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Entrevista a la profesora Elsa Gatti
Las nuevas tecnologías, y el
irrenunciable rol de los adultos

La escuela navega hacia los chico
Adriana Puiggrós

 Las nuevas tecnologías, y el
irrenunciable rol de los adultos

La escuela navega hacia los chicos

por Adriana Puiggrós
Directora General de Cultura y Educación
de la Republica Argentina

Bienvenida sea la polémica sobre la relación entre los nuevos espacios de información y la escuela, que está apareciendo en varios diarios. Es un motivo de preocupación legítimo, que requiere de la participación de diversos especialistas y trasciende en mucho a la pedagogía tradicional. Pero no exime a esta última de la tarea de superar la escena de la tiza y el pizarrón, o, mucho más aún, el clima cargado de monotonía que cae sobre niños y adolescentes que luchan para aguantar sentados. 

Aunque tiza y pizarrón constituyen primitivos instrumentos destinados al apoyo visual de la palabra, antepasados de las pantallas, ora acompañantes dúctiles de explicaciones amigables, ora reproductores rutinarios de textos memorizados. 

Y la palabra del maestro o del profesor, la de ese adulto que tiene como profesión transmitir continentes altamente sistematizados de la cultura, contiene el calor de la cercanía humana, la fuerza de la experiencia personal, un tinte de interpretación de la vida que vale la pena que no pierdan nuestros chicos. 

Pero la pregunta dramática aparece: ¿será definitivo el abandono, eligieron los chicos para siempre la pantalla y el celular en lugar de nuestros trazos y nuestras voces? ¿No hay encuentro posible? 

La vieja escuela mira con ojos melancólicos que los chicos que la abandonan, desde la temprana adolescencia entre los más pobres, están en el cibercafé. O bien en la esquina hablando por sus celulares, o en el quiosco metidos en los juegos electrónicos, o, si son de clase media, en una casa, pegados a la "play satation". 

Pero, cuidado, no confundamos a las generaciones de la televisión, motivadas a la pasividad, con los chicos que aprenden lenguajes que con frecuencia los adultos no alcanzamos a comprender o manejamos mecánicamente. 

El uso de celulares, los juegos, Internet, motivan procesos cognitivos complejos que transitan circuitos que son paralelos a la enseñanza- aprendizaje escolares, pero no por naturaleza, sino por déficit de vínculos con la escuela. Las computadoras están logrando instalarse dentro del espacio escolar, cosa que los televisores no pudieron, y durante los próximos años asistiremos en la Argentina – y en particular en la Provincia de Buenos Aires- a la conexión completa de las aulas a la red, como ya ha ocurrido en países como Chile y México. 

Sin embargo, es insuficiente la producción de materiales didácticos digitalizados y el desarrollo de metodologías de enseñanza que ayuden a los alumnos a combinar el relato oral con la información de la pantalla. Es necesario multiplicar las investigaciones sobre ese problema, y las experiencias de uso escolar de los juegos electrónicos y de los celulares. 

Los adultos debemos navegar en busca de los chicos para facilitar un nuevo encuentro. Los proyectos educativos de las escuelas, en las mejores épocas, incluían espacios como las plazas, los museos y las bibliotecas barriales. Actualmente, en muchas poblaciones, cerca de cada escuela hay un cibercafé, un locutorio, un local de juegos electrónicos. En los bolsillos de muchos adolescentes hay celulares. Todos los medios mencionados se combinan constituyendo poderosos circuitos de comunicación. Es posible integrar en ellos contenidos curriculares y extracurriculares de valor pedagógico, a la vez que ayudar a los alumnos a seleccionar sus rutas de navegación influyendo en sus intereses y preferencias. 

Al mismo tiempo, es indispensable intervenir poniendo límites a los niños y a los adolescentes cuando acceden a programas perjudiciales. En esa cuestión los adultos no podemos renunciar a nuestra responsabilidad de establecer lo que está bien y lo que está mal, conscientes de que esa renuncia no sería fuente de libertad sino de abandono: chicos abandonados en el océano de la información. Los docentes, y los familiares adultos tienen que volver a tomar el timón, asumiendo la cultura digitalizada con seriedad y sumándola a los libros, esos que otrora padres y maestros forraban con papel araña y cuidaban que se heredaran de generación a generación. 

La soledad de los chicos en el uso de las nuevas tecnologías es un síntoma preocupante del retiro de los adultos de un rol que es irrenunciables: cuidarlos física, psicológica y culturalmente. El cuidado cultural ha sido asumido por todas las civilizaciones, desde todas las perspectivas sociales, pero la contemporánea tiende a declinarlo. 

En nuestro país hay una gran resistencia a aceptar la necesidad de establecer y sostener normas y posturas firmes de los adultos ante los niños y los jóvenes. Muchas veces esa resistencia aparece escondida detrás de un exceso de psicologismo, que en realidad muestra una difusión deteriorada del psicoanálisis. El viejo Freud dejó claramente sentado que sin límites no hay sociedad; lo dijo desde su profundo conocimiento de la civilización humana. 

Desde otro ángulo, el de la política educativa, debemos comprender que sin normas y sin sujetos que las acuerden y que cumplan los pactos, no hay posibilidades de cumplir con el proceso de educación. La educación requiere sujetos distintos: uno enseña, el otro aprende, diría Paulo Freire, y el retiro del que enseña nunca es en nombre de la libertad. 

Por el contrario, es su presencia, la seguridad en su rol, la que permite que el educando reciba el aporte suficiente de saberes que necesita, para elegirlos y combinarlos construyendo su personal y grupal identidad.
Fuente Agencia NIA

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