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RIESGO
"Un
mundo desbocado"
por Anthony
Giddens
(Tomado
de la Revista del Plan Agropecuario, número 95).
La mejor manera
de explicar lo que está pasando es hacer una distinción entre
dos tipos de riesgo. A uno lo llamaré riesgo externo. El riesgo
externo es el riesgo que se experimenta como viniendo del
exterior, de las sujeciones de la tradición o de la naturaleza.
Quiero distinguir
éste del riesgo manufacturado, con lo que aludo al riesgo
creado por el impacto mismo de nuestro conocimiento creciente
sobre el mundo. El riesgo manufacturado se refiere a situaciones
que tenemos muy poca experiencia histórica en afrontar. La
mayoría de los riesgos medioambientales, como los vinculados al
calentamiento global, entran en esta categoría.
Están
directamente influidos por la globalización galopante. La mejor
manera en la que puedo clarificar la distinción entre ambas
clases de riesgo es la siguiente: puede decirse que en toda
cultura tradicional, y en la sociedad industrial hasta el umbral
del día de hoy, los seres humanos están preocupados por los
riesgos que venían de la naturaleza externa - malas cosechas,
inundaciones, plagas o hambrunas -. En un momento dado, sin
embargo - y muy recientemente en términos históricos -,
empezamos a preocuparnos menos sobre lo que la naturaleza puede
hacernos y más sobre lo que hemos hecho a la naturaleza. Esto
marca la transición del predominio del riesgo externo al del
riesgo manufacturado.
El riesgo
manufacturado no concierne sólo a la naturaleza. Penetra
también en otras áreas de la vida. Intentaré acercarme a
algunas conclusiones y al mismo tiempo tratar de asegurar que
mis razonamientos son claros. Nuestra era no es más peligrosa
-ni más arriesgada- que la de generaciones anteriores, pero el
balance de riesgos y peligros ha cambiado. Vivimos en un mundo
donde los peligros creados por nosotros mismos son tan
amenazadores, o más, que los que proceden del exterior. Algunos
de ellos son verdaderamente catastróficos, como el riesgo
ecológico mundial, la proliferación nuclear o el colapso de la
economía mundial. Otros nos afectan como individuos mucho más
directamente.
Unos tiempos como
los nuestros engendrarán inevitablemente movimientos religiosos
renovadores y diversas filosofías New Age, que se oponen a la
actitud científica. Algunos pensadores ecologistas se han
vuelto hostiles a la ciencia, e incluso al pensamiento racional
en general, debido a los riesgos ecológicos. Esta actitud no
tiene mucho sentido. Sin el análisis científico ni siquiera
conoceríamos estos riesgos. Nuestra relación con la ciencia,
sin embargo, no será la misma que en épocas anteriores.
No tenemos
actualmente las instituciones que nos permitan controlar el
cambio tecnológico, a nivel nacional o mundial. La debacle de
la Vaca Loca en Gran Bretaña y otros lugares podría haberse
evitado si se hubiera establecido un diálogo público sobre el
cambio tecnológico y sus consecuencias problemáticas. Más
medios públicos para abordar la ciencia y la tecnología no
acabarían con el dilema entre alarmismo y encubrimiento, pero
nos permitirían reducir algunos de sus efectos más
perniciosos.
Finalmente, no
puede ni considerarse la posibilidad de tomar una actitud
meramente negativa hacia el riesgo: éste tiene que ser siempre
dominado, pero la adopción activa de riesgos es elemento
esencial de una economía dinámica y de una sociedad
innovadora. Vivir en una era global significa manejar una
variedad de nuevas situaciones de esta índole. Puede que muchas
veces tengamos que ser más audaces que cautelosos en apoyar la
innovación científica u otras formas de cambio. Después de
todo, una raíz de la palabra riesgo en el original portugués
significa atreverse
Tomado de
"Un mundo desbocado". Anthony Giddens. (Revista del
Plan Agropecuario, número 95). LA
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