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El Empate

CUENTO
El Empate

por Homero Muñoz

A la fiesta de 15 de Roxana fue invitada la familia en pleno, los de Durazno, los de Sarandí del Yí, los de Melo, los de Montevideo y algunos amigos de la cumpleañera, compañeros de estudio y vecinos de la estancia.

La llegada de los invitados fue vivida por la jovencita con la ansiedad propia de la circunstancia. En especial, la de los montevideanos, donde el comentario intencionado de su madre, había dibujado un primo quinceañero, buen mozo y simpático.

Cuando llegó el auto y el primo de marras asomó el jopo prolijo, los pantalones ajustados como mandaba la moda ciudadana, fumando delante de sus padres y con una sonrisa estampada en el rostro moreno, Roxana sintió una súbita debilidad en las piernas y se apoyó en el hombro del Lito, su hermano, un poco menor que ella, que la miró con cara extraña por lo inusual del contacto.

Pero la extrañeza se transformó en rabia al captar en el súbito rubor de las mejillas de su hermana, la causa del asunto.

- No sabia que tenía una prima tan linda- dijo el galán.

- Gracias. ¿Y cómo te llamas?- se animó a susurrar, la halagada.

- Ricardo- dijo y le estampó un beso en la mejilla dejando sin asunto la timidez de su mano estirada.

Las presentaciones fueron extensivas, pero el Lito se las arregló para sustraer al primo e invitarlo a salir de a caballo para mostrarle la estancia.

- Te llevas el caballo de mi padre- dijo mientras llevaba a Ricardo de la mano hacia unos arbolitos donde pastaba la caballada.

- Bárbaro. ¿Cuál es?

- Aquel grande- señaló con la cabeza.

Trueno tenía una alzada imponente. La grupa superaba la altura de Ricardo en varios centímetros. El Lito se acercó a una yegua petiza, mora como Trueno, le puso el freno que colgaba de una rama cercana y tomándose con la izquierda de las crines del animal, se instaló sobre su lomo, en pelo, de un solo salto, adoptando inmediatamente una postura de aburrida espera, mientras miraba al primo cajetilla con una semisonrisa. El muchacho buscó con la vista el freno del caballo. Pero el animal lo tenía puesto, corroborando los pequeños pegotes de sudor que veteaban sus ancas. Trueno recién volvía del campo y pastaba suelto, sin manea. Ricardo se acercó, bajo la mirada vigilante del primito y le acarició el cuello que se estremeció mientras la cabeza se alzaba, expectante. Le habló bajito como le había enseñado su padre y acomodó los tientos del freno por sobre las orejas del animal, que lo dejó hacer, sin desconfianza. Aferró sus crines y mucho menos ágilmente que su primo, logro sin embargo encaramarse sobre el lomo del caballo.

El Lito aprobó levemente y pegando un grito azuzó a su yegua que salió disparada hacia el campo. Cuando Ricardo aflojó las riendas de Trueno este pasó de la inmovilidad al galope tendido de un solo salto, lo cual obligó al jinete a aferrarse a las crines y apretar los talones a la panza del caballo para no caer hacia atrás o aún hacia los lados. El animal corría como endemoniado y en menos de 100 metros había alcanzado a la petiza. Ya equilibrado, se dedicó a disfrutar el galope a campo traviesa, el viento en la cara, esa estereotipada sensación de libertad que da la velocidad al aire libre. Cuando el Lito consideró la prueba satisfactoria, redujo un poco el galope, torció hacia una lomita y señalándola gritó: - desde ahí se ve todo el campo. Ricardo lo siguió, advirtiendo que a 50 metros había una cañada, ancha y profunda. La yegua del Lito siguió corriendo y la saltó sin mayores aspavientos, con el jinete mirando hacia atrás en cuanto aterrizó del otro lado; Ricardo hizo saltar a Trueno con la elegancia de sus clases en el Polo de Carrasco, superando la segunda prueba sin dificultades.

