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El
estado y la motocicleta
por Por Ronald
Pais
Representante Nacional
Al establecer los
principios conceptuales en los que basan su bestseller, "Reinventing
Government", David Osborne y Ted Gaebler, afirman:
"Primero, nosotros creemos profundamente en el
Gobierno". Es oportuno parafrasear a estos autores
diciendo, antes que nada, que yo creo profundamente en el
Estado.
No cualquier
Estado. No un Estado omnipotente y omnicomprensivo. No un Estado
que sea un fin en sí mismo. Un Estado instrumento al servicio
del ser humano. Un Estado transformador, orientador, canalizador
y, en lo que corresponda, administrador. En suma un Estado
batllista.
A comienzos del
siglo XX, José Batlle y Ordoñez, abandonando una postura
prescindente del Estado, estaba dispuesto a admitir, en la
hipótesis menos favorable, la administración
"dispendiosa" del Estado. Hoy, se exige mucho más del
Estado. No basta que éste cumpla sus cometidos esenciales: debe
hacerlo , además, eficaz y eficientemente. Un sordo clamor se
fue levantando desde la ciudadanía, a través de los años,
para terminar con la dilapidación de recursos, las malas
administraciones o la cultura de una burocracia insensible y
derrochona.
El mayor paso en
ese sentido lo han dado las llamadas empresas públicas: los
entes comerciales e industriales del Estado (así los denomina
la Constitución). Esta revolución silenciosa la inició UTE en
1988 cuando, mediante la contratación de una empresa consultora
extranjera, comenzó lo que se denominó el Proyecto de Mejora
de Gestión (P.M.G.).
A partir de
allí, se produjo un cambio cultural trascendental que
visualizó el rol de empresa que debía cumplir el ente
eléctrico y donde el malhadado y maltratado
"suscriptor" se transformó en el "cliente",
alrededor de cuya satisfacción debía girar toda la
organización y su actividad. Ese centro de irradiación, con un
nuevo enfoque, rápidamente se extendió hacia ANTEL, ANCAP,
OSE, etc.
Se terminaron las
colas, las demoras injustificadas, los cortes prolongados del
servicio, el maltrato en la atención, la búsqueda de
"influencias" para acceder a un nuevo servicio.
Gracias a las empresas públicas, se desterró el espectáculo
de funcionarios públicos tomando té o mate a la vista de
quienes aguardaban para ser atendidos.
Ello motivó
también un cambio fundamental en la imagen que la gente tiene
de esas empresas públicas, con mayorías muy altas de la
población que se manifiestan en forma favorable o muy favorable
respecto de su gestión. Claro está que, al existir un cambio
sustancial en el relacionamiento de las empresas públicas con
sus clientes, también se produjo un fenómeno comunicacional
que puso en un primer plano a los hombres y mujeres que ocuparon
y ocupan cargos de dirección en dichas empresas, lo que no ha
dejado de causar escozor y envidia en otros actores públicos
que - hasta entonces - eran los únicos protagonistas.
Tal vez ello
explique, el desmesurado afán para limitar, controlar y hasta
cercenar el accionar de estas empresas públicas. Pero el Estado
no son sólo UTE, ANCAP, ANTEL y otros organismos similares. El
Estado también es la llamada Administración Central, donde se
encuentran - por ejemplo - los Ministerios.
¿Han logrado
estos Ministerios y sus distintas reparticiones, un nivel de
evolución similar, en cuanto a modernización, eficiencia,
racionalización de procedimientos y trámites, trato al
administrado (cliente); que el alcanzado por las empresas
públicas? Notoriamente no. ¿Se ha logrado establecer un grado
de profesionalismo y de desarrollo del management comparable al
que existe en UTE o ANTEL? Notoriamente tampoco.
Baste pedir a
Juan Pueblo que piense en el último trámite, requisito o
información que necesitó de alguna dependencia ministerial
para que obtengamos la respuesta.
