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Fútbol: desde finales del siglo XIX no se había utilizado el verbo vender, aplicado a un ser humano
Xavier Caño
Leer artículo Cuando jugar al fútbol es un peligro de muerte
Juan Pedro Ramírez

Fútbol:
desde finales del siglo XIX no se había
utilizado el verbo vender aplicado a un ser
humano

por Xavier Caño

Los emperadores romanos acuñaron la expresión "pan y circo", concreción de una política con el pueblo de Roma para alejar cualquier atisbo de disconformidad o rebelión: el Imperio regalaba trigo y organizaba juegos en el circo. No hay demasiadas variantes entre aquella política y lo que ocurre en nuestro tiempo, pero con una diferencia: el circo, la diversión de hoy (deporte en general y fútbol en particular) es un negocio de proporciones obscenas con beneficios indecentes. (Recuérdese que la tercera acepción de 'diversión' es "acción de distraer o desviar la atención").

Si queda alguien que cree que el fútbol es un deporte, sepa que los clubes del mundo mueven un volumen de dinero superior al presupuesto del Estado francés, según ha investigado Jean-François Bourg. El fútbol es dinero porque ha devenido un espectáculo de masas exclusivamente mercantil. Un espectáculo en manos de la oscura FIFA que controla el fútbol de 198 países. Más que los miembros de la ONU. La FIFA establece reglas, controla traspasos de jugadores, impone indemnizaciones astronómicas, inventa y regula competiciones transnacionales y supervisa el comercio de derechos televisivos así como los grandes patrocinios. Y todo con una absoluta falta de transparencia.

El mundo del fútbol está fundamentado sobre cuatro grandes pilares: patrocinadores (grandes marcas que forman parte de las cien multinacionales más poderosas), televisiones, clubes e intermediarios. Clubes, instituciones deportivas, agencias de representación (de imagen de jugadores, de derechos televisivos, de jugadores) y empresas de productos derivados (camisetas, gorras, banderas...) forman una confusa y espesa red por la que circulan enormes cantidades de dinero poco controlado. Hay otros deportes que mueven también grandes sumas, pero ninguno como el fútbol.

En el deporte rey se ha creado una rentabilísima relación entre espectáculo, publicidad, patrocinio, derechos televisivos, venta de imagen y mercadeo de inefables productos-icono de clubes y jugadores. Un mundo no tan etéreo como la burbuja de empresas de Internet y el espejismo de la llamada nueva economía, pero también con los pies de barro. Una muestra del carácter mercader del fútbol es la consagración de los términos vender y comprar, para referirse al paso de jugadores de un club a otro. Desde finales del siglo XIX no se había utilizado el verbo vender aplicado a un ser humano: desde que los hombres negros y mujeres negras dejaron de ser mercancías en los algodonales del sur de EEUU. Cierto es que no se pueden considerar esclavos los multimillonarios y caprichosos futbolistas, pero el uso habitual del término señala que lo que importa es el dinero.

Nada que ver con el espíritu que se supone anima el deporte: competición limpia, reglas de juego claras, generosidad, esfuerzo y afán de superación personal.

El negocio del fútbol surge de su capacidad de convocatoria televisiva. Un Campeonato Mundial de Fútbol consigue una media de más de 600 millones de espectadores por partido en todo el mundo y más de mil millones en los partidos de fase final. En los países enriquecidos de la Unión Europea, el fútbol suele ser líder de audiencia televisiva y, por eso, aumenta sin cesar la programación futbolística; en la culta Francia, por ejemplo, se pasó de 1000 horas dedicadas al deporte en 1980 (sobre todo, fútbol) a 3.000 en 1993. El fútbol no estaría donde está si no fuera por la televisión.

Y, como sucede cuando corre dinero fácil, surge la corrupción o los malos hábitos. En España, por ejemplo, Hacienda anda a la greña con los clubes de fútbol, en un intento de cobrar impuestos que no han sido abonados: por pago con dinero negro a jugadores, por impago del impuesto sobre valor añadido, por pagos espurios que cotizan menos a Hacienda (derechos de imagen en lugar de salario)... Encima, los clubes de fútbol españoles piden al Gobierno 'tregua fiscal' y que todos paguen por el fútbol, no solo las televisiones que transmiten partidos sino la radio, periódicos, revistas... Corruptelas varias abundan en este mundo (dietas sin documentar, facturas manipuladas, lujos personales injustificados) y también hay pantallas y canales de dinero negro. El mundo del fútbol, además, ha experimentado un proceso inflacionario que ha decuplicado el traspaso de jugadores, a cuyo alrededor florecen parásitos que complican y encarecen los contratos. Como escribe el sociólogo José Vidal-Beneyto, el mundo del fútbol "es el más cabal ejemplo de funcionamiento del capitalismo ultraliberal: todos los productos y personas son mercancías, y el beneficio es su principio".

Y, por si fuera poco, la violencia. La violencia se extiende por el fútbol como el crudo en el mar tras naufragar un petrolero. Bajo los colores de los clubes se camuflan neonazis, racistas o simplemente sociópatas para los que la violencia es un modo de vida. Los medios de comunicación del mundo nos tienen acostumbrados a las agresiones, batallas campales e incluso muertes por el delirio de los colores de equipos; síntoma inequívoco de que este mundo neoliberal que sufrimos está enfermo por injusto. Tanta pasión enfermiza en el fútbol es porque miríadas de seres humanos tienen una vida tan vacía y frustrante que pertenecer a algo y vivir los éxitos de un equipo como propios o llorar sus derrotas se convierte en cuestión de vida o muerte.

Habrá que empezar a reivindicar un fútbol que sea deporte, pacífico y decente, al tiempo que las instancias internacionales y Estados dejan de proporcionar impunidad y dar patente de corso al mundo del fútbol.
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