Fiori polemiza con
Arrighi y Wallerstein,
sobre poder global
Entrevista al Profesor José Luis Fiori

“Mi divergencia con Arrighi y Wallerstein no es coyuntural, es teórica” dice el cientista político y habitual columnista de L.Od. profesor de la UFRJ  José Luis Fiori en el reportaje que se puede leer a continuación realizado por la periodista brasileña Claudia Antunes, editora de temas internacionales de Folha de San Pablo donde fue publicado inicialmente la entrevista.La aproximación económica entre alemanes y rusos está pesando decisivamente en la división cada vez más profunda entre los europeos”, dice el cientista político brasileño, agregando que en cuanto a EEUU. la “estrategia imperial” es anterior a la elección de George W. Bush.  Ella es reiterada en los programas

de todos los candidatos a la sucesión americana”.

La traducción al español y el titular es de La ONDA digital.

 

- Usted refutó en varios artículos la idea del fin de la hegemonía americana tal como fuera expuesta por los sociólogos Giovanni Arrighi e Immanuel Wallerstein.  Pero usted también afirma que el mundo tiene o se encamina para tener nuevos polos de poder.  En el fondo, ¿no habría más coincidencias que divergencias entre su análisis y el de ellos?

– Mi divergencia con Arrighi y Wallerstein no es coyuntural, es teórica, no está en la caracterización que los dos hacen de la coyuntura inmediata, está en la teoría en que los dos sustentan sus proyecciones de largo plazo; la hipótesis es de que el “sistema mundial moderno” requiere la existencia de “potencias hegemónicas” sucesivas para mantener el orden político y el buen funcionamiento de la economía internacional

 

Dentro de esta teoría, el “líder” aparece en la historia como una especie de respuesta funcional al problema de la ingobernabilidad de un sistema que es anárquico porque está formado por Estados nacionales soberanos.  En general, esta teoría destaca las contribuciones positivas del hegemon para el “gobierno global” del sistema.

 

Por esto, él no consigue controlar el movimiento continuo de competencia y expansión de los Estados y economías nacionales que ya conquistaron la condición de “grandes potencias” y forman parte del “núcleo central” de todo el sistema, pero siguen compitiendo entre sí, incluso en los períodos que aparentan una alta “tranquilidad sistémica”.

 

Fue exactamente la crítica de esta teoría que me llevó al concepto de poder global del libro.

 

- ¿Y qué significa?

– Cuando digo poder global, no me estoy refiriendo a una entidad o a una instancia mundial particular.  La expresión encubre un modo de analizar el funcionamiento y las tendencias de largo plazo del sistema mundial que se formó a partir de la expansión de algunos Estados europeos en el siglo 16.

 

Este análisis privilegia el movimiento y las contradicciones que mueven este sistema, impidiendo su estabilización y cualquier tipo de gobierno global estable o de paz perpetua.  Él se parece a un universo en expansión continua, movida por la lucha de las grandes potencias por el poder global y que por esto están siempre creando, al mismo tiempo, orden y desorden, paz y guerra.  Lo que ordena y estabiliza este sistema, por más doloroso que sea reconocerlo, no son los hegemones, sino la existencia de “ejes conflictivos crónicos” y la posibilidad permanente de guerra.  El sistema no acumula poder y riqueza sin la competencia de las naciones y no se estabiliza sin las guerras.

 

 – ¿Pero usted no admite ni la existencia de una crisis de la hegemonía americana – que estaría dada por el ultra-esfuerzo militar en Irak, los déficit crecientes, la burbuja inmobiliaria, la pérdida de credibilidad?

– Lo que estoy intentando decir es que no se consigue saber qué significa exactamente crisis de la hegemonía americana.  ¿Cualquier dificultad política, burbuja económica o incluso guerra, enfrentada o perdida por los Estados Unidos? De ser así, afirmar que existe una crisis de la hegemonía es apenas una frase fácil, sin significado o consecuencia precisa.

