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Los americanos del Sur
Identidad y perspectiva
Héctor Valle |
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Los americanos
del Sur
Identidad y perspectiva
Héctor Valle |
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O lugar do desenvolvimento sustentável na sociedade civil
organizada
Nanci Valadares
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Los americanos del Sur
Identidad y perspectiva
por Héctor Valle
Al asumir la Presidencia de la
Cámara de Representantes del Poder Legislativo uruguayo, la
Profesora y Maestra Nora Castro profirió un discurso basado en
dos ejes temáticos: el artiguismo y la construcción de una
identidad posibilitadora de una dimensión existencial plena en
desarrollo personal y colectivo en un plano de igualdad sin
exclusiones de tipo alguno, bien como una integración, de
géneros y de gentes, donde se dé lugar la vieja aspiración de
nuestra Patria Grande.
Son temas muy caros a nosotros
como a todo ciudadano que aspire a que la persona en sociedad
tenga no solamente un lugar sino y especialmente sentido,
vigencia y proyección.
Comencemos en 1811, precisamente
el día 11 de abril, cuando Artigas lanza una proclama, al
iniciar su campaña, desde Mercedes, que culmina con este
párrafo: “¡A la empresa compatriotas! Que el triunfo es nuestro:
vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen esos tiranos de
haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos
del Sur, están dispuestos a defender su patria; y a morir antes
con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio.”
Los americanos del Sur...
Artigas sabía bien de qué hablaba, él, compenetrado con la gente
de nuestra región, tuteándose con los guaraníes, no ignorante de
los tupí-guaraníes, en contacto permanente con la campaña, sabía
cuál era su lugar en este mundo y hacia él proyecto su hacer y
con él, nuestro sino.
La Presidenta de la Cámara de
Representantes tuvo también la feliz idea de expresarse,
ciertamente que en una sola frase, pero lo hizo, en portugués,
como reza el texto del discurso, vinculando queriéndolo o no,
aunque yo pienso que sí, que lo hizo a título expreso, en que
las lenguas de la América del Sur conforman el habla común de
todos nosotros.
Nuevamente Artigas: ñe´e,
quiere decir “palabra”, “la palabra” en guaraní, y en torno a la
palabra gira, esencialmente, lo guaraní, siendo, pues, de una
espiritualidad tan marcada como enriquecedora.
No por acaso, entonces, Artigas,
en todos y cada uno de sus discursos, proclamas, y muchos de sus
“partes”, tiene tiempo y espacio, para dar curso al simbolismo
guaraní, al sentido de la trascendencia de la persona humana,
más allá de cualquier encorsetamiento de creencia religiosa
alguna.
Identidad
y perspectiva
La vida está compuesta de
momentos.
Creemos, como otros pensadores
hoy, que ha llegado el momento de avanzar en la concepción
humanista. Una concepción, y un hacer a partir de la misma, que
respete el pasado, estudie el presente y renueve el futuro, al
cultivar las ciencias y las artes como formas de vencer a la
cultura de las apariencias. Dar vida en la acción a aquella
frase de Goethe que dice que la fraternidad es un acto de fe.
Veamos sino, nuestro cotidiano
existir.
¿Acaso no somos corresponsables
de la realidad imperante? ¿Podemos, siquiera, imaginarnos fuera
de la misma? ¿O estamos fuera, quizá, solamente al momento de la
toma de responsabilidad? ¿Hemos encontrado el camino? ¿Nos
sabemos en él?
Somos solitarios-solidarios en
busca de nosotros mismos, y para encontrarnos no nos queda otra
vía que la de reconocernos en el otro, al comprender su
circunstancia, al atenderla, al compartir. Y esto debemos
hacerlo en un mundo que sufre un dramático déficit de
racionalidad. Hay leyes morales que tienen consecuencias
ineludibles para el hombre. Todo hombre -toda mujer-, vale
recordarlo, lleva en sí mismo a toda la humanidad. De ahí la
importancia de experimentar la vida como un problema, como una
“cuestión” que requiere una respuesta, en tanto valora en una
dimensión elevada el desarrollar sus propias capacidades de
razón, de amor, de compasión y de valores, junto al otro, en
relación siempre con el otro.
Hablo de construir una topía, un
lugar, que requiere la necesidad de una política que retome,
claro está, los grandes relatos de la historia donde el respeto
y la justicia para todos los seres humanos, son condiciones
imprescindibles para que se constituya una cultura basada en la
libertad, la solidaridad y la tolerancia.
