El dolor se transformó
en una “mala palabra”,
como la muerte
Entrevista al profesor José Pedro Barrán
Premio Nacional a la Labor Intelectual 2009

El miércoles 5 de agosto el historiador José Pedro Barrán recibió el Gran Premio Nacional a la Labor Intelectual del MEC. La ceremonia se realizó en el Teatro Solís con  una significativa presencia de autoridades, académicos

y personalidades de la cultura.

 

Al hablar en el acto la Ministra de Educación y Cultura, María Simon, afirmó que fue voluntad de esta Administración volver a entregar este premio trianual, que reconoce a personalidades destacadas de labor intelectual.

 

"Es un reconocimiento a los intelectuales que, desde sus distintas áreas y conocimientos, nos ayudan a vernos a nosotros mismos y a ser más humanos".

 

Barrán, agradeció el reconocimiento del tribunal y de la sociedad para con su persona y su obra. Reconoció la labor de quien fuera su maestro, Juan Pivel Devoto, del cual aprendió la necesidad de trabajar con rigor, dedicación

y amor a lo que se hace.

 

Agregó que la Historia es la disciplina social más humana, más apasionante y "pasionante" en sentido en que convoca las pasiones de los seres humanos. Por ello, este premio le pertenece a la Historia en sí misma, aseveró.

 

El  profesor Barrán es egresado del Instituto de Profesores Artigas, dirigió el departamento de “Historia del Uruguay”  en la Facultad de Humanidades durante 20 años. Es autor de diversos libros de gran impacto social, entre ellos "Historia de la Sensibilidad en el Uruguay (1989 a 1990), "Medicina y Sociedad en el Uruguay del Novecientos" (1992 a 1995).

Lo que se puede leer a continuación es una entrevista, realizada hace algún tiempo por Roberto Pereira y Carlos Hakas,

para la TV, cable.

 

- Prof. Barrán, ¿cómo llega usted a ser historiador?

- Desde joven. Supongo que el deseo de hurgar en el pasado, de consustanciar casi con la información más temprana. Desde el liceo, desde los 13 o 14 años me interesaba – fundamentalmente – historia. Y hurgar en el pasado de los otros es también – un poco - hurgar en el pasado de sí mismo. Supongo que debe haber alguna razón sintetizable o canalizable, desde el punto de vista psicoanalítico, por el cual a uno le interesa el pasado, también, no es solamente por el pasado en sí mismo. En mi caso, desde muy temprano, desde muy temprano.

 

- ¿Puede tener un origen familiar también?

- Puede – en algún plano – sí, porque uno siempre busca para su investigación – en parte – los recuerdos de sí mismo y de su familia, sobre todo para una clave de la investigación, ¿verdad? No para todas. Pero es cierto, sí. Aunque en mi familia no hubo historiadores.

 

- Si tenemos en cuenta las investigaciones y alguno de sus libros. ¿Por qué no, médico?

- Bueno, médico – tal cual se entiende en general al médico, médico de cuerpo, jamás lo hubiera sido. Nunca se me planteó ese dilema ni su posibilidad. En cuanto a alguna rama de la medicina, me interesa. Sospecho que – últimamente - me interesa cada vez más la psicología, pero eso no sé si es por ella en sí misma o por mi dedicación a la historia de las mentalidades. Pero encuentro que pudiera haber sido – por qué no – algo de eso, vinculado a la psicología. No me atrevo a decir más nada.

 

- Usted ha dicho que el método que está utilizando en la investigación histórica, es el de las “sensibilidades” y no el de las “mentalidades”. ¿Qué diferencia hay y porqué?

- Los franceses hablan más – en general - de la historia de las “mentalidades”. Sin embargo hay libros de ellos mismos – incluso uno bastante conocido que se llama “Historia de las Sensibilidades”, que trae una serie de datos sobre cómo se puede hacer – y lo llaman diferenciadamente “Historia de las Mentalidades sobre la Sensibilidad”. Yo prefería – en el caso mío – utilizar el término “sensibilidad” – en primer lugar – porque “mentalidad” no era algo muy nuestro. “Sensibilidad” es una palabra más proclive a ser entendida como “humanidad” que se usa mucho en el lenguaje cotidiano y se refería – exactamente – a aquello que yo estaba investigando. No es tanto la historia de los “valores” dominantes, como la historia de los “sentimientos” dominantes, o pretendía ser – sobre todo – una historia de los sentimientos dominantes en una época determinada. De los sentimientos que la sociedad – claro está – valoraba y, por lo tanto, desde ese ángulo, es también una historia de los valores que la sociedad admitía y de aquellos otros que rehuía, que impedía que se manifestaran o que trataba de impedir que se manifestaran. Y, entonces, me pareció más ajustado llamarlo: “Historia de las Sensibilidades”.

