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Le
Pen: un ascenso contenible |
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La
caída de la socialdemocracia
Alain Touraine |
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Distanciamiento
entre los ciudadanos y clase dirigente
El problema no es sólo francés |
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La
caída de la socialdemocracia
Alain Touraine
director del Instituto de Estudios Superiores de París
En los primeros
minutos ganó la vergüenza, después el pánico ante el fracaso
imprevisto, imprevisible, de Lionel Jospin, del Partido Socialista
y, enseguida nos dimos cuenta, medio siglo de socialismo
democrático en toda Europa. Dentro de unos días Chirac habrá
obtenido una amplia victoria -esperemos que sea lo más amplia
posible- sobre Le Pen, que está desesperado de ver que es
candidato a la presidencia, pero que no puede subir los últimos
peldaños que le separan -felizmente para siempre- del poder. Pero
la derrota del PS no se curará en pocos días; es más, es de
desear que no le den una mano de pintura demasiado rápida y que
ese partido pueda elegir con más reflexión su futuro.
Evidentemente, el PS, dirigido por Holande, va a preparar las
elecciones legislativas, cuyo resultado puede ser una victoria
aplastante de Chirac tras su elección como presidente, o la
confusión creada por demasiadas elecciones triangulares.
¿Cómo explicar
esta derrota? La situación francesa no era mala, a pesar de
algún indicador económico inquietante; Lionel Jospin tenía una
larga experiencia de poder y su moralidad estaba por encima de
toda sospecha; el paro, a pesar de un cierto aumento reciente, era
muy inferior a cuando Jospin llegó al poder. La vida de los
franceses estaba acompasada de huelgas de los servicios públicos,
pero todo el mundo estaba acostumbrado. Los ataques de la derecha
y de la extrema derecha contra los inmigrantes, cuya mayoría, por
otra parte, ha nacido en Francia, eran menos virulentos, lo mismo
que las denuncias contra los extranjeros, muchos de los cuales,
por otra parte, habían adquirido la nacionalidad francesa.
Francia no había vivido, como Alemania, la llegada masiva de
refugiados del este y del sureste europeo. Incluso se hablaba
menos de Le Pen que antes, sobre todo desde que Megret, su antiguo
adjunto, se había convertido en su enemigo. ¿Cómo, pues,
explicar el resultado delirante de las elecciones?
Es un rasgo
particular del sistema político francés el que ha desencadenado
la tormenta, pero hay que calar mucho más hondo para explicar la
conmoción producida. La causa directa de los resultados
electorales es la cohabitación de la mayoría y la oposición en
el poder. ¿Cómo hacer una campaña de la derecha contra la
izquierda cuando Jospin y Chirac han gobernado juntos durante
cinco años y hablaban con una sola voz en Bruselas? Además, los
electores estaban convencidos de que Chirac y Jospín llegarían
los primeros, lo que animó mucho a votar por los candidatos
'pequeños'.
A pesar de que lo
hayan negado, Chevènement, Laguiller y otros han provocado la
caída de Jospin y, lo que es más grave, no se dan cuenta de que
su discurso izquierdista está de hecho muy cerca del discurso
populista y nacionalista de Le Pen. Pero falta explicar el éxito
de esos 'pequeños candidatos' fortalecidos por la casi
desaparición de un Partido Comunista que desde hace mucho tiempo
estaba mantenido en vida artificialmente. Y aquí es donde debemos
tocar el punto más doloroso. El modelo político y social que
había dominado Europa durante más de medio siglo había asociado
crecimiento económico y progreso social. A pesar de sus
diferencias, todos los países europeos se habían acercado a este
modelo de salarios altos, excelente posición social y escuelas
públicas gratuitas. Además, en ese fin de siglo, cuando EE UU
entra en tromba en la nueva economía, los Estados europeos más o
menos socialdemócratas retroceden o se descomponen. Porque la
vida económica está regida a nivel mundial, el Estado nacional
en lugar de ser un 'ascensor social' se convierte en defensivo, al
servicio de sus propios asalariados. Ello crea, en torno a esta
zona protegida, un vasto territorio ocupado por una población que
se siente cada vez más amenazada por unos cambios que vienen de
lejos y que la ponen en una situación precaria. Los que tienen un
bajo nivel de instrucción y cualificación son y se sienten los
más directamente amenzados. Y no buscan encima de ellos, sino
debajo a los responsables de la crisis que se avecina: los
extranjeros, los jóvenes, los parados que, dicen, roban, atacan,
violan y asesinan. Ven la violencia por todas partes. Así se abre
una vasta zona en la que puede extenderse rápidamente un
populismo de extrema derecha. Jürgen Habermas ha sido uno de los
primeros en hacer este análisis. Francia, donde la resistencia a
la mundialización es importante, ha asistido con más fuerza que
otros países a la descomposición de la socialdemocracia, cuya
obra de 'progreso' había sido sustituida por la acción defensiva
del Estado burocrático y por el empuje del populismo lepenista.
El PS ha logrado
mantenerse en el centro de la vida política francesa porque se
nutría de la caída inevitable del PC. Mitterrand fue, durante
sus dos presidencias, el actor principal de este inmovilismo, de
este rechazo a redefinirse, cuyo precio se paga hoy muy caro.
Jospin, formado en la vieja izquierda, ha comprendido que debía
apoyarse en la nueva, y es una mayoría rocardo-jospiniana la que
gobierna con él. Pero contra él, sus adversarios de izquierda se
lanzan hoy a un populismo y a un nacionalismo que ha logrado lo
que parecía imposible, la 'caída de Jospin'. Y será todavía
más difícil lanzar mañana hacia el futuro a una izquierda en la
que los llamamientos del pasado suenan cada vez más fuerte.
Chirac, ayer débil, amenazado y, por muchos despreciado, se
convierte de golpe en el principal defensor de la democracia. Su
elección, que será garantizada por una gran mayoría, puede
pesar mucho en las elecciones parlamentarias.
En Europa, el
centro-izquierda no se mantiene más que allí donde ha girado
hacia el centro-derecha, como es el caso de Gran Bretaña. ¿Debe
el PS en Francia dar más claramente prioridad a una izquierda
social liberal o, por el contrario, debe enrocarse en la defensa
de un poder público amenazado? Tal opción no debe hacerse sino
tras un largo periodo de tiempo y requiere una gran capacidad de
decisión, pero es indispensable. El tiempo del doble juego ha
terminado. En el futuro inmediato, los electores exigen sobre todo
al PS hablar como lo ha hecho Jospin -demasiado tarde- en Burdeos
y Rennes, es decir, subrayar todo lo que separa a la izquierda de
la derecha. Después, si se evita la catástrofe, el PS debe
romper con las palabras y las ideas de un pasado ya lejano. Pero
nadie parece hoy tener ideas claras que sustituyan las que han
perdido su fuerza.
Publicado
inicialmente por El País de Madrid
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