 

Pero si el caso es anunciar el fin de la hegemonía americana, estoy totalmente en desacuerdo.  Creo que la estrategia imperial americana sigue en curso expansivo, a pesar de sus dificultades.  Después del gobierno de Clinton, con la elección de George W. Bush y con los atentados de 2001, la política externa adoptó una nueva retórica, más belicista, y asumió de forma explícita un proyecto imperial.

 

Pero la estrategia imperial del Estado americano ya venía de antes, y se mantuvo igual, desde el fin de la Guerra Fría.  Esta estrategia acumuló victorias, pero también viene enfrentando problemas para seguirse expandiendo.

 

 - ¿Y cuáles usted identifica como problemas principales?

– De un punto de vista vertical, está cada vez más difícil para los Estados Unidos mantener el orden e imponer sus posiciones dentro de los territorios “periféricos”, que nacieron del desmantelamiento del sistema colonial europeo.  Del punto de vista horizontal, fue la estrategia expansiva de los Estados Unidos que incentivó en gran medida la transformación asiática que hoy se le escapa del control.

 

Los norteamericanos ya no tienen más como frenar la expansión económica de China, ni pueden seguir más adelante con su estrategia global sin contar, por lo menos, con un socio chino.  Pero más allá de esto, la victoria americana en la Guerra Fría también trajo de vuelta a Alemania y a Rusia para dentro del juego del poder europeo e internacional.  Y hoy, estos dos países están reconstruyendo sus “zonas de influencia” en Europa y en Asia Central, limitando las ambiciones americanas en estas regiones.

 

- ¿Pero también no hay un cierto fatalismo en su previsión de retorno a la vieja disputa entre potencias, como a fines del siglo 19  e inicios del 20?

– Puede ser, pero lo que realmente está sucediendo no es precisamente un retorno a la vieja disputa entre las grandes potencias, que es una frase efectista y una forma de explicar la reaparición en los noticieros de las disputas entre Estados Unidos y Rusia, China y Japón, Alemania y Francia, etc.  La disputa entre las grandes potencias nunca terminó, apenas se entibió como suele suceder después de una gran guerra o victoria contundente como en el caso de la Guerra Fría.

 

- ¿Cómo este marco internacional se refleja en las próximas elecciones en los Estados Unidos?

– Estas presiones externas están aumentando las divisiones dentro de los Estados Unidos y es probable que, después del fracaso de Irak, se produzca un re-alineamiento de fuerzas dentro del establishment norteamericano, como ocurrió después de la derrota en Vietnam.  Son momentos en que se forman nuevas coaliciones de poder y pueden definirse nuevas estrategias internacionales.  Pero estos procesos de re-alineamiento son lentos, y no es probable que el actual coincida con las próximas elecciones presidenciales norteamericanas.  Los programas de los principales candidatos demócratas y republicanos muestran que la vieja estrategia imperial se mantiene de pie.

 

Todos los candidatos se proponen reconstruir el liderazgo mundial de los Estados Unidos y todos defienden la necesidad de una diplomacia multilateral.  Pero, al mismo tiempo, todos proponen aumentar los gastos militares, expandir los contingentes y multiplicar las inversiones en investigación e innovaciones tecnológicas para uso en guerras asimétricas.  Y lo más interesante: casi todos los candidatos proponen la creación de brigadas o agencias civiles encargadas de reconstruir y administrar los territorios y los gobiernos incorporados o alcanzados por el poder americano alrededor del mundo.

 

- Usted también dice que China, en la medida en que se torne una superpotencia, va inevitablemente a inclinarse por el expansionismo militar.  ¿Por qué este vuelco?

– Es verdad que hasta el momento China se ha mantenido fiel a su modelo original de expansión imperial, que fue diplomática y mercantil, distinta de la expansión bélica y después capitalista de los europeos.  Y creo que lo más probable es que China se restrinja en los próximos años a la lucha por la hegemonía en el sudeste asiático, sin provocar ni aceptar ningún tipo de confrontación fuera de su zona de influencia.