 

- Profesor, este enfoque o método, puede llegar a ser muy removedor en el comportamiento social de sus lectores 

- Sí, porque – en el fondo – uno hace una historia muy vinculada a la antropología y el antropólogo y - el historiador es un antropólogo fallido - probablemente. Pienso que el historiador, cuando quiere hacer historia y – literalmente – cale hondo, tiene que convertirse, en parte, en antropólogo. Eso es muy notorio en el caso de las historiografías más evolucionadas, de la inglesa, la francesa, la norteamericana y eso ha pasado y sucede en la antropología. Como antes construía la geografía y la sociología con un monte de preguntas que – a veces – son más importantes que las respuestas y de paradigmas. En ese sentido influye mucho en toda la concepción histórica, sobre la historia de la cultura. Pienso que la antropología y el ensayo histórico vinculado a la antropología, siempre nos hace ver mucho al otro e incidir mucho, o que nuestra investigación incida mucho en la contemplación del otro, en el estudio del otro. Que haya – en ese sentido – un ejercicio permanente de tolerancia para el otro. Desde ese ángulo, me parece importante también la labor histórico-antropológica.

 

- Usted ha mencionado también que entre el estudio que puede hacer una investigación por Marx de la economía social y de Sade, de las “mentalidades”, prefiere a Sade. ¿Porqué?

Sí, lo dije alguna vez, naturalmente, no es que uno prefiera la mentalidad de Sade, porque sería un tanto perverso, se me ocurre. Lo que quería decir – exactamente – con eso era que el orden establecido, no sólo tiene como guardián y no sólo tiene como fundamento la estructura económica, sino tal vez más, la estructura mental. Y – desde ese ángulo – me parecía más removedor en algunos planos, más revolucionario total en muchos otros, la figura de Sade que la figura de Marx. Aunque Marx también sostenía que había que renovar al propio hombre, a la propia mentalidad. Pero la insistencia de Sade en ese plano, en el plano de cambio total del orden mental establecido, me parece interesante. Y, me parece, que un investigador y un intelectual, debe estar muy abierto a cuestionar todo el orden mental vigente en una determinada época. Es que la historia es siempre un ejercicio que tiende a eso, a cuestionar el orden mental establecido en la época en que el historiador vive. Porque, ¿qué es la historia sino mostrar otros órdenes mentales establecidos?

 

- Por lo tanto este método está totalmente alejado de toda interpretación conservadora o que no sea removedora, como también pasaba con Marx.

- Si, pienso que está totalmente alejado. Más bien diría – usando una expresión revolucionaria rusa, aunque ahora no esté de moda – es una especie de revolución permanente. Se trata – precisamente – de dudar de lo existente, a través de la confrontación con visiones distintas. Y por eso es también muy antropológico el punto de vista.

 

- ¿Por qué eligió a lo médicos como objeto de su investigación?

- En lo que escribí antes – La historia de la sensibilidad – ya advertí, en un momento determinado de la investigación, el papel que los médicos cumplían en la sociedad contemporánea. Entre esos poderes sutiles, oscuros, no percibidos, opacos, que existen en el mundo contemporáneo, los que nos inculcan, los que nos presionan para que adoptemos determinadas conductas, los que nos insisten en que tomemos determinados valores – que puede ser el maestro, el profesor, la justicia, la policía – estaba también el médico. Y, probablemente, con un papel cada vez más importante a medida que avanzábamos en el siglo XX. Porque – sin ninguna duda – en vez que el sacerdote sea la figura central, que dirija nuestras conductas, como en el siglo XIX, el siglo XVIII en el Uruguay y en casi todo el occidente católico, ese papel lo ha tomado a su cargo el médico. Y quien dirige nuestras conductas y nos da normas permanentes, es el médico. Porque hemos pasado de tratar de salvar el alma a cosas del cuerpo. Y se secularizó eso.

 

- Se hace referencia a “el poder médico”, o sea que está mostrando allí un factor importante en la sociedad uruguaya.

- Si. En realidad se llama: “El Poder de Curar”, porque pretendí mostrar que el poder de curar estaba muy disperso en el siglo XIX y lo ejercía muchísima gente. Incluso cada uno lo ejercía, porque las formas de automedicación eran infinitas. Y ¡había tanta gente que curaba! Desde los curanderos, los componedores de huesos y – a veces – los médicos eran los que menos curaban. No quiero decir en el sentido real de que curaban o no, sino en el sentido que se proponían como curadores. Todo el mundo los proponía como curador en el siglo XIX. La mujer tenía – en el hogar – una función importantísima como curadora también. Y eso – a partir de 1870, 80, cambia de manera radical y el siglo XX no es así. Y el médico se propone – sobre todo en las primeras décadas del siglo XX – como la única figura legítimamente curadora. Y hasta la justicia y la legislación lo determinan así. Así que hay una concentración del poder de curar en un grupo formado universitariamente, que actúa muy corporativamente. Debe ser la corporación universitaria que más se distingue por ser corporación, por defender más claramente sus intereses, su monopolio del oficio. Mucho más que otros oficios de las profesiones liberales, éste monopolio está muy claramente defendido. Así que – desde ese ángulo – el médico y la corporación médica me parecieron algo muy importante. Y – le repito – siempre muy vinculado a esa especie de obsesión que – en la sociedad uruguaya contemporánea – es la salud del cuerpo. Y del alma también, porque la verdad es que los médicos también se ocupan del alma. Cada vez son más las personas que se atienden psiquiátricamente o psicoanalíticamente.

 

- Al leer su trabajo surge que ese poder trascendía el de la salud.

