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Una Copa
América entre bombas, tiros y muertos
por Rodrigo
Taibo
El
presidente colombiano
Andrés Pastrana fue a Asunción para asistir a la reunión
extraordinaria de la Confederación Sudamericana de Fútbol
(CSF), que resolverá sobre la realización de la Copa América
en julio próximo en este país andino.
Pastrana,
quien ha defendido la realización de ese torneo en su país
pese a los atentados terroristas con coche-bomba perpetrados en
las últimas semanas en varias ciudades del país, dijo que
“he tomado la decisión (....) para asegurar la realización
de la Copa en nuestro país”.
Pastrana
se unirá a la delegación colombiana, que hasta antes del
anuncio de su asistencia, estaba encabezada por el ministro de
Minas y Energía, Ramiro Valencia, quien aseguró el viernes que
“la violencia no nos quitará la Copa América de nuestra
casa”.
“Nosotros
no podemos negar nuestra realidad, pero también es cierto que
en Colombia a ningún deportista lo han tocado por el sólo
hecho de venir a competir a nuestro país. De manera que la
violencia no nos quitará la Copa América de nuestra casa”,
dijo Valencia.
“Nunca
en ningún evento deportivo internacional que ha celebrado
Colombia a habido ni un dirigente, ni un árbitro y ni un
jugador que haya sido herido violentamente por hechos ajenos al
deporte”, recalcó.
La
Copa América colombiana, seriamente amenazada por actos
terroristas que en las últimas semanas han afectado a varias
ciudades del país andino, se celebrará entre el 11 y el 29 de
julio próximo.
Todos
matan
“¿Quién
mata mejor?” en Colombia es la pregunta con que el filósofo
francés, Bernard Henri Levy inicia un extenso reportaje sobre
la situación en esa nación andina, publicado por el diario
francés Le Monde .
Titulado
“Los dolores de cabeza de Carlos Castaño”, en alusión al
jefe de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC),
afirma que la guerra en Colombia son las matanzas de campesinos
a manos de las AUC o de la guerrilla de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC).
Pero
también “es Bogotá con sus asesinatos en plena calle, sus
sicarios, su gente secuestrada al por mayor y es Medellín,
donde las paredes de la ciudad están cubiertas de afiches con
la sigla MAT, ‘Maten A los Taxistas’, acusados “por los cárteles
de la droga de utilizar sus radios para comunicar con la policía
y denunciar a los dealers
de coca”.
Tras
relatar su viaje al departamento de Córdoba, donde hace más de
un mes las AUC mataron a “20 personas sospechosas de colaborar
con la guerrilla marxista” y luego llegaron las FARC y “y
mataron a otros diez por temor a que fraternizaran con el
enemigo”, Levy reproduce sus encuentros con dos de los
principales protagonistas del conflicto que Colombia padece
desde hace casi cuatro décadas.
Durante
este “viaje al infierno de la coca”, Levy entrevistó a
Carlos Castaño, líder de las AUC, a quien considera “febril,
desenfrenado y psicópata” y a Iván Ríos, consejero de
Manuel Marulanda “Tirofijo”, máximo jefe de las FARC, a
quien califica de “simpático”.
Su
encuentro con Castaño fue en la zona de fincas en el corazón
de Córdoba y que abarca otros departamentos “tan vastos como
los crímenes espantosos” que se le imputan.
“Soy
un hombre de justicia” es lo primero que le dice Castaño,
repitiendo que “no estamos en el tráfico” de droga. Aunque,
más adelante dirá que “cuando una tierra es estéril y lo único
que se puede cultivar es eso. ¿Les va a prohibir a los
campesinos que ganen su vida?”, exclama Castaño.
Tras
hacerle notar que tiene el mismo discurso que las FARC, el jefe
paramilitar dirá: “Le prohibo decir eso. La diferencia es que
con los beneficios de la droga nosotros hacemos el bien. El
Bien”.
“Con
el dinero de la droga hemos hecho esta carretera por donde vino
usted”, afirmó Castaño.
El
líder de las AUC explicó luego que a los sindicalistas “los
matamos porque impiden a la gente que trabaje”.
Levy
dijo que “en las dos horas con Castaño (...) no habrá ni una
palabra de compasión ni pesar” por los crímenes que se le
atribuyen. A lo sumo dirá que “su ejército creció un poco rápido”
y en algunos casos, es decir matanzas, “faltó
profesionalismo”.