 

Pero si China sigue el camino pasado de todas las grandes potencias que existieron dentro del sistema mundial moderno, lo más probable es que, en algún momento, tenga que combinar su expansión económica con una expansión político-militar global.  Pero no está excluida la posibilidad de que se repita lo que ya sucedió, en el siglo 17, con la fusión de los intereses económicos anglo-holandeses, y en el siglo 20, con la fusión de los intereses anglo-americanos.

 

- ¿La relación entre China y Estados Unidos hoy puede ser caracterizada como complementaria, tal como la de americanos y europeos occidentales en la post Segunda Guerra?

– La relación económica actual entre Estados Unidos y China es absolutamente complementaria, del punto de vista comercial y financiero.  Como ocurrió muchas veces con Estados o potencias con vocación global, la competencia incluye la preparación permanente para la guerra, sin que desaparezca el efecto dinamizador de la complementariedad, incluso en la carrera tecnológico-militar.

 

Pero esta complementariedad actual entre China y Estados Unidos no es igual a la que existió entre los Estados Unidos y los europeos occidentales.  En aquel momento hubo esa relación entre una potencia victoriosa y poco alcanzada por los efectos destructivos de las guerras y sus aliados que habían sido casi completamente destruidos y que los Estados Unidos necesitaban que estuviesen de pie.

 

Por otro lado, también existió la relación de los Estados Unidos con sus derrotados de antaño: Alemania, Japón e Italia.  Estos países fueron transformados en protectorados militares y, al mismo tiempo, en el caso de Alemania y de Japón, en dínamos del crecimiento regional de Europa y de Asia, respectivamente, una especie de convidados al desarrollo global de la economía americana, que transnacionaliza su estructura productiva durante este período, dos o tres décadas antes de su globalización financiera.

 

– Usted ha indicado la insolvencia de las interpretaciones de los años 90 que preveían el fin o la no importancia de los Estados.  Hoy, en parte por causa de lo que se llama nacionalismo de recursos, ellos retomaron su protagonismo.  Pero esto también coincide con una crisis de los sistemas políticos y principalmente de los partidos.  ¿Cuáles son las causas y las posibles consecuencias de esta paradoja?

– Creo que la creencia en el fin de los Estados tuvo una fuerza particular en América Latina y en los países que nacieron de la antigua URSS, donde fueron aplicadas de forma más rigurosa y extensa las políticas neoliberales.  Fuera de ahí, nadie nunca tomó muy en serio estas previsiones.  Incluso en el caso de los países latinoamericanos y de Europa del Este que ya comenzaron a recuperarse de la devastación neoliberal de los años 90, el Estado ya retomó su papel en el comando estratégico de sus economías.  De a poco va siendo encajonada la ilusión del fin de las fronteras.

 

Ya con relación a la llamada crisis de los sistemas y partidos políticos, no es tampoco la primera vez que se habla de esto.  En la década del 90 se habló mucho del fin de las ideologías y del fin de los partidos ideológicos, que habrían sido sustituidos por organizaciones que fueron llamados en la época partidos “catch all”, que no representaban más a ningún sector social específico.  En los años 70 se habló mucho de la crisis del sistema político democrático, incluso en la vieja Europa.

 

Hoy mismo sólo se habla de esta crisis de partidos en algunos países, y siempre en comparación con un modelo ideal que nunca existió en ningún lugar.  Por todos lados, los partidos conservadores siguen cumpliendo su papel de siempre.  Los partidos de izquierda son los que tal vez estén pasando por una crisis de identidad y por un período de cambio.  La vida política no siempre es heroica.  A veces los conflictos pierden intensidad y la agenda de debates queda repetitiva y apática.  Es cuando se hace más visible la dimensión bruta de la lucha por el poder, sin ingredientes ideológicos.

