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Cultura
laica y laicismo
por Norberto
Bobbio
El texto es una
respuesta del pensador turinés Norberto Bobbio a los
intelectuales italianos que firmaron un "Manifiesto
laico" contra el integrismo religioso (17 de noviembre de
1999), Publicado en EL MUNDO de España. El autor aprovecha para
delimitar los conceptos de cultura laica y laicismo *.
Lo que no me gustó
en el Manifiesto laico y me indujo a no firmarlo fue el tono
beligerante utilizado por los redactores del texto para defender
su propia tesis. Un lenguaje insolente, de rancio
anticlericalismo, irreverente y, para decirlo en una palabra, nada
laico, emotivo y visceral, que no se expresa con argumentos y, por
lo tanto, parece querer rechazar cualquier forma de diálogo, y
todo esto desde la primera línea. Esto ha sido lo que me ha
indispuesto a leer lo demás benévolamente:
"repugnante" -dice- es la tesis adversaria,
"descabellado", quererla reivindicar.
Si la diferencia
entre creyentes y no creyentes estriba, como yo pienso, en la
distinción entre el hombre racional y el hombre de fe, para el
cual la razón se subordina a la fe, como ha sido todavía
recientemente afirmado con la autoridad de la encíclica Fides et
ratio, el no creyente debe dar al creyente el buen ejemplo de
utilizar exclusivamente argumentos racionales. Dejemos los
anatemas a los que se creen inspirados por Dios.
Y entendámonos
bien. Las razones por las que no he firmado son más de forma que
de fondo. En el fondo, estoy de acuerdo con el Manifiesto. De
hecho, ya expresé en ocasiones anteriores mi opinión sobre el
tema de debate, es decir el rechazo de la financiación pública
de la escuela privada, en un ensayo titulado Libertad en la
escuela y libertad de la escuela. Me limito a citar la
conclusión: "Los juristas repiten desde hace siglos un
aforismo que dice: In claris non fit interpretatio. Nuestra
Constitución no siempre es clara, pero en este caso no podía
adoptar una expresión menos ambigua: "Sin gravámenes para
el Estado". El derecho no siempre es claro y, además, no
siempre es racional. Pero, cuando no sólo es claro, sino
también, como he intentado demostrar, racional y, por lo tanto se
puede decir que es un buen derecho, el honesto ciudadano sólo
tiene un deber: respetarlo".
El criterio
discriminador entre la escuela pública en un Estado democrático
liberal y, por lo tanto, laico (el Estado liberal democrático
sólo puede ser laico) y la escuela privada confesional, a la que
respeto por completo, está muy claro. En la escuela pública de
un Estado democrático liberal y laico pueden enseñar y, de
hecho, en Italia, enseñan, profesores católicos; en las escuelas
católicas sólo pueden enseñar profesores católicos. No existe,
pues, razón alguna por la que un Estado laico,
constitucionalmente no confesional, tenga que ayudar
financieramente a una escuela confesional, es decir a una escuela
reservada a enseñantes católicos para estudiantes católicos,
así como una escuela musulmana, si se crea, sólo puede ser una
escuela con profesores musulmanes para alumnos musulmanes.
Dicho esto,
precisamente de acuerdo con el principio de libertad que distingue
una sociedad abierta de una sociedad cerrada, el laico tiene que
respetar al que profesa cualquier religión, mientras que el que
profesa una religión total, como la católica, puede incluso no
respetar al no creyente.
El Manifiesto me ha
parecido más laicista que laico. Cuando se lamenta la
"debilidad del laicismo", por estar "desarmado y
desorganizado", me confirmo en mi primera impresión: el
laicismo que necesite armarse y organizarse corre el riesgo de
convertirse en una iglesia enfrentada a las demás iglesias. Hace
unos años escribí lo siguiente: "Cuando una cultura laica
se transforma en laicismo, pierde su inspiración fundamental, que
es la de no cerrarse en un sistema de ideas y de principios
definitivos de una vez por todas". Y añadía: "El
espíritu laico no es en sí mismo una nueva cultura, sino la
condición para la convivencia de todas las posibles culturas. La
laicidad expresa más bien un método que un contenido. Tanto es
así que, cuando decimos que un intelectual es laico, no
intentamos atribuirle un determinado sistema de ideas, sino que
estamos diciendo que independientemente de cuál sea su sistema de
ideas, no pretende que los demás piensen como él y rechaza el
brazo secular para defenderlo".
¿Pero hay
realmente valores laicos y valores religiosos? Si cogemos
cualquier tratado de ética difícilmente encontraremos una
distinción entre valores laicos y valores religiosos.
Encontraremos la distinción entre valores absolutos y valores
relativos, entre valores instrumentales y valores finales, entre
valores extrínsecos y valores intrínsecos, entre valores
primarios y secundarios.
No existe, sin
embargo, una ética laica, como tampoco existe una ética
religiosa. Hay éticas laicas y éticas religiosas. Incluso en el
universo de la ética cristiana hay interpretaciones diversas,
entre rigoristas y laxistas. El jansenismo es rigorista y se ha
contrapuesto continuamente a la moral jesuitica, considerada más
laxista. También la ética budista es una ética religiosa, pero
¿cuántos contrastes hay entre cristianismo y budismo respecto a
los comportamientos que el uno exige o prohíbe y lo que exige o
prohíbe el otro?
Hay muchas éticas
laicas. Comenzando por la antigüedad, la ética estoica y la
ética epicúrea, la ética de la virtud y la ética de la
felicidad... Lo que distingue fundamentalmente una ética
religiosa de una ética laica ca no son tanto los preceptos cuanto
la forma de justificarlos, es decir la metaética. La prohibición
de matar es justificada según la ética religiosa como un
mandamiento divino; una ética laica la justifica racionalmente.
Planteado en estos términos el problema, lo que cambia no es el
precepto sino el conjunto de argumentos con el que se justifica.
La razón profunda de la referencia a una visión religiosa del
mundo no está tanto en la exigencia de fundar un sistema moral,
como en la exigencia, práctica y socialmente mucho más
relevante, de favorecer la observancia, lo que debe inducir, entre
otras cosas, a reflexionar sobre la razón por la que las éticas
religiosas tienen socialmente (se comprueba bien en la mayoría de
las sociedades que han existido hasta ahora) una autoridad mucho
mayor que las autoridades laicas.
Lo que se necesita
absolutamente en cualquier convivencia pacífica no es sólo la
existencia de reglas de conducta bien fundadas, sino sobre todo su
observancia. Es por lo tanto evidente que la apelación a Dios
sirve, y la historia demuestra que sirve muy bien, no tanto para
justificar la existencia de normas de conducta que hay que
observar, cuanto para inducir a observarlas a aquellos a los que
van destinadas. Como he tenido ocasión de decir otras veces, la
apelación a Dios en un sistema ético se dirige a Dios no como
legislador sino como juez. Conocer la ley moral y observarla son
dos momentos muy diversos, y el segundo no sigue necesariamente al
primero. El famoso dicho Si Dios no existe todo está permitido
puede querer decir dos cosas: referido al legislador significa
que, si Dios está ausente, los preceptos morales no son
observados; referido al juez, quiere decir que no son castigados.LA
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* Norberto
Bobbio es filósofo y senador vitalicio del Parlamento italiano.
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