La inseguridad nacional de EEUU

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Para evitar otro ataque terrorista como el del 11 de septiembre de 2001, en EEUU crearon una organización tan grande, tan difícil de manejar y tan secreta que nadie sabe cuánto dinero cuesta, cuántas personas emplea, cuántos programas existen dentro de él y tampoco cuántas agencias hacen el mismo trabajo.

Una investigación que insumió dos años a The Washington Post descubrió lo que equivale a una geografía alternativa de los Estados Unidos, una América ultra secreta, oculta a la vista del público y carente de una supervisión exhaustiva. Después de tantos años de gasto y crecimiento sin precedentes, el resultado es que el sistema implementado para mantener a Estados Unidos a salvo es tan masivo que su eficacia es imposible de determinar. Y la investigación periodística se apoya en numerosas declaraciones en ese sentido de altos mandos militares, jerarcas de seguridad y políticos.

Unas 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 empresas privadas trabajan en programas relacionados con la lucha contra el terrorismo, la seguridad nacional y la inteligencia en unos 10.000 lugares de los Estados Unidos.

Se estima que son 854.000 las personas que tienen autorizaciones del máximo nivel de seguridad. . En Washington y sus alrededores, se han construido en estos años 33 complejos de edificios para trabajos de inteligencia, que sumados ocupan un total de158 hectáreas. Muchas agencias de seguridad e inteligencia hacen el mismo trabajo, creando redundancia y desperdicio. Por ejemplo, 51 organizaciones federales y comandos militares que operan en 15 ciudades de EEUU, están para rastrear el flujo de dinero hacia y desde las redes terroristas.

Los analistas que dan sentido a los documentos y conversaciones obtenidos por el espionaje nacional y extranjero comparten su opinión al publicar 50.000 informes de inteligencia cada año, un volumen tan grande que muchos son ignorados de forma rutinaria.

Fue la falta de enfoque en el trabajo de inteligencia y no la falta de recursos lo que estuvo en el corazón del tiroteo en Fort Hood, Texas, en 2009, que dejó 13 muertos. Pero el autor no fue un fundamentalista islámico sino un psicoanalista y militar con el grado de mayor. Y el 22 de diciembre de 2001, fue el humo proveniente del zapato de un pasajero en el vuelo 63 de París a Miami detectado por su compañero de asiento lo que frustró la explosión intentada por un terrorista, y no los miles de analistas empleados para encontrar terroristas solitarios ni las extremas y molestas medidas de seguridad impuestas en los aeropuertos.

De hecho, este último fue el único atentado desde el de las Torres Gemelas cuyo autor fue con propiedad identificado como terrorista islámico. En un listado de los atentados mas importantes en EEUU de Wikipedia, los otros cuatro fueron cometidos sin la justificación de la fe. El más grave fue contra un club gay en Orlando, Florida, en 2016, por un homofóbico y murieron 49 personas. En el de la Maratón de Boston, en 2013, murieron tres personas; en la camioneta que atropelló una maratón en Nueva York en 2017 murieron ocho. y el autor se dijo inspirado en el Estado islámico sin más que su declaración para demostrarlo. Y el ataque al Capitolio en enero 2021 fue notoriamente hecho por caucásicos desaforados.

No ha vuelto a ocurrir un atentado terrorista islámico en EEUU desde 2001, pero, de hecho, las medidas, fuerzas y presupuestos en nombre de la lucha antiterrorista son desde entonces una constante que EEUU impuso al mundo sobre el que influye.

La prevención antiterrorista continúa, aunque en una situación organizativa en la que difícilmente pueda ser eficaz. En el Departamento de Defensa, donde residen más de dos tercios de los programas de inteligencia, solo un puñado de altos funcionarios, llamados Super Usuarios, tienen la capacidad de conocer todas las actividades del departamento. Pero como dos de los Super Usuarios indicaron en entrevistas, simplemente no hay forma de que puedan mantenerse al día con el trabajo más delicado de la nación.

«No voy a vivir lo suficiente para que me informen de todo», expresó un Super Usuario al Washington Post. El otro contó que para su sesión informativa inicial, lo escoltaron a una habitación pequeña y oscura, lo sentaron en una mesa pequeña ante una TV y le dijeron que no podía tomar notas. Programa tras programa comenzaron a parpadear en una pantalla, contó, hasta que gritó «¡Alto!» con frustración. «No recordaba nada de eso», dijo.

