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¡Queremos tanto
Se me dirá que tampoco tenían que ganar los uruguayos en Maracaná. Pero, quizá por una rara ignorancia que dio origen a la loca fantasía de superioridad brasileña en aquella final, cuando ningún dato objetivo la respaldaba, no intentaron robarnos ese partido (aunque vaya a saber qué hubiese pasado si la ventaja uruguaya se daba en el primer tiempo o en la primera media hora del segundo; una vez me dijo Oscar Omar Míguez que ese partido lo ganamos porque lo ganamos al final, porque quedaron paralizados, que si lo hubiésemos ido ganando no lo ganábamos). Así que el único antes de Zidane que ganó cuando no tenía que ganar fue Diego Armando (y por dos veces, cuando salió campeón en México 86 y cuando eliminó a Italia de su mundial en el 90; imperdonable per secula seculorun).
Que pierda mal el que no tenía que ganar es la regla general del Campeonato del Mundo. Particularmente, que no llegue a la final. En Alemania 2006 la final era Alemania-Brasil. Alemania murió desgastada por Argentina en un partido donde el margen de vicio a favor del local no pasó del penal no cobrado a Maxi Rodríguez, así que prácticamente no se puede protestar. Les ocurrió a los teutones lo mismo que a Italia en su Mundial. Por otra rara ignorancia, no supieron que el equipo que no tenían que permitir se cruzara con ellos era Argentina.
Claro que hubo una época en que los mundiales eran a juego limpio. Tanto que los ganaba Uruguay (para ganar ahora tenemos que tener a Maradona más Zidane más Harry Potter). Bélgica ganó bien, Uruguay ganó bien los cuatro (más allá de que de locales a los argentinos los matamos a patadas y les hicimos inaugurar el término “campeones morales” y de que en el 50 Argentina no jugó –yo creo que en ese preciso momento, 1950, exactamente después de la “Maquina de River” y antes de los “carasucias”, igual le ganábamos a Argentina, aunque nos dominó los torneos sudamericanos durante dos décadas) e Italia ganó correctamente los suyos (aunque si hubiésemos jugado Argentina y Uruguay, definíamos de nuevo entre nosotros). Pero en el 54 empezó la joda. Ya los intereses comerciales y políticos eran lapidarios.
En Europa apareció un equipo extraordinario, el húngaro, al que solo podrían parar los rioplatenses y si hubiera jugado Míguez y no se hubiesen lesionado el Pardo Abaddie y el Negro Obdulio, les ganábamos. Pero igual los paramos. Después de aquel alargue, Hungría no le ganaba la final a nadie y entonces aprovechó Alemania que, menos ingenua, se guardó los jugadores contra la selección magyar. El 58 Argentina lo perdió de soberbia, de sobradora y Uruguay, en parte, también. Se negaron a repatriar sus verdaderas selecciones, porque creían que les alcanzaba con lo que tenían en el medio. Y ahí se agrandó Brasil. Ganó fácil en Suecia y después en Chile, con un Garrincha maravilloso y el asomo de Pelé (en Chile a Pelé lo quebraron, pero al Brasil aquel no había con qué darle). En el 66 y en el 70 los campeones morales fuimos nosotros, porque en esa década éramos más que Argentina y Brasil y nos robaron a todos. Inglaterra para ganar de local tuvo que robar casi todo desde octavos hasta la final. A Argentina y a Uruguay nos sacaron con jueces cambiados, un inglés para Uruguay-Alemania y un alemán para Argentina-Inglaterra. Fue a mano armada. Las expulsiones de Ratín y del Lito Silva, las canchas flechadas hasta en las jugadas decisivas y en la final la chorearon también a Alemania.
En el 70, cuando tocaba en semifinal, por el calendario de partidos, que Brasil subiera a la altura a la que nos habíamos adaptado, nos hicieron bajar a nosotros al estadio Azteca por decreto de Joao Havelange (el brasileño que presidía la FIFA). En el 74, de local, Alemania ganó en regla y el Mundial del 78, Argentina se lo robó a Brasil comprando a los peruanos en grupo semifinal.
En el 82, uno de los más espectaculares equipos que haya tenido Brasil perdió bien con Italia, en una ecuación de fútbol-cultura bastante similar a la de Alemania 2006. Y después apareció el petiso más grande de la historia. Al Diego para que dejara de ganar había que matarlo ochocientas veces. Le robaron asquerosamente dos mundiales, 90 y 94. Pero igual se las ingenió para ser el que más plata les hizo perder. En el 98 apareció quien hoy es el sucesor del argentino, Zinedine Zidane (Zizú), pero espejo del uruguayo Enzo Francescoli. Ganó con autoridad, por goleada, la final a Brasil, con golazos suyos, perdió en Corea sin levante –un mundial ganado por el Brasil más uruguayo de la historia (el de Felipao)– y se iba a retirar del fútbol en Berlín, poniendo a Francia con dos mundiales legítimos encima de Inglaterra, a la altura de Alemania e Italia y con más fútbol. Pero me arruinó la crónica de la final.