- Sí, el médico, a medida que se avanza en la concepción moderna de la salud, más que un curador de la enfermedad, es un hombre que propone y construye la salud. Sobre todo en la medicina preventiva. ¿Qué es la medicina preventiva sino la construcción de la salud? En el fondo, lo que afirma el saber médico, es que nadie está sano sino que se vuelve sano. Y se vuelve sano siguiendo determinadas formas de comportamiento, si no, de inmediato, perdemos la “virginidad” de la salud. La salud se construye siguiendo los dictámenes del saber médico.

 

- De esta conducta profesional de los médicos devienen aspectos morales 

- Para preservar la salud: la higiene, las normas diferentes de higiene. Y la higiene siempre indica normas también de moral. Higiene y moral son casi lo mismo en el 900. En primer lugar, porque la moral infiltra a la higiene. Los médicos a veces no lo advierten, pero sus consejos son – sobre todo – morales y no tanto higiénicos en sí mismos en forma pura. Podría darle una multitud de ejemplos de esto. Cuando hablan en 1900 y pico de las formas de vocación sexual, lo más indicado para evitar las enfermedades venéreas por parte de todos los médicos uruguayos – de izquierda, de derecha, católicos y no católicos – es la continencia del joven. Algunos se atreven a mencionar el preservativo pero – en general – es la continencia. Ese es un concepto moral, claramente. Pero aún cuando la moral sea pura, también son formas morales de conducirse en la vida. Porque – en el fondo – la única moral que acepta el hombre contemporáneo, es la de la higiene. Es el culto a su propia salud. Así que – en ese sentido – también se transforman – en normas de conducta “morales”.

 

- Usted ha manejado una metáfora que es muy interesante, que en 1900 la higiene se viste con un ropaje de moral.

- Sí, sí, se viste con un ropaje de moral. Y, en 1990 – sospecho – la moral siempre está vestida de higiene (risas). Lo peor – a veces – es que la moral llega a ser sólo higiene.

 

- ¿Extendida a otros planos de la conductas sociales?

- Si. Me refiero a la opinión y a las conductas dominantes, no a la gente que pueda tener su propia moral. Sólo el cuidado de mi salud – a veces – es lo que determina las verdaderas normas morales que yo sigo. Por lo tanto, se va creando – paulatinamente – esa beatificación: moral-higiene.

 

- Alimentan esa forma de conducta también otras vertientes. La iglesia, por ejemplo.

- El culto a la salud lo alimentan muchas cosas, si se refiere a eso. La propia iglesia – en este momento – rinde culto también a la salud física. Y es natural, se ha infiltrado en los valores contemporáneos. El culto a la salud del cuerpo tiene raíces muy complejas. Una de ellas es la importancia que en el aparato productivo toma el ser humano. Hay que cuidarlo, es un valor, porque la enfermedad es un gasto y la salud es un bien. Y eso, en un sistema que todo lo mide por valores económicos, en un sistema capitalista, es muy importante. Y  aún en un sistema que no sea capitalista, también lo es. Y por otros motivos. Sospecho que en la sociedad contemporánea, el dolor es la pérdida de los sentidos. La sensación física crea angustia – o sea, el dolor del alma – y también la pérdida de los sentidos. Yo no digo que tenga sentido el dolor, sino que antes tenía sentido. El dolor físico – para el gaucho – puede ser una muestra o demostración de virilidad. Para el católico, o el sacerdote católico, la mujer que sufría de parto, era un testimonio de su sufrimiento por la especie y se lo ofrecía a Dios. Pero en el hombre contemporáneo, a partir del 900 en adelante, en la sociedad uruguaya el dolor no tiene sentido. Lo único que tiene sentido es anestesiarlo. Y – desde ese ángulo – quien nos promete la anestesia del dolor sino el anestesista, quién nos promete curar la ansiedad y la angustia sino el psicoanalista o el psiquiatra, quien nos promete curar el dolor físico sino el médico. El dolor se transforma en una “mala palabra”, como la muerte. Y quienes pretenden combatirlos a los dos son exclusivamente los médicos. Los médicos no hablan – incluso – de la muerte.

 

- Parecería- si lo comparamos con 1900- que finalmente se ha encontrado soluciones a dolor

- Claro, porque la medicina es – en algunos planos – la búsqueda obsesiva de las anestesias. No le quepa la menor duda (risas). Desde 1847 que se experimentó en Montevideo por primera vez la anestesia, por parte de un médico francés…

 

-¿O sea que operaban sin anestesia?

- Hasta 1847 sí. En el Hospital de Caridad, a todos los enfermos de la Guerra Grande, los operaban sin anestesia. Y los médicos  - fíjese que interesante el cambio de mentalidad – cuando hacen sus historias clínicas y revelan cómo tal “pardo” fue operado y se le amputó tal miembro, lo que dicen del moreno que fue operado - digo eso porque la mayoría de los soldados en la Guerra Grande eran de descendencia negra – lo que más insisten los médicos es que “sufrió como un hombre”, “no gritó”, se mantuvo imperturbable. Es interesante, porque ellos – la gente culta de la época, al igual que el gaucho – consideran que la resistencia al dolor es una prueba de virilidad y hoy se consideraría la resistencia al dolor – tal vez – como una prueba de “insanidad”.

 

-¿Profesor, cuando estos estudios históricos suyos tomaron estado publico percibo o recibió alguna  reacción de profesionales médicos? 

