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Entre
el espanto y la ternura |
CUENTO
Entre
el espanto y la ternura
por Homero Muñoz
"...Entre
el espanto y la ternura
corre
la suerte,
con
el abajo y con la altura,
con
vida y muerte"
Hacía
nueve días que estaban metidos en el agujero y dos que ya no había
agua, de modo que iban a tener que salir. Presuntamente el
ambiente se habría calmado. El contacto debió haberse presentado
al día siguiente de la razzia y no apareció, lo cual hacía
presumir que había caído o que la zona estaba tan vigilada que
no se pudo acercar a la casa. La casa era un aguantadero, que a su
vez tapaba un berretín cavado en el patio del fondo, debajo del
horno de leña. Cuando cayó la cana, estaban en pleno ensayo de
tiempos de entrada y salida del berre, lo cual determinó que
cayera sólo la compañera que estaba legal en la casa, que como
estaba limpia, con seguridad sería puesta en libertad rápidamente.
Pero se suponía que al día siguiente alguien debería verificar
que todo estaba bien. Y no apareció. Era probable que los yerbas
hubieran montado una ratonera y los compas se avisparan,
desapareciendo de la zona por ende.
Pero ahora había
que salir. El aprovisionamiento del berretín no estaba completo y
faltaba fundamentalmente agua. Se discutió si hacer un túnel
para intentar salir por la casa de al lado, si otro, buscando algún
caño de agua, si aguantarse los tres días que se supone uno
aguanta sin beber y sin debilitarse demasiado. Y la decisión
final fue salir. Sabían que eso podía significar la muerte. Si
la cana estaba en la casa, los iban a coser a balazos. Pero no tenían
modo de saber. Y todos prefirieron morir en un enfrentamiento,
armas en mano, que la lenta agonía de la sed. Antes de salir, se
abrazaron fuerte los tres, se miraron a fondo, ojo con ojo,
esperanza con esperanza, fortaleza queriendo trasmitirse de
sonrisa tensa a dientes apretados. Todos los amores, las esperas,
las angustias, las historias conocidas y no, desgranadas a medias
en esos nueve días, pasaron por las seis brillantes ventanas,
pugnaron por hacerse coraza, lluvia de fuego, bálsamo.
Comprobaron las
armas.
Ramón pidió
volada para ir primero. Era el responsable, pero uno u otro
primero daba igual. Llevarse todos los milicos que pudieran era la
consigna. Habían decidido salir de noche, en la esperanza de que
si los eventuales guardias dormían, pudieran zafar.
La tapa del berretín,
debajo de la leña, implicaba zafarrancho al abrirla. Ramón subió
los tres peldaños de la escalerita, miró a Gustavo y al Pelado,
les sonrió, metió
lomo y abrió, saltando afuera al mismo tiempo, treinta y ocho en
mano. El ruido de troncos sobre la tapa de madera,
no fue tan estruendoso. Podría haber sido un gato. En la
vivienda había luz. Gustavo y el Pelado salieron atrás, ya
despacio, sin ruido y miraron a Ramón con dubitativo alivio. Este
apuntaba hacia la casa y empezó a avanzar despacio hacia su parte
trasera. La luz que traslucía la cortina a cuadritos de la
ventana era seguramente la del comedor. Se acercó y pegó el oído
al vidrio en busca de conversaciones. Nada.
- ¿Abrimos? -
interrogó su mirada a los compañeros.
Asintió el Pelado,
negó Gustavo. La noche era oscurísima, pero Ramón veía a los
compas al tenue resplandor que traspasaba la cortina. Se
acercaron. - Vamos a agarrar agua y nos mandamos otra vez para
adentro - susurró Gustavo.
- ¿Estás loco? ¿Ahora
que estamos afuera nos vamos a emberretinar otra vez? - arguyó el
Pelado.
- Y sí, loco. Los
criterios eran esperar a que vinieran los compañeros. Faltaba
agua. Agarramos agua y esperamos. ¿Tá?
El Pelado lo miró
con cara de no entender.
- Paren - dijo Ramón
muy quedo. - Si nos ponemos a discutir la cagamos. Habíamos
decidido salir y acá estamos. Habíamos decidido enfrentarnos a
la cana y aún no sabemos si están o no. Emberretinarnos no sirve
porque nadie va a poder acomodar los troncos del lado de afuera.
Así que hay que seguir.
Las opciones son
tratar de rajar por el muro y salir del otro lado de la manzana,
que dicho sea de paso, nadie nos dice que no esté vigilada, o
intentar entrar a la casa y ver qué pasa.
- Yo digo que
entremos - dijo el Pelado.
- Y yo que rajemos.
Si no vamos a encarar lo orgánico, vamos a pelarnos - replicó
Gustavo.
- Yo también creo
que hay que entrar - dijo Ramón - tenemos que saber qué le paso
a María; y si está
montada la ratonera esperando a los compas, hay que desmontarla
para que no caigan. No se olviden que se supone que alguien tenía
que venir a buscarnos.
- Yo me voy - se
apartó Gustavo un paso.
- Vos vas a hacer
lo que decidamos entre todos - dijo Ramón tenso.
Los susurros ya
empezaban a dejar de serlo.
- ¿Y quién me va
a parar, vos? - se encocoró Gustavo.
- ¡Pero pará,
loco!, ¿qué te pasa, te rayaste? - la voz ronca del Pelado ya
fue claramente audible.
- ¡Ustedes se
rayaron! ¿Qué quieren ver?, ¿el color de los uniformes? ¿
Saber si es la fuerza aérea o el ejército el que nos espera? ¡Es
mi vida, loco! ¡No estoy para boludeces!
- También es la
nuestra, compañero. Tenemos que decidir entre todos si nos vamos
o nos quedamos. Somos un grupo orgánico. Tal vez haya que irse,
tal vez haya que quedarse. Tal vez ambas posiciones sean
equivocadas. Pero cuando lo decidamos, todos vamos a hacer lo
decidido, de modo que seamos más fuertes en la acción de
hacerlo. No tiene goyete que te plantees la personal.
Gustavo da un paso
atrás, encoge el brazo, pega la automática al
pecho y dice: - vas a tener que meter cartucho para
pararme.
Ramón le dispensa
una dura, triste, larga mirada, mientras la daga quemante de la
contradicción, le revuelve la tripa, tuerce hacia arriba, explota
en la garganta.
Levanta el treinta
y ocho y dispara.
Se sienten ruidos en la casa.
- Al muro - dice el Pelado.
- Sí - murmura Ramón. - Ahora sí.
LA
ONDA®
DIGITAL
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