CINE | “El hombre que vendió su piel”: La libertad inmoralmente conculcada

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Los estragos provocados por la guerra en una nación de Oriente Próximo literalmente desangrada por conflictos políticos, el más rampante autoritarismo, el siempre incierto y doloroso exilio y el cuerpo humano con valor artístico de mercado para las altas elites culturales europeas, son los cuatro removedores y reflexivos disparadores temáticos de “El hombre que vendió su piel”, el impactante filme de la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania.

La película, que obtuvo importantes reconocimientos en el Festival de Cine de Venecia, uno de los más prestigiosos del planeta, plantea temas sin dudas desgarradores de un presente siempre incierto y contradictorio.

No en vano, el primer tramo del relato transcurre nada menos que en Siria, recurrentemente azotada por una implacable dictadura y por una sangrienta guerra civil que ha ocasionado miles de víctimas civiles y la huida al exilio de otras tantas personas por la incontenible y patológica violencia política.

Es tan paupérrima la situación de ese país, que se encuentra en el epicentro de la sempiterna confrontación árabe israelí que ha castigado a los pueblos de ambos bandos durante más de setenta años, que muchos sirios prefieren huir de su país natal y refugiarse en naciones europeas, donde son meros parias o mano de obra barata para engordar las ganancias de las elites económicas del sistema.

Ese es precisamente el caso del Sam (Yahya Mahayni), un joven sirio nada politizado cuya única aspiración es casarse con Abeer (Dea Liane), una mujer que está obligada por un acuerdo familiar, a contraer enlace con un acaudalado hombre.

El detonante de la situación es el gesto de exultante rebeldía del protagonista, quien, junto a su pareja, en un autobús atestado de pasajeros, anuncia su deseo de unir su vida a su amada y clama por una revolución que le otorgue libertad y dignidad a su pueblo.

Obviamente, es denunciado y encarcelado por el único crimen de reclamar un derecho humano consagrado, a texto expreso, por la Declaración Universal de los Derechos Humanos homologada por la Organización de las Naciones Unidas.

Por más que logra evadirse de la cárcel con mucha inteligencia, afronta una alternativa de hierro: o permanece en su país como un prisionero con derechos conculcados o marcha a la incertidumbre del exilio, lo cual logra escondido en una furgoneta, en la cual traspone la frontera entre Siria y El Líbano.

Ahora, para él comenzará el siempre dramático trauma de la diáspora, que tantos uruguayos experimentaron durante la dictadura liberticida por razones políticas y otros, en plena democracia, en calidad de exiliados económicos.

Naturalmente, el otro oneroso precio que deberá pagar es separarse de su amada, que cumplirá con el ritual de casarse con un hombre que no quiere, aunque igualmente se seguirá comunicando con el protagonista mediante videollamada.

Ya en Europa, concretamente en la modélica Bélgica, el hombre no encontrará la ansiada paz en el idealizado paraíso capitalista que tanto ansiaba, porque allí las reglas de convivencia son radicalmente diferentes.

En ese contexto, el primer eslabón de su exiliado itinerario en “libertad”, será trabajar en un criadero de pollos y seguir las reglas que le impone su nuevo modelo político y social, a miles de kilómetros de distancia de sus afectos y sus raíces.

Aunque ya no siente en la garganta las garras del autoritarismo liberticida que lo oprimía en el pasado, comienza paulatinamente a experimentar otra forma de cautiverio para él hasta el momento desconocida.

En este caso, la cineasta argelina, que procede naturalmente de un país donde la democracia tal cual la concebimos es también una suerte de quimera, plantea un tema tan crucial y removedor como la libertad, tanto la real como la meramente cosmética.

Tal cual le sucede a los pobres uruguayos que no se pueden aherrojar el yugo que les impone su degradante condición social, el joven tampoco en este caso es dueño de sus decisiones y de sus propios espacios. ¿Por qué? Porque, de la noche a la mañana, ha pasado del sometimiento de una implacable autocracia a la dictadura del mercado, que también lo anula como individuo y lo somete a las inmutables reglas de la oferta y la demanda. Ahora, el ejercicio de su libertad seguirá limitado, cuando se transforme en una suerte de pieza de museo.

“¿Quieres mi alma?”, le pregunta Sam al artista plástico Jefrrey Godefroy, luego de que éste afirma que a menudo se siente Mefistófeles. “No”, responde y replica: “Quiero tu espalda”.

Este extraño diálogo –que impacta al eventual espectador- puede inducir a pensar en una experiencia escabrosa y tal vez hasta en el abuso sexual, tan habitual en todas las sociedades del planeta, fundamentalmente en aquellas en las cuales algunas elites económicas ejercen su poder sobre los más vulnerables.

Ambos hombres se conocen cuando el exiliado ingresa sin invitación a una fiesta de presentación que transcurre en una galería de arte, con el único objetivo de robar comida para mitigar su hambre atrasado por tanto padecimiento.

Por supuesto, esta actitud de hurtar alimentos en un encuentro sin restricciones en esa materia, transforma al infortunado sirio en individuo susceptible –por extrema necesidad-de ser abusado.

Aunque no tenga meros propósitos de prostitución sexual, la posesión del cuerpo de alguien por parte de otra persona, es naturalmente inmoral y tributaria de los tiempos de la esclavitud, cuando el poder- tanto el del Estado como el de particulares- disponía libremente y sin restricciones, de los servicios de un sometido o sometida a su autoritaria voluntad.

