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La mujer y el embarazo

por Psic. Daniela Izzo de Márquez
(
tau@adinet.com.uy)

La imagen de una mujer embarazada está dotada de cierta idealización social.

En nuestra cultura, la procreación es algo altamente valorado y, por lo tanto, comúnmente anhelado.

Cuando se piensa en la realización de una mujer, generalmente se alude a la constitución de una familia; de manera implícita, a la maternidad.

Sin embargo, hay otros factores que son fundamentales en el logro de una vida plena, claro está, como, por ejemplo, el aspecto laboral, profesional, social, etc.

Evidentemente esto depende da cada persona; habrá quienes se sienten deseosas de alcanzar por ejemplo un destacado desempeño en su vida laboral, profesional, política, religiosa, etc.

Ahora bien, desde esta perspectiva idealizada de la maternidad, "se cree" que la futura mamá o mejor dicho la mujer embarazada siempre se siente feliz con la noticia de su embarazo y durante el curso del mismo.

Consideramos que esta apreciación no es acertada en todos las situaciones.

Habrán futuras mamás que sí viven este período con dicha, (a pesar de los normales y esperables temores y síntomas molestos), pero otras no.

Se desencadenan y conviven con ella durante este tiempo sentimientos que pueden no ser fácilmente tolerables ni aceptables, tanto para ella misma como para quienes la rodean.

Es una situación de cambio, algunos de ellos irreversibles, que ocasiona una alteración en la vida afectiva y social de quienes están involucrados, principalmente la mujer que cursa el embarazo.

Y no dejemos de lado los cambios a nivel del cuerpo.

Tengamos presente que ese hijo es un ser que se instala dentro de su cuerpo, alguien "extraño" en cierto sentido, que a lo largo de su gestación irá permitiéndole desarrollar innumerables fantasías y deseos, de los "socialmente aceptados" digamos; pero también la inducirá a vivir situaciones que la molestan en mayor o menor grado.

Desde el clásico cambio del cuerpo que impide usar la ropa habitual, hasta el no poder desarrollar algunas actividades de rutina, o las clásicas náuseas (cuando no otros síntomas de elevada magnitud).

Estos cambios, no siempre son bien tolerados por la embarazada, de ahí que también se generen rechazos, angustias, temores, que la culpabilizan por sentirlos, y desde afuera a veces no se justifican o no se pueden comprender y aceptar.

En algunas ocasiones resulta impensable que una mamá rechace a su hijo, o que sienta tristeza por haber perdido su figura, o cuantas vivencias, afectos y hasta actitudes puedan surgir en ella.

Pensemos por un instante, sino, cuántas veces al encontrarnos con una embarazada la felicitamos antes de preguntarle si está contenta.

Esto es lo más común, pues hasta inconscientemente concebimos que necesariamente "tiene" que estar feliz, como si fuese una obligación.

Máxime si llevamos una vida devocional cristiana o manifestamos alguna creencia en Dios. En este sentido el hijo es vivido como una bendición de Dios, y tanto esto, como toda otra manifestación de este ser supremo es necesario recibirla en acción de gracias.

Sería lo mejor que estos sentimientos favorables prevalecieran, tanto por la buena salud física y mental del niño como de su madre, independientemente de que sean cristianos o no.

Sin embargo, no siempre es de esta manera, y en ocasiones trae consecuencias nocivas para ambos individuos.

Pero de pronto, en cuestión de horas, un nuevo cambio "irrumpe": el bebé nace. Y con él la mujer pierde su condición de embarazada.

El ser que vivió dentro de su cuerpo ya no está allí; ahora la reclama insistentemente desde afuera.

Y decimos insistentemente porque es un mundo desconocido para el bebé y esto implica que se tiene que ir acomodando a cada circunstancia, a cada sonido, a cada imagen, a cada caricia que se le hace, a cada objeto, a cada alimento, etc.

Ahora cuando sienta hambre se las va a tener que ingeniar para hacérselo saber a su mamá, tanto como cuando sienta frío, o esté incómodo por algo y por cierto, cuando se sienta bien.

Sin embargo, todo esto no será inmediato sino que va a tener que comenzar a esperar; factor fundamental que hace a esta nueva vida.

Expresará entonces rabias, angustias, deseos de tener ya la respuesta a sus demandas, y el llanto es un camino accesible de hacerlo.

De manera que cuando llora, algo le sucede y es menester que su mami lo atienda. Esto sucede casi constantemente y su madre tendrá que estar allí, puede decirse que a disposición del bebé.

Por lo tanto, es común que la mamá se sienta muy exigida durante este período.

Además, quien es blanco de todas las atenciones y consideraciones por parte de quienes la rodean deja de ser ella: pasa a serlo el recién nacido.

Y ella entre la alegría de tenerlo a su lado, de tocarlo, de acariciarlo, de besarlo, la angustia de no sentir más sus movimientos dentro de su "bella panza", las molestias de una herida en su cuerpo (de una cesárea, de una episiotomía, etc), y las felicitaciones "de todos", sobrelleva su puerperio.

Es común que luego del nacimiento de un hijo se instalen depresiones, de mayor o menor grado.

Paulatinamente la mamá irá adaptándose a la nueva realidad, y superando el impacto vivido, pues más allá de ser un momento claramente deseado y elaborado psicológicamente (en los mejores casos), no deja de ser crítico.

No en vano constituye una situación vital crítica.

Pensemos cuánto más movilizante será si hay inconvenientes en el estado de salud de la criatura y/o de la madre, o si el bebé nace en medio de otras situaciones adversas, sea dificultades de pareja, enfermedades o pérdidas de familiares cercanos, desempleo, crisis económicas, etc.

Y no podemos dejar de considerar en este sentido, los nacimientos de niños producto de violaciones y/o de madres adolescentes que no planificaron de común acuerdo con sus parejas voluntariamente el nacimiento de un hijo.

Entendemos que es altamente significativo e imprescindible el sostén afectivo permanente para la díada madre – hijo.

Fundamental es el apoyo del papá del niño, o pareja de la mamá, quien seguramente podrá aliviarla y apoyarla emocionalmente, en tanto esté a su lado y comparta con ella la atención del hijo.

Existen casos en los que no es suficiente el sostén familiar, o no existe, y esto no facilita el cursar de la mujer por este período, pudiendo dañarse el vínculo madre – hijo.

Entendemos que en situaciones como esta, es imprescindible la intervención profesional (psicológica y/o psiquiátrica) con el objetivo de que la puérpera y su hijo evolucionen favorablemente, y se evite la instalación de una psicosis puerperal u otra patología.

Es adecuada entonces, la preparación psicológica de la mujer (y de su pareja si está) durante el embarazo, aspirando a la prevención y/o superación de alteraciones o desequilibrios en su vida física y emocional.

El embarazo y la maternidad son mojones de la vida que merecen ser disfrutados y, consideramos que cada persona aquí en esta tierra, tiene derecho a vivir con serenidad y calma cada día de su historia. LA ONDA® DIGITAL

 

 

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