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¿Por qué se paga tanto por el fútbol y quiénes cobran?
Joselo González
Leer artículo El fútbol y el boxeo, el tenis o el rugby tuvieron su origen en las élites, hoy la beckhammanía da el espectáculo
Profesor José Carlos García Fajardo

¿Por qué se paga tanto por el fútbol
y quiénes cobran
por Joselo González

El fútbol no es siempre una competición limpia, con reglas de juego claras, con generosidad, donde prime inevitablemente el esfuerzo y afán de superación personal. Pero todas las otras canchas de la vida están más "flechadas" que las del fútbol. Por eso buscamos en él un ideal de justicia que la sociedad nos niega.

Los príncipes fiorentinos fueron más sutiles que los emperadores romanos. En rigor, lo que nosotros conocemos por fútbol no se inventó en Londres sino en Florencia. Le llamaron calcio y tal sigue siendo su nombre en Italia. 

En Inglaterra, el protofútbol era un juego preferentemente rural, en el que generalmente se enfrentaban dos aldeas representadas por cuadros de más de doscientos jugadores, que perseguían una pelota y trataban de llevarla de cualquier manera, "en medio de un indescriptible barullo de gritos y trompadas, hasta la entrada de la aldea contraria, a veces cruzando ciénagas y riachuelos, en ocasiones sobre un tremendo barrizal por el siempre lluvioso clima británico". 

El calcio, en cambio, desarrollado de una variante romana de uno de los juegos de las olimpíadas griegas, fue adoptado inicialmente por la nobleza urbana de las ciudades italianas del medioevo, prósperas gracias a su comercio mediterráneo, para momentos especiales como ceremonias políticas, encuentros de embajadores, bodas y otras fiestas similares. Y se popularizó enormemente durante el renacimiento en las repúblicas pontificias. Por el año 1410 un poeta anónimo florentino ya cantaba al gioco del calcio de la piazza del Santo Spirito.  

Porque en las poderosas repúblicas eclesiásticas de Florencia, Pisa, Génova, Venecia, que dieron a Italia gran brillo intelectual y económico, el calcio se jugaba en las plazas principales de las ciudades. Eso hacía que las dimensiones de las canchas fueran bastante similares a las actuales; la de Santa Croce, por ejemplo, medía 137 metros por 50. El equipo standar lo integraban 27 jugadores, alineados con 15 delanteros en V, 5 medios, 4 tres cuartos y tres defensas. La pelota podía ser tomada con la mano, pero sólo se la podía pasar con el pie (con excepción del que cuidaba el arco que sí podía lanzarla con la mano), los arcos tenían forma de carpa. Los saques de banda eran como los actuales y luego de cada gol se reiniciaba desde el centro de la cancha. Las graderías se montaban en rededor de la plaza, haciendo auténticos estadios, que en Florencia, como documentan grabados del siglo XV, se llenaban hasta los bordes. Los equipos lucían coloridos uniformes distintivos. En esta ciudad, la llegada de los Médicis al poder oficializó el gioco del calcio. Los políticos florentinos concebían el juego como una válvula de escape para el agitado ciudadano de Florencia, acosado por la lucha económica y, a veces, sumido en el aburrimiento. Exactamente en la tercera acepción de la palabra diversión (distracción), pero también en la primera (verter fuera, expresarse). 

Cuando a los italianos se les pregunta por el superprofesionalismo actual del calcio, contestan que nunca fue amateur. El juego que hoy paga decenas de millones de dólares por cada pase importante y mueve cientos de millones en los pronósticos legales y otro tanto en los clandestinos, tuvo su primer equipo superprofesional en el siglo XV, cuando Pietro Médici "contrató" a los mejores calciatori de toda la península para armar un cuadro invencible. 

El calcio se siguió jugando en esa forma durante los dos siglos de ocupación militar española de la península y hasta fines del siglo XVIII, época en que otros países de Europa (entre ellos Inglaterra) prohibieron oficialmente el juego de pelota, porque la impetuosa revolución industrial lo consideraba nocivo para la productividad en el trabajo y la disciplina en los ejércitos. Pero el popular calcio se siguió practicando y en días festivos se enfrentaban los equipos de distintas ciudades. Hoy, a manera de homenaje, todavía se celebra anualmente en la plaza della Signoria de Florencia, un partido de calcio tal como se estilaba en el 1400. 

