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Como es el
compromiso brasileño para fortalecer la democracia, en lo
nacional e internacional
Canciller Celso Amorim |
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Brasil: de la no
intervención
a la no indiferencia
Gilberto M. A. Rodríguez |
Brasil: de la no intervención
a la no indiferencia
por Gilberto M. A. Rodríguez
El discurso del canciller Celso
Amorim ante la III Conferencia Ministerial de la Comunidad de
las Democracias, hecho en Santiago de Chile, el 28 de abril
pasado, se convirtió en un documento importante para reflexionar
sobre los rumbos de la política exterior brasileña en la
actualidad.
Sutil en sus valoraciones acerca
de la democracia en las relaciones internacionales, el texto
tiene un telón de fondo que ha estado presente en la política
exterior brasileña desde fines de los años 1950, con distintos
grados de énfasis en los períodos posteriores, pero que en el
gobierno del presidente Lula ha llegado, quizá, a su nivel más
elevado: el desarrollo como objetivo esencial; el desarrollo
como conditio sine qua non.
Tal eje conceptual ha llevado el
gobierno Lula a priorizar la política exterior como instrumento
esencial de formulación de políticas públicas de disminución de
la inequidad socioeconómica en el escenario doméstico. Hay una
percepción del gobierno de que no sólo es necesario cambiar la
inequidad del sistema internacional para enfrentar los desafíos
de exclusión doméstica, como cabrá a Brasil asumir el liderazgo
regional y global en esta tarea, actuando como major player.
Lo que se desprende del discurso
del Embajador Amorim es, por ende, una concepción de democracia
sustantiva, que va mucho más allá de la democracia formal bajo
la fórmula estadounidense de elecciones periódicas y respeto a
las instituciones preestablecidas. Amorim pone de manifiesto
(como posición y alerta) que la democracia no tiene futuro en la
Comunidad de Democracias si no toma en cuenta la necesidad de
inclusión (un concepto complejo que conlleva derechos civiles,
políticos, económicos, sociales y culturales). Esa inclusión
doméstica depende, según ese concepto, de cambios en la
distribución de riqueza global y de una nueva relación entre el
Norte y el Sur.
Pero, al igual que valora la
democracia sustantiva (una idea más cercana a la de gobierno y
menos a la de gobernabilidad), la política exterior brasileña
reconoce que la inclusión ciudadana debe darse bajo la
democracia y sus reglas constitucionales. El principio
democrático se ha convertido en cláusula democrática del
Mercosur y del Sistema Interamericano, en este último en la
Carta de Lima del 11 de septiembre de 2001. El período de
estabilidad política y consolidación democrática del gobierno
del Presidente Cardoso (1995-2002) ha generado condiciones
favorables a una actuación política regional y continental del
Brasil como garante de la democracia en su entorno.
En efecto, el Brasil se ha
convertido en la piedra angular de la democracia de Sudamérica y
no sólo ha actuado para alejar las crisis democráticas de sus
vecinos, como ha recibido incentivo (expreso o no) de los EEUU
para esa clase de actuación. Eso no significa que los EEUU hayan
sencillamente delegado en el Brasil esa tarea (recuérdese la
tesis de los pivotal states), sino que su mala actuación
(unilateral y contraria al Derecho Internacional) no les ha dado
otra alternativa a no ser la de reconocer el papel positivo que
el Brasil puede jugar en la estabilidad de Sudamérica y de
manera más amplia de Latinoamérica (el caso de Venezuela no
carece de comentarios).
Una de las cuestiones
problemáticas, que atañe a la vez a la política y al derecho
internacional, es: cómo puede Brasil legitimar su liderazgo para
actuar en pro de la democracia regional y hemisférica sin
comprometer su tradicional (incluso y sobre todo de Itamaraty)
política de no intervención en los asuntos internos de los
Estados?
Por ello, la conclusión del
discurso del Canciller Amorim constituye un enorme desafío que
Itamaraty y el gobierno Lula se han propuesto, algo cuyo
significado aún no se abarca en su plenitud, pero que
seguramente puede ser una inflexión en la tradición diplomática
brasileña.
Dice Amorim que, en la defensa de
la democracia, el principio de la no intervención no es absoluto
y debe ser visto a la luz de la solidaridad, es decir, de la no
indiferencia. Ahora bien, ¿cómo no ser indiferente sin ser
hegemónico (o percibido como si se fuera, recuérdese los
reclamos argentinos)? ¿Cómo traducir la actuación concreta en
solidaridad y no en injerencia unilateral? En todo caso, ¿cómo
ejercer el liderazgo bajo una clase de hegemonía basada en el
soft power (según el concepto de J.Nye)?
Esos son dilemas con los que la
pro actividad internacional del gobierno Lula parece dispuesta a
enfrentarse.
Gilberto Marcos Antonio Rodrigues
es
doctor em Relaciones Internacionales de la Pontifícia
Universidade Católica de São Paulo (PUC-SP) y profesor del
Programa de la Maestría en Derecho Internacional de la
Universidade Católica de Santos (UniSantos), en Brasil.
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