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Julio
C. Da Rosa, un escritor con el pago en el corazón
por Julia Galemire |
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Cuento:
Bermejo
por Hugo Jorge |
Cuento:
Bermejo
por Hugo Jorge
Y
dígame qué sentido tiene la vida para el que ya se murió. Lo
que cada uno es para sí se pierde para siempre. Nadie lo recuerda
porque nadie lo sabe. Conjeturas, interrogantes. Después, un
rompecabezas de memorias. Es todo lo que queda. Y el olvido.
A
Bermejo lo conocí aquí, cuando vine a trabajar. Conocer es un
decir. Lo traté. El era importante a la hora del descanso de
mediodía. Cocinaba para todo el taller. No era su obligación
pero lo hacía. Con el tiempo me di cuenta de que la idea de su
importancia era, para él, como una camisa gastada y rota
que se empecinaba en zurcir y remendar cada día para
mostrarla. Ya no la podía lavar, pero allí estaban sus
arruinados bordes. Historias de trabajo y de bienestar. Tiempos
idos. Su grandeza. Nadie podría afirmar que era un hombre sin
camisa aunque su cuerpo y su ropa no pudieran más de abandono.
En
la pausa, hacíamos rueda en torno de la mesa de la cocina con
mantel de hule, o al sol, en el patio, sobre la madera de las
mesas rústicas. Los platos eran de losa, milagrosamente limpios
ya que no había jabón a la vista y el trapo que hacía de fregón
hubiera sido descartado por un linyera por razones de salud.
En
ellos el viejo cumplía el ritual cotidiano de servirnos sus
guisos de fideos o de arroz.
Al
principio, el primer día, recuerdo que le elogié la comida.
Cuestión de cortesía. Los demás en silencio. Percibí la
elocuencia de aquellas bocas cerradas, masticando y tragando y
nada dije. El me premió al día siguiente, dedicándome la
primera aproximación a la monomanía de sus dos mujeres muertas.
No, no era un asesino. Llegaba apenas a la estatura de un viudo
por partida doble, pero él ostentaba el hecho como dos diplomas,
dos escarapelas o medallas de combate. Un mes y veinticinco días
las dos. Ese era el tiempo transcurrido entre el diagnóstico y la
muerte. Las dos por igual, de cáncer.
Una
especie de milagro. Un mensaje no dirigido a ellas, sin duda. Era
algo personal entre él y quien da y quita la vida. Misterio de
arcanos fondos, de impracticables laberintos. Clave que puede
encontrarse en un número de lotería que cambie la fortuna. Quizá.
Varias
veces escuché la historia desde que llegué hasta los
acontecimientos. Cualquier excusa le servía. Era parte de su ser.
–“Mientras tenga una oreja que lo escuche se sentirá vivo”
comentó Pablo.
Le
empecé a huir. Cobardías del ser. No se puede mirar todo el
tiempo para el lado del que está caído. Por suerte no se le
permitía hablarnos mientras operábamos las máquinas. Solía
pararse en silencio ante mí, sombra ominosa. Como un preso frente
a la reja. En un salirse de sí mismo y no pudiendo. Al final se
alejaba a su rincón. Trastos del fracaso que medía con sus manos
sucias.
Me
acuerdo una vez a fines de octubre. Era propicio. El fin de semana
se continuaba con el día de los muertos. –“El dos no sé qué
voy a hacer”, me dijo sin preámbulos. Dos de noviembre,
cualquiera sabe. Romería, culto de los muertos. –“ Tengo las
dos finadas, una en un cementerio y otra en otro. Ah, no sé cómo
voy a hacer. Y todavía estoy debiendo el urnario de una, pobre.
La otra no me preocupa porque está en panteón; ella está bien.
Mientras me quede vida no van a pasar mal. Eso les dije. Porque
cuando estaban vivas yo nunca dejé que les faltara. Una vez la
primera mujer me dijo...” y así comenzaba. Interminable e
impreciso.
El vino le abría los postigos y allí estaba el viejo, frente a
ese libro amarillento, esperando que el viento le pasara las
hojas.