Las conclusiones del teniente general retirado del ejército John R. Vines, a quien se le pidió el año pasado que revisara el método para rastrear los programas más sensibles del Departamento de Defensa, subrayan la gravedad de estos problemas. Vines, quien supo estar al mando de 145.000 soldados en Irak y está familiarizado con problemas complejos, quedó atónito con lo que descubrió. «No tengo conocimiento de ninguna agencia con la autoridad, la responsabilidad o un proceso establecido para coordinar todas estas actividades interinstitucionales y comerciales», dijo en una entrevista. «La complejidad de este sistema desafía toda descripción».

El resultado, agregó Vines, es que es imposible saber si el país es más seguro debido a todo este gasto y todas estas actividades. «Debido a que carece de un proceso de sincronización, inevitablemente genera disonancia en el mensaje, reducción de la eficacia y desperdicio», dijo Vines. «En consecuencia, no podemos evaluar de manera efectiva si nos está haciendo más seguros».

El director de la CIA, León Panetta, quien también fue entrevistado por The Post, dijo que comenzó a trazar un plan de cinco años para su agencia porque los niveles de gasto desde el 11 de septiembre no son sostenibles, consideró. «Particularmente con estos déficits, vamos a chocar contra la pared. Quiero estar preparado para eso», dijo. Y agregó: «Francamente, creo que todos en inteligencia deberían estar haciendo eso». Su gestión fue 2009-11, y luego fue nombrado secretario de Defensa por el presidente Barack Obama. Del choque contra la pared que vaticinó, no hubo más noticia.

Hay un lugar que no está en ningún mapa público y no está anunciado por ningún letrero. Es que Liberty Crossing se esfuerza por ocultarse de la vista. Pero en el invierno, los árboles sin hojas no pueden ocultar una montaña de cemento y ventanas del tamaño de cinco grandes supermercados apiladas una encima de otra que se elevan tras una zanja que la rodea, cual un castillo medieval. Un paso que vaya demasiado cerca sin la insignia correcta, y los hombres de negro saltan de la nada, con las armas listas.

Más allá de los guardias armados y las barreras hidráulicas de acero, al menos 1.700 empleados federales y 1.200 contratistas privados trabajan en Liberty Crossing, el apodo de las dos sedes de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional y su Centro Nacional de Contraterrorismo. Los dos comparten cuerpo policial, unidad canina y miles de plazas de estacionamiento.

Liberty Crossing está en el centro de la telaraña de agencias del gobierno de EE. UU. y contratistas corporativos que se multiplicaron tras los ataques de 2001. Pero no es la parte más grande, la más costosa o incluso la más secreta de las empresas surgidas por el 11 de septiembre. En un edificio de oficinas del condado de Arlington, el directorio puesto en el vestíbulo no incluye la unidad XOIWS de la Fuerza Aérea (por alguna razón misteriosa así nombrada), pero hay un gran cartel de»¡Bienvenido!» para los entendidos que saben bajar del ascensor en el tercer piso. En Elkridge, Maryland, un programa clandestino se esconde en una estructura alta de hormigón equipada con ventanas falsas para que parezca un edificio de oficinas normal. En Arnold, Montana, la ubicación está al otro lado de la calle de Target y Home Depot. En Saint Petersburg, Florida, está en un modesto bungalow de ladrillo en un parque empresarial en ruinas.

Todos los días, 854.000 funcionarios públicos de los Estados Unidos, personal militar y contratistas privados con autorizaciones máximas de seguridad son escaneados en oficinas protegidas por cerraduras electromagnéticas, cámaras retinales y muros fortificados que los equipos de escucha no pueden penetrar.

El presupuesto de Inteligencia de EEUU, un dato reservado, creció 2,5 veces tras los atentados del 11 de setiembre 2001. A esto se agregan los presupuestos de muchas actividades militares o programas nacionales de contraterrorismo, sobre el que no hay detalles ni montos. El presupuesto para Inteligencia se supone que es parte del presupuesto nacional para Defensa, que este año 2023 es de 858.000 millones de dólares. La consideración hecha en el Senado de EEUU sobre el presupuesto de 2003 es empero elocuente: es “el primer presupuesto para Inteligencia en nuestra guerra contra el terrorismo, siendo ésta nuestra arma más eficaz. Históricamente hemos venido considerado la gran importancia de este tema, pero ahora es un asunto de supervivencia nacional.”