Ciertamente que el problema de
todo grupo humano consiste en cómo convivir con lo que no se
tolera del otro. Para amar, recordemos, hay que renunciar a ese
yo de la omnipotencia narcisista infantil que se basta a sí
mismo y poder, en su lugar, reconocer que somos parte de los
otros, que nos reconocemos a partir de nuestra entrega, de
nuestra apertura al otro.
Digámoslo: solemos tener miedo a
nuestra propia libertad porque implica, conlleva, comprende,
entre otras cosas, el equivocarnos al ejercerla.
El mundo de hoy es el de un
sujeto solo, abandonado a sí mismo y obligado a estar sin
referencias conocidas. Un mundo donde, como plantean algunos, el
código moral no condena la injusticia sino el fracaso.
Vemos deambular sin rumbo fijo a
consumidores angustiados, vacíos y aislados. Hemos llegado al
“hombre anónimo”. Aburrido de la vida y compensando su depresión
crónica con el consumo compulsivo. Este hombre suele transferir
sus propias pasiones y cualidades al ídolo, en tanto que al
adorar al ídolo, adora su yo. Convengamos que la idolatría es
absolutamente contraria a la libertad.
Al hablar de ídolos, no me
refiero sólo a fetiches tangibles, digo relación al consumismo,
al desenfreno por el exitismo, a toda forma de huida del hombre
de su humanidad trascendente. Y una tal dependencia de los
ídolos, cuales fuera que estos sean, deviene en la sumisión que
irremediablemente quita independencia. Las marcas, por ejemplo,
constituyen una nueva religión. Es, pues, el producto revestido
de fetiche que me “da” valor –esa lucha incansable y
inalcanzable, así encarada, por un falso y vacío reconocimiento
social-, aumenta mi cotización en el mercado de las relaciones
sociales Pero que pese a ello, pese a la acumulación de medios
de comunicación, celulares, teléfonos regulares, notebooks,
emails, etcétera, encuentra a un ser solo y alienado, anhelante
de una escucha que no llega porque ha equivocado, grandemente,
el camino adecuado para su encuentro: el compromiso social.
Por qué no recordar a Saramago y
su obra La Caverna, en donde el autor indica, en torno a las
nuevas idolatrías que esa apropiación religiosa del mercado es
evidente en los shopping centers, casi todos poseedores de
líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas, siendo los
tempos del dios mercado.
A lo que me permito agregar lo
siguiente:
¿acaso nos hemos percatado cómo
se han trasladado los pobres que antes permanecían a las puertas
de los templos y de las iglesias –hoy encerrados entre rejas que
los protejan de los desdichados y desdichadas que van a
cobijarse contra sus muros, sea para pasar el día como la noche?
¿Y adónde están sino a la puertas de los grandes supermercados
en espera de una limosna? ¿Qué significa esta transferencia?
Nuestra
Patria Grande y un desafío que perdura
No cabe duda que está pendiente
de concreción el enorme desafío de construir nuestra Patria
Grande desde la concepción de una ciudadanía en donde prime lo
humano en cuanto a respeto, posibilidades y responsabilidades
compartidas.
Asimismo, la necesidad de una
ética pública se afirma y se consolida. No es suficiente que
estén disponibles principios, criterios y estilos éticos
elaborados de manera convincente y adecuada.
Es indispensable que exista o
esté en formación, un grupo de gente que exija, exigiéndose a sí
mismos en primer término, que aquellos principios sean
respetados, aquellos criterios aplicados y aquellos estilos
honrados, y que actúe en consecuencia.
No debemos anteponer, creo yo, la
ética de la responsabilidad – en aras de justificar cualquier
acción (la “mala” política)- a la ética de la convicción. En
todo caso, ambas, deberán compadecerse con la ética pública en
tanto esta comporta la afirmación de principios y estilos que
van más allá de la contingencia y conllevan el respeto a la
persona en sociedad.
Ciertamente se me dice, toda vez
que digo esto, lo difícil de tal equilibrio entre dos éticas
aparentemente antagónicas, pero es que la propia construcción
ética es formidablemente exigente y a ello debemos abocarnos,
con honestidad y con modestia republicana.
Como bien manifestaba Max Weber
“queremos traer a cuento que anhelar y esperar no basta, y nos
comportaremos de otra manera: nos abocaremos a nuestro trabajo y
ejecutaremos la tarea cotidiana en nuestra calidad de hombres y
en nuestra actividad profesional.” De eso se trata, entiendo
yo.
