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Homenaje al
maestro Enrique Brayer Blanco
Una generación que se formó,
se autoformó y se interformó
Dr. Luis Yarzabal pre- del CODICEN |
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Una vanguardia que sirvió al país
con una enorme fe en la educación, como factor dinamizador
del cambio social
Palabras del maestro
Miguel Soler Roca |
Una vanguardia que sirvió al país con una enorme fe en la
educación como factor dinamizador del cambio social
Palabras del maestro Miguel Soler
Roca
Ante
todo, deseo agradecer la invitación a participar en este acto que me
hizo el Dr. Luis Yarzábal, Director Nacional de Educación Pública. Esa
invitación me está permitiendo la felicidad de estar, después de muchos
años, en una escuela rural de Cerro Largo, conocer a Mangrullo y a su
escuela, con sus alumnos, sus maestros y sus vecinos y, a la vez,
recordar a un colega y a un amigo muy querido cuyo nombre, Enrique
Brayer, será escrito de hoy en adelante en sus cuadernos por los niños
que me están oyendo. Son todas estas grandes fuentes de alegría y de
emoción para mí.
Mi relación con Don Enrique Brayer duró más de 50 años, desde 1945 hasta
1999. Nos conocimos en el Congreso de Maestros Rurales, que tuvo lugar a
principios de 1945. Yo acababa de iniciar mi carrera de maestro rural en
una escuela ubicada en una zona muy pobre del departamento de Tacuarembó
y asistí a ese Congreso cargado de dolor por lo que había visto y
vivido. Brayer estaba también allí, pero él ya había pasado con éxito su
período de iniciación, pues entonces era Inspector Departamental en
Cerro Largo, tras nueve años de trabajo como Director, ocho de ellos en
Mangrullo. Y gracias a la mayor experiencia de educadores como él, yo
pude salir de aquel Congreso reconfortado y deseoso de enfrentarme a
nuevos desafíos.
Eran aquellos tiempos muy buenos en nuestra República. El país tenía
entonces muchos menos habitantes que hoy, pero mayores riquezas y éstas
estaban mejor distribuidas. De manera que los maestros del campo
podíamos soñar en un futuro mejor, que había que ir construyendo, y por
el cual las autoridades nacionales se interesaban tanto como nosotros.
Este buen entendimiento entre los trabajadores de la educación y los
dirigentes de la vida política nacional dio espléndidos frutos: fueron
los años en que se crearon más de cien escuelas granjas, en que los
estudiantes de magisterio realizaban misiones socio-pedagógicas, en que
en el Instituto Normal Rural se brindaba a los maestros cursos muy
completos de especialización en educación rural, en que 105 maestros
recibíamos varias publicaciones oficiales que apoyaban nuestro trabajo.
Ese proceso de dos décadas tuvo varios puntos culminantes, uno de ellos
el Congreso de Maestros Rurales convocado por las autoridades en
Piriápolis en 1949. Allí volví a encontrar a Brayer y de ese Congreso
salió una Comisión encargada de redactar los programas para la enseñanza
rural y en esa Comisión volvimos a estar juntos, él veterano, lleno de
experiencia, yo todavía muy joven, con ganas de aprender cada día más
cómo debíamos trabajar con los niños y con la gente del campo.
Luego Brayer participó en la Comisión Redactora de los Programas de
1957, éstos para las escuelas urbanas. De manera que los niños del campo
y los de la ciudad estudiaban conforme a buenos programas, actualizados,
en cuya redacción Brayer había participado. Déjenme que, para ser justo,
evoque algunas otras personas a las que recuerdo con gratitud y con
afecto y que por aquellos años tuvieron gran influencia en la educación
nacional. Entre las autoridades, quisiera recordar a Luis Sampedro, a
Nicasio García y a Agustín Ferreiro. Entre los Inspectores y educadores
de base quiero mencionar, entre muchos, a Enrique Brayer, naturalmente,
pero también a Julio Castro, a Reina Reyes, a Elsa Fernández, a Jesualdo
Sosa, a Diógenes de Giorgi, a Otto Niemann, a Homero Grillo, a Abner
Prada, a Yolanda Vallarino. Y a otros dos excelentes compañeros de Cerro
Largo: a Ramón Angel Viñoles Huart y a Héctor Yarzábal, que viajaba
desde Mangrullo a nuestras reuniones, hombre afable, reservado,
equilibrado y siempre constructivo, que ustedes tienen poderosas razones
para recordar con afecto. He acortado la lista, para no cansarlos, pero
quiero insistir en que, gracias a las circunstancias nacionales y a las
calidades de estas personas aquellos fueron grandes tiempos para la
educación nacional y para la educación rural en particular.
