El
síndrome de Hecatón y las Unos
gobiernan el mundo, otros son el mundo
Así y todo, cedemos, en el inicio, la voz a Hecatón[i], filósofo estoico del siglo II antes de nuestra era. Hecatón enseñaba que, entre la salvación de uno mismo y la de un extraño, debe optarse por la propia, dando el siguiente ejemplo: En
caso de hambruna, ¿hay que alimentar primero a los esclavos, a
riesgo de poner en peligro los ingresos del amo, sus medios de
producción, como así también el número de sus bienes? ¿O
bien, hay que hacer lo contrario? Luego, y si por ventura un barco
está a punto de hundirse por estar demasiado cargado, y hay que
elegir entre sacrificar el caballo de raza o un esclavo de poco
valor, ¿a cuál de los dos debe arrojarse por la borda? Hecatón
responde que hay que preferir el interés personal frente al de la
humanidad. Coincidimos
con el filósofo francés Michel Onfray, cuando establece que el síndrome
de Hecatón atañe a los que practican la economía como una
actividad separada y la entienden como la ciencia de los bienes y
las riquezas, excluyendo al hombre y a la humanidad de sus
preocupaciones. Primado generalizado, recordando a Erich Fromm[ii],
del tener sobre el ser. Onfray
advierte que el síndrome de Hecatón muestra que en lo esencial
de una civilización, lo inaugural se basa en el sacrificio, y la
permanencia se asegura mediante el holocausto incesantemente
reiterado, al anteponer la economía a todo y por sobre todo, y la
política, muy después, a su servicio. O sea, primero el dinero y
después lo demás, o nada más. Globalización Al
hablar de globalización[iii],
aludimos, por lo pronto, a la serie de fenómenos que caracterizan
las últimas décadas del siglo XX: lógica del mercado;
concentración económica; límites del Estado nacional; ecología,
entre otros. En
lo económico, nos referimos a la expansión e intercomunicación
global del hacer económico, con sus flujos que devienen,
progresivamente, en migraciones de capitales que lejos de
establecerse, renuevan, permanentemente, sus opciones, sin tener
en cuenta aspectos sociales del lugar donde se radican. En
lo político, nos referimos a la crisis y el consiguiente
replanteo, de conceptos tales como nación, pueblo, clase,
territorio y soberanía. Con ello, la misma política merece ser
repensada. En
lo ecológico, pensamos en el reestudio de la vida del hombre en
relación con su ecosistema y las diferentes valoraciones que del
mismo, y al mismo, podamos arribar, sin descuidar, nos permitimos
remarcar, el peligro que conlleva convertir, por vía del exceso,
a la ecología, en una nueva forma de totalitarismo en donde, al
amparo de un decálogo de procedimientos “políticamente
correctos” se establezcan unas nuevas Tablas de la Ley en donde
el imperio de la libertad de paso al oscurantismo de un poder que,
al amparo de seudo normas ecológicas, limite y encorsete la acción
del ser humano en sociedad, restándole libertad y dignidad. El
economicismo imperante, presenta sus propios actores, dentro de
una determinada lógica operativa. Vale, entonces, preguntarse cómo
se denominan –y se las ubican- en esta cosmovisión, a las
personas que están, o quedan fuera, del circuito en curso. La
lógica del mercado advierte la presencia de consumidores, no de
ciudadanos. La violencia mercantilista –esta violencia que hoy
nos convoca: la pobreza-, es el fracaso de la dignidad, porque
coloca como medio lo que es un fin. La
mera existencia de tal violencia es un claro indicador que los
Derechos Humanos no están vigentes en una sociedad que, directa o
indirectamente, la consiente. De ahí que, los que sólo atienden,
desde su proclamada practicidad, lecturas tangenciales de las
realidades que los circundan, designan como “distorsiones del
mercado” a los excluidos, a los marginados y a los desamparados.
