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Consumo de drogas:
¿legal o ilegal?

por Fernando Santullo Barrio

El debate sobre el consumo de drogas ilegales atraviesa la realidad de muchas y diferentes maneras. De hecho, solo algunas de sus dimensiones son tomadas por los medios y, en general, las noticias remiten a alguna incautación, a alguna detención o al escape de algún jefe de "cartel" de su privilegiada prisión. Quizá por carecer del impacto que tienen los hechos mencionados, la perspectiva del consumidor aparece solo en contadas ocasiones. Peor todavía, los consumidores de drogas ilegales aparecen en los medios masivos exclusivamente como criminales o delincuentes. 

Sin embargo, el punto de vista del consumidor tiene una complejidad mucho mayor y no es un elemento menor en el asunto. Quizá por eso es que diversos especialistas y políticos interesados en el tema, han planteado la urgencia de separar el "problema drogas" en sus diversos ámbitos, tratando en forma específica y diferenciada el tráfico del consumo. Como bien apuntaba el diputado Luis Gallo de Asamblea Uruguay hace ya algún tiempo, el único punto de contacto entre esos dos universos es el que deriva de la ilegalidad de las drogas. 

Pese a la escasa relevancia que los medios han asignado al problema del consumo, los esfuerzos de la actual adminstración nacional balancean tanto la represión al narcotráfico como la prevención del consumo. En ese sentido resulta ilustrativo que la Junta Nacional de Drogas haya realizado un importante número de encuentros relacionados a la prevención y el diagnóstico del consumo, a la vez que ha reforzado su equipamiento en lo que a represión del tráfico se refiere. La Junta Nacional de Drogas ha manifestado (y de hecho su política en estos dos terrenos lo demuestra) ser partidaria de mantener el estatus de ilegalidad que existe sobre las drogas. En diversas oportunidades, sus representantes han señalado su discrepancia con la versión que afirma que la legalización de las drogas tendería a estabilizar el consumo. Esta opinión es también sostenida por muchos de los organismos que trabajan en el tema, especialmente aquellos que centran su actividad en el tratamiento y la recuperación de los adictos. Esto no ha impedido, sin embargo, la generación de una serie de foros y encuentros que han funcionado como espacio de análisis y debate en donde diversas ONG´s que trabajan en el tema presentan sus informes, diagnósticos y propuestas de trabajo. Con todo, la mayor parte de las tareas de prevención del consumo y, especialmente, de la gestión y disminución de los riesgos del consumo, se llevan a cabo en ámbitos no gubernamentales.

Libertad de consumo

Para diversos autores sin embargo, la cuestión del consumo de drogas ilegales va más allá de las capacidades de organismos como la J.N.D. y de las situaciones concretas de adición. Personajes tan discimiles como el economista liberal Milton Friedman y el pensador anarquista Fernando Savater, parecen considerar que se trata de un problema filosófico, antes que un asunto de salud o seguridad. 

Hace mas o menos seis o siete años Friedman escandalizó a los medios de prensa y a las autoridades de los Estados Unidos cuando en un artículo publicado en el New York Times se declaró partidario de la legalización del consumo de drogas. Los argumentos de Friedman eran esencialmente dos, uno económico y otro filosófico: en primer lugar, el fracaso del combate al narcotráfico, con los elevados costos que implica librar una guerra que se pierde desde hace años; en segundo, la total libertad que debe existir para que cada individuo decida cuales cosas consume y cuales no.

Friedman ha señalado que la lucha contra el narcotráfico ha significado una carga enorme e inútil para las economías de muchos paises, además de haber fomentado, como un efecto secundario no deseado, la creación de mafias como las de los carteles colombianos. "Los principales intersados en mantener la ilegalidad son precisamente los narcotraficantes" afirmaba el economista en una reciente entrevista. 