Mi relación con Don Enrique se hizo más intensa entre 1954 y 1961.
Porque en ese tiempo yo propuse y dirigí un trabajo de educación rural y
comunitaria que, por consejo de Brayer en su condición de Inspector
Regional, fue situado aquí en Cerro Largo, en la zona de La Mina, donde
él se había iniciado como Maestro en 1931. No voy a detallarles lo que
pudimos hacer en esa experiencia, denominada Núcleo Escolar de La Mina,
pues aquí es bastante conocida y recordada. Pero quiero decirles que los
grandes puntales de ese trabajo fueron en el nivel local, además de los
vecinos jóvenes y adultos, los maestros y las maestras de siete
escuelas, varios de ellos ya fallecidos, tres enfermeras, dos ingenieros
agrónomos y otros colaboradores, a algunos de los cuales he tenido la
satisfacción de volver a saludar esta mañana. En el nivel departamental
nuestro puntal fue el Inspector Carlos Crespi, que todos ustedes conocen
y estiman, y en el nivel nacional mi amigo Brayer. Ningún estudioso
podrá referirse al Núcleo de La Mina sin subrayar cuánto hizo Brayer
durante seis años por la creación y el trabajo de aquel Núcleo.
Todavía pudimos hacer más cosas. Después de muchas reuniones y
congresos, en 1958 el Consejo de Enseñanza Primaria aprobó la creación
de la Sección Educación Rural, para dar un nuevo impulso, un impulso que
abarcara todo el país, a aquel vasto movimiento en favor de la población
campesina. Y como responsable de esa Sección fue designado Enrique
Brayer. Aquel fue un gran salto adelante, otro punto culminante de
aquellos años. Los dirigentes gubernamentales y los maestros seguíamos
firmes, juntos, trabajando por la escuela rural. Continuaban los buenos
tiempos, para los escolares, para los maestros, para el país.
Pero las cosas buenas no siempre duran lo que debieran. A partir de 1961
todo lo avanzado retrocedió. Sería largo de contar. Es mejor decir,
brevemente, que cuando servicios tan importantes como el de la educación
son puestos en manos de personas incompetentes o irresponsables, las
obras construidas durante tantos años pueden derrumbarse en pocas
semanas. Eso fue lo que nos pasó en 1961.
Yo fui a trabajar entonces a Bolivia. Ustedes saben que la UNESCO es una
organización de las Naciones Unidas que se ocupa del fomento de la
educación, la ciencia y la cultura en todo el mundo. Ese organismo me
contrató para trabajar en Bolivia como colaborador de un ministerio de
nombre raro, que no existía en ningún otro país y que se llamaba
Ministerio de Asuntos Campesinos. Porque en Bolivia se había producido
un gran cambio político y las nuevas autoridades estaban muy motivadas
para ayudar a la población campesina, que era entonces la mayoría del
país y que estaba compuesta y todavía lo está en gran parte por
indígenas. Y entonces crearon ese original ministerio, que se ocupaba de
tres cosas: dotar de tierras a las comunidades campesinas, vigilar que
la justicia funcionara correctamente en las zonas rurales y educar al
pueblo, que padecía un grave analfabetismo. A ese Ministerio fui
destinado yo, para trabajar con los especialistas bolivianos y entre
1963 y 1966 actuó allí también Enrique Brayer. Con su asesoría se fundó
el Instituto Superior de Educación Rural con el fin de mejorar las
competencias profesionales de Directores e Inspectores Rurales.
Don Enrique fue designado docente de ese Instituto y por sus clases
pasaron centenares de maestros bolivianos, que mucho apreciaban que su
profesor les formara apoyándose en su gran experiencia de la educación
uruguaya, que por esos años estaba entre las mejores del Continente. Ya
ven, lo que Brayer había aprendido a hacer en Mangrullo en sus primeros
años de docencia contribuyó a formar educadores de un país
latinoamericano amigo.
