por
Raúl Legnani
El doctor
Enrique Tarigo descubre aspectos nuevos del plebiscito del
30 de Noviembre de 1980, en que los uruguayos se negaron a
institucionalizar a la dictadura cívico militar. El ex
vicepresidente de la República relató a LA ONDA una serie
de anécdotas de aquellos días, desconocidas para a las
nuevas generaciones, y reflexionó sobre el significado del
triunfo del NO que sorprendió al mundo.
- 30 de
noviembre de 1980. Se abre la primer urna. ¿Dónde estaba
en ese momento?
- Yo estaba en mi casa, con un grupo de amigos. Estaba Luis
Hierro, Ricaldoni, todos los que habíamos trabajado en el
plebiscito. Desde ahí seguimos las alternativas del conteo
de votos. Viendo la televisión, escuchando la radio.
-
¿Cuándo se da cuenta que ganaba el NO?
- Nos dimos cuenta rápidamente, porque por lo general los
primeros resultados indican la tendencia. Ganamos bien, 57 a
43.
-
¿Cuándo se da cuenta del triunfo, ¿qué pasa en su casa?
- Fue una enorme alegría de todos, porque estábamos
firmemente convencidos que rechazar el proyecto
institucional era la única solución positiva. La duda nos
vino después porque los militares hicieron una especia de
agujero del silencio en los días posteriores. Parecía que
el país se trancaba, que no había futuro.
Uno de los argumentos de mucha gente que votó de buena fe
él SI, era decir que se estaba ante un primer paso que
permitía salir de la arbitrariedad total, a un régimen
más o menos regulado institucionalmente. y nos decían que
el NO era quedarnos en la nada.
Por eso, cuando se produjo ese silencio total que parecía
que no había una alternativa, todos empezamos a dudar, a
pensar sino había estado mal decirles que no de plano. Pero
nos fuimos convenciendo que no era así, que era una
posición muy firme, de principios, y que ellos iban a tener
que buscar el diálogo y el entendimiento.
- En ese
momento de vacío, ¿existía temor a un golpe de Estado
dentro de la dictadura?
- Siempre existieron esos temores. Yo diría que
hasta que no volvimos a la plena institucionalidad y ésta
se fue acentuando, todos teníamos algunos temores.
-
¿Temores o información?
- Todo mezclado, porque el temor nunca es puramente
subjetivo. Es que venía un dato de aquí, otro de allí,
que podía pasar esto, que podía pasar lo otro. Rumores
fundados o infundados, porque en esos días lo que reinaba
era el rumor. Venía uno y te decía que el coronel Fulano
había dicho tal cosa, y al rato otro siempre con otra buena
fuente.
-
¿Cuándo visualiza que se destranca la situación?
- No hay una fecha precisa, es todo un proceso. Surge en
aquellas primeras actitudes de los militares que frente al
impasse se dan cuenta que hay que superarlo de alguna
manera. Es ahí que le piden a Manini Ríos que designe un
grupo de ciudadanos de los partidos tradicionales para poder
conversar. Manini hace las consultas necesarias. Consulta a
Jorge Batlle, a Raumar Jude y al doctor Amílcar
Vasconcellos. Batlle designa su primo, el señor José Luis
Batlle, Jude al doctor Gurméndez, después apareció
Eduardo Jiménez de Aréchaga, y Vasconcellos me desingna a
mí, aunque yo no era de su sector. Así se forma, junto con
tres ciudadanos del Partido Nacional, la Comisión de los
Seis.
- Quiero
que busque en su memoria una imagen fotográfica de aquella
noche del 30...
- Me veo en el living de mi casa, en la calle Luis Piera
y Tristán Narvaja, junto a Hierro y Ricaldoni, que ya los
nombré, junto a José Luis Guntin, Javier Fernández, toda
gente del semanario Opinar.
- Vamos al
debate televisivo, ¿fue clave?
- Si, pero me di cuenta que era muy importante un tiempo
después. En el momento me pareció que tenía importancia,
pero no visualicé el grado de importancia que tenía. En
1982 y el 1983, cuando las internas y después, el doctor
Julio María Sanguinetti y yo resolvimos recorrer el país
para explicarle a la gente en que estábamos, porque
después del fracaso de las conversaciones del Parque Hotel
hubo un impasse. Los militares nos jugaban con el silencio y
esto generaba en la gente una gran decepción. La pregunta
era: "¿Y ahora, qué?", Y ahí me di cuenta que
todo el mundo recordaba aquella polémica. Nos contaban
detalles, como cuando usted cuenta el gol aquel que la
subió de mondonguillo, la bajó con el pecho y después la
metió en el ángulo. Y esto era explicable, porque el
debate ocurre después de siete años de silencio absoluto.