Permítanme
contarles la siguiente historia. Un padre había logrado,
después de muchos sacrificios, comprar dos motocicletas usadas,
de similares condiciones, para sus dos hijos. El padre les
recomendó cuidar mucho esas motocicletas ya que él tendría
que pagar el mantenimiento de ambas, a cuyos efectos le
entregaría, a cada hijo, una suma de dinero por mes. Uno de los
hijos mejoró considerablemente la suya, arregló el motor, la
pintó, recuperó los cromados y le introdujo otras mejoras, de
modo tal que, al funcionar mejor, logró emplearla en una
distribución de paquetes y, lejos de requerir dinero del padre,
comenzó a entregarle una parte de lo que producía con la
motocicleta.
El padre escuchó
a más de un vecino comentar "lo linda que está esa
moto", a lo que casi siempre respondió: "Claro, la
compré yo". El otro hijo, por el contrario, apenas si hizo
algunos cambios menores en la motocicleta, que siguió
requiriendo dinero del padre. Lo que el hijo propietario de la
motocicleta mejorada no podía entender era que el padre, cada
vez que se sentaban a la mesa, hacía comentarios sobre esa
motocicleta, poniéndose muy severo en cuanto al estado de
limpieza y encerado de la misma. Raramente se refería a la
motocicleta que estaba en peor estado.
Al parecer nos
está pasando lo mismo con las empresas públicas y el resto del
Estado. No solamente en lo referido a la Administración
Central. Hablemos del Poder Judicial. ¿Hay un gerenciamiento
mínimo de parte de la Suprema Corte de Justicia y las altas
jerarquías judiciales sobre el funcionamiento del servicio que
deben prestar a la población? Cuando ejercía como abogado
siempre me llevé la misma impresión: que solamente el alto
grado de profesionalismo, dedicación y esfuerzo que algunos (no
demasiados) funcionarios judiciales ponen en su tarea, permiten
que ese servicio funcione: pésimamente, pero que al menos
funcione. Se le pretende echar la culpa de todo a la falta de
recursos. Que un testigo de un delito muchas veces tenga que
sufrir "amansadoras" de 4 o 5 horas en una sala de
espera que comparte con los familiares de los delincuentes no
tiene nada que ver con los recursos y sí con una absoluta falta
de capacidad para administrar.
Tampoco escapa a
esta crítica el Poder Legislativo. Si bien, como integrante del
mismo, he observado una mejoría a través del tiempo, hay
todavía años luz de diferencia con el grado de eficiencia y
profesionalismo que existe en las empresas públicas. ¿Por qué
no se hace un convenio de consultoría con CONEX de UTE, por
ejemplo, para mejorar la gestión? Es algo que me lo he
preguntado muchas veces. Hace ya un tiempo presenté una
iniciativa tendiente a minimizar los impactos ambientales que
produce la actividad en la Casa de las Leyes, con ello se
reducían también los desperdicios de agua, luz, etc. y se
producían los consiguientes ahorros. Hasta el momento no he
recibido respuesta.
¿ Y qué me
dicen de las Intendencias? Seguramente los más grandes (por no
decir los más viejos) recordarán la época de la veda en la
venta de carne, cuando traer un kilogramo de La Paz a Montevideo
era contrabando? Algo increíble, pero históricamente cierto.
Espero que, en el futuro, se registre como increíblemente
cierto que un ciudadano que en estos tiempos tiene su auto
empadronado en uno de los diecinueve departamentos de este
pequeño país, al ingresar a otro corre el riesgo de ser
detenido por inspectores municipales que le exigirán toda una
prueba de su inocencia, bajo la amenaza de multa. ¡De Ripley!
La incapacidad administradora de muchas intendencias que siguen
ingresando personal no obstante ser deficitarias, reclamando
luego transferencias del gobierno nacional para hacer frente a
su propia irresponsabilidad también es un hecho fácilmente
verificable.
Es obvio precisar
que no nos referimos en especial a ningún Intendente, sino que
hablamos de algunas "Intendencias" (no todas) como
gobiernos departamentales que deben ajustar su dirección a las
mismas exigencias de gestión y administración que hoy podrían
aprender de las empresas públicas. ¿Ven ustedes una gran
discusión pública de cuáles son los objetivos y mejoras de
los Ministerios, Poder Judicial, Intendencias, y también Poder
Legislativo? Yo no. Esperemos que sea pronto y no sigamos
mirando sólo la motocicleta que está mejor. LA
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