Como la tarea que se le asigna –o
deviene del hecho de ser- a quien piensa, consiste en hablar al
poder político con explícita franqueza y en saber contradecirlo,
de ser el caso, abierta y llanamente en el marco de sus
competencias y de sus principios, colijo, hoy y aquí, que se
debe y se puede hablar en voz alta.
La crítica, éticamente fundada,
resulta material imprescindible para la elaboración ética
pública.
La circulación de ideas, de
preferencias, de programas distintos en un régimen no puede más
que resultar benéfica para la democracia misma.
Antes que la complacencia, es la
crítica fundada la que nos hace crecer y mejorar. Y una tal
crítica es creíble a todas luces cuando quien la formula ha
sabido renunciar a tantos y tan fáciles privilegios que suelen
existir o coexistir en diversos estratos societarios.
Esto es, para hablar como Catón,
hay que ser como Catón.
La
libertad hace a la persona
A quienes nos toca el vivir en
una época en la que el político parece haber desaparecido en
beneficio del técnico, tenemos mucho interés en regresar a la
visión muy exigente de la democracia como comunidad de diálogo
entre individuos efímeros para quienes el consenso es siempre
provisorio y la inquietud, permanente.
El mérito de una sociedad libre
es que tolera gran variedad de opiniones en pugna sin que sea
preciso eliminarlas. Es, consiguientemente, la democracia
preferible a cualquier otra clase de régimen en tanto se asienta
en la creencia de los derechos humanos, única forma decente y
tolerable para que las personas vivamos juntas.
Pero una democracia que no caiga
en la banalidad, que se nutra del fermento de sus gentes, que se
asiente, fortalezca y crezca, en el cotidiano hacer de sus
organizaciones sociales, de sus gremios, de sus partidos
políticos, siendo estos abiertos y receptivos a cada uno de los
ciudadanos, sin caer en esquemas corporativos que a la vista
estén degeneran la esencia de las comunidades políticas hasta
vaciarlas de contenido.
Una democracia que lleve consigo
la toma de responsabilidad personal y colectiva, evitando la ya
citada transferencia de roles y acciones a otros lo que siempre
acarrea despertares más que dolorosos.
Una democracia sin unanimidades,
sin al exigencia de unanimidades y tolerando el disenso,
respetando la diversidad de creencias, de géneros, de etnias, en
esencia, pues, el respeto para con el otro, excluyendo la
categorización de extranjero y recibiendo, más bien, como suele
ser en nuestra tierra profunda, la noción del “recién llegado”.
Esa tierra profunda, que aun sabe
de puertas abiertas aun en la noche cerrada. Debemos aprender de
nuestras mujeres y nuestros hombres de a pie, de esa gente que
pese a todas las calamidades aun conserva un lugar en su rostro
y en su tiempo, para una sonrisa, para una mirada esperanzadora.
Debemos ser serios y respetar la esperanza, tenerla, imbuirla
desde nuestro propio hacer.
En un mundo de incertidumbres,
solamente podemos intentar hacer lo mejor, lo que a menudo
implica poner en evidencia la falsedad del estado de cosas. En
este contexto, con esta atmósfera, pues, el conocimiento es
siempre crítico, la política siempre es conflicto y ambos,
crítica y conflicto, son condiciones de la libertad, como
recordaba Ralf Dahrendorf.
Propender a una sociedad que,
además de justa, sea abierta, que viva de los contrastes y que
nazca de la libertad justamente porque en ella nadie puede
permitirse dogmatizar sus propias soluciones bien como
sacralizar o demonizar términos, conceptos, otra manera de
concebir el fundamentalismo desde la propia discriminación
ideológica.
En suma, el someternos a la
prueba y al error.
Por cierto que nuestra verdad,
nuestro momento de verdad, quizá sea mejor decir, es a menudo
bastante miserable en comparación con nuestro ideal. Tengamos la
fuerza de vernos en nuestro momento de verdad y abrirnos a la
escucha del otro, del aporte que tiene para ofrecernos y juntos,
en relación, construyamos en el presente activo un camino de
esperanza, desde la llanura de nuestra condición democrática
hacia un horizonte pleno de sol pero también, cargado de luna.
Hectorvalle@adinet.com.uy
Aqui se puede leer el discurso completo de N.
Castro :
http://www.uruguay.com/LaOnda/LaOnda/Documentos/Discurso%20de%20la%20Sra%20Nora%20Castro.htm
LA
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