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Le
Pen: un ascenso contenible |
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La
caída de la socialdemocracia
Alain Touraine |
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Distanciamiento
entre los ciudadanos y clase dirigente
El problema no es sólo francés |
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Distanciamiento
entre los ciudadanos y clase dirigente
EL problema
no es sólo francés
por Antonio Franco*
El
recelo creciente hacia los partidos tradicionales y las ganas de
apoyar a otras formaciones se debe a las frivolidades de los
primeros.
Hace
pocos días, al analizar las claves del desgarrón producido en
Francia, Serge July, director del diario Libération de
París, aludía en EL PERIÓDICO al distanciamiento entre los
ciudadanos normales y la clase dirigente. July lamentaba el
proceso de descomposición que viven desde hace 20 años los
partidos políticos, los sindicatos, las administraciones públicas,
las fuerzas sociales --ahí estamos sin duda los medios de
comunicación-- y la escuela. Todo eso, decía, está en crisis,
debilitando a las democracias ya que estas instituciones en su
baja forma actual no se hallan en condiciones de encuadrar a la
sociedad, organizar su voz, exigir rendimientos de cuentas y
tender puentes, señalaba.
Creo
que es buena tesis. Hay que relativizar la culpa de los electores
no lepenistas que cometieron el error colectivo de dispersar
demasiado el voto, y en cambio debemos buscar lo que empujó a la
gente a no respaldar a los representantes de los grandes partidos.
Porque todo lo que hicieron los franceses fue no votar en una
primera vuelta, supuestamente intrascendente, a quienes siempre
gobiernan y siempre defraudan, en el bien entendido de que cada
uno de ellos daba por descontado que tras este toque habría
una segunda vuelta en la que podría votar a los de siempre para
comprobar luego si habían aprendido la lección y actuaban con un
poco más de seriedad.
NO
ESTÁ mal hablar de seriedad porque éste es el problema --y no sólo
en Francia, claro-- de los gobernantes europeos. Porque nos han
acostumbrado a que ya parezca normal que cuando llegan al poder no
cumplan lo que prometieron; que actúen con partidismo al
gestionar asuntos públicos; que manipulen a los medios de
comunicación que dependen de sus administraciones; que anulen
todo lo posible la eficacia de los organismos que tienen derecho a
controlarles a ellos... Y, encima, en demasiados casos, a ser
blandos ante la corrupción de los suyos. ¿Cómo quieren que en
la calle no crezca el recelo y la distancia hacia ellos?
Tampoco
convencen en otras cuestiones. En Francia se ha hecho hincapié en
la pasividad de los grandes partidos frente a la inseguridad
ciudadana, y nosotros sabemos por experiencia que hay razones para
ello. Los criterios economicistas impiden aportar el dinero
necesario para financiar no sólo las políticas de más personal
especializado adecuado, sino todo lo que sea prever o reinsertar
con un nivel mínimamente científico. La laxitud de la seguridad
en las grandes urbes y la dejadez casi total en los suburbios y
las ciudades-dormitorio demuestran que muchos gobernantes dan la
espalda a esa gran preocupación de la gente.
Si
volvemos al desencanto que generan las grandes formaciones,
meditemos sobre el hecho de que el hombre que debe representar en
Francia a la pureza democrática como alternativa a Le Pen
es un Chirac sobre quien hay pocas dudas acerca de su
responsabilidad en los gravísimos delitos económicos del
Ayuntamiento de París cuando él era alcalde. Todos los franceses
conocen las irregularidades que han frenado luego la investigación
judicial sobre el tema y su apelación final al derecho
pseudodivino de los presidentes a no ser procesados como factor
definitivo para sortear la cárcel.
SABEMOS
que el problema no es francés. Si hablamos de corrupción, también
aquí, entre nosotros, la falta de voluntad de castigarla cuando
la protagonizan colegas del propio partido es evidente, y la
obstrucción a las comisiones de investigación las pocas veces
que llegan a crearse resulta sistemática... Se diría que en
Europa los grandes partidos que llevan años entrando y saliendo
del poder creen que lo pueden hacer todo, que casi nunca pasa
nada. Y la estadística les avala bastante. Y cuando surge un caso
indisimulable por la evidencia de las pruebas, entonces --y sólo
entonces-- aplican el manual de estilo que aconseja imponer un
castigo ejemplar y predicar aquello de que en democracia quien la
hace la paga.
La
crisis del apoyo a los grandes partidos nace del cansancio popular
ante este tipo de cosas. De momento, ante la falta de alternativas
sólo se traduce en gestos trascendentes de forma accidental, como
ha sucedido en esa elección francesa que parecía banal y de trámite.
Pero los índices de participación demuestran, desde hace tiempo,
que en muchos sitios ya hay un tercio o casi la mitad de la
población que vive de espaldas a las urnas. Y eso quiere decir
algo.
(*)Director
de EL PERIÓDICO- Español
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