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Las aguas bajan sucias
Por el Lic. Fernando Britos V.
Sobre inundaciones, pérdidas y daños, imprevisiones, efectos acumulativos y campañas sucias
Todos estamos conmovidos por las porfiadas lluvias y tormentas de este verano, por tantas penurias causadas por las inundaciones. Esto en un país donde una de las locuciones favoritas para burlarse del clima es “lo que mata es la humedad” la frase adquiere, a veces una densa realidad.
Nuestro clima subtropical siempre cambiante pero relativamente llevadero parece distante de fenómenos geológicos más impresionantes, como terremotos, erupciones volcánicas y tsunamis. No es capricho que una campaña publicitaria nos llame la atención sobre calamidades sociales más mortíferas, dañinas, dolorosamente próximas y previsibles como los accidentes de tránsito, la violencia doméstica o los accidentes laborales, para no citar sino algunas, comparándolas con furias de la naturaleza que suelen asolar otros puntos distantes del planeta.
En pocas semanas de este 2014 llovió lo que se debería haberse repartido en seis o más meses. Ante ello, muchas de nuestras actitudes parecen arraigadas en una propensión de la naturaleza humana que tiende a omitir o deformar el juicio que nos hacemos de la realidad, un juicio siempre ideologizado por cierto, pero que conduce a negar, desplazar, justificar o distorsionar los riesgos y peligros.
En algunos casos puntuales los efectos de esta propensión son indirectos, como cuando desarrollamos una forma de vida sedentaria y glotona, cuando consumimos sustancias o nos exponemos a situaciones sabidamente dañinas para la salud y la vida, como por ejemplo fumar o beber sin tasa, bañarnos o permitir que nuestros familiares y amigos lo hagan en lugares no aptos o andar en moto sin casco.
En ciertas circunstancias las consecuencias son directamente mortales. Ejemplos claros de las últimas semanas, en relación con las tormentas, son una muerte por electrocución de quien recogió un cable del tendido eléctrico o una mujer que después de haber conseguido escapar de su vehículo, atrapado en la crecida de una cañada, volvió a buscar algo que había dejado atrás y se la tragó la correntada. En ambas circunstancias la ingenua ignorancia de las advertencias que permanentemente se realizan condujo a la pérdida de lo más preciado: la vida.
Las campañas publicitarias hiperrealistas pueden impresionar al público pero parecen condenadas a correr de atrás a los fenómenos psicológicos y culturales que enmarcan los riesgos, sobre todo cuando se los considera desde un punto de vista individual. No hay mediciones confiables del verdadero poder disuasorio de este tipo de campañas institucionales. Tampoco hay nada que las contraindique pero la preocupación sobre las mismas no debe limitarse meramente su presunta eficiencia comunicacional porque recordación, que es lo que suelen “medir” los publicistas no equivale, en forma unívoca y directa, a inducción de las conductas.
El problema parece centrarse en definir lo que se da en llamar, en jerga del oficio publicitario, impacto individual. Existe el mito de que un gran susto, con la consiguiente descarga de adrenalina, es capaz de despejar una borrachera pero el tipo de embriaguez basado en la negación y el desplazamiento como mecanismos psicológicos no parece ser sensible a la mostración mediática o pasible de ser disipada en forma masiva, uniforme y duradera. Estos “sustos” pueden inducir reflexionar pero “la experiencia ajena no aprovecha”.
La educación y la participación en actividades de prevención y de solidaridad son seguramente más eficientes aunque tampoco tienen un efecto retroactivo por lo que conviene complementarlas con una reflexión sobre las causas, las responsabilidades y la rememoración sobre el funcionamiento de esos mecanismos en relación con los fenómenos que afectan al colectivo.
Ahora algunos operadores políticos se han dedicado a azuzar el temor, la ira y la desesperación de los vecinos con la esperanza de que “tanto peor” será “tanto mejor” para ellos, especialmente en tiempos de la campaña electoral que empezó hace rato. Son campañas solapadas pero pertinaces que se apoyan en penurias reales de vieja data y que suelen emplear supuestas informaciones, testimonios, imágenes e interpretaciones amañadas para manipular a la ciudadanía, para entreverar la madeja de las responsabilidades y para ocultar causas verdaderas.
A fines de la Semana de Turismo de 1959 un grupo de jóvenes, en la costa de Canelones, contemplaba un cielo cerrado por nubes oscuras. Al caer unos goterones, uno de ellos - con el optimismo propio de la juventud que se resiste al fin de sus vacaciones - dijo: es una lluvia pasajera. Llovió copiosamente durante noventa días y se produjeron las inundaciones más grandes del siglo XX, probablemente las mayores, aún hasta ahora, desde que existen registros pluviométricos.
Miles de familias evacuadas, pérdidas humanas y enormes pérdidas materiales, viviendas destruidas, animales muertos, cultivos arruinados, comunicaciones interrumpidas, cortes de energía. En suma, un país anegado y en emergencia donde se estuvo a punto de abrir paso a las aguas del Río Negro, a punta de dinamita, para evitar el derrumbe de la represa cuyo enorme lago hubiera arrasado la ciudad de Paso de los Toros y posiblemente Mercedes y otras poblaciones río abajo.