 

– Pero la insolvencia de los partidos tradicionales también trae riesgos de autoritarismo.  ¿En qué medida un proyecto como el de Chávez, por ejemplo, que es tremendamente vertical, puede sobrevivir sin la presencia del propio Chávez?

– América Latina es un buen ejemplo de lo que yo decía sobre la supuesta crisis de los partidos, porque se habla de esto exactamente en los países donde se produjeron victorias de fuerzas progresistas y donde las fuerzas políticas tradicionales sufrieron reveces.

 

Son en general países que vivieron largos períodos dictatoriales bajo el control de fuerzas políticas conservadoras que se alternaban en el poder, descalificando el proceso de alternancia democrática.  Pero en estos países ha habido ahora elecciones y plebiscitos repetidos.  Son sistemas en proceso de reestructuración, que llevará algún tiempo.

 

En estos momentos de cambios profundos, tal vez sea bueno retomar la vieja tesis del sociólogo alemán Max Weber sobre el papel del carisma o de los liderazgos carismáticos como casi el único camino posible para reformar estructuras e instituciones políticas tradicionales, patriarcales o patrimoniales, esclerosadas pero con una enorme capacidad de preservación.

 

Hoy es posible identificar en América Latina varios casos de liderazgos carismáticos, cuya fuerza política trasciende sus organizaciones partidarias.  En todos estos casos, como decía el propio Weber, la sucesión será un problema difícil porque el carisma es intransferible.

 

- ¿Qué ejemplos históricos usted tiene en mente?

– Cuando hablo de fuerza de los liderazgos carismáticos, y de su papel transformador en la historia, gracias a la capacidad de movilización de los pueblos y de cambio de los hábitos e instituciones consolidadas, para salir fuera de América Latina y encima del Ecuador, pienso en los nombres de (Charles) De Gaulle, (Winston) Churchill y (Franklin) Roosevelt.

 

– Aquí en la región, ¿Morales y tal vez Lula, también serían líderes carismáticos?

– Creo que Morales y Lula son también personajes carismáticos, que trascienden en mucho sus organizaciones partidarias de apoyo.  Pero creo que es imposible llegar a un acuerdo preciso sobre este asunto y por eso creo que la provocación intelectual está en la idea de Weber y no en los ejemplos o casos que entran más o menos dentro del concepto.

 

- ¿El ruso Vladimir Putin sería otro caso actual?

– El caso de Rusia es completamente diferente del de Venezuela.  Putin ya fue electo como parte de un movimiento de recomposición del poder de la burocracia del Estado ruso destruido por la descomposición de la URSS y por el efecto de las políticas del período Yeltsin.

 

Putin no es un líder carismático. Es un servidor del Estado y un funcionario de su núcleo duro ligado a la seguridad, una especie de última línea de resistencia de cualquier Estado que ocupa una posición de gran potencia.

 

La sucesión de Putin no será un tema sencillo, sobre todo dentro de la burocracia de Estado rusa, pero el proyecto en curso de reconstitución del poder de Rusia trasciende al actual presidente y creo que seguirá adelante.

 

– Su análisis sobre la situación de América Latina es optimista, al diagnosticar que la región está viviendo “tal vez una ruptura revolucionaria”. ¿Hay diferencia entre la llamada ola roja de hoy y el rojo anti-imperialismo? ¿Por qué los Estados Unidos no podrían retomar el protagonismo de décadas en la región?

– Creo que existen por lo menos dos diferencias fundamentales entre este vuelco progresista contemporáneo y los tiempos de lo que usted llama viejo anti-imperialismo.  La primera es que hoy ya no existe más la misma identidad entre competencia geopolítica y bipolarización ideológica que marcó la segunda mitad del siglo 20.  Y la segunda es que el liderazgo progresista de América Latina actual no atiende más por el mismo nombre y no defiende ni está implementando el mismo proyecto de gobierno.