Como siempre ha postulado la Escuela de Chicago, de la que Milton Friedman es uno de los principales representantes, el Estado no debería afectar la libre concurrencia de los individuos al mercado de bienes de consumo. En la perspectiva del famoso economista, las drogas deberían dejar de ser ilegales para convertirse en un bien de consumo como cualquier otro. Para el, la despenalización del consumo de drogas debería estar acompañada de una fuerte reglamentación del nuevo modelo de consumo. Este nuevo modelo debería apuntar a reducir los riesgos relativos al consumo, ya que las muertes relacionadas con las drogas se deben tanto a la existencia de mafias como a la imposibilidad de los consumidores de conocer la calidad de la sustancia que están consumiendo. La reglamentación también generaría un importante número de nuevos impuestos que "podrían servir para ayudar a abatir el défícit fiscal de muchos países". 

Libertad de cuerpos

Colocado en lo que probablemente son las antípodas del pensamiento de Friedman, se encuentra el español Fernando Savater, uno de los más lúcidos teóricos de las doctrinas libertarias del anarquismo contemporáneo. Desde comienzos de los noventa, cuando recrudecieron las campañas contra el narcotráfico y los carteles cobraron una fuerza hasta entonces inédita, Savater ha venido postulando un punto de vista sobre el tema que es parte de una visión mas amplia sobre la Salud Pública y el rol que debe cumplir el Estado respecto a los ciudadanos. 

En su ensayo El Estado clínico, Savater rastrea el origen de la idea de Salud Pública en Occidente y la asimila a una peculiar contracción de dos formas de entender la relación del Estado con sus miembros. 

El Estado Clínico del que Savater habla, no es otro que el resultante de una peculiar y moderna fusión entre el modelo de relación pastor-rebaño imperante en el cristianismo clásico y esa misma relación en el judaísmo. Ambos modelos, y aquí el español cita al filosofo Michael Foucault, dan lugar al Estado gestor (aquel que vela por bienestar general de sus súdbitos) y el Estado pastor (aquel que vela por el comportamiento de cada una de las ovejas del rebaño).

De esa forma el concepto de Salud Pública que existe hoy en la sociedades occidentales es construido desde el punto de vista según el cual es potestad del Estado velar por el bienestar de sus miembros (en general y en particular) y desde esa vela, administrar sus derechos, independientemente de los deseos de estos. Retomando aquí también a Foucault, Savater se pregunta como es que el mismo Estado que reconoce a los mayores de edad la capacidad de elegir un gobierno para si mismos y sus conciudadanos, no los cree capaces de decidir que hacer con sus propios cuerpos. 

El problema de la despenalización del consumo de drogas es manejado por Savater como uno de los argumentos clave para atacar un modelo de Estado que, a su entender, se arroga la potestad de decidir por sus miembros, que es lo que estos deben hacer con su vida.  

Entre los ejemplos citados para demostrar como a su criterio la idea de Salud Pública es arbitraria e intromisoria, el filósofo compara la actitud estatal ante la minería y los accidentes de tránsito, contraponiéndolos al consumo de drogas, tabaco y alcohol.

¿Cómo es posible -se pregunta Savater- que si está comprobado que la minería reduce en varios años la expectativa de vida de los mineros y los accidentes de tránsito matan a miles, año a año en la carreteras del mundo, ambos no sean considerados problemas de salud pública y, en cambio, si lo sean el consumo de tabaco, drogas y alcohol? 

Para el español, la respuesta es obvia: la minería y los automóviles están fuertemente relacionados con la estructura económica de Occidente, justamente en el sentido de la productividad. Las drogas, el tabaco y el alcohol, en cambio, tienden a disminuir el rendimiento laboral de las personas y pueden (en el caso de los adictos, por ejemplo) volverlas improductivas y costosas para el bien público.

En el lugar de las soluciones al problema, Fernando Savater se encuentra, seguramente sin proponérselo, con las propuestas de Milton Friedman. Aunque parten de modelos de pensamiento muy diferentes (no obstante lo cual, tanto el liberalismo como el anarquismo apuestan a la responsabilidad individual antes que al proteccionismo estatal), Savater y Friedman cuestionan la veracidad de que, de ser liberado el consumo de drogas, sobrevendría el caos. 