Deifican al mercado al dotar a tal libertad, que supuestamente le
comprende, del poder de nivelar los flujos de comercio. Falacia
sin sentido de especie alguna, que cae por su propio peso. Derechos
Humanos Todos
los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y,
dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros. El
abandono progresivo del respeto por las normas y los valores
fijados otrora, trae consigo nuevas formas del totalitarismo que
hay en curso en el Occidente –como otras perviven en el Oriente,
vale acotar. Tales
acciones, por ejemplo, están motivadas por la “limpieza de
clase” (class-cleansing)[iv]
que opera desde su tríptico libertad
de mercado-responsabilidad individual-valores patriarcales. La
deificación del mercado y su supuesta libertad, reiteramos, que,
movida por una mano invisible, supuestamente lo regula, lleva, a
una disparidad tremenda entre regiones ricas y regiones pobres,
incrementando terriblemente la descompensación entre ambas con un
claro detrimento para los pobres que, paulatinamente, son
marginados del proceso de decisiones que pasan a ser controlados
cada vez más por las elites de parias que día a día deciden por
la gran mayoría de nosotros, en el proceso económico de toma de
decisiones. Notamos
cómo se privilegia la responsabilidad personal, en desmedro de la
colectiva, otro nombre del más puro egoísmo, dando por resultado
un individuo calculador y cosificador, cuyo objetivo primero y último
es, y nos permitimos reiterarlo, el tener por sobre el ser. Vemos
deambular sin rumbo fijo a consumidores angustiados, vacíos y
aislados. Aburridos de la vida y compensando su depresión crónica
con el consumo compulsivo. El
hombre suele transferir sus propias pasiones y cualidades al ídolo,
en tanto que al adorar al ídolo, adora a su yo. Convengamos que
la idolatría es absolutamente contraria a la libertad. Al
hablar de ídolos, no me refiero sólo a fetiches tangibles, hablo
también del consumismo, del desenfreno por el exitismo, en suma,
de toda forma de huida del hombre de su humanidad trascendente. Y
una tal dependencia de los ídolos cualesquiera que estos sean,
deviene en la sumisión que irremediablemente, quita
independencia. Las
marcas, por ejemplo, constituyen una nueva religión. Una
prestigiosa empresa internacional afirma que las grifas
poseen pasión y dinamismo necesarios para transformar el mundo y
convertir a las personas a su manera de pensar. Es,
notoriamente, el producto revestido de fetiche que me “da”
valor, aumenta mi cotización en el mercado de las relaciones
sociales. El
escritor José Saramago indica, en relación a las nuevas idolatrías,
que esa apropiación religiosa del mercado es evidente, por
ejemplo, en los shopping centers –sin olvidar el trabajo del
francés Marc Auge, sobre los no-lugares- casi todos poseedores de
líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas, siendo los
templos del dios mercado. Uno
no puede menos que recordar, en esta línea de pensamiento, al
profeta Isaías cuando afirmaba que: El
escultor tallista toma la medida, hace un diseño con el lápiz,
trabaja con la gubia, diseña a compás de puntos y le da figura
varonil y belleza humana, para que habite en un templo. Taló un
cedro para sí, o tomó un roble, o una encina y los dejó hacerse
grandes entre los árboles del bosque;
(...) Sirven ellos para que la gente haga fuego. Echan mano
de ellos para calentarse. (...) Quema uno la mitad y sobre las
brasas asa carne y come el asado hasta hartarse. (...) Y con el
resto hace un dios, su ídolo, ante el que se inclina, le adora y
le suplica, diciendo: “¡Sálvame, pues tú eres mi dios!” No
saben ni entienden, sus ojos están pegados y no ven; su corazón
no comprende. No reflexionan, no tienen ciencia ni entendimiento
para decirse: “He quemado la mitad, he cocido pan sobre las
brasas, he asado carne y la he comido; Y ¡voy a hacer con lo
restante algo abominable! ¡Voy a inclinarme ante un trozo de
madera! A
quien se apega a la ceniza, su corazón engañado le extravía. No
salvará su vida. Nunca dirá: ¿Acaso lo que tengo en la mano es
engañoso? [v] Ya
no valen las raíces culturales junto con los valores éticos y
morales, como ejes a partir de los cuales direccionar las
acciones, sino el reduccionismo alienante de parias con poder que
migran a igual velocidad que sus capitales, sin querencia ni
conciencia. Si
a este tríptico de lo oscuro, debemos oponerles otro, a saber:
Libertad, igualdad y solidaridad. Al hacerlo, estaremos dando
lugar a una instancia de vida y de hondo compromiso al oponer a la
lógica de la mentira, de la ignorancia y de la ambición, una
responsabilidad tanto personal como colectiva, en aras de una
igualdad de oportunidades que dignifique al Otro, enmarcada en una
intención y acción efectiva de darse. Entrega que representa,
entiendo yo, una apertura a la razón sensible. En
otras palabras oponer al amor a la muerte el amor a la vida,
biofilia en vez de necrofilia, según lo sustentara tan bien Erich
Fromm. Humanidad,
humanismo, hombre De
ahí deviene la palabra humanidad, hacia el año 1240, que luego y
merced a la palabra francesa humanité,
tuvo un sentido más cercano al humane
especializado que al general human.[vii] En
el uso medieval aparece como sinónimo de cortesía y urbanidad,
lo cual debe relacionarse, sin ser idéntico, con el desarrollo de
umanitá, italiano, y humanité,
francés, del latín humanitas,
que había contenido un fuerte sentido de civilidad. Humanistas,
convengamos, también tenía un importante sentido específico de
cultivo de la mente y educación liberal; de ese modo se relaciona
directamente con el complejo moderno de cultivo,
cultura y civilización. A
partir del siglo XIX, la palabra humanismo vino a significar el
sentido desarrollado de humanista y de las humanidades. Esto es,
un tipo particular de estudio asociado a determinadas actitudes
hacia la cultura y el desarrollo o la perfección humana. Guiados,
pues, por la etimología –y concatenación- de estos términos,
convenimos en que el hombre está directamente relacionado con la
raíz, con y en la tierra, en un marco cultural y societario que
propenda a la mejora tanto espiritual como material de la
humanidad toda. Solidaridad El
respeto, que trae consigo el asumir nuestra responsabilidad para
con el Otro, supone el ejercicio del juicio discriminativo y no,
obviamente, la aceptación indiscriminada. Por su parte, la
compasión se ha convertido en la cara humana del desprecio. Ya no
se habla de compromisos éticos, en tanto mucho pasa por lo
meramente estético que, aunque importante asociado a lo ético,
se banalice en solitario, al prescindir de la armonía de la acción
basada en un comportamiento ético-estético. Luego, la actitud
pasiva lleva a una actitud sustitutoría (contemplar pasivamente
lo que otros hacen) a la vez que invade al sujeto una sordidez
tal, que lo destruye en su esencia. Pues
bien, nuestra vida, en tanto que vivida con hondura, desarrolla
nuestro carácter. A medida que avanzo, descubro más sobre mí
mismo, de ahí que deba ponerme en situaciones que hagan surgir a
mi naturaleza más elevada. Las
cuestiones de la vida, dicen los que saben, gira alrededor de la
alternativa entre el ser y el devenir. El devenir es siempre
fragmentario, en tanto que el ser es total. Cuando
uno deja de crecer y comienza a envejecer paulatinamente, digámoslo
misericordiosamente, uno, si no cae en la nostalgia o en la
senilidad, empieza a ver la propia vida como un círculo en lugar
de verla como una línea recta. Hay,
exactamente, un lugar en el que se empieza a encontrar ese nivel
en el que todo es un círculo. Pero tenemos que caminar por las líneas
rectas y experimentar totalmente la horizontal y la vertical, la
tierra y el espíritu, y el punto de encuentro en el centro, antes
de que esto pueda suceder. En
fin, que el crecimiento interior solamente puede darse dejando que
las cosas se vayan, no aferrándose a ellas. Y llega poco a poco,
cuando se permite que las responsabilidades externas vayan
sucumbiendo en su momento adecuado. Entonces, cada vez más, y he
aquí lo importante, a mi entender, se convierte en un asunto de
poner nuestra atención en las cosas más pequeñas. El
encontrar nuestra paz, incluyendo todo lo oscuro y lo luminoso, es
un gran sufrimiento para el ego, porque tiene que abandonar su
voluntad de dominar. Lo que instaura la vida sensible, apelando a una razón sensible, está en lo particular, concreto y próximo. En el aquí y en el ahora de mi presente, sin desmedro del pasado y del futuro. De un presente tan activo como trascendente, a instancias de una socialidad escogida[ix], desde una ética periférica, a la que denominamos ética del cotidiano. Ser,
antes que individuo, persona, y estar, consiguientemente,
integrada en un cuerpo social que a la vez la supera y la
conforta. Asumir.