Sin embargo, la secular prohibición del fútbol no impidió su desarrollo; por el contrario. Pese al y en contra del poder, el fútbol se impuso por popularidad incontenible. Entonces los poderosos entendieron como Médici que debían comprarlo y comenzaron a negociar. 

LA COMPRA VENTA

Lo que molesta en especial del fútbol, no es que sea uno más de los negocios con beneficios incalculables, sino que éstos expresen también a los jugadores y no siempre los intereses de los mismos beneficiarios de todos los otros incalculables negocios del planeta.

 

Si hacemos números, podremos comprobar que Zidanne, por ejemplo, genera un ingreso mucho mayor al que le tocó en las distintas transferencia que hizo. Pero muchísimo más generó el que inventó la botella de Coca-Cola y lo hizo por el laudo salarial de una agencia publicitaria. Ahí está la diferencia. Pero, molestos, algunos izquierdosos intelectualoides futbólfobos, consideran a este juego un mal ejemplo. Cuando los porcentajes que hoy corresponden a los futbolistas fueron producto de durísimas, lúcidas y victoriosas luchas que llevaron a cabo sus gremios, ejemplarmente. Lamentablemente, algunas las han perdido. 

Porque el mundo del fútbol está fundamentado sobre un solo insuperable pilar: la ley del orsai, que posibilita la más sublime representación de la cópula a nivel de espectáculo, más que en cualquier otra expresión artística y la competencia de la inteligencia, mayor incluso que en el ajedrez y eso es producto de quienes lo juegan. 

Todo lo demás paga por el fútbol y sus productores se hacen pagar lo que valen, a patrocinadores (grandes marcas que forman parte de las cien multinacionales más poderosas), televisiones, clubes e intermediarios, instituciones deportivas, agencias de representación (de imagen de jugadores, de derechos televisivos, de jugadores) y empresas de productos derivados (camisetas, gorras, banderas...) enormes cantidades de dinero que en definitiva es dinero del placer de los aficionados, que son unos tres mil millones en el mundo y dinero de jugador, de artista, no de armas ni de las explotaciones más flagrantes. Y en torno al jugador, al artista, es fuente de trabajo para millones de personas de los más variados oficios. 

No me gusta el término deporte rey con que se lo ha catalogado, porque el fútbol no es esencialmente un deporte (sino un juego) y es el más republicano y democrático de todos (cualquiera puede llegar a triunfar en él, hasta con una pelota de trapo y sin importar decisivamente su condición física, Garrincha era un niño poleomilítico con una pierna como el as de basto, Maradona es un gordito tapón, como dijo Gatti poco antes de que Diego le llenara de goles la canasta). El fútbol es la chance no delictiva que tienen los desheredados de romper los techos que les impone esta sociedad.  

Casualmente, de todas las etéreas burbujas económicas que se han creado con la globalización, las que creo con mayor capacidad de recuperación son las empresas de Internet y el fútbol. 

Pero la consagración de los términos vender y comprar, para referirse al fichaje de jugadores de un club a otro, no es más que un contraeufemismo. El término vender se sigue utilizando abundantemente aplicado al ser humano: ¿o qué se dice que hizo Tamayo? y eso que negro no es. Eufemismo es decir que un vigilante es coordinador oficial del movimiento nocturno, que el ascensorista distribuye recursos humanos y que son gerentes generales de publicidad en frentes los periodistas que colocan los letreros de “se vende” a las personas.  

Todos “se compran y se venden”. Pero barato y por una propina de prestigio. A los futbolistas que “se venden” (contraeufemismo) o se traspasan (literalmente) de un club a otro, les pagan con buen dinero y no cayeron en la trampa del prestigio. Los hay caprichosos, los hay modositos, ¡los hay tan vairados...! 

LA CARRETA Y LOS BUEYES
El fútbol no es siempre una competición limpia, con reglas de juego claras, con generosidad, donde prime inevitablemente el esfuerzo y afán de superación personal. Pero todas las otras canchas de la vida están más “flechadas” que las del fútbol. Por eso buscamos en él un ideal de justicia que la sociedad nos niega.