Savater plantea que una actitud responsable y respetuosa de parte del Estado, consistiría en brindar apoyo a los ciudadanos que lo pidan, cuando lo pidan, evitando comportamientos que el considera intromisorios. En este sentido, su propuesta es igual a los reclamos que los exadictos y quienes los tratan suelen hacer al Estado: apoyo y dinero para poder realizar los tratamientos de desenganche. La postura de Savater se separa de ellos cuando apunta que este apoyo estatal debe ser realizado a demanda del ciudadano y no antes. 

El filósofo considera (también cerca de Friedman), que es clave un comportamiento regulador de parte del Estado, una vez legalizado el consumo de drogas. Es el Estado quien debe asegurar a los consumidores que lo que toman es realmente lo que creen que toman, tal como hace con el resto de los bienes que se consumen en el mercado. De esta forma, señala el filósofo, se terminarían las muertes por sobredosis y por la mala calidad de las sustancias. 

Un problema abierto

En sus aspectos técnicos, la tarea de prevención llevada a cabo por la Junta Nacional de Drogas uruguaya ha sido encarada con seriedad, convocando a médicos, psiquiátras y prensa a diversos ámbitos de discusión. El psiquiatra Pedro Bustelo, hasta hace poco tiempo uno de los máximos responsables de la J.N.D. en esa área, presentó en varias oportunidades materiales de análisis sobre el tema que han cuestionado varios de los preconceptos existentes sobre las llamadas "drogas legales". Dadas las dimensiones que el tema tiene, especialmente en los países desarrollados, el consumo de drogas ilegales no parece limitarse sin embargo a su dimensión médica e individual. De hecho, no son pocos los especialistas que aseguran que el "tema drogas" ya no pertenece al órbita de la Salud Pública sino al de la Seguridad Nacional, indicando que sus características son eminentemente políticas.

Según apuntan los psicólogos uruguayos Gustavo Eira y Juan Fernández en su libro Las drogas en el Uruguay, el consumo de drogas debe ser considerado en función de rol en la estructura social, un rol y una función que han variado a lo largo del tiempo y de las diversas sociedades y culturas. Mas todavía, en una misma cultura es posible que las evaluaciones (favorables o desfavorables) respecto al consumo, varíen en forma drástica. Por ejemplo, hasta hace algunos años el consumo de tabaco en Occidente no era visto como algo negativo. Esa percepción ha variado y hoy los fumadores, aunque no son tratados como criminales, no son vistos con buenos ojos. 

El carácter "político" de la ilegalidad de las drogas resulta visible, según Eira y Fernandez, en las consecuencias que desde fines de los ochenta ha desatado la guerra al narcotráfico. Entre los muchos datos que citan los técnicos, los que fueran proporcionados por el Secretario General de Interpol, Raymond Kendall, en 1993, cuando declaró que la guerra contra el tráfico de drogas estaba perdida. Kendall dijo en ese entonces que la producción de opio en el llamado Triangulo de Oro (Birmania, Laos y Thailandia) se encontraba en las 3000 toneladas, muy por encima de las 160 que se producían en la zona en 1988. 

Finalmente, los psicólogos citan una opinión que resulta difícil de calificar como poco técnica, para apuntar lo que para ellos constituye uno de los puntos clave del asunto: Lester Thurow, decano del Instituto Tecnológico de Massachussets (el famoso M.I.T.) ha señalado que las políticas antidrogas de los Estados Unidos, modelo rector para las políticas de países como Uruguay, "han sido arrogantes". "En muchos lugares del mundo, los campesinos han cultivado marihuana, opio y coca durante siglos y, de repente, les ordenamos que no planten lo que siempre han cultivado. Los norteamericanos nunca accederíamos a una exigencia semejante para nuestros propios granjeros" afirma Thurow para concluir señalando "somos incapaces de persuadir a nuestros ciudadanos para que dejen de consumir drogas y sin embargo nos consideramos capaces de ordenar a los gobiernos extranjeros que impidan a sus campesinos cultivarlas"..LA ONDA® DIGITAL

 

 

 

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