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Hay libreta y
además te dan yapa
por POLICARPO
Siempre preferí
que me atendiese Don Angel. Sus hijas Zulema e Inés no tenían
la mano tan grande y esto las hacía menos agradables.
Eran los dueños
de un viejo almacén, con dos mostradores, venta de hielo,
carbón, querosén, fruta, verdura, pan, fideos, galletitas y
caramelos. En especial yo sabía que vendían galletitas y
caramelos.
Mis compras se
limitaban a los días de vacaciones o libres en la escuela. El
pan para el desayuno, la leche y quizás un pedazo de hielo si
me acompañaba mi hermano, quien era el que lo cargaba. El resto
de las compras las haría más tarde mi madre, y el pan del
almuerzo vendría de la panadería porque su sabor era muy
distinto.
Los bollones con
caramelos realmente no atraían mi atención. Conocía su
existencia y cercanía física, pero mi fascinación siempre
fueron las latas de galletitas, que tenían un vidrio delante
que permitía ver su contenido.
Las más simples
aquellas sin chocolate porque estaba prohibido, se llevaban mi
vista. Aunque la compra no se diera muy seguido. Y menos la del
dulce de leche, que enriquecía su gusto.
Eran tiempos de
vacas enflaqueciéndose, y la crisis no se usaba como palabra
salvo en algunos reducidos círculos políticos, mas comenzaba a
golpear en bolsillos de empleado público de baja jerarquía.
Pero todo esto no
existía para mí. El momento del pago de la mercadería
comprada era sin dudar lo más importante. No teníamos libreta,
ese elemento antecesor de las tarjetas de crédito, que aún
existe en almacenes o panaderías que se rigen por viejos
cánones, pero que tiende a desaparecer.
En realidad,
pensándolo bien, se ve que la crisis no nos golpeaba tanto. Se
pagaba al contado.
Contaría
cuidadosamente billetes y monedas para que Don Angel a su vez,
las volviese a contar y luego de guardarlas en su cajón, porque
registradora nunca tuvo, introducía su enorme mano derecha en
el bollón de los caramelos de leche, aquellos que llevaban el
nombre del fundador de Montevideo y varios se deslizaban hacia
mi mano.
Con ese trofeo
volvía raudo a mi casa, media cuadra, casi años luz de
distancia, donde me estaría permitido disfrutarlos, pero
únicamente luego de tomar el café con leche.LA
ONDA®
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