Al menos el 20 por ciento de las organizaciones gubernamentales que existen para defenderse de las amenazas terroristas se establecieron o fueron remodeladas a raíz del 11 de septiembre. Muchos de los que existían antes de los ataques alcanzaron proporciones inéditas cuando la administración Bush y el Congreso dieron a las agencias más dinero del que podían gastar responsablemente.

La Agencia de Inteligencia de Defensa del Pentágono, por ejemplo, pasó rápidamente de 7.500 empleados en 2002 a 16.500. Se duplicó el presupuesto de la Agencia de Seguridad Nacional, que realiza escuchas electrónicas. Treinta y cinco Fuerzas de Tareas Conjuntas contra el Terrorismo del FBI se convirtieron en 106. Fue un crecimiento fenomenal y veloz; tal vez a partir de la misma noche de los ataques del 11 de septiembre. Respecto de la escucha telefónica, en 2022 la tecnología de EEUU produjo un programa para la intervención masiva de las comunicaciones telefónicas, y cuando quisieron aplicarlo al control del terrorismo, descubrieron que ya existía un programa así ya usado como herramienta antiterrorista, llamado Thintread.

Nueve días después de los ataques, el Congreso comprometió $40 mil millones más de lo que estaba en el presupuesto federal para fortalecer las defensas internas y lanzar una ofensiva global contra al-Qaeda. Siguió con $ 36.5 mil millones adicionales en 2002 y $ 44 mil millones en 2003; 120,5 mil millones en total, y eso fue solo el comienzo.

La Agencia de Inteligencia de Defensa del Pentágono, por ejemplo, pasó rápidamente de 7.500 empleados en 2002 a 16.500. Se duplicó el presupuesto de la Agencia de Seguridad Nacional, que realiza escuchas electrónicas. Treinta y cinco ´Fuerzas de Tareas Conjuntas contra el Terrorismo´ del FBI se convirtieron en 106.

Nueve días después de los ataques del 11 de setiembre, el Congreso comprometió $40 mil millones más de lo que estaba en el presupuesto federal para fortalecer las defensas internas y lanzar una ofensiva global contra al-Qaeda. Siguió con $ 36.5 mil millones adicionales en 2002 y $ 44 mil millones en 2003. Esos 120,5 mil millones fueron solo el comienzo.

Con tantos más empleados, unidades y organizaciones, las líneas de responsabilidad comenzaron a desdibujarse. Para remediar esto, por recomendación de la Comisión bipartidista del 11 de septiembre, la administración de George W. Bush y el Congreso decidieron crear una agencia en 2004 con responsabilidades generales llamada Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) para poner al colosal esfuerzo bajo control.

El padre de la sociología, el alemán Max Weber, estableció que la burocracia es la forma más eficiente y racional de organización. La burocracia se basa en reglas y procedimientos estandarizados que se aplican de manera uniforme a todas las situaciones. Esto, según Weber, conduce a una mayor eficiencia y previsibilidad en la toma de decisiones y en la ejecución de tareas.

En este caso, el desaforado crecimiento de la organización de inteligencia antiterrorista tuvo el efecto exactamente contrario. Es largo de detallar, pero haga fe el lector de que la creciente complejidad de la organización hace que unas y otras reparticiones se oculten información. Y a eso se agrega el trajín diario. Todos los días, los sistemas de recolección de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) interceptan y almacenan 1.700 millones de correos electrónicos, llamadas telefónicas y otros tipos de comunicaciones. La NSA clasifica una fracción de ellos en 70 bases de datos separadas. El mismo problema acosa a todas las demás agencias de inteligencia, ninguna de las cuales tiene suficientes analistas y traductores para todo este trabajo.

Lo aquí descrito es solo un aspecto de la relación del gobierno de EEUU con el problema.

Falta describir la relación de los contratistas del gobierno con esta montaña, y faltaría retratar una comunidad de éstas, del “top secret América”, por dentro. Lo cierto es que la montaña elefantiásica y desordenada promovida por la declarada guerra contra el terrorismo ni siquiera parió un ratón digno de tanto esfuerzo, tanto dinero, tanta conspiración. No se desea, pero lo cierto es que faltaron terroristas que al menos justificaran su existencia.

Por Marcela Brun

 

 

 

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