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En el Cordón se vende leche sin pasteurizar

por Policarpo

No se preocupe el lector. Esto no es más que parte de un recuerdo brumoso, del fondo de la memoria y nada tiene que hacer Bromatología en esta narración.

Esto ocurrió cuando se mezclaban civilización y barbarie, cuando se mezclaba ciudad y campo. La respuesta que seguiría a ese razonamiento estilo Sarmiento, debería ser un sí rotundo.

Y sin embargo es no. No estamos hablando del siglo XIX sino del pasado XX. De la década del 50, de la última década quizás del Uruguay envidiado como la Suiza de América. Del Uruguay que se daba el lujo de ser campeón del Mundo y luego, inmediatamente cuarto en el Mundial siguiente. Casualmente el de Suiza. ¿Se nos habrá olvidado allí el apelativo envidiado?.

En ese Uruguay de vacas gordas, con o sin aftosa, cosa que a nadie importaba mucho en verdad, un niño de apenas tres o cuatro años, esperaba con ansiedad la llegada de su papá.

Trabajar en Capurro, en Productos Químicos de ANCAP, hacía que la demora fuera casi insoportable. Más cuando ese niño sabía o intuía que su asma no le permitiría salir a pasear todos los días.

No debía estar atacado, pero además se lo iba a cuidar de la humedad y papá podía venir muy cansado o tener otra actividad que realizar.

Por todo eso, cuando tomado de la mano bajaba los cinco escalones de su casa rumbo a la calle, y los pasos se encaminaban a la calle Chaná, el pequeño corazón quería escaparse de aquel delgado cuerpito. Cruzar la peligrosa Eduardo Acevedo, por donde circulaban ómnibus, significaba apretar mucho la mano paterna y comenzar a imaginar el espectáculo ya conocido.

Por fin, en la vereda de enfrente de donde nace Juan Antonio Rodríguez estaba el centro de la atención. Vacas. Leche. Ordeñe. Tambo.

Si. En la década del 50 en pleno Cordón y compitiendo con la botella de vidrio que traía el carrito lechero tirado por caballos a algunas casas, o con los enormes y ruidosos camiones todopoderosos que cargaban pesados casilleros metálicos para los almacenes de la zona, había un tambo.

Nunca me dejaron probar la leche recién ordeñada. Dicen que sale bastante caliente y con un sabor que se pierde con los procesos químicos que la hacen totalmente sana y potable.

Pero lo que recuerda mi corazón, que no ya mi mente, era que había vacas. Que había pasto, de pronto era alfalfa, pero era demasiado chico para conocer la diferencia. Que había gente con envases varios que se llevaba el recién obtenido producto. Que no me podía quedar mucho rato porque el médico hablaba de cuidarme de posibles alergias.

El campo metido en la ciudad 
No tengo noción del momento en el que el tambo desapareció. Se me mezclan recuerdos y no es momento de pensar en botellas de vidrio con tapas de cartón, con el día impreso en ellas, que luego fueron sustituidas por otras con la tapa de aluminio, a la cual raspándole la impresión con el pulgar, ya no se sabía cuantos días tenía. Luego vendrán los sachets y más adelante los tetra-bricks.

Lo cierto es que un día el tambo dejó su lugar a un garaje, las vacas el suyo a autos y camiones y la magia desapareció. LA ONDA® DIGITAL

 

 

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