De un lado estaba Eduardo Pons Echeverry y yo, del otro el
coronel Bollentini y el doctor Viana Reyes.
- ¿Cómo
se preparó para ese debate?
- No, nos preparamos. Fíjese que el Partido Nacional,
inicialmente había designado como su representante al
doctor Oliú, con quien habíamos hablado por teléfono y
habíamos quedado que el día anterior nos reuníamos en mi
estudio a las cinco de la tarde para combinar un poco la
estrategia. Pero un poco antes de esa hora Oliú se
comunicó conmigo. Estaba muy molesto, enojado, y me dijo
que no iba a visitarme porque su partido había resuelto que
el representante fuera otro. Le pregunté quien lo iba a
sustituir y me respondió: "No sé. ni me
interesa". Eso mostraba claramente su fastidio.
Después me enteré que era Pons Echeverry, pero no pude
hablar con él. En la mañana siguiente, cuando se realizó
el debate, estábamos citados a las 9 de la mañana, nos
fuimos encontrando. Nos reunimos en una salita en el Canal
4, tomamos un café, conversamos con Leonel Giacossa, pasó
el rato y el rato y Pons no llegaba. Giacossa nos invitó a
pasar al estudio y a las 10 llega Pons. Lo estoy viendo
entrar, con su paso ligerito, con su sombrerito de ala para
arriba. Nos pidió disculpas por llegar tarde y nos dijo que
"anoche tuve una garufa". Y ahí se sentó a mi
lado y de inmediato empezó la cosa, por eso no convenimos
una sola palabra.
- ¿Con
qué sensación sale del estudio?
- Y, mitad y mitad. Creo que no sabíamos bien como nos
había ido en el debate. Hay algo que vale la pena contar.
Cuando salimos le reproché a Viana Reyes, que por sorteo
tuvo la última palabra, de haber hablado de todos los temas
que se habían tratado en los bloques, cosa que habíamos
acordado que no se podía hacer. En su intervención solo
debía hablar del tema que habíamos tratado. Cuando dije
eso viene un tira, uno de los custodias de Bollentini, me
agarra del brazo y me dice: "No se preocupe doctor que
le dieron el pesto". Ahí me tranquilicé e hice la
reflexión de que si el tira de Bollentini era partidario
nuestro, habíamos ganado.
- Un día
en el parlamento dijo que tenía un revólver guardado en un
cajón por si alguien quería asaltar otra vez a las
instituciones. ¿Lo tenía?
- Sí. Es un revólver que todavía lo tengo en la caja
fuerte. Fue un revólver que me dieron en aquellos momentos
de los tupamaros, cuando en un operativo de la Policía
aparecieron una serie de fotografías del diario El País de
un casamiento. En una de esas fotos no estaba yo, pero sí
un primo mío y podía ser un posible objetivo de los
tupamaros. Por suerte nunca lo fui. Cuando asumo la
presidencia de Senado ese revolver lo saqué de un ropero y
lo llevé al Senado. Y lo llevé porque en ese momento no
sabíamos qué iba a pasar. Habíamos llegado al poder
legítimamente, en una elección muy clara, pero con Seregni
proscripto, con Wilson proscripto y preso. No sabíamos que
podía pasar al otro día o a los dos meses. Fíjese que
nosotros iniciamos un gobierno que a los ocho días aprobó
una ley de amnistía para los tupamaros y los comunistas,
para toda aquella gente que estaba presa. De manera que no
sabíamos cuál podía ser la reacción de los militares. Lo
que pensé fue que me podían sacar del parlamento como a
cualquiera, "pero de aquí me voy tirando y gratis no
me voy, a alguien me llevo", fue lo que dije. Por
suerte ese revólver nunca tuve que utilizarlo.
- ¿Por
qué se ganó en 1980?
- Ganamos porque la gente de este país es
fundamentalmente democrática. La democracia para nosotros
no es el chantilly del postre. Nosotros tenemos una
tradición democrática desde Artigas en adelante. Es un
siglo y medio de convencimiento democrático, con mil
peripecias en el medio, con tiempos buenos y con tiempos
malos. Los uruguayos creemos que los problemas del país los
debemos resolver entre todos. Esto está incorporado en la
gente y es muy importante. Tenemos los dos partidos
políticos más antiguos del mundo que vienen de 1836 y
tenemos ese convencimiento que las cosas de todas se deben
resolver entre todos.