No ser avaros cuando se trata de adentrarnos en nuestra
interioridad, cuando resulta que al compartir con los otros,
comenzamos a reconocernos, a visualizar otra esfera de la
maravillosa luminosidad proveniente del fomentar nuestras
potencialidades primarias, por sobre las secundarias; de alentar
la biofilia en detrimento de la necrofilia. En
suma, dejarnos llevar por la inocencia, por la búsqueda sin más,
sin rumbo y sin meta, viviendo el presente en esperanza activa,
venciendo a nuestros enemigos interiores, al modelar nuestro carácter. Corremos
el peligro de perder de vista tanto los problemas reales de la
existencia humana, como el interés en las respuestas a esos
problemas. Sin duda que el proceso de individuación y la
consiguiente libertad implican necesariamente soledad y angustia
por el encuentro consigo mismo y con los otros pero el camino, el
alhaja, el sendero, la vía, suponen un tal sufrimiento. Solamente
en tal estadio es que podremos reconocernos, sabernos en camino. Se
requiere un renacer del humanismo o, mejor aun, una nueva y más
profunda versión humanística que se concentre en la realidad de
los valores experienciales en vez de hacerlo, meramente, en la
realidad de los conceptos y de las palabras. Así, pues, mientras permitimos que en la interioridad de nuestra conciencia, el diálogo se dé cita, al cuestionarnos y cuestionar, vemos que para una tal empresa será menester contar con el combustible adecuado: el valor. No
el de la fácil y estéril pelea sino el otro, aquel que nos
permita, en la esfera de lo público, cobrar vida digna. El valor,
advierte Hannah Arendt[x],
es una de las virtudes políticas cardinales. Se necesita valor
incluso para abandonar la seguridad protectora de nuestras cuatro
paredes y entrar en el campo público, no por los peligros
particulares que puedan estar esperándonos, sino porque hemos
llegado a un campo en el que la preocupación por la vida ha
perdido su validez. El valor es indispensable porque en política
lo que se juega no es la vida, sino el mundo. Tal es la actitud
que nosotros adjetivamos de arendtiana. Tengamos,
pues, una actitud arendtiana, aquella que dice sí a la sinfonía humana, sí
al compromiso, con comprensión y asunción de responsabilidades,
colectivas y personales. La
preposición Pensar,
reflexionar, argumentar y accionar, junto CON el Otro, de cara a
la vida misma, desde el llano y sin ambages. Ser, en resumidas
cuentas, aprendices de la Vida y de lo trascendente que ella tiene
en virtud de la mejor condición del ser humano, la de estar en
comunidad, participando activamente por una mejora sustantiva de
la dignidad que es el rostro de la libertad, al ejercer nuestra
responsabilidad, personal y colectiva, en la sinfonía humana que
nos toca, temporal y modestamente, participar. Para
terminar, recordamos al filósofo Emmanuel Levínas quien afirmaba[xi]
que el saber, sólo llega a ser saber de un hecho si es crítico,
si se cuestiona, si se remonta más allá de su origen (movimiento
contra natura que consiste en buscar más allá de su origen y que
testimonia describe una libertad creada) De
ahí que conocer no sea meramente constatar sino y siempre,
comprender; busquemos, pues, comprender. Escuchemos; el Otro nos habla.
[i]
Onfray, Michel – Política del rebelde – Perfil Libros
[ii]
Fromm, Erich – Del tener al ser – Paidós Studio
[iii]
Michelini, Dorando J. Globalización,
interculturalidad y exclusión – Ediciones del ICALA
[iv]
Wacquant, Loïc – Las cárceles de la miseria – Ediciones
Manantial SRL
[v]
Isaías, 44, 13-20,
AT – Biblia de Jerusalén – Alianza Editorial
[vi]
Corominas, Joan – Diccionario Etimológico de la Lengua
Castellana - Gredos
[vii]
Williams, Raymond – Palabras clave – Ediciones Nueva Visión
[viii]Lasch,
Cristopher – La rebelión de las élites - Paidós
[ix]
Virilio, Paul – El cibermundo, la política de lo peor - Cátedra
[x]
Arendt, Hannah, “¿Qué es la Política?”, Paidós
[xi]
Levínas, Emmanuel – Totalidad e Infinito – Editorial Sígueme
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