La gente es un misterio. Pienso. Desde un principio supuse que su
agresividad era inseparable de su autocompasión y su soledad.
Porque eso empezó a acontecer, cada vez más seguido, con uno o
con otro. Se puso querelloso. Como buscando culpable de nadie sabía
qué. De repente, al mismo hombre que lo había acompañado
al final de la jornada hasta la cabecera de puente de la noche, lo
recibía, a la mañana siguiente, destemplado y sin memoria.
Refunfuñaba en cada paso.
-
“¿ Falta mucho para la comida, don Bermejo ?”
- “Ya le voy a avisar, señor. Si tiene mucho apuro, vaya al
restorán.” Gratuito. Cobrando desdichas donde no era.
-“¿Nunca
te habló de la infancia?” me preguntó Mauro un día. Hicimos
sobremesa con el tema. Nació en el campo y muy chiquito lo
separaron de la madre. Lo llevaron a la casa del padrino,
estanciero, cuando ella se enfermó para morir. Pero él, alma de
niño, iba por un tiempo a pasear. Fue lo que le dijeron. Y a la
madre nunca más la vio, ni viva ni muerta. Recién de grande
comprendió el cambio, aquel momento, aquella fisura, cuando dejó
de ser como un hijo de esa casa, le raparon la cabeza y lo
pusieron a hacer tareas domésticas, fue a comer a la cocina y
hasta las cocineras lo mandaban. Cuando aquel tío llegó, desmontó
y le tatuó la verdad detrás de los ojos, él hubiera querido que
se la escribiera con el dedo en la helada de los pastos. No tuvo
nunca un sol que se la borrara. Huyó. La abuela, negra
vieja, le dio refugio hasta que tomó el rumbo incierto del
poblado. Cuando tuvo edad para hacer un hijo lo hizo, allá
en el norte y huyó al sur. Recaló en la capital. Frigoríficos,
construcción, policía. La secuencia no importa.
Sólo
tengo claro que tuvo dos mujeres, una después de la otra y
que en ese orden se murieron.
Parecían
la reencarnación de la madre muerta que se le fue, se le fue. Por
dos veces. Después de la primera. Devino más huérfano que
viudo. Eso era. Perdió las madres que encontró. Se le quedó niña
la parte de ser hombre y valiente con la vida. Hasta la mirada tenía
turbia de tanto fermentarle adentro la rabia de lo que le quitaron
cuando era chico. Hasta el caminar, como dudando si ir o venir o
quedarse quieto. Como sin lugar, gesto de estar perdido.
Ahora
le quedaba la mirada del fugitivo, en ese cuerpo encorvado y
lento. Ocupaba un rincón, una piecita al lado de la cocina,
dentro del galpón. Ya se desencontraba en el dónde ir cuando le
hicieron la propuesta. Aquí tiene un rincón, un lugarcito en el
mundo, su comida y unos pesos de bolsillo a cambio de cuidar de
noche. No más marcar presencia. Le acompañan dos perros y el 38.
Sí, siempre lo tenía cargado.
La
verdad es que nos parecía que era un peligro. Por lo que bebía.
Una vez casi se desangró por una herida. Se fue de cabeza al
suelo y estaba solo. Lo encontraron los primeros en llegar.
Lo internaron y le dejaron dinero para volver en taxi. Consejos
del diablo, picardía. Miserias de la voluntad. Desdecidir del
hombre. Regresó en ómnibus. Lo encontraron atontado en la
cantina bebiéndose la diferencia. Así muchas veces.
Por
eso considerábamos que armado era un peligro. Era muy de
afirmar, como orgulloso, en un desplante de sí –“ ah,
yo soy de los que tiro primero y después pego el grito. Donde
escucho un ruido aprieto el gatillo y si hay alguno que se joda ¡ha!”