 

Hoy América Latina es un campo mucho más abierto que en el pasado para la innovación social y política, sin dogmatismos y sin fórmulas acabadas.  Los Estados Unidos mantienen su poder y pueden siempre reafirmar su protagonismo en el continente.  Pero la novedad tal vez esté del otro lado del mostrador, de los nuevos gobernantes que han mostrado voluntad de cambiar el tipo de relación secular que mantienen con los Estados Unidos y que vienen contando con el apoyo de sus sociedades.

 

En este contexto, el grado de libertad de acción de los Estados Unidos es mucho menor que en el pasado, cuando contaba con el apoyo casi incondicional de las elites empresariales y de los gobiernos del continente.

 

- ¿Cómo ve usted la alianza estratégica propuesta por los Estados Unidos a Brasil en torno del alcohol?

– La alianza propuesta por el gobierno Bush ya fue hecha y rehecha varias veces en nuestra historia, con o sin alcohol, y con el mismo resultado.  Brasil fue durante casi todo el siglo 20 el socio menor de la coordinación hegemónica de los Estados Unidos en América del Sur.  Ahora el alcohol entra como Pilatos en el Credo, porque lo que se está proponiendo una vez más, es una sociedad con Brasil en el control de algunos gobiernos regionales.

 

Pero la verdad es que casi todos los gobiernos actuales de América del Sur están proponiendo una rediscusión de la propia forma de ejercicio de la hegemonía hemisférica de los Estados Unidos.  El resultado de estas negociaciones no será inmediato, pero no hay duda de que dependerá muchísimo de la forma en que Brasil se comporte en estas negociaciones, sustentando con firmeza su reivindicación de una nueva posición dentro del contexto americano y mundial.

 

Con relación a la idea de los biocombustibles en sí, es preciso tener claro que son necesarias muchas décadas para cambiar una matriz energética.  Que yo sepa, eso nunca se hizo por medio de alianzas estratégicas entre apenas dos países, por más importantes que ellos puedan ser.  Además de esto, se trata de una propuesta hecha por un gobierno americano en fase terminal y sin capacidad de iniciativa.

 

Analistas como el ex ministro de Hacienda Rubens Ricupero, han expresado el temor de que los Estados Unidos traspasen el costo del ajuste de su economía a otros países, como lo hicieron con Japón (cambio) y con América Latina (intereses) a fines de los años 70 e inicios de los 80. ¿Usted ve movimientos en este sentido?

– Creo que no se trata de un temor con relación al futuro, sino de un dato de la historia capitalista.  Fue así con el Reino Unido y sigue siendo así con los Estados Unidos: la ventaja de ser una gran potencia que ocupa una posición de centralidad económica global, gracias al control que detenta del sistema monetario y financiero internacional.  En el caso americano, esta capacidad aumentó mucho después del fin del Sistema de Breton Woods, con el nuevo sistema monetario internacional dólar-flexible, que se consolidó en las décadas del 80 y 90.  Un nuevo sistema en que la moneda dominante sigue siendo la norteamericana, y su única base de sustento o referencia es el propio poder de los Estados Unidos.

 

Pero muchos analistas han señalado una descentralización del poder mundial, por lo menos del punto de vista económico, que estaría dada por el hecho de que el estallido de la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos no contaminó a los emergentes, principalmente a China. ¿Este poder de transferencias de las crisis americana para terceros no sería menor ahora?

– Es verdad que las principales economías emergentes disponen hoy de reservas significativas y, por lo tanto, tienen una capacidad mucho mayor que en los años 90 para reaccionar al impacto inmediato de crisis financieras localizadas.  Pero el caso del estallido de la burbuja inmobiliaria no llega a ser un buen ejemplo porque el Banco Central americano decidió proteger los mercados y mantener el ritmo inmediato de la actividad económica.  Pero nadie sabe calcular exactamente lo que habría ocurrido si los Estados Unidos hubiesen tomado una decisión contraria, ni siquiera cuál será el efecto a mediano plazo de la decisión que el FED tomó.  ¿Cuál es el impacto, por ejemplo, de la desvalorización del dólar sobre las exportaciones de todas las economías arrastradas al euro?