Algunos médicos me han apoyado. Los psicoanalistas amigos, sin ninguna duda. Algunos médicos de medicina general también, me han brindado datos y me han auxiliado. Los historiadores de la medicina – como el Dr. Mañé – me ha auxiliado en todo lo que ha podido. En el cuerpo médico en general, he percibido reacciones muy diversas, algunas resistencias, algunos análisis les deben haber parecido un poco agresivos – no era mi intención. Mi intención es mostrar al médico – simplemente – como un personaje más de esa elite ilustrada que busca imponer un modelo de conducta. Pude haber tomado como ejemplo al maestro, pero el maestro o el cura – el sacerdote católico, quiero decir – son un poco obvios como elementos disciplinantes de la sociedad. El médico lo era menos y, por eso, lo elegí. Así que la reacción ha sido diversa. En general, los médicos no tienen mucho tiempo de leer más que su especialidad.

 

- No leen su propia historia.

- Tienden a leer su propia historia, pero esta es una historia un poco contestataria, en donde no se hace historia de la medicina, sino el vínculo entre medicina y sociedad.

 

- ¿Prácticamente no había historias del comportamiento social de los médicos?

- Si, pienso que es una novedad. Pienso que la virtud es que ha habido una sintonía de temas. La historia uruguaya no estaba habituada a estas temáticas del estudio del juego, del carnaval, de las reacciones ante la muerte, de la sexualidad. Por otro lado, en el tomo I de la “Historia de la Sensibilidad de la Cultura Bárbara”, hubo una descripción de la sociedad muy juvenil, porque la edad media de la población era la mitad de la que tiene hoy – era 17 años – hoy es de 34, 35, la edad media.

 

En 1850, 1880 hay una población muy joven, muy vinculada – por toda su actividad – a lo lúdico. Una sexualidad un poco más desbocada – sin duda alguna – que la que la Iglesia hubiera deseado. Aunque aún la Iglesia participó – a veces – de esa visión de la sexualidad desbocada con ciertas permisividades que – hoy seguramente – hubieran sido imposibles. Hoy no tanto, hoy. En 1900, cuando la sociedad se hizo mucho más puritana. En 1850 los sacerdotes permitían el baile en la Iglesia y eso es imposible pensarlo en 1900 en que el puritanismo, de costumbres  avanzó sobre toda la sociedad. Y – volviendo al asunto – allí pienso que los jóvenes, se sintieron identificados con esa época, tal vez equivocadamente, pero lo cierto es que se relata la vida de una sociedad joven. Y hoy no es así, los jóvenes viven en un ghetto, muy aislados y con una cultura muy propia. Pero resulta que ahí, veían una cultura que era la de toda la colectividad, que era parte – en parte – con la que ellos podían identificarse.

 

 En el segundo tomo – cuando se habla de la transformación de esa sociedad bárbara, con las pulsiones a flor de piel – era una sociedad mucho más puritana, más controlada, más disciplinada y en donde aparecen como víctimas – de alguna manera, para llamarlos simplemente -  algunos sectores sociales – las clases populares - y algunos sectores de género, como la mujer, fundamentalmente, y el adolescente también. Las mujeres, particularmente, vieron que estaba descripta su infancia, su juventud. Claro, las mujeres que tienen años, o las mujeres maduras y, particularmente, las que habían recibido una educación católica y vieron que se reflejaba mucho de su pasado.

 

- ¿Estas son las claves?

- Bueno, no sé. Algunas deben ser esas.

 

- En algún sentido todos estos temas les faltaba tratamiento en la historiografía uruguaya, ¿no?

- Había algún antecedente, algún compañero o compañera había hecho algo. Silvia Rodríguez Villamil había intentado un esbozo de la historia de las mentalidades hacía muchos años. Luego quedó allí, era un esbozo. De alguna forma es, sí,  esta forma que yo encaré la que rompió, probablemente, con la forma tradicional de hacer historia en el Uruguay. Aunque la generación nueva hace historia de otra manera. La historia política ya no se hace como la hacía Pivel Devoto. Se hace con nuevos ingredientes de la ciencia política, de la sociología, que le dan otro aire, otro dinamismo. Yo he intentado hacer algo distinto en otra esfera, en la historia de las mentalidades.

 

- Usted hacía mención al papel de la Iglesia y a Varela en referencia a la educación uruguaya.

- Porque son elementos un poco antagónicos, aunque capaz que en algún grado se unen en muchos planos, seguramente.

 

- Se unen, ¿conceptualmente?

