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La Economía
Cubana
por Manuel
David Orrio
Periodista independiente
LA HABANA. Los
economistas y periodistas independientes que a lo largo del año
estuvieron publicando desde Cuba sus consideraciones sobre la
situación económica isleña pueden estar de plácemes. José
Luis Rodríguez, ministro de Economía, durante la última
sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular reconoció que
la metodología contabilizadora de las estadísticas
macroeconómicas del país presenta serias deficiencias, sin
contar de las contradicciones señaladas por aquellos, y en
virtud de las cuales cabe sospechar desde falta de
profesionalismo hasta voluntad fraudulenta.
Tal y como han
estado afirmando los economistas y periodistas, Rodríguez
admitió la necesidad de comenzar a medir el producto interno
bruto (PIB) a precios constantes de un año más cercano a los
actuales, y no a los del hoy referencial 1981, dadas las
desviaciones que el mismo introduce en la apreciación de la
realidad económica de la Isla. Durante todo el 2000 los
independientes lo señalaron, así como sugirieron que 1995
sería un buen punto de partida. Ahora Rodríguez lo acepta,
aunque haciendo mutis sobre la paternidad del análisis.
El ministro de
Economía de Castro "subió la parada", al apuntar lo
que los independientes no han señalado: una subvaloración del
PIB, provocada por la metodología oficial vigente, que no
contempla cómo registrar parte del valor agregado de ramas como
la educación y la salud, dada su aparente gratuidad, lo cual
hace que a la sumatoria del PIB sólo se agregue el gasto
público asociado a esos conceptos, y no ganancias vinculadas a
un supuesto valor mercantil, en las condiciones cubanas, o su
equivalente.
Más allá de la
olímpica tranquilidad con que Rodríguez reconoció el
carácter poco veraz de las estadísticas cubanas, al admitir
semejantes descuadres por defecto y por exceso, llama la
atención en sus enfoques cómo el pensamiento económico
oficial acaba de echar por la borda al mismísimo Carlos Marx,
para quien sectores como la educación y la salud no son
productores de valor, sino apropiadores del mismo mediante una
redistribución del ingreso nacional. No sólo Carlos Marx cayó
borda abajo; junto a él se precipitó el concepto oficial de
educación y salud gratuitas: a partir de ahora, sólo cabe
hablar de servicios como ésos en su carácter de pagados ¿por
quién?
Sólo
reconociendo a esas ramas un valor mercantil se hace posible
aplicar a las mismas aquellas definiciones propias de la
determinación de un aporte que, nadie sabe cómo, ha de pasar
por oscuridades cubanas como la formación de precios, ganancias
y rentabilidades, así como por la nominación de quién paga y
con qué. Otra cosa no sería más que manipulación
estadística, destinada a fundamentar un crecimiento del PIB no
surgido de las ramas de donde debe emerger. Ojo atento: cabe la
posibilidad de que se pretenda justificar incrementos del PIB
por medio de una inflación contable del gasto social. Si por
los años 60 del siglo pasado hubo en Cuba quien se dedicó a
especulaciones sobre cómo eliminar el dinero, ahora parece que
habrá quien se dedicará a inventarlo. Basta pensar en esta
escena, extrañamente cercana al teatro vernáculo: un grupo de
burócratas se reúne para determinar el valor agregado de una
consulta al médico de la familia y concluye que el resultado de
la discusión es añadible al PIB.
Una cosa es
reconocer valor dentro de una economía de mercado, donde puede
ser indiferente que pague el Estado en nombre del ciudadano -o
éste mismo- y otra muy distinta crear un engendro contable de
dudosa conexión con la realidad monetaria del país. Llama la
atención que el pensamiento económico oficial pretenda
sumergirse en esas honduras teóricas y no se concentre en temas
tan concretos como el de la eficiencia y calidad de los
servicios de educación y salud, cuyos gastos en términos de
precios de 1981 no parecen haber remontado el récord de 1986.
Sólo para citar un ejemplo, un estudio oficial aseveró que el
40 por ciento de los habaneros opina lo peor de la
estomatología estatal capitalina.
No es objeto de
estas líneas evaluar la situación económica de Cuba, a la luz
o el apagón de las cifras hechas públicas en la pasada sesión
del parlamento isleño. No obstante, vale destacar seis puntos,
mucho más que el declarado crecimiento del PIB en 5,6 por
ciento, a los envejecidos precios de 1981:
1- Un anunciado
crecimiento de las exportaciones en 12 por ciento de la mano con
un silencio notable sobre el ascenso de las importaciones,
acerca del cual sólo se informó que se hubo de pagar 500
millones de dólares (MMD) más para adquirir en el 2000 similar
cantidad de petróleo que en 1999. En país de economía abierta
como Cuba, ¿puede hablarse de crecimiento económico sin
aumento de las importaciones físicas?