- Allá, hasta el arroyo, atrás hasta aquellos bosquecitos, al norte y al sur, hasta donde se ve- señaló con la mano el Lito cuando llegaron a la cima de la lomita.

- Es enorme- apreció Ricardo.

- No tanto- el Lito emprendió el retorno al paso, curtiendo a preguntas al primo ciudadano que no se hizo desear para contestarlas.

El almuerzo estuvo precedido de truco y Ricardo para consternación del Lito, se entreveró con éxito entre los truqueros mintiendo y haciendo faroles como si hubiera nacido en una pulpería. Pero lo peor fue que además tocó la guitarra y cantó, lo que arrobó a Roxana que se sentó a su lado a mirarlo como si fuera una aparición y frunció aún más el entrecejo de su hermano. Para la noche se preparaba baile y ya empezaban a llegar las amigas de Roxana que cuchicheaban con ella, mirando de reojo al primo montevideano. Era obvio que en esa cancha iba a ser bravo de voltear. El asado con cuero fue una delicia y se regó con vino casero que el descarado, como no, tomó a la par de los mayores.

- ¿Vamos a buscar la tropilla primo?- propuso el Lito cuando empezaba a caer la tardecita.

- Vamos- aceptó Ricardo.

Cuando llegaron a los establos, los caballos ya estaban ensillados.

Ricardo comprobó la cincha de Trueno y como esperaba, la encontró floja; no tanto como para que se cayera al estribar, pero sí lo suficiente como para que los bríos de Trueno dieran con el jinete por tierra a poco de galopar; con una sonrisa la ajustó y montó, acortando además un poco los estribos, por si el primito lo sometía a otra jornada de salto.

- Es para aquel lado- explicó el Lito molesto, después de su nueva derrota, saliendo en un galopito manso hacia el lado opuesto a donde habían ido en la mañana. Cuando llegaron a donde estaban pastando las vacas y los terneros, le gritó: - tú lleva las madres que son más fáciles y yo llevo las crías. Ricardo nunca había arreado tropa, pero Trueno sabía lo que hacía y fueron llevando las dos manadas, no muy numerosas, hacia los corrales, sin mayores dificultades.

- Son de raza- dijo el Lito- por eso son pocas. La vacada grande queda afuera. Se arriman a los bosquecitos al atardecer. Pero a estas hay que cuidarlas más.

Cuando ya estaban casi todos los animales adentro, al Lito se le escapó un ternerito que se metió al corral de las vacas.

- Tráemelo- gritó al primo, mientras desmontaba para entrecerrar la portera y evitar que salieran más terneros. Ricardo se metió al recinto para arrear al fugitivo. Ahí descubrió que esas bestias tan poco elegantes, son capaces de cabriolas y gambetas que hicieron que toda la experiencia y agilidad de Trueno, fueran inútiles durante una larga media hora. Persiguió al ternero por todo el corral, haciendo fintas entre las vacas, doblando en ángulos de 90 grados a velocidades insospechadas para un animal con esa facha. Trueno sudaba y Ricardo también, a pesar del fresquito de la tarde. Corrió y corrió; las vacas se revolucionaron, nerviosas por el trajín y trotaban de un lado a otro dificultando más la tarea. Se bajó del caballo para tratar de arrearlo a pie y fue peor. - El Lito, apoyado contra la portera del corral de los terneros, observaba callado, impertérrito.

Cuando el primo lo miró desconsolado, ya sin resuello después de haber ido tras el ternero a pie, lo que lo llevó a resbalar y ensuciar su pantalón celeste en el barro del corral y haber montado de nuevo para otra infructuosa corrida tras el animalito, le dijo:- ¿y si traés a la madre?

Ricardo lo miró un rato como midiéndolo, bajó la cabeza, arreó a la vaca madre, que mansa, salió seguida de su cría y la metió con ternero y todo al otro corral. Después la sacó, mientras el Lito cerrando la portera evitaba que el ternero la siguiese. Metió a la madre en su corral y se fueron, empatados, para las casas.

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