- Sí, porque no, pero sobre todo, mentalmente. Desde el punto de vista ideológico, son dos discursos totalmente diferentes. Del punto de vista de la sensibilidad y de las mentalidades, es un solo discurso. El de la Iglesia de la época y el de Varela de 1870. Varela, en primer lugar, es un personaje muy uruguayo, muy local. En Argentina no saben quién es Varela, ni en Brasil tampoco. Varela es una especie de Sarmiento uruguayo, reformador de la enseñanza, el que divulgó la enseñanza primaria en el Uruguay, cuyos tres ideales eran: el laicismo, o sea una posición anticlerical; gratuidad y obligatoriedad. En ese sentido, es uno de los fundadores del Uruguay moderno y del Uruguay democrático y posibilita la construcción del ciudadano, ¿verdad? Porque el ciudadano debe ser un hombre que – por lo menos – sepa leer y escribir. Y también del obrero de la época. Es decir, facilita la construcción del hombre moderno, del ciudadano – por un lado – y del obrero también, del hombre que debe saber leer y escribir – como mínimo – para entrar en la tecnología de la época, en el mundo contemporáneo capitalista. Pero es también algo más. Es también el filósofo positivista opuesto al clericalismo dominante, o al espiritualismo dominante de la elite universitaria y al clericalismo que él suponía dominante en la sociedad. Y se ofrece casi como el libertador de los niños ante el despotismo clerical. Una figura típica de la época. Pero es también algo más, ¿no? Porque formó parte de esos poderes opacos, hostiles, de esos nuevos tecnócratas, de esas nuevas tecnologías del poder que empiezan a aparecer en el Uruguay por 1850, 60, 70 y que buscan modernizar a la sociedad y que los hombres se vuelvan distintos, diferentes, más disciplinados – en algún rango, ¿por qué no?, más normales y más normalizados, las dos cosas.

 

- Esto se hacía a un costo muy duro desde el punto de vista de la disciplina.

- Y sí, claro. Varela dice muy claramente: “el niño debe dejar de jugar para ir a la escuela”. Y está bien.

 

- A la luz de las interpretaciones psicológicas y pedagógicas de hoy, ¡es una barbaridad!

Pero hay que colocarse en la época. Tal vez los niños jugaban demasiado (risas) y no es sólo jugar y, en la escuela, no se juega y hay que estar siempre bajo la vigilancia atenta del maestro, de la maestra. Particularmente en los recreos, que es el momento del juego. Y, al niño, hay que enseñarle cómo conducirse en la vida civilizada, no en la vida bárbara en que vegetaba el “indolente”. Fíjese el adjetivo gaucho. Hay que sacarlo de esa pereza, de esa modorra del criollo. Hay que convertirlo en un hombre moderno, habituado al trabajo, habituado a la disciplina que el trabajo impone. Desde ese ángulo, era realmente uno de los creadores del Uruguay contemporáneo.

 

- Para llegar a esa disciplina, ¿se le pegaba al niño?

- ¡No, no! Varela no. Ahí está la esencia, justamente, del nuevo modelo. Evitar y condenar el castigo del cuerpo, totalmente. La forma más brutal, más obvia, más poco elegante y – en el fondo – menos efectiva de dominar a alguien, es tratar de controlarlo por el cuerpo. No, vamos a controlar su alma, no su cuerpo. Eso provoca rebelión en el niño también, y angustia y rebeldía, hasta física. No, no, lo que hay que hacer es modificarle el alma, hacer que el niño interiorice los nuevos valores, que sean de él. Que lo rebelde se transforme en un ser que acepte la norma.

 

- ¿No es esta la época del castigo con la “regla” 

- Bueno, claro, pero Varela – precisamente -condena esto. Varela es uno de los hombres que en el Uruguay – no es el único pedagogo en hacer esto – condena el castigo físico y lo impide. Es más, hacia 1877 impone sumarios a los maestros que siguen castigando físicamente. No, se trata de transformar la educación, se trata de convencer al niño. De convencerlo con razonamiento, de convencerlo con la autoridad del que sabe más. Y está muy bien. Es una forma de lograr que ese ser, que no sabe lo que sé yo, que pierde demasiado tiempo en el juego, sea como soy yo.

 

- Percibí al leer alguno de sus libros, que también la Iglesia – por lo menos objetivamente – coincidía con aspectos de esta propuesta.

- Sí, claro. También la iglesia se moderniza y – en algunos sentidos – eso es así. La burguesía liberal – de la cual Varela forma parte y es uno de esos adalides, sin ninguna duda, por lo menos, adalides ideológicos – la iglesia católica tiene muchos puntos de coincidencias, por lo menos en el plano de las mentalidades. Su puritanismo frente a los llamados “excesos” de la sexualidad de la época es uno de los puntos en común, entre los más notorios. Pero hay otros. También esa preferencia por el cambio de forma de tecnología del poder, es un punto claro. La iglesia siempre había sido de las que había considerado – aunque siempre no sé, en la edad media no tanto, pero en la medida que se va avanzando en la edad moderna, sí – que había considerado más importante el control del alma que el control del cuerpo. En ese sentido fue una avanzada de estas nuevas tecnologías del poder.

 

- Ahora, al asemejarse – en este caso – a la propuesta que tenían desde lo civil, la iglesia pierde también iniciativa en la sociedad uruguaya del 900.

