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Washington Benavides
Elogio a un espíritu libre
Héctor Valle |
Washington Benavides
Elogio a un espíritu libre
por Héctor Valle
Decir poesía es invocar a
los espíritus; llamar a un poeta es nombrar la libertad. Por eso,
Washington Benavides es el arquetipo de tal ser y rememorar algunas de
sus poesías, como de sus cuentos y relatos es medicina buena para una
tarde gris.
Esto no es ni pretende –y tampoco lo quiere quien les escribe- ser una
suerte de semblanza de un conocido artista. No. Esto es respirar hondo y
compartir el buen aire que al invocar a la poesía, viene junto con ella
así como trae pinceladas de una persona que como tal, es un ciudadano a
carta cabal..
Es también, porque nos ocupa a quienes confiados estamos en un destino
común, abrir tranqueras y portones, dejando que la frontera sea el
horizonte que se extiende ante nosotros. Ese que al caminar se va
distanciando de uno o, mejor dicho, permite uno abra espacio y comparta
quereres con aquellos otros que conforman esta comarca grande y hermosa
cual es la Patria Grande.
Benavides es un tipo de ley, eso dicen sus amigos y uno no tiene por qué
dudar de ellos. No señor. Menos si al leer sus escritos se encuentra con
una expresividad próxima al grado sumo con lo cordial, de la mano de un
uso acertado y rico tanto del idioma como de una formación profunda y
vasta en matices y disciplinas.
Por estos lares decir Zitarrosa es tensar una cuerda grave. Esa cuerda
que al tocarla roza el corazón y extiende su eco desde fuera hacia
adentro de uno, moviendo entrañas y recuerdos.
Así, con su verbo, “el” Bocha Benavides, da letra sobre Alfredo en este
poema imperdible que se intitula “El corazón en Re Menor”, escrito por
aquel año de 1980, cuando el dolor sólo podía aplacarse con la esperanza
de un mañana mejor y ya en el horizonte no muy lejano. De sus versos
compartiré estos que parecen hechos para ser cantados con la voz de
Alfredo:
Canta una vidalita
la medianoche tensa
y el mundo entero grita
por esa voz inmensa...
Pensando en vos,
amigo-amigo, tengo
el corazón en re-menor...
Las hojas de los plátanos
susurran tus canciones
en el mundo exterior...
Un candombe entristece
lonjas de la Cuareim...
Un “lundu” lastimero
pregunta por “meu bem”...
Un pajarito ciego
canta hacia donde nace
el sol, el sol de todos,
cantando se deshace...
Pensando en vos,
hermano-hermano, tengo
el corazón en re-menor...
Y guitarras antiguas
trabajan en mis venas
en el mundo interior...
Pensando en vos...
Benavides es
escritor pero antes es un Maestro. Se ha ganado esta
consideración abriendo surcos por nuestra América, sin desmayo y
sin apuros. Profesor de alumnos que buscan una y otra vez,
escuchar su parecer ante esos primeros versos que no pueden
aguardar ni un instante más sin un veredicto sincero aunque
misericordioso.
Maestro porque cuando narra es como cuando versea: veraz,
entrañable y hondo, como lo es su querer primero para con esa
dama que lo acompaña desde siempre y que quienes la conocemos
llamamos Nené, cariñosamente y con el respeto debido a una mujer
que cuando sonríe ilumina y cuando parece no emitir sonido, en
realidad nos habla con voz sincera de compañera que quiere como
si fuera el primer día.
A Nené, justamente, Benavides, por ejemplo, dedica estos versos
de un poema mayor:
Old Ezra bien lo
supo. Rememoro
Su lección (aunque tiempo al deterioro):
“Si universo y si tiempo nos sobrara”...
De sus relatos,
Benavides da no prueba sino muestra cabal de ser un hombre capaz
de miradas agudas para con cualquiera bien como para consigo
mismo.
