La guerra, camino al armisticio

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El frustrado ataque con dos drones al Kremlin del martes tiene como primera víctima a la verdad: quién lo hizo, y por qué. Rusia acusa a Ucrania, lo define como un atentado terrorista y el intento de matar a su presidente Vladimir Putin.Es que uno de los drones fue derribado sobre la cúpula de lo que serían sus aposentos; en los hechos no lo son, y tienen una función protocolar.

La fecha es importante, pues sucede en el marco del aniversario del triunfo ruso en La Gran Guerra Patria, o II Guerra Mundial, el 9 de mayo; oportunidad siempre de gran desfile militar en la Plaza Roja y exaltación del nacionalismo ruso. La versión rusa es que el ataque fue contra Putin, y también una presión para que se suspenda el desfile. Y este año, realizarlo tras este ataque será demostración de fuerza. El Kremlin está confirmando su realización, y también llega la noticia de que fue cancelado en otras ciudades rusas.

Ucrania niega el ataque, y desde los medios de prensa de Occidente (concepto político y no geográfico, cabe recordar) se afirma que Rusia busca justificar más ataques a la población civil ucraniana. Ataques que de todas maneras ya están ocurriendo, en el desarrollo de una ofensiva que se anticipa al tan anunciado contrataque ucraniano. Hay un elemento que abona la posibilidad de un ataque autoinfligido por los rusos, y es que a diferencia de otros ataques con drones, los medios rusos no lo informaron de inmediato sino 12 horas después, informó BBC. Eso sugiere que los conocedores del supuesto plan de autoataque de los rusos era conocido por muy pocos, como corresponde a una conspiración, y hubo de informarse internamente antes de hacerlo público.

Hay una consecuencia del ataque que por ahora no está mencionada por los medios occidentales, y es que va en contra del supremo interés de OTAN. Ucrania no debe atacar Rusia, porque eso justificaría un ataque ruso a OTAN (pese a lo cual hubo contados ataque ucranianos en suelo ruso propiamente dicho, aunque en zona de frontera). Los armamentos que se le están proporcionando a Kiev tienen una pública limitación, y es su alcance. A los efectos de esto, y por más que Ucrania no lo haya hecho, esos drones derribados –y uno filmado cuando alcanzaba la cúpula misma de los aposentos oficiales de Putin– son parte de los hechos o del relato de los hechos, y por su existencia condicionan al bando occidental. Con la luz del día, no se veían rastros de la explosión sobre la cúpula, coronada con la bandera rusa.

Kiev sigue recibiendo armamento y sigue pidiendo más, pero los dadores están perdiendo las ganas de hacerlo, por razones económicas y relativas a la inconveniencia geopolítica de aumentar la tensión en la región. La Unión Europea alberga diferencias internas respecto al tema, EEUU retrocedió con discreción de la idea de alimentar la fabricación de munición, y la afirmación de que

Ucrania ingresará a la OTAN está expresamente condicionada “a que gane esta guerra”.

Ucrania no puede ganar esta guerra, pese a su enorme espíritu de lucha. Ese espíritu también lo tenían, por ejemplo, los alemanes y los japoneses en la II Guerra Mundial, pero fueron derrotados porque el bombardeo aéreo destruyó su capacidad de fabricación militar. Pues no es el arma que se empuña la que decide una guerra, sino la capacidad industrial de reemplazarla. Y Ucrania no tiene posibilidad alguna de destruir la capacidad industrial rusa, que es de conjeturar que va en aumento.

Contrariando las acusaciones de OTAN, China apoyó a Rusia pero no con armas; Rusia es un aliado que China precisa, y lo quiere entero. Si lo hubiera hecho, si le hubiera dado apoyo militar, habría ido en contra de sus intereses tras haber logrado, tras casi un siglo, congeniar tradiciones con modernización y con ello un desarrollo que la convierte en la gran oposición a EEUU.

China viene apoyando a Rusia porque los intereses nacionales divergentes y los conflictos ideológicos “del cisma” de fines de los 1950 y la década siguiente ya no están. Entonces, Mao prefería una mayor beligerancia hacia los países capitalistas, mientras los rusos eran acusados de “revisionismo” por orientar su política hacia lo que llamó “coexistencia pacífica”. Hoy podría decirse que es al revés. China, y particularmente con Xi Jinping al frente, desarrolla una política internacional que se imbrica en el sistema capitalista y acompaña el desarrollo de regiones subdesarrolladas para beneficio mutuo. Tuvo logros diplomáticos importantes, como intermediar en el restablecimiento de relaciones entre Iran y Arabia Saudita, y grandes avances en el terreno internacional.

A Rusia no le sirve la guerra. Las sanciones económicas no afectaron de modo significativo a su industria; su economía está absorbiendo el golpe de los limitados aislamientos; su clase media y su oligarquía no le han socavado la base de sustentación a Putin. La relación con la Unión Europea, hoy fisurada, le es importante a Rusia por razones comerciales pero también sociales. Y además, le aportan en su relación con China, que no tiene esa llegada a Europa.

Lógicamente, tampoco a Ucrania le sirve la guerra. No sólo tiene mucho que reconstruír, sino que ha perdido población a la emigración: se maneja la cifra de diez a catorce millones de emigrantes, en un país de cuarenta y cuatro millones en 2021. Entre ellos, muchos de aquellos con calificación laboral que les permite reinsertarse en otra sociedad, y al menos 1,5 millones de niños, que están siendo formados en otras culturas. No son problemas que soporten el paso del tiempo. Y además, Ucrania necesita transformar mucho de su administración y cultura social para poder ingresar a la Unión Europea, que es ya un propósito definido por todas las partes, e incluso aceptable por Rusia, pero que llevará mucho trabajo.

En ese contexto, el gobierno de China anunció el miércoles 26 de abril que enviará una delegación a Ucrania con el fin de buscar una «solución política» al conflicto con Rusia, tras anunciarse la primera conversación telefónica entre los presidentes Xi Jinping y Volodimir Zelenski desde el inicio de la invasión rusa. Si China anuncia eso, es porque ve perspectivas; si no le pone fecha, es porque espera que los tiempos maduren la posibilidad.

Mucho sugiere que la presente acción militar rusa, el tema de los drones y la tan anunciada contraofensiva ucraniana procuran definir, desde ambos bandos, las condiciones territoriales y políticas que conduzcan a la que, con propiedad, los chinos llamaron “solución política”´. Los tiros, drones, movilizaciones y demás, son en este momento el lenguaje de la política.

La expresión de esa política difícilmente se llame “paz”; un triunfo para ambos sería un cese de hostilidades. En su momento, el presidente de Brasil Lula da Silva hizo el comentario de que Crimea quedara en manos rusas, institucionalizando con un tratado lo que tomó por la fuerza en 2014. El acceso al mar es el gran problema geoestratégico ruso desde siempre, y así se acercaría al Estrecho de Bósforo y al Mediterráneo. Pero Rusia ha capturado –y formalmente integrado a Rusia– más territorio sobre la costa; negociar su devolución será, por lo menos, arduo.

Qué se negociará y cuándo es lo que se está decidiendo ahora con pólvora. El modelo que se pone como ejemplo es el armisticio que puso fin a la guerra de Corea del Sur: sin ninguna firma de paz, la partición del territorio, una zona desmilitarizada entre ambas partes, y la seguridad de Ucrania asegurada por Occidente, tal como hoy asegura la de Corea del Sur. Cabe recordar que la guerra (1950-53) tuvo su fin en un armisticio y que Corea del Sur no aceptó firmarlo. Y así quedó.

 

 

 

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