Harold Pinter, Enterado por la prensa, nacional e internacional, que el Premio Nobel de Literatura 2005, el londinense Harold Pinter (1930), al proferir su discurso de aceptación de tan celebrada distinción, había arremetido –tal el verbo usualmente empleado- contra los mandatarios americano e inglés, sentí curiosidad por conocer el texto íntegro de su mensaje. Así, conocí el alegato de un hombre de letras comprometido con la gente y con su época. Pero que en absoluto se limitó a denostar a dos gobernantes sino a un estilo de gobernar, a un modo, perverso, de ejercer el poder. Harold Pinter, dramaturgo y poeta, en una alocución sobre “El arte, la verdad y la política”, desde un sillón de ruedas envió el mensaje grabado para ser visto y escuchado en el edificio de la Academia Sueca, al verse impedido de asistir personalmente en virtud de padecer un cáncer de esófago que le impide salir de Londres a Estocolmo. A pesar de ello, Pinter habló y estuvo. Habló con voz profunda y estuvo en el escenario que todo hombre y toda mujer debe estar en momentos claves de la vida: en el de la prédica del deber ser. Desde su propia persona, a partir de su misma actividad social en aras de un compromiso de vida que atienda, justamente, al amor a la vida en detrimento de la pulsión de muerte, esa otra vertiente que, hoy por hoy, tanto campea por doquier pero, especialmente, en las cabezas de quienes dirigen, nos guste o no, los destinos de este mundo llamado, erróneamente a mi entender, moderno. Por ello es que entendimos en La Onda debíamos colocar lo que usted hoy advierte: un link que le conduce, directamente, al texto íntegro de su disertación, claro que en inglés pues no hay versión en español. Así, entendemos, damos realce a la búsqueda de la fuente misma, al conocimiento directo de lo dicho pues muchas veces el eco llega deformado y carece, como en este caso, de lo esencial. Harold Pinter habló sí de aquellos mandatarios, recordó la actitud de diferentes gobiernos norteamericanos para con Nicaragua como para con otros países de diferentes partes del mundo, no sólo de América Latina. Pero lo que, a mi entender, enfatizó este hombre fue la actitud de cada uno de nosotros, de mí mismo, por ejemplo, ante el estado de situación del mundo de hoy. Sobre cómo vamos engrosando, esto lo digo yo, nuestra piel con capas y capas de viscosa indiferencia para arribar a una suerte de pater familia, del “no te metas”, para hablar para ambos sexos. Prescindencia que dice a las claras de una negación a ejercer y ejercitar nuestra conciencia ante cuya queda es dable advertir cómo poco a poco nos vamos cosificando, al realizar nuestros pequeños y mezquinos pactos de servidumbre (recordemos el celebrado por Fausto con Mefistófeles), porque recordemos que la conciencia no está sino que la formamos y reformamos merced a una actitud reflexiva continua y sin salvaguardas para nuestras propias actitudes. Entonces, este dramaturgo y poeta habló a la conciencia y destacó, al advertir textualmente en su frase final cuán importante es para cada uno de nosotros, y para la humanidad toda, el definir lo verdadero, lo central, en nuestras vidas, en las de nuestras sociedades, obligación crucial que nos incumbe a todos. Sin tal determinación, suscribe Pinter, pocas esperanzas existirán de restaurar la dignidad humana que hoy, digámoslo, está seriamente cuestionada. El laureado terminó su mensaje grabado con un poema que compusiera en el año 1997 intitulado Muerte. Este poema, creo yo, está en el centro mismo del pecho de un hombre que busca aun en el dolor, desde la más grande ignorancia ante la suerte de tantos semejantes, una respuesta. Busca no una respuesta específica de lugar y tiempo sino una respuesta moral, un compromiso social que sólo nosotros podremos responder. Desde que tengamos conciencia. Por la defensa de lo más caro del ser humano: la dignidad. La dignidad del otro hombre, de la otra mujer. Siempre. Y a ello nos convoca. ¿Aceptaremos el reto? Muerte
¿Dónde se descubrió el cuerpo
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