Entonces era un Uruguay y un mundo diferente, sin satélites meteorológicos, con comunicaciones electrónicas incipientes, sin teléfonos celulares, con vehículos y carreteras que hoy parecen tan estrechos como eran de limitadas, sin Sistema Nacional de Emergencias. En esos mismos años las costas del Río de la Plata incrementaban grandemente su población con gran entusiasmo pero sin ordenamiento territorial alguno.
Varias decenas de balnearios apacibles multiplicaron sus construcciones, la especulación inmobiliaria y los costos todavía asequibles a las capas medias hicieron crecer casas y casitas de veraneo en predios que en un 80% de los casos carecían de las previsiones más elementales para hacerlos habitables más allá de los 70 o 90 días del verano austral. En una planicie costera que hasta principios del siglo XX había sido una cadena de arenales, bañados y lagunas se trazaron caminos y calles. Esto fue especialmente vertiginoso y desordenado en la costa del departamento de Canelones por algo más de 80 kilómetros al este de Montevideo.
En los veinte y pocos kilómetros que median entre el Arroyo Carrasco y el Arroyo Pando crecieron, a la orilla del mar, otras tantas urbanizaciones y se desarrolló la ingenuamente denominada Ciudad de la Costa, la segunda más habitada después de la capital. En las primeras décadas del siglo XX proliferaron las plantaciones pinos y eucaliptus pero los amanzanamientos carecían de calles pavimentadas, cunetas, alcantarillas, zanjas, badenes, saneamiento y hasta hace relativamente pocas décadas había poco más que agua potable y energía eléctrica. Siempre fue una colcha de retazos impulsada por la gran y la micro especulación inmobiliaria.
Más al Este, se extiende la llamada Costa de Oro, por más de 30 kilómetros de urbanizaciones balnearias casi ininterrumpidas, con un centro hoy más que centenario en la ciudad de Atlántida (la Datitla que denominó Neruda en su romance). Una zona geomorfológicamente similar a la anterior pero con algunas diferencias en cuanto al relieve costero más elevado y al desarrollo edilicio y urbanístico.
Un medio residencial agradable, pacífico, arbolado, como una extensión de la capital, resultaba más democrático por su asequibilidad que los barrios pitucos de la costa montevideana. Por lo general, las casas de veraneo - muchas de ellas hechas pieza por pieza a lo largo de los años - se convirtieron en viviendas permanentes. Muchos habitantes de la Ciudad de la Costa, se ven obligados a ir a tomar el ómnibus, con botas de goma y ropas impermeables para cambiarse, en la parada, por las prendas y zapatos que emplean en sus lugares de trabajo. Esto todavía sucede si está por llover y por muchos días después de las lluvias porque las calles se transforman en lagos que los autos no pueden vadear y cuyo cruce solo es apto para conocedores.
Las urbanizaciones cerraron el drenaje de las aguas pluviales. Todo se había hecho de forma tal que los pequeños cauces, cañadas y otros canales naturales como los barrancos, fueron interrumpidos por calles y ramblas improvisadas. Los arroyos de Barranquilla, en Colombia - que paralizaban y paralizan la ciudad durante las tormentas tropicales - son igualmente impresionantes pero pasajeros. Las inundaciones de la Ciudad de la Costa y la Costa de Oro eran y amenazan con ser permanentes.
Por otra parte, hay una diferenciación entre el sur y el norte de la ruta interbalnearia (actualmente ruta “Gral. Líber Seregni”). Al sur, la playa y las mejores construcciones y al norte, hacia tierra adentro, los terrenos más baratos y construcciones por lo general más modestas y con servicios más precarios. Cuando existía el ferrocarril, en torno a las estaciones (Atlántida, Parque del Plata, La Floresta) se conformaron pueblos de servicio a unos cinco o seis kilómetros de los balnearios principales, hoy ciudades.
Los habitantes de estas urbanizaciones aprovecharon la baratura de los predios, el encanto veraniego de las playas o las oportunidades laborales y comerciales del turismo y el movimiento urbano para establecerse. Eso es completamente legítimo y por cierto muy esforzado. Como en algunos otros puntos de este país parecía compensarse la penuria de tres cuartas partes del año por la tranquilidad y la naturaleza benévola del verano.
Las características geográficas fueron menospreciadas por los especuladores inmobiliarios y la incuria cómplice de los gobiernos municipales y nacionales que actuaron durante toda la segunda mitad del siglo XX son los principales responsables de la penurias causadas por las inclemencias meteorológicas (canalizaciones, alcantarillado, saneamiento, puentes y pasajes elevados, alumbrado público, etc.). Nada se hizo para prevenir y el costo y las dificultades para corregir la situación ahora resulta astronómico.