2- La liquidez
monetaria en pesos creció a un ritmo ligeramente superior al
del PIB -5,8 vs 5,6- y nada se informó sobre el estado de la
liquidez en dólares. La suma de ambas, calculadas al cambio
oficial de 20 pesos por dólar, supera al monto del PIB que
resulta de las declaraciones gubernamentales. De este modo,
¿cómo se fundamenta la informada ligera disminución del
índice de precios al consumidor?
3- El ingreso
medio por trabajador se reportó en 359 pesos mensuales.
Considerando el monto real de distribución racionada de
alimentos y los precios de estos en todos los tipos de mercados
no racionados, no parece haber base para el declarado consumo
per cápita diario de 2585 kilocalorías y 68 gramos de
proteína. Ingerir dos huevos al día -una persona- cuesta el 30
por ciento del ingreso reportado; como mínimo existe un millón
400 mil pensionados cuyos emolumentos ni siquiera se acercan a
los 359 pesos de marras, para no mencionar a otros sectores de
la población sin acceso a esa posibilidad
4- La declarada
reducción de la intensidad energética en 3,4 por ciento parece
realidad; ella significa que producir cada millón de pesos de
PIB importó 414 toneladas de combustible equivalente en 1999 y
alrededor de 400 en el 2000. Sin embargo, ¿justifica esa
disminución que con similar cantidad de petróleo el PIB se
haya incrementado en 5,6 por ciento? ¿Cómo ascendieron la
productividad del trabajo y la efectividad de las inversiones si
el comportamiento de la variable energética tendió al
estancamiento y perjudicó principalmente al consumo no
eléctrico lo que, para sólo citar un ejemplo, significó
severas restricciones en los servicios de transportes?
5- La inversión
bruta interna, de carácter principalmente estatal, pasó de ser
el 6,3 por ciento del PIB corriente de 1995 a representar el
11,3 por ciento del logrado en el 2000, para confirmar una
creciente contradicción entre acumulación y consumo. La
negativa gubernamental a una mayor apertura hacia los esfuerzos
de inversionistas privados nacionales y extranjeros, así, se
presenta como el reiterado desecho de la posibilidad de destinar
a un mejoramiento de la calidad de vida, particularmente en los
casos de la tercera edad, los discapacitados y otros sectores en
desventaja, parte de los recursos estatales empleados en la
inversión.
6- Llama la
atención el tira y encoge gubernamental acerca de la situación
del empleo, pues en un par de meses se han sucedido varios
reportes oficiales contradictorios; desde uno que declaró una
tasa de desocupación de sólo 3,8 por ciento, hasta lo
aseverado por Rodríguez en el parlamento cubano: una tasa de
desempleo de 5,5 por ciento. Metodológicamente, no es lo mismo
desempleo que desocupación; y todo parece indicar que, o el
gobierno no acaba de decidir sobre qué bases analizará el
fenómeno del empleo, o está manipulando las cifras. ¿Por
qué, esa conducta oficial? ¿Por qué tantas contradicciones
alrededor de la ocupación laboral? En ocasiones anteriores he
llamado la atención acerca de este problema, cuya clave
profunda radica en que, en las condiciones cubanas, si no crece
la ocupación, no asciende el PIB.
Todo lo anterior
invita al ejercicio de una severa y metódica duda relativa al
desempeño económico isleño, tanto en el 2000 como en los
últimos cinco años. Un discurso apologético en los estrados
del parlamento cubano no oculta la ausencia de respuestas de
fondo a problemas que no sólo tienen que ver con el futuro
económico de Cuba, sino con el más elemental principio
constitucional de rendición de cuentas de elegidos a electores.
Si el gobierno de Fidel Castro dispone de recursos para editar
en formato tabloide 13 millones de ejemplares de los cursos
televisivos Universidad para todos, sin dudas también los tiene
para imprimir un resumen estadístico de acceso general,
contentivo de las cifras que informa a organismos
internacionales como la Comisión Económica para América
Latina (CEPAL), para sólo citar un ejemplo. Rodríguez, por
supuesto, no aboga por el ejercicio de ese elemental deber, que
está entre lo que no dice. O, quizás, entre lo que no le dejan
decir. LA
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