¿Brasil: polarizada entre petistas y antipetistas?

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Parodiando al francés de Gaulle, para quien era difícil gobernar un país con 360 tipos de quesos, podríamos decir que no es nada fácil, para la reelecta Dilma Rousseff, gobernar una población tan diversa con cerca de 140 tonos de piel, según un relevamiento de identificaciones realizado por los propios usuarios brasileños de Facebook, publicado en el suplemento Das Magazin, del diario suizo Tages Anzeiger.

¿Será verdad que esta población, aunque epidérmicamente diversa, estaría polarizada apenas en petistas y antipetistas y que Brasil esté dividido en dos partes, separadas por la muralla de los votos, norte y nordeste contrapuesta al centro, sudeste y sur? El veterano Jânio de Freitas, antiguo UH Rio de Samuel Wainer, comentarista independiente en las Folhas, niega que exista la grieta anunciada, sin embargo en el Facebook explotaron las ofensas a los nordestinos y el diario paulista La Tribuna, de Santos, llegó incluso a dedicar una página a una flagrante intolerancia y preconcepto en las redes sociales.

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Desconformes con el resultado de la votación, en un pleito con excesos y ofensas pero democrático, muchos aecistas desparramaron por Internet su ira de tendencia separatista contra los Estados en los cuales Dilma venció, como si la elección presidencial hubiese revelado la existencia de una fractura latente separando a los del norte y a los nordestinos de los del sur.

No tan variada como los matices epidérmicos pero igualmente bastante diversificada, es la inflación partidaria brasileña, aunque buena parte de los partidos está lista para adherir al gobierno, dependiendo de la oferta. Esta proliferación partidaria estaría comprometiendo el buen funcionamiento de la vida partidaria y una reducción de los partidos sería uno de los principales objetivos de la reforma política, anunciada por la presidenta Dilma, inmediatamente después de su reelección.

Con la reelección, no existe para la presidenta Dilma una fecha obligatoria para dar comienzo al nuevo gobierno, pudiendo anticipar nombramiento de ministros, aplazar sus sustituciones y nuevas elecciones para algunos meses después, como hizo Lula en su reelección, o simplemente observar la continuidad. La presidenta priorizó dos objetivos de su gobierno, inmediatamente después de anunciada su victoria: la reforma política y el combate a la corrupción.

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 Sin embargo, aún antes de que sepamos el tenor de la reforma política anunciada, ya quedó establecido, en estos días, post elección, que no se hará la reforma por plebiscito y corresponderá al Poder Legislativo y no al Ejecutivo definirla. En otras palabras, Dilma prometió algo que probablemente no podrá controlar, sino que será cuestión de los nuevos diputados y senadores, en su mayoría conservadores y no interesados en esta reforma.

¿Y en qué consistiría esta reforma política? La presidenta no lo dejó claro, pero debería incluir una drástica reducción en el número de los partidos políticos; un fortalecimiento del voto partidario en lugar del actual voto personal; la prohibición de la reelección en los cargos públicos, en favor de un único mandato de cinco años para prefectos, gobernadores y presidentes; un mejor control del financiamiento de las campañas electorales impidiéndose la participación de donaciones empresariales; la modernización de la gestión de las empresas estatales; y la limitación o prohibición del uso de Medidas Provisorias decretadas para que se pueda gobernar.

¿Y la corrupción? Considerada hasta hace poco como un falso debate, tal vez por afectar tanto a políticos de la derecha como de la izquierda, el tema de la corrupción, epidemia nacional, asumió proporciones superiores en los debates de la campaña presidencial y exige hoy una intervención del gobierno, si no para su extinción, por lo menos para su reducción.

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Sin embargo, acabar con la corrupción en los órganos públicos, no depende exclusivamente de la presidenta y exigiría un hercúleo esfuerzo de renovación nacional. Sin embargo, al parecer, los derrotados del domingo, no menos involucrados en actos de corrupción, amenazan con atacar sólo las denuncias recientes de corrupción sin intención de usar la memoria o de crear medios que dificulten el acceso a formas de corrupción. Se anuncia una fuerte oposición e, incluso, el riesgo de proponer un impeachment en vísperas de las Olimpíadas. Esta oposición ya comenzó con el vaciamiento del decreto para la creación de consejos populares.

Luego de haber adoptado, durante su primer mandato, el principio de no alterar la estructura de los medios de comunicación y no apoyar ni estimular el desarrollo de la prensa enana de izquierda, financiando indirectamente a los grandes medios de comunicación con recursos publicitarios y perdonando sus deudas, como defendían los ministros Paulo Bernardo y Helena Chagas, volvió al debate el tema de la regulación de los medios de comunicación, con un probable nombramiento de Ricardo Berzoini para dar continuidad al plan del ex ministro Franklin Martins. ¿Existirá clima para esto?

Dilma prometió a los blogueros intervenir en este avispero sin utilizar la censura y sin afectar la libertad de expresión de la prensa, después del ingrato comportamiento de la prensa de derecha durante la campaña electoral. Pero todo esto es una niñería frente a los grandes desafíos estructurales de este segundo mandato de Dilma – reencontrar el camino del crecimiento económico, detener la inflación, evitar una revalorización del dólar y el aumento de los intereses, que en esta semana ya vuelven a subir.

Por Rui Martins
Periodista, escritor, líder emigrante, editor del Derecho de la Redacción.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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