Franz
Kafka o la
(...) Ante
aquel del que naces, ¿qué otro afecto no cede?
Ya en la segunda carilla de su cuento
La Metamorfosis[1],
un sacudón –y un despertar- opera en uno con la violencia de
quien observa en el lugar mismo, el cambio –o el
sinceramiento- devenido en el protagonista de tal historia.
Familia judía de marcado carácter patriarcal, en la cual Franz transcurrió su infancia confiado al cuidado de niñeras y demás personal de la casa, mientras sus padres trabajaban, careciendo nuestro protagonista hoy recordado, de hermanos de su edad con quienes jugar. Su soledad fue temprana e inmensa. Ya en el año 1919, escribió, producto, no exclusivo pero sí determinante, de la profunda marca que su padre iba dejando en su ser sensible, “Carta al padre”, en la que se extiende sobre esta relación de tan poco diálogo y tanta distancia tanto en comprensión bien como en asimilación de uno para con el otro. El señor Hermann Kafka nunca aceptó, sea por tosquedad, falta de interés o insensibilidad –o las tres condiciones reunidas, aunque matizadas- la constitución física delicada de su hijo y su carácter sensible. En su lugar, todo da a entender, el carnicero respetado y posterior tendero de mayor éxito aun, hubiese querido por hijo a un hombretón que luego continuara –y aun, ampliara- el negocio familiar, algo a lo que Franz era absolutamente refractario. El escritor checo, que cada día es tanto más estudiado cuanto recordado por la hondura de su pensar y la abigarrada complejidad del asunto que más le ocupara: lo humano, tuvo, en cuanto a filósofos, como guía al danés Sören Kierkegaard, así como también a los existencialistas del siglo XX. Su tema, lo kafkianamente tratado, refiere, a mi entender, a la soledad, a la frustración y a la angustiosa sensación de culpabilidad que experimenta el individuo al saberse jaqueado por fuerzas tan misteriosas como incomprensibles y a las que, por consiguiente, de común, no logra controlar. De ahí que al adjetivar de kafkiana alguna actitud o situación, se esté mostrando, de tal evento, su absurda sinrazón que produce tanta angustia como perplejidad para una mente que cree que la lógica y la razón son -¡Oh, error!- connaturales al comportamiento del hombre. Desconoce así tal individuo, la conquista que el hombre mismo efectuara, y para ello, para su constatación está la historia, la tortuosa senda seguida por la criatura hombre hasta erguirse a partir de lo humano, o sea, desde la razón, en persona humana. La propia enfermedad que terminó por apagar su vida, la tuberculosis, parece ser el desenlace, el epílogo fatal de una existencia que, desde lo absurdo y la angustia cuasi permanente, dio todo de sí por desvelar parte de la misma absurdidad de la existencia. Asimismo, la edad a la que fallece –40 años- dice de una vida truncada en el inmediato momento previo a, la que debió haber sido, la profundización misma
de una existencia que
iluminó su tiempo, una vez su amigo Max Brod completara
la divulgación de la mayor parte de su obra, y el
nuestro, sin duda, con un mensaje que pese a lo
perplejo, da sentido a lo humano en el hombre, al
exponer –y oponerle- lo dantesco de la vulgaridad en el
proceder y la ausencia de todo amor, fraterno, erótico,
en el hombre práctico, ese otro escarabajo menor, que
entiendo y no cejo de llamar, el perpetuador de
pesadillas.
Frank Kafka a lo largo de su obra, pero singularmente en su relato La Metamorfosis, propone a la oscuridad como la forma ideal de la existencia humana. A su vez, impide –incluso al no permitir, tajantemente, se le dibujara con precisión- que el escarabajo –que así lo llamo pero que el escritor judío nunca definiera como tal ni con otro nombre dejándolo al arbitrio de cada lector, el escoger uno- en que se convierte Gregor Samsa, protagonista de esta obra, en una devenir de situaciones que sólo hacen recomendarla calurosamente a cada generación, su lectura y estudio. Tampoco Kafka hace intervenir magia alguna, sea para variar la forma del insecto, sea para crear otras. No. Kafka, por lo tanto, lo que procura es ahondar, por la vía del miedo, del horror, o sea de lo absurdo –reitero-, en la comprensión de los procesos anímicos que evidencian tanto aquellas como otras situaciones límite que se presentan a lo largo de toda su obra. Recordemos, por ejemplo, El Proceso[1], por qué no también el magnífico relato “Ante la ley”[2], y tantos otros, amén de sus cartas como hasta el”bestiario”[3], que se editara años atrás, recopilando aquellas formas de lo grotesco antes mencionadas. Al visitar la obra emblemática de su filósofo predilecto, Sören Kierkegaard, extraigo el siguiente pasaje, en un intento por demostrar la ilación entre ambos pensadores: “(...) Hace falta un valor puramente humano para renunciar a la temporalidad en todas sus manifestaciones, y así obtener la eternidad, pero una vez conseguida no puedo renunciar a ella, ya que sería una contradicción. Pero se requiere un valor humilde y paradójico para hacerse, a continuación, con la temporalidad en virtud del absurdo; ese valor es el de la fe. (...) Temporalidad y finitud: todo gira a su alrededor.”[4] Luego, el anclaje filosófico de este maravilloso hombre que fue Frank Kafka, encuentra, en su obra como en su propia y breve existencia, eco y ejemplo. Próximo ya a finalizar este recordatorio, vuelvo sobre el relato intitulado “El buitre”, y desde la traducción que hiciera Jorge Luis Borges. Relato en el que aquel pájaro oscuro picoteara al hombre que en su indefensión, lo consentía y que al pasar un individuo por el lugar, lo inquiriera respecto de por qué permitía al animal tal vejación, a lo que el protagonista respondió desde una supuesta indeterminación por defenderse, producto de su falta de voluntad para reaccionar.Mientras este diálogo se daba lugar, el buitre, sereno, miraba sin mirar, ora al sujeto ora al protagonista. Seguidamente, leemos el último párrafo de este, su cuento autobiográfico que ilustra, a mi criterio, la esencial angustia de un hombre perplejo ante lo absurdo de la vida misma: “Ahora vi que lo había comprendido todo: voló un poco lejos, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación: que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.”[1] Así, pues, recordamos a Kafka, desde su obra y con su ejemplo de vida, invitando, una vez más, a que, quienes aun no hallan transitado por las páginas de ambas, obra y vida, lo hagan con prontitud. Recordemos que fue Goethe, el notable escritor, poeta y pensador alemán quien alertó, implícitamente, por vía del Fausto, del suyo[2], sobre la necesidad de que, al saber del conocimiento, se le añada el saber del espíritu. Frank Kafka, este querido y respetado escritor judío y checo, supo de ambos, vivió desde ambos y nos legó, de ahí la pertinencia de nuestro recuerdo, cómo atravesar el puente entre ambos. Hagámoslo, aun tenemos tiempo, el pájaro oscuro se ha descuidado y vuela hacia otra víctima.
1-Leopardi, Giacomo, Cantos, Cátedra/ Letras
universales, Madrid, 1998, pág.381 (70 al 89) LA ONDA® DIGITAL |
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