No en vano los esclavos o esclavas eran vendidos o vendidas como mercancía al mejor postor en subastas públicas y, en la mayoría de los casos, fungían como fuerza de trabajo de bajo costo, que estaba obligada a acatar las órdenes de amos y propietarios, porque su libertad estaba conculcada.

 

El flagelo de la esclavitud, que es una de las más aberrantes violaciones a los derechos humanos, aun persiste en pleno siglo XXI no sólo en los países periféricos, sino también en los desarrollados donde los inmigrantes suelen ser explotados despiadadamente, particularmente aquellos que están en situación ilegal, y, por ende, carecen de documentación y permiso de residencia.

Este es el caso del infortunado protagonista, que deberá vender su piel para sobrevivir- concretamente su espalda- para que el creador que lo compró imprima sobre ella una obra de arte ambulante que será exhibida en museos de elite para ser apreciada por la alta burguesía de la intelectualidad europea.

Más allá de obvias diferencias, esta situación puede ser perfectamente extrapolada a la de los últimos charrúas sobrevivientes de la masacre perpetrada por el genocida Fructuoso Rivera en Salsipuedes, quienes fueron exhibidos en París como objetos extraños procedentes de una cultura nativa.

Por supuesto, aunque Sam no es maltratado, torturado ni segregado y se hospeda en una habitación de un hotel 5 estrellas con todas las comodidades y necesidades satisfechas, es igualmente tan cautivo como los aborígenes masacrados por orden del traidor y delincuente fundador del Partido Colorado.

En efecto, durante la fase de creación debe permanecer inmóvil y con el torso desnudo hasta que su dueño concluya su trabajo artístico. También será una suerte de estatua cuando su cuerpo pintado – más bien tatuado-sea exhibido en galerías de arte y museos.

La propia realizadora inspiró su obra en un caso real, que ella adosa con un relato cruzado por pasiones y amores a flor de piel, que, en este caso concreto, van a contrapelo de las circunstancias.

En ese contexto, el drama- que el protagonista acostumbrado a ser sometido y vilipendiado apenas percibe- se entrecruza con un romance imposible, con una mujer que-al igual que él- también tiene dueño, porque su acaudalado esposo la “compró”.

La odisea de esta fémina plantea otro ángulo de reflexión no menos relevante: la degradante situación del sexo femenino en las sociedades teocráticas, que conculcan sus derechos y su libertad.

Esos aberrantes cuadros fueron objeto de controversia apenas hace un año, cuando se celebró el Campeonato Mundial de Fútbol en Catar, una suerte de cloaca de lujo gobernada por un príncipe multimillonario que tiene tres esposas- su religión le permite tener hasta cuatro- y múltiples pozos de petróleo, que le permiten acumular abundantes riquezas originadas en la despiadada explotación de sus súbditos y en el pillaje de varias generaciones.

El otro disparador reflexivo de esta película sin dudas desafiante, son los ritualismos de una intelectualidad sesgada, soberbia y autocomplaciente que solamente se mira el ombligo, cuya impronta pequeño burguesa destilla banalidad y frivolidad, más a allá de sus posturas presuntamente progresistas.

Desde ese punto de vista, evidentemente existen puntos de contacto entre los acaudalados emires del Oriente Próximo y esta elite que profesa un republicanismo casi religioso, porque ambos –a su modo- desprecian la libertad, que es, además, de una garantía jurídica, un derecho natural inherente a la condición humana.

Aunque este film asume a menudo un formato de comedia porque plantea situaciones jocosas, en realidad es un drama bien contemporáneo, que plantea temas de alta sensibilidad.

Pese a que no exhibe un acento discursivo, esta es, sin dudas, una película política, porque abarca una amplia gama de temas, que incursionan en el autoritarismo de raíz violentista y descontrolada, pero también en otras modalidades de sometimiento bastante sutiles pero no menos humillantes.

En un contexto de recurrentes guerras de exterminio que paren muerte y desolación, en pleno siglo XXI el hombre sigue siendo, como en el pasado, el lobo del hombre, tal cual lo proclamó el eminente filósofo inglés Thomas Hobbes, en su memorable clásico “Leviatán” (1651), que, más de cuatro siglos después, sigue teniendo plena vigencia en el presente.

En ese marco, “el hombre que vendió su piel” pone nuevamente en el foco de debate el crucial tema del pleno ejercicio de la libertad, recurrentemente jaqueada por la tentación totalitaria y el paradigma de acumulación -hijo del rancio liberalismo económico- y los seductores cantos de sirena del omnímodo poder del mercado.

FICHA TÉCNICA

El hombre que vendió su piel (L’homme qui a vendu sa peau). Túnez-Francia-Alemania-Bélgica-Suecia-Turquía 2020. Dirección y guión: Kaouther Ben Hania. Música: Amin Bouhafa. Fotografía: Christopher Aoun. Reparto: Koen De Bouw, Monica Bellucci, Husam Chadat, Rupert Wynne-James, Adrienne Mei Irving, Najoua Zouheir, Yahya Mahayni, Saad Lostan, Nadim Cheikhrouha y Dea Liane.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

 

 

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