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Leer artículo ¿Por qué se paga tanto por el fútbol y quiénes cobran?
Joselo González
El fútbol y el boxeo, el tenis o el rugby tuvieron su origen en las élites, hoy la beckhammanía da el espectáculo
Profesor José Carlos García Fajardo

El fútbol y el boxeo, el tenis o el rugby
tuvieron su origen en las élites, hoy la
beckhammanía da el espectáculo

Profesor José Carlos García Fajardo

Las ciudades se paralizan ante un importante partido de fútbol o ante la llegada de una estrella mediática como el futbolista David Beckham a Madrid, Pekín, Tokio o Hanoi. Hoy no son frecuentes las huelgas generales que paralizan una capital con fuerzas del orden provista de modernas tecnologías. Las agresiones fuera del estadio o de la pantalla ya no venden, son limitadas.

El fenómeno de la beckhammanía arrasa desde la China hasta la capital donde se juega la Liga de los sueños, capitaneada por el Real Madrid. Viajando por África y por países de Oriente Medio uno se ve asaltado por jóvenes que le citan de memoria las alineaciones del Real Madrid o del Barcelona.

El tema que ha requerido la reflexión de los académicos, porque la Universidad no puede permanecer al margen de fenómenos sociológicos capaces de interrumpir consejos de ministros y de administración, conferencias y convenciones cuando retransmiten un encuentro importante. Lo que comenzó siendo una actividad que reemplazaba la agresividad de los caballeros en las justas, (Ortega hablaba del deporte como sustituto de las guerras), pasó a ser un ejercicio saludable para los jóvenes. El fútbol y el boxeo, el tenis o el rugby tuvieron su origen en las élites a las que luego trató de imitar el pueblo llano. De ahí que cuando el pueblo copia a los de arriba, éstos se esfuerzan en vestir zapatillas, pantalones rotos y camisas arrugadas. Beckham lucía un pantalón vaquero casi hecho jirones y una chaqueta exclusiva de casi 3.000 euros. Porque al deporte, como al arte, se dedican quienes disponen de tiempo libre, aunque sea para dar salida y formatear instancias profundas.

¿Qué buscan los hinchas en el seguimiento de su equipo que les infantiliza hasta extremos de saltar, aullar, pelear, desolarse y exaltarse hasta actitudes fácilmente reconocidas como de regresión a etapas preadolescentes? Superada la imagen freudiana de la infancia como semillero de conflictos, admitidos los demonios a la parranda general, esta regresión a formas irresponsables parece el atajo democrático hacia la felicidad en tropel. Todo vale con tal de que se pueda pagar. Junto a la enajenación del hincha, capaz de negar la evidencia que se desarrolla ante sus ojos si discute con otro de un equipo contrario, aparece la recuperación de la personalidad del adulto, una vez elaborado el duelo por la derrota de su equipo. Otros hablan del partido no como imitación de la vida sino como su infantilizada reelaboración. Ehrenberg llega a hablar de ficciones realísticas porque traducen el mundo de lo real en otra realidad, que es más llevadera. De ahí que no pocos analistas se pregunten si el partido no será apariencia de lo real o sucedáneo de represiones sociales más elementales.

El fútbol representa la aventura, la esperanza, el miedo, la ira, la injusticia, la amenaza, el robo (de un resultado), la venganza, la dicha inenarrable de una victoria en el tiempo suplementario que lleva al aficionado hasta las orillas del nirvana y a auténticos espasmos eróticos. El lenguaje en un estadio o ante el televisor es de antología. Pero sin la gravedad de verse implicados y arrollados por esas fuerzas telúricas que la educación y las convenciones sociales han impuesto. Un grito a tiempo, un salto o una extravagancia, cuántas desgracias podrían evitar en la metódica vida diaria. Pero no se puede y hay que soñar con ese trasunto de la vida que es el espectáculo. No con gladiadores que mueren desangrados en un circo sino con los modernos luchadores que despiertan pasiones, concitan entusiasmos y provocan rechazos a muerte cuando son vendidos y comprados, traspasados y cedidos, endiosados y echados a los infiernos. Por eso, se abrazan y se besan, se dan golpecitos en las nalgas, se desnudan el torso y cultivan sus cuerpos hasta la ambigüedad. Llevan ropas de marca, se tiñen el pelo, conducen Ferraris, compran relojes ostentosos y algunos, como Beckham, se depilan, se anudan pareos estampados, conceden entrevistas descalzos, se pintan las uñas y lucen pendientes de brillantes.

Ahora, el espectáculo se ha convertido en un drama sin guión previo, como la vida misma en la que no podemos leer, felizmente, la fecha de caducidad que todos llevamos tatuada. El happening de cada fin de semana es el sueño de todo guionista de cine o televisión, que los acerca tanto al reality show que nos emociona, nos interpela, pero no nos implica en sus consecuencias tan pronto como salimos del estadio o hacemos zapping en el televisor.

Desde que la NBA descubriera el espectáculo deportivo como fuente de riqueza hasta el Manchester United, que incorporó su marca al fútbol espectáculo, otros clubes se han transformado en marcas mundiales hasta llegar al paradigma actual del Real Madrid como leyenda.

El presidente del Real Madrid declaró "El Real Madrid es como Walt Disney pero todavía sin explotar". Y se dedicó a ello con las sonoras incorporaciones de estrellas mundiales en la convicción de que el público será fiel a la divisa de Walt Disney: "Nosotros vendemos felicidad". En todo el mundo se conocen las hazañas de Zidane, Ronaldo, Figo, Raúl y otras grandes estrellas.

El banco de inversiones Salomón Brothers estudió en 1997 la incorporación del espectáculo deportivo al mundo de los negocios y llamó la atención sobre la relación irracional que mantiene el hincha con su equipo. A diferencia de los resultados financieros, los resultados deportivos no afectan a la lealtad de los socios.

En el centenario del Atlético de Madrid han incorporado en la letra de su himno la asunción de su condición de perdedores que los une más y más a su club colchonero: "Esa forma de ganar, esa forma de palmar".

La marca de un equipo es para el presidente mundial de Saatchi & Saatchi, Kevin Roberts, una lovemark (marca de amor) que entraña esa fidelidad con la que sueñan los fabricantes.

Para V. Verdú, el fútbol es, no solamente un espectáculo, sino una extraordinaria oportunidad para vivir fantasiosamente en el tiempo marcado para sobrevivir. "El hincha-niño se nutre de la gloria o las penas del club y el club toma en sus brazos el destino infantil del hincha. ¿Puede imaginarse una regresión más digna de ser televisada, más asimilable al reality show?"

Una vez enterrado al dios, cuya muerte Nietzsche había proclamado, superados los tabúes del sexo, del sometimiento a la autoridad paterna o de cualquier otro signo, rotas las modas en el vestir y entregados a la comida basura, a la música alienante, a los ensayos de cambio de identidad, a lo andrógino emergente y a lo promiscuo, soft e insolente, saltamos del espectáculo de lo real a la realidad misma dando el espectáculo.

Profesor José Carlos García Fajardo Periodista español del (CCS) servicio de información - para La ONDA digital
fajardo@ccinf.ucm.es

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