 

En verdad, hoy sólo es posible especular sobre las consecuencias de una desaceleración de la economía americana o de una retomada acelerada de las exportaciones de los Estados Unidos, con disminución de su déficit comercial.  Pero en cualquier caso, siempre habrá transferencia de costos para otros países.

 

– La Unión Europea acostumbra estar ausente de la mayoría de las proyecciones geopolíticas, y continúa siendo vista como apéndice de los Estados Unidos.  ¿Los europeos viven definitivamente en una eurolandia, despegados del mundo bajo la protección americana?

 

– Es realmente muy difícil que la Unión Europea pueda tener una voz activa en el juego de poder internacional mientras siga bajo la protección atómica y convencional de la OTAN, bajo el comando norteamericano, y con una moneda semi-estatal, como es el caso del euro.

 

Sin armas y sin moneda, usted será siempre un poder menor en el juego de las grandes potencias.  Pero creo que, además de eso,  Europa está enfrentando un nuevo problema que fue creado por la reunificación de Alemania y por el retorno de Rusia al sistema de poder europeo.

 

– Usted ya había mencionado la nueva dinámica de la relación entre Alemania y Rusia.  ¿Cómo ella puede amenazar la unidad europea?

– Es bueno que la gente recuerde que el proyecto de unificación de Europa sólo puede ser llevado adelante gracias al desenlace de la 2ª Guerra Mundial y sólo consiguió mantener su identidad y unidad durante cuatro décadas gracias a la Guerra Fría.  En un primer momento, inmediatamente después de la 2ª Guerra, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Luxemburgo y Holanda, se unieron para crear la Unión Occidental de defensa colectiva, dirigida contra Alemania.

 

Sólo después de 1950 es que estos países abdicaron de su posición revanchista y transfirieron para los Estados Unidos y la OTAN la función de domesticación de Alemania.  Por esto, en 1955 los alemanes fueron admitidos en la OTAN y transformados inmediatamente en un protectorado militar de los Estados Unidos.  Gracias a esta división de funciones, Alemania Federal puede firmar el Tratado de Roma y ser incorporada al proyecto de construcción de la Comunidad Económica Europea.

 

La Guerra Fría consiguió mantener unida a la Unión Europea bajo la égida militar de la OTAN y de los Estados Unidos.  Más recientemente, Vladimir Putin dijo en una entrevista que “el mayor desastre geopolítico del siglo 20 fue la desintegración de la Unión Soviética”, y es muy probable que él tenga razón.

 

Pero le faltó decir que esta “victoria aliada” fue responsable también por el resurgimiento de Rusia y de Alemania.  Lo cierto es que la unificación alemana representó una transformación cualitativa en el proceso de unificación de Europa.  No sólo porque Alemania se transformó en la mayor potencia demográfica y económica de la Unión, sino también porque pasó a operar una política externa más autónoma.

 

Después de su expansión económico-financiera en la dirección de Europa central y de Rusia, durante la década de 1990, Alemania reapareció aún más fuerte, como un centro de poder con posibilidad real de hegemonizar la economía del continente europeo.

 

Al mismo tiempo, en la década del 90, los Estados Unidos colaboraron decisivamente para desplumar a la URSS de 15 Estados y aceleraron la extensión de la OTAN y de sus bases militares en dirección a Europa del Este, ocupando posiciones en Asia Central y cercando a Rusia.

 

No es de extrañar que Rusia haya acabado reaccionando a este cerco y hoy aparezca cada vez más agresiva, justamente en su frontera geopolítica con Alemania, con quien mantiene relaciones económicas cada vez más estrechas.  Creo que esta tensión geopolítica y esta aproximación económica entre alemanes y rusos está pesando decisivamente en la división cada vez más profunda entre los europeos, un motivo fundamental de la ausencia de Europa en el juego de poder internacional.

 

En este sentido, además, Europa no está paralizada, está retomando sus raíces.

 

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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