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Diálogo con el Doctor Alejandro Gherardi / OPS/ OMS
El suicidio desde la literatura
Eduardo da Graca autor de
“Asesinato del señor Manusak”,
un lector comprometido

El suicidio desde la literatura
Eduardo da Graca, autor de
“Asesinato del señor Manusak”,
un lector comprometido
por Autor

Hace pocos días recibimos la comunicación de uno de nuestros lectores, el señor Eduardo da Graca, escritor argentino, habitante de Villa Gesell, interesándose ante la problemática que nos convoca y manifestando, con modestia y altura, su voluntad de aportar lo suyo en este proceso que, entendemos, nos comprende a todos los hombres y mujeres de la región.

Así, pues, repito que con humildad encomiable, nos dejó un cuento de su autoría que hoy les presentamos y que pasa a ingresar los diversos aportes que ya componen esta sección de La ONDA que, como es dable apreciar en su título abarca mucho más que un nombre, comprendiendo nada menos que a todo el comportamiento humano, siendo el suicidio, claro está, la preocupación central pero desde la cual, y hacia la cual, se irradian una gama amplísima de situaciones existenciales.

Eduardo da Graca, para quien no lo sepa es un escritor que ha merecido la obtención de premios, por ejemplo, por su cuento “Camila” y, por sobre todo, es una persona comprometida con su gente y su tiempo que como tantos de ustedes busca, en este caso a través de la literatura, dar el máximo de sí.

Con estas palabras previas, entonces, dejamos con ustedes a un lector que se ha avenido a cruzar hacia este lado de la pantalla y dar su mensaje, en este caso literario.

Por la nuestra, decirles que, merced a la buena iniciativa de Eduardo, este hombre que con su familia vive, frente al mar, en Villa Gesell, a quien no bien podamos habremos de “visitar” (hace años queremos conocer ese buen lugar de especial atmósfera para la reflexión y el pensamiento, como para el mejor disfrute de la vida.

Ahora, a disfrutar de la lectura del cuento “El asesinato del Sr. Manusak” que no pocas conclusiones deparará y que, como su autor nos indica, próximamente formará parte de su próximo volumen de relatos.

Asimismo, y provocados por Eduardo, habremos de continuar la consideración de nuestra temática desde la literatura. Pero eso ya es otra historia, ahora vayamos al cuento, hay una situación a considerar. Conozcámosla.

El asesinato del señor Manusak
Eduardo da Graca

Lo que hacemos nunca es comprendido, sino elogiado o censurado”
(F. Nietzsche)

Nadie lo vio salir de la casa. Recorrió en dos etapas los pocos metros que lo separaban de su automóvil. En la primera volvió la cabeza para observar por unos segundos el edificio que dejaba tras de sí, como si fuera la última vez (y en realidad lo era); en la segunda, su mirada apuntó en todas las direcciones para cerciorarse de no tener testigos. Miró la hora: faltaban unos pocos minutos para las 7 de la tarde (detalle irrelevante que no agregaba ni quitaba nada a su determinación); todavía quedaba algún resto de luz, ese momento indefinido que poéticamente llamamos ocaso. Cuando estuvo convencido de no tener curiosos a la vista, el señor Manusak se introdujo en el baúl del auto, de su auto, un Kaiser Carabela del año 58, considerado de colección por sus amigos. Llevaba consigo una bolsa de plástico de unos 30 centímetros de ancho por 50 de largo; un metro de cuerda de cáñamo y un juego de esposas, esos mecanismos de acero utilizados por la policía para inmovilizar a la gente, que conservaba desde la muerte de su padre (nunca supo cómo las había conseguido ni para qué las guardaba).

Cerró la tapa desde adentro del habitáculo con un sólo golpe y esperó unos segundos. Utilizó ese breve tiempo para acomodar su casi metro setenta de la mejor manera posible. Cuando su vista se hubo acostumbrado a la penumbra, comenzó la macabra tarea atándose los pies con varias vueltas de cuerda; intentó acomodar mejor su cuerpo, y a continuación tomó la bolsa de plástico introduciéndola suavemente por la cabeza hasta sentir que el fondo del envase se apoyaba en la superficie mojada de la sudorosa calva; fue una sensación voluptuosa, su corazón se aceleró, y con un placer que hacía tiempo no sentía, cerró la bolsa uniendo las puntas del otro extremo a la altura del cuello. Su boca, sus oídos, sus ojos; todos sus sentidos quedaron aislados del entorno por un envase transparente, débil, pero hermético. La oscuridad no permitía ver el patético cuadro, pero él lo imaginaba. Al mismo tiempo que empezaba a sentir los efectos del ahogo, comenzaron a bajar por sus mejillas gotas de transpiración que frenaban el recorrido en alguna parte, formando un depósito de agua salada al llegar al círculo que oprimía la garganta. Supo en ese instante que su vida dependía del próximo movimiento, que le quedaría poco tiempo para resistir el ritmo cada vez más atropellado de su corazón. Entonces, dando forma final a su determinación, a su propia sentencia, antes de que se hiciera escuchar la entrometida voz del arrepentimiento, llevó las manos por detrás de la cintura y las introdujo en las esposas. Al sentir el “clic” del cierre en las muñecas, comprendió que no había marcha atrás. Había sido un trabajo excelente, artesanal, una obra maestra, pero también irreversible. No estaría para ver el resultado de su acto macabro, y lo lamentó; también se regocijó por su éxito.

La reacción de su cuerpo, independizado del cerebro, indicaba que el instinto de conservación se resistía violentamente, que lucharía hasta el último aliento, que ignoraba su firme resolución, que no quería morir. Mientras se producía esta lucha desigual (de escasa duración), desfilaron por su memoria acontecimientos que de manera atropellada y atemporales, pasaban frente a sí como quien observa un video-clip. En la ilusoria pantalla se vio a sí mismo: de niño en su primer día de clases; luego corriendo en una plaza tras una pelota junto a otros niños que no pudo reconocer; también metido en el mar, lejos de la costa, asombrado por su audacia, pues no sabía nadar. Como en una pesadilla de segundos de duración, vio extraños personajes que se burlaban de él como monos gritones, con risotadas que retumbaban en sus oídos. Acaso haya tenido una fugaz sensación de bienestar cuando pasó el rostro de la única mujer que amó, a quien, a pesar de los 25 años transcurridos, siempre conservó la esperanza de volver a ver.

Las figuras se fueron diluyendo rápidamente; por cada segundo que pasaba sus ojos se dilataban más y más; el ritmo de su corazón parecía haber superado la barrera permitida por la naturaleza. El final, esperado y terrible llegó; habían pasado sólo veinte minutos.

Ocurrió en estos tiempos, en que, como en todos los tiempos para el hombre, seguirá siendo inaccesible el alma de los otros hombres.

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