Decir que el negocio del fútbol surge de su capacidad de convocatoria televisiva es poner la carreta delante de los bueyes. Es la televisión la que le paga al fútbol (y paga mucho y no precisamente a gusto; hay un país donde no quería pagar, un país con una dictadura oligopólica mediática insuperable y sin embargo, al fin y a cabo, aL fútbol le tuvo que pagar). Porque es la televisión la que necesita al fútbol. Un Campeonato Mundial de Fútbol consigue una media de más de 600 millones de espectadores por partido en todo el mundo y más de mil millones en los partidos de fase final. En los países enriquecidos de la Unión Europea, el fútbol suele ser líder de audiencia televisiva y, por eso, aumenta sin cesar la programación futbolística; en la culta Francia, por ejemplo, se pasó de 1000 horas dedicadas al juego en 1980 a 3.000 en 1993. La televisión no estaría donde está si no fuera por el fútbol. 

Si el mundo del fútbol “es el más cabal ejemplo de funcionamiento del capitalismo ultraliberal: todos los productos y personas son mercancías, y el beneficio es su principio” ¿por qué los pueblos que más siguen el ejemplo son los menos “ultraliberales” (hoy se le llama liberalismo al imperialismo, por eso las comillas)?

Y la violencia, claro, “los inadaptados de siempre”. En rigor, son los adaptados de siempre. Y hay de todo, pero cuando no había fútbol, el mundo no era menos violento, al contrario. Y por mayores transfugadas que se mande la FIFA, no creo que el fútbol sea detenible, como no lo son las otras fuentes de placer. 

Dice bien Juan Pedro Ramírez (La ONDA Nº 142) cuando observa que Foe jugó cuatro partidos en menos de once días, con viajes de por medio y 42 grados de promedio, entonces la exigencia superó lo racional, y su máquina se paralizó” y también acierta cuando recuerda que Maradona lo había advertido.

No sólo advertido, agrego yo. Foé murió en la cancha y el fútbol siguió andando. Los jugadores de Camerún resolvieron jugar de todos modos la final de la Copa de las Federaciones ante Francia. 

El señor Joseph Blatter, Presidente de la FIFA, descartó que la muerte se halla debido a los cuatro últimos partidos que jugó Foé bajo un sol que calcinaba. Pero ya se anuncia que la muerte del camerunés será usada como argumento de la Federación para no ampliar de 32 a 36 equipos el Mundial 2006, aduciendo que serían demasiados partidos muy frecuentes (en realidad hicieron proyecciones económicas y no las hallaron convenientes). 

Sin embargo este mundial se jugará más al norte, en Alemania. Cuando se ha hecho jugar un mundial en México, en horas del mediodía. Fue aquel campeonato del 86 que ganó Argentina con la más brillante actuación de jugador alguno en la historia de los mundiales (al menos desde que están filmados): Diego Armando Maradona. 

Diego había protestado por el intenso calor que hacía peligrar la vida de los jugadores, solo para hacer coincidir los partidos con los horarios más redituables de la televisión y que la FIFA cobre más.  

Con esa reivindicación como prioritaria, Maradona armó inmediatamente después de aquel mundial, un sindicato internacional de futbolistas y se colocó al frente de la oposición a FIFA, donde Joseph Blater era Vicepresidente. 

Todos recordarán cómo pagó el argentino esa y otras osadías, como la de dejar a Italia fuera de la final de su mundial (Italia 90), en la mayor pérdida que haya registrado la FIFA. 

Hace casi diez años una revista argentina tituló que Maradona había perdido a causa de la cocaína el funcionamiento de la mitad de su cerebro y le quedaban unos pocos meses de vida.  

Parece ser que, por milagro, ese partido no lo perdió de ese modo, porque Maradona, a los cuarenta y cuatro, sigue vivo. Pero no pudo evitar que ocurriera lo que predijo y combatió con el mayor compromiso. Mark Vivien Foé, de veintiocho años, murió en la cancha por un torneo FIFA este verano francés.   

Cuando los siglos pasen y la raza humana (si es que sobrevive) haga historia, a Maradona lo recordará mejor por esta derrota que por las inmejorables victorias que obtuvo.

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