Acaba de salir un libro más –felizmente- con sus cuentos, que se
intitula “Amorsecos” y está editado por Banda Oriental. Uno de
estos relatos, que se intitula Reencuentro y que no les voy a
contar porque sino esto no tiene gracia, es para leerlo tomando
un café en pocillo de loza, de esos que generalmente en los
boliches los encontramos de color tiza más que blancos.
Saborearemos en este cuento el fino trazo de un hombre sabio que
retrata en pocas líneas a dos personas y sus correspondientes
vidas, dos ex compañeros de juegos en su pueblo natal que, al
cabo de muchos años, se reencuentran en la ciudad y siquiera, se
permiten una pausa para saber del otro, café mediante. Pero en
este transcurrir del diálogo citadino, pese a los decenios, hay
uno de los dos que nota que nada cambió y todo, a la vez, pudo
ser distinto.
Benavides es así. Ligero de equipaje pero con elementos
imprescindibles para la justeza en la formulación de la idea,
logrando en el lector una interacción mayor y más rica porque
uno, al menos yo, le suma lo suyo y, sin beberlo, sorbe un poco
de café, visitando tal o cual pasaje de su vida o del momento
que está viviendo.
Para quien guste del amor erótico -¿quién no?- pero a la vez
encuentre en tal amor, poesía, acerco los versos de la “canción
de La encantadora de serpientes”:
La silenciosa flauta
de tu respiración
peina mi pecho
y yazgo
en la oscura materia
de la noche intocada
por los gallos
pienso en “La encantadora
de serpientes”
del Aduanero
siento su oscuro cuerpo
a contraluz del alba
verde en las aguas verdes
con grullas y espadañas
yerbas del paraíso
oscilantes y oscuras
poderosas atávicas
se erguían las serpientes
tocadas por el pífano
de tu respiración
sobre mi pecho
en la transmutación
del órgano al espíritu
en la alquimia del alba
y mis brazos te cierran
y te abren
mi personal
intransferible
Encantadora
de serpientes.
Para terminar esta
invocación a la vida, de la mano de un poeta singular, quiero
decir algo respecto a un poema que no sólo le deparó premios y
otras distinciones sino que pinta de cuerpo entero al espíritu
nuestro, al alma americana, si así podemos llamarla.
Hablo del poema “El mirlo y la misa de Trinidad” que recuerda,
nos dice su autor, a “un mirlo que aporta lo suyo en el
Concierto del Coro de Niños de Itaipú en las Ruinas Jesuíticas
de Trinidad –Paraguay- ejecutando la Misa de Domenico Zípoli (Prato,
Italia, 1688 / Córdoba, Argentina, 1726) el miércoles 23 de
noviembre de 1994.”
En sus versos vemos en el transcurso mismo de la llegada de la
gente al lugar, el comienzo y el desarrollo del evento musical,
volar libre pero atento, a un mirlo que, con su canto y
desparpajo, daba una nota de realidad histórica y cordial a tal
suceso.
Con estos versos de tal poema, saludamos a Washington Benavides
y en él, a todos los poetas y todas las poetisas que, pese a
todos los pesares, regalan vida y amor, a través de la trama de
sus poemas, voces mágicas que despiertan al espíritu libre que
en nosotros anida y que, en no pocas ocasiones, la prisa y la
necedad acallan:
El mirlo trabajaba,
mucho más importante
que el torbellino de las estrellas
Zodiacales
II
El testigo de la Misa de Zípoli
y el canto del mirlo
en la nave central del templo
de la Misión S.J. de Trinidad
no solamente pensó en su familia lejana
porque una parte grande de su ser
estaba entregada a recoger las palabras
correctas que edificaran su testimonio
con una entrega igual a la de los pequeños
hombres oscuros que dejaron sus uñas
y sus dedos
rompiendo piedras y quemando adobes
para alzar las paredes de dormitorios y almacenes
sacristías y naves
de la Misión Jesuita de La Trinidad.
Y movido (tal vez) por el mismo secreto
perturbador
llamado.
hectorvalle@adinet.com.uy LA
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