007, al cumplir 80 años, el reportaje que engalana esta edición.
Este reportaje es uno de los mejores que he leído en mi vida. Por lo pronto, el más exhaustivo, que intenta llegar a lo medular de los temas abordados. Allí Oribe critica el criterio de la dirección de El Popular sobre los temas artísticos (el cine incluido, desde luego). Esto se refiere a la concepción puesta en práctica por el director, y quiero salvar expresamente mi responsabilidad. Yo era el subdirector (a partir de cierta época junto con el Tito Martínez), el redactor responsable que cargaba con los juicios (lo que me permitió conocer a esa estupenda personalidad que era el Dr. Carlos Martínez Moreno, mi abogado defensor), el responsable de la página política y el cronista parlamentario de Diputados. Mi criterio se asemejaba mucho al de Oribe en materia artística, y entre otras cosas lo exponía en la reunión anual de entrega del carnet partidario en la agrupación de los compañeros de El Galpón y simpatizantes, que estaba a mi cargo. Allí coincidía con esa figura de excepción que era el director teatral Atahualpa del Cioppo, con Ruben Yáñez y demás camaradas, en una visión de amplitud del hecho artístico, de valoración de sus cualidades intrínsecas, ajenas a todo esquematismo y reduccionismo estilo Zhdánov. Como el que se expuso brillantemente, años después, en setiembre de 1988, en las jornadas Por amor al Arte en el Parque Rodó.
En otros tramos de ese reportaje, Oribe se refiere a la figura de Arismendi, destaca los perfiles notables de su personalidad y su talento político -que comparto plenamente- y luego, sin pelos en la lengua, introduce elementos críticos respecto a sus apreciaciones sobre la Unión Soviética. Aquí me parece que se le va la mano; mejor dicho, que le falta perspectiva y estrecha el campo de visión sobre ese gran tema. Porque lo reduce a la órbita interna, doméstica diríamos. Sin advertir, me parece, que Arismendi jugaba al mismo tiempo en el terreno internacional en su más vasta extensión. Y a la vez que tomaba en cuenta la existencia de dos mundos confrontados, las opiniones críticas tajantes sobre la URSS (y los países socialistas) que vertió en reuniones del movimiento comunista y en sus órganos de difusión, como la Revista Internacional editada en Praga, no tienen parangón por parte de ningún dirigente comunista del mundo. Por cierto que no se chupaba el dedo. Pero luchaba por resolver los temas candentes desde adentro, mediante la aguda crítica interna, y siempre con la preocupación legítima (a mi juicio) de no dar pasto a las fieras.
Son temas que dan para mucho, por cierto. Pero ahora, lo que deseo es decirles que siento con el alma adolorida que con Oribe se nos ha ido un enamorado del arte y la creación, un ser reflexivo y profundo, que usaba la cabeza propia y decía lo que pensaba. Un ser humano íntegro, fraterno y querible.
LA ONDA® DIGITAL
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