En 1966 Brayer regresó a Montevideo. Se había creado el Instituto
Magisterial
Superior, también para formar especialistas en educación, tanto urbanos
como rurales. Y Brayer volvió a ocupar la cátedra durante cuatro años,
esta vez como Profesor de Administración Educativa. Como ven, a esa
altura de su vida Brayer era Maestro de Maestros, de Directores y de
Inspectores.
Los años fueron pasando y Uruguay tuvo que padecer una situación a la
que el país no estaba acostumbrado: la de una dictadura militar.
Ustedes, niños de Mangrullo, no lo vivieron. Deben saber que durante
once años ni en la sociedad ni en las escuelas existía la necesaria
libertad para preguntar lo que uno quiere saber, para leer lo que uno
quiere leer, para pensar como uno elige pensar. No existía democracia,
ni acatamiento a la Constitución ni a las leyes, ni respeto por los
Derechos Humanos, que todos ustedes han estudiado. Y en ese triste
período, algunos familiares de Don Enrique Brayer fueron encarcelados y
una hija y dos nietas tuvieron que exiliarse en la ciudad de Paris, a
miles de kilómetros de Montevideo. Mi esposa y yo trabajábamos y
vivíamos esos años en París, de manera que nuestra familia de dos se
hizo una familia de cinco y en alguna ocasión en que Brayer y su esposa
viajaron a París, se extendió a una familia de siete miembros. Porque en
tiempos duros la amistad llega a convertirse en fraternidad. Desde tan
lejos, así hermanados, teníamos que apoyarnos mutuamente para mantener
viva la esperanza, más allá de aquella triste etapa de derrumbe de una
obra querida y de quebrantamiento moral de nuestro querido país.
El péndulo del tiempo volvió a oscilar, la dictadura concluyó, la
constitucionalidad regresó. Nos pudimos reencontrar en Montevideo, en su
departamento de la calle Galicia, a cuya puerta llamaban tantos
educadores para conversar con Don Enrique, que tenía ya muchos años de
edad pero la lucidez de siempre, para pedirle consejo, para llevarse un
libro prestado, para seguir aprendiendo de aquella persona que tanto
había hecho por Mangrullo, por Cerro Largo, por Uruguay y por un pueblo
hermano de América Latina. Y así hasta 1999.
Yo le seguiré recordando como un hombre a la vez vigoroso y tierno.
Vigoroso en la defensa de sus ideas, en el rigor con que evaluaba lo que
se iba haciendo y en el empeño con que seguía construyendo el futuro.
También, obligado por las circunstancias, se mostraba vigoroso en su
implacable enjuiciamiento de las fuerzas destructoras cuando éstas se
manifestaban. Y tierno también, como he dicho, por la emoción y respeto
con que apreciaba el trabajo de los maestros jóvenes, por la relación
que establecía con los niños de nuestras modestas escuelas y por la
amistad que me ofreció durante medio siglo, a mi y a mi familia. Realizó
unas veinte visitas a nuestro proyecto en La Mina. Permítanme que
recuerde sus calidades con un sentimiento que también está impregnado de
ternura. Después de largas jornadas de trabajo compartido, solía
ensillar mi caballo, de tardecita, y salía solo, a recorrer caminos, a
visitar ranchos, a soñar bajo las estrellas. Regresaba contento a
nuestra escuela. Al paso, pues no era hombre de galopes. Por lo menos
cuando montaba a caballo. Sólo galopaba cuando su lúcido y exigente
pensamiento debía enfrentar la gran tarea de llevar adelante la Escuela
Pública Nacional.
Maestros: celebren que, como ocurría hace medio siglo, las autoridades,
los educadores y el pueblo volvamos a estar juntos en el fomento y
defensa de la educación pública, como lo estamos haciendo hoy en
Mangrullo, reunidos en el recuerdo agradecido a Brayer.
Niños: cuando en sus trabajos deban escribir el nombre de Enrique Brayer
recuerden que están evocando a un hombre bueno y eminente, a uno de los
grandes de la escuela pública de nuestro país. LA
ONDA®
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