Al cabo de dos horas de conversación, con un Castaño
“desenfrenado y febril”, Levy se pregunta “si simplemente
no estará drogado”
La
primera pregunta a Iván Ríos de las FARC fue: “¿Es posible
que sus hombres hayan asesinado a los sobrevivientes de una
matanza perpetrada por vuestros enemigos jurados?”.
“Todo
puede suceder. Hay abusos en todas las guerras”, le responde
en el campo militar de Los Pozos, en San Vicente del Caguán,
cabecera de la zona desmilitarizada de 42.000 km2 en el sur del
país a cargo de la guerrilla.
Levy
va luego por el tema de los secuestros. Pero para Ríos la
respuesta es: “hay una manera muy simple de no ser
secuestrado: pagar antes. A menudo es lo que la gente hace.
Entonces, todos quedamos contentos. Ellos porque no son
secuestrados y nosotros porque no tenemos gastos”, y concluye
afirmando: “es el secuestro virtual”.
Ríos
defiende luego a los campesinos que trabajan en plantaciones de
coca y se pregunta si “es ilegal trabajar, mantener a su
familia y si ello lo convierte a uno en narcotraficante”.
De
Regreso de San Vicente del Caguán, Levy concluye que se trata
de “un comunismo traficante. El comunismo con cara de
gangster”.
“Nunca
se vio una guerra reducida a este enfrentamiento entre
malhechores y títeres, clones y payasos”, afirma Levy para
concluir que el conflicto colombiano ha alcanzado el “estadio
supremo de la bufonada y el estadio elemental de la violencia
desnuda, sin disimulo, reducida a su verdad sangrienta”.
El
reportaje de dos páginas con fotos y un pequeño mapa de
Colombia, en el marco de la serie que publica Le Monde todos los
días sobre lo que denomina “Los condenados de la guerra”.
La
barbarie
La
guerra que libran en Colombia los paramilitares de extrema
derecha y las guerrillas izquierdistas en diversas regiones del
país se sume en la barbarie, puesto que cada vez son más
frecuentes los crímenes masivos de campesinos cuyos cuerpos son
decapitados o mutilados.
Varios
de los cuerpos de los labriegos fueron encontrados decapitados o
con los brazos mutilados, y otros con el tórax abierto con
cierras eléctricas, según denunció en su momento el Defensor
del Pueblo (Ombudsman), Eduardo Cifuentes.
Cifuentes,
quien dos días después de conocida la matanza acudió a la
apartada región para comprobar la magnitud de la matanza, al
comentarla dijo a los periodistas que “estamos frente a una
situación de la más extrema crueldad que se pueda imaginar el
ser humano”.
Eduardo
Cifuentes admite que su trabajo en Colombia como máximo veedor
de los derechos humanos no es fácil, porque los grupos armados
de izquierda y derecha están enfrascados no en una guerra
civil, sino en una guerra contra la población civil.
“Muchas
veces, después de las masacres, lo que encuentra la Fiscalía y
la Defensoría del Pueblo son cuerpos descuartizados”, dijo
Cifuentes, un abogado de 47 años nombrado en 2000 por el
Congreso de la República como Defensor del Pueblo.
Cifuentes
tiene la tarea, virtualmente imposible, de velar por el respeto
de los derechos humanos en un país azotado durante 37 años por
una brutal y creciente guerra de guerrillas.
El
funcionario ve escasas perspectivas de mejora, debido a que los
grupos armados ilegales de extrema izquierda y derecha se
disputan el control territorial y el liderazgo político a las
puertas de las elecciones presidenciales de mayo de 2002.
“En
la medida en que los actores armados entiendan que para mejorar
su posición de negociación tienen que mostrar más fortaleza
militar, pues va a sufrir mucho más la población civil”,
aseguró Cifuentes.
“Esta
ha sido una guerra definida no como guerra civil sino como una
guerra dirigida contra la población civil”, agregó Cifuentes,
cuya oficina inicia acciones jurídicas en las cortes y provee
el servicio de defensa legal a personas pobres.
Los
grupos armados, particularmente los escuadrones paramilitares de
ultraderecha, atacan a menudo a campesinos, quienes conforman la
mayoría de los cerca de 40.000 muertos que dejó la violencia
en la pasada década.
La
vasta mayoría de los abusos contra los derechos humanos quedan
en la impunidad en este país andino de 40 millones de
habitantes, advirtió el último informe de Amnistía
Internacional.LA
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