La crisis económica y las recetas neoliberales aplicadas consecuentemente desde la irrupción del Fondo Monetario Internacional, en 1959, centrifugaron población montevideana a zonas marginales del Departamento, que coinciden con zonas inundables por cañadas o con servicios sanitarios menos eficientes o contaminadas con desechos y metales pesados. Una parte de las familias buscó solución a su problema de vivienda estableciéndose en la Ciudad de la Costa.
Esta cadena de urbanizaciones era y es enormemente cara desde el punto de vista urbanístico. Una estructura extensa y dislocada aumentaba desmesuradamente los costos de locomoción, conducciones de electricidad y energía, agua potable, saneamiento, caminaría y pavimentos, iluminación pública, servicios de salud, escuelas y un largo etcetera.
Durante la dictadura (1973-1985) la receta neoliberal, el latrocinio y la ineptitud de las autoridades se incrementó notablemente. La cuestión era “achicar el Estado” y privatizar; los pobladores tendrían que hacerse cargo de la ausencia de servicios, invertir y arreglarse como pudieran. Esta concepción de “hace la tuya” era el correlato natural de la ausencia de atención, inversión pública, imprevisión y desprecio por las necesidades de la gente que exhibieron invariablemente las satrapías en que la dictadura transformó a las intendencias municipales del país.
No todos eran coroneles cuarteleros y brutales, en algún caso, como en Canelones, el intendente era un civil que había sido electo en 1971 y prestó sus servicios a los dictadores y a su propia camarilla con negligencia total hacia la Ciudad de la Costa, la Costa de Oro y las zonas carenciadas de su Departamento. Naturalmente las responsabilidades por mal manejo de la cosa pública a nivel municipal no han sido investigadas.
En la zona costera, miles de familias hicieron enormes esfuerzos para edificar, para reformar o mejorar viviendas. La falta de inversión pública no desalentó a nadie pues la población ha ido aumentando censo a censo. Sin embargo, algunos vecinos, generalmente los más pudientes, aprovecharon la falta de control y la venalidad de la administración municipal dictatorial para hacer edificaciones irregulares, para apropiarse de espacios públicos y terrenos vecinos, y hacer obras que obstruían el curso natural de las aguas, lo cual cuando se dan situaciones excepcionales, sobre todo pluviales, generan grandes inundaciones, calles y casas anegadas con las consiguientes pérdidas para sus vecinos.
La falta de control y la negligencia siguieron imperando después de que, en 1985, cesó la dictadura. Los gobiernos municipales posteriores y sucesivos, de José Andújar (Partido Nacional) y Tabaré Hackenbruch (Partido Colorado) hasta el 2005 mantuvieron la desinversión en el departamento de Canelones.
De este modo, el abandono total y la incuria de blancos y colorados, durante 40 o 50 años y aún más, no ha podido ser revertida por el actual gobierno municipal de la izquierda en los últimos nueve años. Los que pescan el río revuelto de las actuales lluvias intensas explotan hechos y actitudes. Procuran opacar todo lo que se ha hecho en la Ciudad de la Costa y en la Costa de Oro en los últimos años, magnificar las carencias que existen y los obstáculos geográficos y operativos que deben ser vencidos y, al mismo tiempo, ocultar los factores y actores que tienen una importancia original y perdurable en los sufrimientos de la población.
Por otra parte, la naturaleza poderosa y menospreciada o alterada por la acción humana, no actúa solamente cuando hay inundaciones. En muchas de las miles de cuadras que hay en estas ciudades costeras, no hay aceras y el paso de los transeúntes es penoso y peligroso porque deben transitar por la calzada. El desplazamiento de alguien con incapacidades motrices (con muletas, en silla de ruedas, etc.) o con un cochecito de bebé, es un verdadero martirio o sencillamente imposible y esto sucede por doquier. Ofrecemos cientos de fotografías como prueba de las barreras que se han erigido en las aceras (y a veces hasta en las calles) por los dueños de sólidas y/o suntuosas residencias: montículos empinados, grandes troncos de árboles artísticamente dispuestos como barricadas, abundantes cactus y arbustos espinosos, cercos, rejas y alambradas, decks, estatuas, fuentes y aún regadores que se mantienen permanentemente encendidos para que ningún incauto se atreva a hollar un césped impecable que se ha extendido a todo el espacio público, invadiendo los retiros perfectamente establecidos. En muchos casos esos despliegues de jardinería egoísta, de estacionamientos o comercio oportunista que invade las aceras y las calles, obstruyen tuberías y desagües en perjuicio de sus vecinos y de los viandantes o perpetran una tala depredadora del arbolado público.
Un ejemplo de estas barreras que ponen en riesgo la integridad de todos se exhibe, ostensiblemente, en las residencias que se encuentran a ambos lados de la casa que ocupa el Poder Judicial (Juzgado de Atlántida) sobre la Avda. Artigas, en la acera oeste, entre calles 24 y 26 de dicha ciudad. Claro está que estos no son temas para campañas cuyas salpicaduras lodosas no pueden ser lavadas por lluvia alguna.
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