Garganteadas de macho. Se deslucía queriendo un brillo. Lo malo
es que tiraba mismo. Si le dejaban diez balas, a la semana
le quedaban tres. Luego esas últimas duraban sin tiempo. Un día
encontramos un proyectil incrustado en una tabla dentro del
taller. Vaya a saber cuántos rebotes. Cuanto más crapuloso más
tiroteador. Y siempre allí su arma con tres cartuchos sin usar.
Y luego estaba eso del despotricar y prepotear a los compañeros.
Se volvió problema. No había día que no hablara mal a alguien
por cualquier motivo. También sin él. Tuvo suerte de que la
mayoría éramos golpeados y conocedores del trato. Se salía del
lugar muy fácil, como pieza gastada. La gente trataba
consentimiento por el bien de más. Aguantaba. Era triste aquello.
Terminábamos riéndonos del sentimiento ajeno. Entre nosotros. Y
él de afuera con su impotencia. Peces podridos con escamas
cortantes nadaban entonces en el agua pestilente que él volcaba.
Voces bravas escamoteadas. Humoradas lacerantes. Nadie quería
ponerse en igual con una parada del mismo tono. Respeto hubiera
sido. Pero ya nadie lo respetaba. Se ponía hosco amenazador de
pelea.
-“ Yo te voy a buscar la risa con el cuchillo entre las
tripas.”
-“Y mientras vos me buscás las tripas yo te doy un beso de
lengua”, sonaba en retruque la ternura feroz de Angel. El viejo
quedaba desangrado.
No había día que nos sentáramos en paz a comer. Podíamos pasar
el recocido garganta abajo siempre y cuando hubiera buen
clima, pero eso teníamos que ponerlo nosotros en la
mesa, como quien se encarga del pan o del agua. El exabrupto nunca
faltaba.
Era ulcerante aquello. Es un viejo decía uno y otro. No importa
que sea un viejo. Todos tenemos problemas, decía uno y otro. Sólo
el Canario se mantenía al margen, tal vez porque todavía, aunque
cada vez menos, lo escuchaba sin interrumpirlo cuando él
volvía al pasado y recuperaba sus fuerzas y era atendido por una
u otra de sus mujeres y era digno y mantenía su casa.
Angel
era el extremo, de pocas pulgas. Ya estaba saturado. Ayudando como
siempre, a preparar la mesa, el viejo le habló como a perro
chico. Ni se sentó. Le contestó por igual de palabras gruesas de
meterse la comida en el culo y esas cosas y luego, por un mes, no
volvió a probar bocado.
De
a poco el grupo entero construyó un muro con una abertura
pasaplatos para que Bermejo pasara la comida por allí, sus guisos
de regañadientes. Y más: no faltaba el que quisiera atravesar el
muro en el otro sentido, con una mano de contundencia cierta
efectiva de puñetazo escarmiento. La cuerda se tensaba con
riesgo de lo que nadie quiere.
Hasta
el Canario descargaba tensiones comentando, exagerando, riéndose.
Llegó a idear una estrategia para hacerlo cambiar, por lo bueno
positivo. Pero el viejo cambió por otros motivos. Amainó. Sombra
deseosa, anhelante. Le era imperioso el necesitar hablar de sí,
de cuando vivía y era alguien. Cuando tuvo una mujer y luego otra
y las dos se murieron.
Cuando
le anoticio que hasta Angel recuperó el trato, digo mucho. Además
la perra guardiana parió una camada de cinco cachorritos y al
viejo se le vio, seguido, una mirada dulce especial cuando los
bichitos se le enredaban entre las piernas y lo seguían y reconocían
su voz. Cinco seres que lo estimaran no era poco.
Hasta aseado lo vimos, algunas veces. Lavado de cara y manos. Y
pies, tal vez. Importante. Alguno comentó que lo vio caminar más
limpio cuando eso. La cosa es que cambió. Ponía como contrito
las miradas en el semblante y dejaba salir las palabras sin
arreciar, sin llevar a nadie por delante. No sé cuándo apenaba más.
Por
eso nos sorprendió lo del día de los hechos.