- Ah, sí, sí, claro. La sociedad uruguaya – desde el ángulo de la relación con la iglesia católica – es, sin duda alguna, original en América Latina. Es, probablemente, una sociedad más católica de lo que uno supone. Uno a veces supone que los inmigrantes italianos eran todos garibaldinos y trajeron el anticlericalismo. Hoy no es así. La mayoría de los inmigrantes – y sobre todo los italianos profundamente católicos – hicieron más por el catolicismo que los propios criollos, que fueron los primeros – seguramente – en desconvertirse, en desafiliarse de la iglesia católica, los criollos y eso se puede probar. Pero de cualquier manera, si bien en el 900 la iglesia católica probablemente tuviera más influencia de lo que pensamos hoy en día – y creo que es así y se puede demostrar – tenía muchísima menos influencia que en el resto de América Latina. Eso es lo importante. Y, bueno, eso por diferentes razones, basta darle dos fechas para que se de cuenta. El primer obispado en Buenos Aires es de 1640 – si no me equivoco – el primero en el Uruguay es de 1879. ¡230 años después, es colosal! Aquí no había alto clero, por ejemplo, y hasta 1879 no había obispo. En realidad, no había obispo, por lo menos, en Montevideo. Sin embargo, hay educación católica, no tan difundida como en la Argentina, por ejemplo. No tiene punto de comparación con la sociedad colombiana, con la sociedad chilena, con la sociedad argentina. Basta pensar en lo fácil – si lo comparamos con el resto de América Latina – de la implantación del divorcio. Es decir, es una sociedad que tiene tendencia a secularizarse muy rápidamente. La ley del divorcio es de 1907 y en la Argentina tiene pocos años. Y podrían señalarse multitud de etapas en que este proceso de secularización de la sociedad uruguaya se va acentuando. Pienso que el culto a la salud y el predominio de la sustitución del sacerdote por el médico, como dador, como proporcionador de normas de conducta, es una de las cosas que llevó a la secularización de la sociedad uruguaya.

 

- O sea que allí, en 1900, ¿hay una inflexión de búsqueda de la civilización de la sociedad uruguaya?

- En algún plano sí, probablemente con antecedentes desde el 80, cuando el Uruguay se empieza a modernizar, cuando el estado moderno se construye, en la época de los militares, cuando la educación moderna se asienta con José Pedro Varela, cuando la sociedad comienza también a cambiar y la estructura económica a modernizarse entre 1880 y 1900, esto es así.

 

- ¿Esto obedece a causas más generales o a una maduración en un proceso de la sociedad uruguaya de la época?

- ¡Esa pregunta es difícil! El Uruguay estaba – por supuesto, con nuestra pequeñez – inserto y dependiendo de lo que sucedía en el mundo. En algún plano – la modernización – es una exigencia propia de la viabilidad del país, si no, hubiera sido inviable de haber seguido como estaba, probablemente. Inviable en aquel mundo, ¿verdad?, no en otro mundo posible, pero en aquel mundo. Así que hay fuerzas exteriores que también impulsan todo esto. Y la sociedad que estaba cambiando muy aceleradamente. La inmigración – que desde el punto de vista ideológico a veces pudo haber contribuido a la situación del catolicismo que estaba decayendo en la sociedad uruguaya – sin embargo, desde otros puntos de vista - es una inyección de modernidad, sin ninguna clase de dudas. Particularmente por lo que significa en el cambio de mentalidad. El inmigrante es un ser muy preocupado del ascenso económico, de su inserción económica en la sociedad y cambia la mentalidad criolla desde ese ángulo. Y ésta es una sociedad muy tempranamente influida por los inmigrantes, mucho más que la sociedad argentina. Quiero decir, mucho más tempranamente influida por los inmigrantes que la sociedad argentina.

 

- ¿No sería porque la sociedad uruguaya – más autóctona – era también más débil?

- Sí, sin duda alguna, claro. Demográficamente - sólo basta pensar en eso – éramos muy débiles. En 1830 éramos 70.000 habitantes, entre 1830 y 1842 llegan 45.000 inmigrantes. ¡Fíjese lo que eso significa, en 70.000 habitantes que los recibían! ¡Un alud! ¡Nos transformó! En los primeros años de nuestra vida como país independiente. Argentina – en cambio – recibe el torrente inmigratorio, después de 1880 o 1990, cuando está más asentada. No quiero decir que estuviera más asentada o asentada del todo en esos años pero, evidentemente, está un poco más asentada que el Uruguay. La nacionalidad uruguaya es contemporánea de la inmigración y por eso es como es.

 

- Y la cultura del inmigrante también era más fuerte, más desarrollada.

- Sí, si. Pero lo que le quería decir es que la nacionalidad uruguaya es como es, tan mirando siempre hacia el mundo exterior, tan cosmopolita – la propia construcción nacionalista de los uruguayos es muy cosmopolita y muy aceptadora de todo lo exterior. Es decir, el nacionalismo uruguayo es muy peculiar. No tiene mucho que ver con el colombiano, con el brasileño o el argentino. Y eso en parte se debe deber a que la inmigración nos formó. Los propios inmigrantes extranjeros formaron la nacionalidad uruguaya. Y la formaron de determinada manera, como muy tolerante, muy amplia y muy receptiva de todo lo que fuera extranjero. Si el principal partido político uruguayo en el siglo XIX – al menos el que gobierna, que es el colorado – acepta como fiestas propias, como fiesta nacional, como fiestas uruguayas y las lleva al parlamento para que se transformen en fiestas y que se legisle desde ese ángulo – el 14 de julio, fecha de la Revolución Francesa y el 20 de septiembre, fecha de la unificación italiana, eso le da una pauta de cómo el “nacionalismo” uruguayo es muy peculiar. Porque eso de festejar fiestas ajenas, ¡las fiestas europeas!, ¡las fiestas que representaban el triunfo del pensamiento liberal sobre la barbarie católica de acuerdo a la época! O las fechas que representaban el triunfo de la libertad, la igualdad y la fraternidad, frente al despotismo político de los monarcas absolutos.

