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Autocensura de las Revistas científicas, con el
argumento de que lo publicado puede usarse
con fines malvados

Los directores de algunas de las revistas científicas más prestigiosas del mundo acordaron que no publicarán información que pueda ayudar a que los terroristas fabriquen armas biológicas, informó este martes la prensa estadounidense.

En un acuerdo alcanzado durante la reunión de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, en Denver (Colorado), los directores de revistas y varios científicos indicaron, no obstante, que esa decisión no supone una censura ni adoptarán un sistema de clasificación reservada similar al que utilizan los militares o el gobierno con sus informes.

Pero sí indicaron que después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, los científicos se enfrentan al dilema de que muchos de sus avances más importantes puedan usarse con fines malvados.

La declaración fue resultado de una reunión entre los principales editores de revistas científicas organizada el 9 y 10 de enero en Washington bajo la dirección de la Academia Nacional de Ciencias y el Centro para la Seguridad y los Estudios Internacionales (CSIS) a pedido de la Sociedad Estadounidense de Microbiología, inquieta con los deseos del gobierno de reglamentar las publicaciones científicas consideradas "sensibles".

"Es verdad que la publicación abierta beneficia no solo la salud pública sino también los esfuerzos de lucha contra el terrorismo", subrayaron los autores del texto. El comunicado será divulgado la próxima semana en las revistas científicas firmantes. Entre las 32 revistas y asociaciones científicas que adoptaron las nuevas normas están Science, Nature, Proceedings of the National Academy of Sciences, New England Journal of Medicine y The Lancet.

Los proponentes de estas reglas admitieron que "caminan sobre una línea muy fina" entre la necesidad de que se divulguen los avances científicos y que estos sirvan para quienes preparan atentados.

"Vivimos en tiempos diferentes", dijo Ronald Atlas, presidente de la Asociación Estadounidense de Microbiología. "La información que poseemos tiene el potencial de que se la use mal. Daremos los pasos apropiados para proteger al público", afirmó. Como ejemplo, Atlas señaló dos artículos publicados en el último año, y que salieron a la luz después que los autores aceptaron algunos cambios.

Uno de los detalles suprimidos de la publicación demostraba cómo podía modificarse un microbio de manera que en lugar de matar a 10 mil personas matara a un millón. Donald Kennedy, director de Science y ex decano de la Universidad de Stanford, dijo que "alguien puede preparar un artículo sobre la tasa de propagación de una infección particular". "Tal estudio y su difusión pueden tener un valor tremendo para las estrategias de cuarentena e inmunización", dijo el especialistas, quien agregó que "también podría tener un valor tremendo para alguien que trate de eludir esas estrategias".

Kennedy firmó un editorial que acompañará la publicación del texto en esa revista, en el que afirma que las tensiones entre la comunidad científica y los responsables de la seguridad no son cosa nueva. "Emergieron de una forma muy problemática a comienzos de los años 80" cuando la investigación básica sufrió la imposición de reglamentaciones para impedir la transferencia de tecnología hacia los países comunistas.

Aún constatando "la brecha entre la comunidad científica y la responsable de la seguridad", Kennedy llamó a ambas "a unirse por el bien común".

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