Nos
habíamos sentado afuera. Mediodía de primavera de salirse de la
piel. La sombra del Palto era un deleite sólo para estarse allí
sintiendo pasar el aura. La conversación iba y venía, como
siempre, buscando abrir las comisuras del ánimo que es por donde
empieza la buena digestión. La chuscada mordaz era el juego de la
hora. Iba de unos a otros como el humo de un fogón. La picardía
fina, el ejercicio del ingenio. Tomando y dando con humor. Nadie
se ofende. Ahora víctima, al instante victimario. Juego de
confianza. Se conocen los límites no escritos.
Nadie
supo bien cómo. Aunque intentamos hacer la reconstrucción. Pero
cierto no supimos cómo se cruzaron un epíteto descalificante
contra un político, lanzado por uno y la alusión de otro al Pago
de donde era don Bermejo. Dos moscas que volaban sin verse. Sólo
para él y para nadie más un bandido mañoso las ató por el
rabo. Cosas del diablo, otro no podía ser. De súbito estalló
aquella voz de saliva escupida entre los dientes, fina de bravura:
-“ y quien te dijo a vos que todos los de Pago Negro son
ladrones”. Rayo en día claro. Atónitos quedamos. “Yo respeto
a todos los pueblos de cada uno y cuando hablo ya hablo con
segunda intención. No digo las cosas dos veces, ni estoy para
aguantar manoseos.” Esta vez permanecimos mudos, descolocados.
Hasta el Bebe, un niño, aprendiz de todo, que balbuceó una
aclaración para calmar, salió espetado de groserías cortantes,
vesánicas. Fue demasía. Tanto que el Canario se cruzó con un
tono inesperado en él de zumba irrespetuosa, tranquilo pero como
para lápida o reyerta: - “A mí, si me dicen que los de mi
pueblo son putos peleo”. Pasó un segundo de sorpresa y
atrás llovieron los retruécanos. Válvula de escape. El
Canario fue descuartizado alevosamente a las risas. Nadie escatimó.
Se ensañaron. Dispersión acordada sin acuerdo. Groserías
buscando lo cordial. Distar de mundos. Al otro lado, el ceño
mudo del viejo. Contención de contendor. Sintió más
que una bofetada en el rostro. Se levantó en medio de las
carcajadas. Lívido estaba. Enrumbó hacia la cocina, cabeza
gacha. Aturdido. Lo contingible incierto.
Tal
vez todos pensaron lo que yo pensé, pero ninguno imaginó lo que
iba a ocurrir.
Al
cabo, regresó. Diez ojos le miraban las manos. Vacías las
tenía. Músculos que se aflojaron. Nada hizo. Barbotando sinos
volvió sobre sus pasos y desapareció en su cuchitril. Le quitó
los sonidos al aire que nos rodeaba.
Fue
entonces que las vimos. Nadie sintió golpear las manos, tal vez
por la algazara. Lo cierto es que, en ese instante, caímos
en la cuenta del silencio y de las dos viejas en el portoncito.
Podemos jurar que en esa pausa sólo escuchamos el reiterar de sus
palmas anunciándose y sus voces unísonas de palomar plañendo
solamente “Ramón Bermejo”, más que preguntando por él,
llamándolo.
Era
la primera vez que alguien lo buscaba por nombre y apellido.
Nadie
guardó memoria de sus facciones.
Justo
es decir, también, que el mismo hilo de pasmo nos siguió atando
mientras vimos salir al viejo por la misma puerta desvencijada,
envuelto en una aureola blanda, desconocido de pulcro y ágil, con
una sonrisa más amplia y luminosa que cuando alguien comentaba
sus anécdotas o cuando los cachorros lo rodeaban como a una
madre. Era sin nosotros. Miradas sin tocarlo nos salían de los
ojos. E irse así, aligerado, manso, envuelto en esa luz callada,
sin tiempo en sus pies fugaces, tras las dos mujeres, por la calle
de los plátanos, mientras la hedentina de la pólvora nos iba
desatando los rictus, los gestos congelados.
LA
ONDA®
DIGITAL
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