 

- Le iban imponiendo al Estado uruguayo en esa concepción también una definición ideológica y política, ¿no?

- Sí, si, claro. Ese ángulo nos marcó a fuego. Es el momento de mayor cosmopolitismo de la sociedad uruguaya. Y – a la vez – de también pensar el país en sus verdaderos parámetros entre Brasil y Argentina. Ya no se piensa más en el país vinculado a la Argentina o al Brasil, en ningún cono sur. Se piensa en el Uruguay como vinculado casi exclusivamente a la sociedad europea, de la cual venimos.

 

Pero también, desde otro ángulo, es cierta intolerancia, ¿no?

- Ah, sí. Es la época de la “normalización”. Claro que sí.

 

- La libertad era unilateral…

- La libertad política es absoluta, debido no sólo a los batllistas, sino más debido a la oposición que al batllismo. Debido a los blancos y a la gente que murió en las cuchillas reclamando su región libre. La libertad política es total. Y, sin embargo, la libertad ideológica también es total. Porque Batlle respeta mucho a los anarquistas en general y a los socialistas. Y el país admite también – en algún sentido – eso. La libertad ideológica y la libertad política. Pero las maneras de ser, no. Hay que ser muy uniforme. Le doy un solo dato. Entre 1911 y 1913, la Intendencia de Montevideo determina que todas las fachadas tengan que tener el mismo color gris. Es muy sugestivo. Porque la gente – en el siglo XIX y hasta 1911, 12 o 13, pintaba las fachadas con los colores más increíbles que usted se pueda imaginar. La ciudad tenía una vida – y el color en parte es eso – asombrosa. Llegaban los viajeros y veían una casa amarilla, una verde, una colorada, una blanca, había de todos los colores. Pero después eso se convierte en un síntoma de “barbarie” estética. No lo es, creo yo. Pero de alguna manera así se lo ve y se impone el gusto,  una norma de gusto. Pero no es lo único que se impone. Se imponen normas morales, también surgen de abajo, no sólo se imponen.

 

- Pero el estado lo hace suyo.

- Sí, en ese caso específico, el estado trata de imponerlo. Es una sociedad que se vuelve muy intolerante para lo diverso, para lo distinto. No admite lo distinto. Pero distinto en ese plano, en el plano que le estoy mencionando, el de las conductas, el de la mentalidad. Naturalmente que admite lo distinto en el plano de lo ideológico, lo cual es muy importante.

 

- Percibo por lo que nos esta diciendo que en parte lo de el “Uruguay gris” tiene raíces históricas

- Hoy en día, se reacciona bastante contra eso y los jóvenes viven – hoy en día – en esa reacción. Sí, el tono mesocrático, de clase media, grisáceo, en donde cualquier salida de tono es un pecado y siempre se elige el camino del medio. Eso viene de 1900 y – sobre todo – de 1920, 30, 40. El camino del medio que es el camino de la clase media, también. Nada de extremismos, entendido así, todo lo que salga de esa media, de esa norma que es la que debe dominar. Es una sociedad donde también las clases no se diferenciaban tan bruscamente como en la argentina o la chilena. Todavía – hoy en día – la clase media está tan debilitada y los sectores populares han bajado su nivel de vida, la distancia social no es tan colosal como en Argentina o en Chile. Es una sociedad de medianía. Era una sociedad más de medianía antes – más seguramente – que ahora. Muy “aplebeyada”, usando un léxico de clase alta.

 

- Y europeo, ¿no?

- Ah, claro, sí, sí. De inmigrantes.

 

- Profesor, culminando esta entrevista, esta charla con usted, quisiera preguntarle algo que usted mencionó al principio. ¿Qué influencia (en la concepción de la historia) ha tenido la psicología, la investigación psicológica, el proceso de desarrollo de la psicología en este método y en usted mismo.

- Creo que bastante influencia. La verdad es la siguiente. Mi formación – que fue en el IPA, en el Instituto de Profesores – nunca incidió mucho otra lectura que no fuera la histórica. Recién ahora me estoy abriendo a otra clase de lecturas y  - aún ahora – la lectura de las obras históricas – es la que siempre más me influye. Es una especie de retroalimentación, leo mucha historia universal y, particularmente la que más conozco, que es la francesa.

 

- Creo escuchar que lo dice con un tono de cierta observación sobre sí mismo.

- Si, porque me hubiera gustado tener otro tipo de información, más abierta al contacto con otras ciencias sociales que me hubiera despertado otro tipo de preguntas y – probablemente – formulado otro tipo de respuestas, también a esas preguntas. Y recién ahora creo que algo he pispado de lo que pueden brindarme otras ciencias desde ese ángulo. Y la psicología me parece que me ha aportado más preguntas que respuestas, formas de interrogar. Y eso es clave para la renovación de uno mismo. El historiador creo que es más importante por lo que pregunta que por la respuesta que le dan. Es clave elaborar la pregunta y cómo se formula y – a veces – la profundidad de la respuesta viene determinada por la profundidad de la pregunta.

 

- Deja la otra parte al lector.

- Sí, claro, por supuesto. A mí me interesa mucho presentar los documentos, esbozar – por supuesto -  una interpretación, a veces hasta ironizar sobre ella y  que el lector – con el documento – elabore una imagen de ese pasado y a veces – porqué no – de sí mismo, porque hay documentos que tocan muy de cerca de cualquiera. Si, el documento es clave, hay que mostrarlo. Hay que mostrar lo que las épocas eran a través… Bueno, lo propio contemporáneo, la vida, la vida es clave…

 

- Teniendo en cuenta que este método de ver la historia, no sólo ha surgido en esta zona sino que – incluso usted nos decía que en Francia tiene un epicentro importante – ¿quiere decir que la psicología vino a la ayuda también de la investigación histórica?

- Sí, sí. La psicología, la antropología deben ser – en el campo de la historia de las mentalidades – las dos disciplinas que más han alimentado la historia para esos planteos de la historia de las mentalidades y de la sensibilidad. Y esto debe ser así, porque el ser humano es uno solo.

 

Resulta apasionante al tocar tema del “saber médico” o la “relaciones entre medicina y sociedad” ver como aparece “los conceptos de “normalidad mental, de masculino y de femenino”

- El concepto de normalidad mental es uno de los conceptos más importantes que toda sociedad tiene. El concepto de la normalidad no es el mismo en la edad media, no es el mismo en el Uruguay del siglo XVIII que en el Uruguay del siglo XX, tampoco. Uno ve conductas perfectamente asimiladas a lo normal en el siglo XVIII que le parecen muy extrañas hoy en día. Y sospecho que dentro de dos siglos mirarán las conductas nuestras, que a nosotros nos parecen normales, y a ellos les parecerán extrañas. Desde ese ángulo, el concepto de “normalidad” es histórico. Y los médicos y la sociedad, influyéndose los unos a los otros, son los que crean el concepto de normalidad mental.

 

- ¿Aquí es donde aparece el “poder médico”?

- Lo crean y son los jueces, aunque también la sociedad influye. También la sociedad lanza sus avisos al saber médico para que vayan para determinado lado, porque el saber médico no es una planta que nace en el vacío, nace en el conjunto social. Fíjese que poder más increíble tiene una corporación que determina lo que es ser normal o ser anormal. ¡Qué poder tan tremendo! Tan grande es ese poder que hasta el poder político lo ha abusado! Y es así vemos que en algunos estados totalitarios, los políticamente disidentes son encerrados en manicomios. O sea, se ha utilizado en este caso el saber médico a favor de un sistema político dominante. Pero también ese poder lo tiene el médico. Por eso siempre la sociedad ha sido entre cuidadosa y temerosa de ese poder que les da a los médicos. Por eso siempre los abogados – que son los grandes controladores de los médicos y sus grandes enemigos desde el punto de vista literal, por supuesto, de las profesiones liberales – son los que ponen límites a ese poder de los médicos para internar en un manicomio, para internar en una casa de salud, para decretar la anormalidad mental. ¿Y cómo se crea ese concepto de anormalidad? Bueno, ese es uno de los elementos que voy a tratar de analizar y hay elementos para hacerlo.

 

- Usted nos decía que la historiografía en el Uruguay tiene una larga historia como profesionalismo.

- Como profesionalismo no sé si tanto, pero gente dedicada a la historia ha sido muy temprano. Uruguay en eso. Hubo muchos países de América Latina también, pero el Uruguay particularmente. Es un país que ha mirado y ha estudiado siempre mucho su pasado, no sé si por la influencia de los partidos tradicionales – que por eso se llaman así y son de los más viejos del mundo y es asombroso que todavía perduren. Es cierto que se han vestido con ropajes muy diferentes a lo largo de los tiempos, pero – la verdad – es que es asombroso que todavía perduren. Y eso ha llevado a mucha gente a analizar el pasado del partido, que es también el pasado de la nación. Probablemente la incidencia de la investigación histórica sea muy importante en el Uruguay. Es la ciencia social más antigua que tiene – todavía – audiencia popular. ¡La única que tiene audiencia popular! Porque ni la Economía, ni los estudios económicos, ni los estudios sociológicos, ni los estudios en Ciencia Política, tienen audiencia popular. No quiero decir que no tengan repercusión popular ni que no sean leídos por especialistas. Pero la Historia es la única ciencia social que es leída por especialistas y por la gente. Por supuesto que no me estoy refiriendo a todo el mundo, porque en el Uruguay, los que leen libros, son una minoría. En cambio los que leen Economía son todos economistas.

 

- ¿Económicamente puede llegar a hace rico un historiador en el Uruguay?

- No, si es historiador, no se hace rico. No quiere decir que no pueda tener una posibilidad de sobrevivir, por supuesto que sí y hay ejemplos. Yo soy uno de ellos. Pero la vocación es clave. Si la vocación existe, es un estudio apasionante.

 

*)  El profesor José Pedro Barrán nació en Fray Bentos en 1934. Es docente de Historia egresado del Instituto de Profesores Artigas, dirigió durante 20 años el Departamento de Historia del Uruguay de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

 

Entre su obra, se destaca "Apogeo y crisis del Uruguay pastoril y caudillesco" (1974), "Batlle, los estancieros y el Imperio Británico" (1984 a 1987), "Iglesia Católica y burguesía en el Uruguay de la modernización 1860-1900" (1988), "Historia de la Sensibilidad en el Uruguay (1989 a 1990), "Medicina y Sociedad”, del año 2005 al 2008 integro el Codicen.

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