La tarde anterior al partido, me reuní con el director de La ONDA digital y me encargó un análisis del fútbol nacional que resultase campeón. Yo, con la pedantería que ya me ocasionó dos despidos (uno cuando Legnani me dijo que postergaría la publicación de una nota mía, porque necesitaba contrastarla con otra tan convincente desde el punto de vista opuesto y le contesté que la única manera de lograr esa otra era que yo la escribiera con seudónimo), le dije al Director que ese análisis ya estaba escrito y le adelanté el título: “El Mundial del gesto técnico de Enzo”. “Zizú está imparable”, le expliqué.
Pero tuve que terminar escribiendo sobre el orgullo de los italianos como inventores del fútbol, un orgullo legítimo ya que el orgullo nacional solo es comprensible y lícito cuando alguien niega, atropella o desprecia tu identidad y tu cultura, es decir, cuando es un orgullo defensivo y no ofensivo (por eso hay un “orgullo gay” y no un “orgullo heterosexual”) y el orgullo de los italianos como creadores del fútbol es defensivo ante el prejuicio que han logrado imponer los ingleses en el mundo, de que fueron ellos los inventores de dicho juego. Pero quedé desconforme con la nota. No había logrado decir lo que realmente quería porque no podía comprender la actitud de Zidane ante la provocación de Materazi y aunque éste ya había aclarado que no había nada sobre política, raza o religión, aquel no había hecho todavía declaraciones.
Después Zidane habló: “yo me disculpo ante los niños y los profesores porque este gesto no es tolerable, da un mal ejemplo –dijo–. Pero no lo lamento, porque lamentarlo sería decir que el italiano tenía razón, y él no tenía razón. No ataqué a nadie, me defendí. Me había agarrado de la camiseta, y le dije que al final del partido se la daría.” En relación con esto es necesario acordarse del gesto de Zidane después de la victoria contra Portugal, con Figo, el capitán del equipo contrario, compañero de Zidane en el Real Madrid, como fueron sus compañeros en la Juventus muchos de los italianos que enfrentó en la final.
Con Figo intercambiaron las camisetas y Zidane se puso la de
Portugal festejando con los colores de Portugal. Explicó también
Zidane, que Materazi comenzó a insultarlo, Zidane se alejó y el
otro lo siguió profiriéndole insultos. “Dijo cosas muy duras,
contra mi madre, contra mi hermana, las repitió tres veces. No
pude dejar pasar eso. No tuve un acceso de locura, estaba
tranquilo, pero no debía tolerar eso. Lo repito, mi gesto no es
aceptable y era justo retirarme, pero el italiano es el
culpable. Él no debía decir lo que dijo.” Y luego, se puso a
desarrollar lo que representaba el equipo de Francia, la
conciencia que tenían todos de defender los valores
antirracistas, una Francia diferente, que ellos llevaban ese
combate adelante y añadió: “Lo que es grave es lo que dijo el
Vicepresidente del senado italiano, “Hemos vencido a un equipo
de negros, de islamistas y comunistas”, ¿no creen ustedes que
eso es mucho más grave que mi gesto? Es eso lo que es necesario
combatir.” Estoy de acuerdo, pero entendéme, Zizú, mi querido Zizú (cronopio asimilable a Glenda), está bien que hayas pedido disculpas a los niños y a los profesores, porque fue un mal ejemplo reaccionar con un golpe a los insultos de Materazi y está bien que ellos te disculpen y está muy bien que te hayan disculpado todos los franceses menos los seguidores de Le Pen (el neonazi francés que dijo que ese equipo no representaba a Francia, porque tenía negros y árabes) y es perfecto que te haya consolado el presidente Jaques Chirac (impecable el tipo en esa), porque después de todo, tiene su lógica lo que dijo el vicepresidente del senado italiano: Vencieron al equipo de Zizú, el sobrino de una militante comunista, el hijo de obreros que a menudo firmaron llamados a votar por los comunistas, el que no deja de reconocer con orgullo sus raíces modestas, las del gran conglomerado donde creció, la Castellana, las de su familia y sus orígenes kabilios, que le implican a tal punto, que ha anunciado: “Voy a comenzar ahora otra vida, lejos de la presión, voy ocuparme de mis niños, voy a hacer un viaje Kabylia, el país de mis padres…” y al equipo de Lilian Thuram, quien le salió al cruce al Ministro del Interior de Francia cuando éste habló de “la mierda de los suburbios de las ciudades”, desencadenando la Rebelión de Otoño de los inmigrantes. Comparando con los otros países colonialistas, es merecido el Viva Francia de La dernière classe de Alphonse Daudet (pero no la venció la Italia del Vicepresidente del Senado, sino la del Presidente de la República, Romano Prodi, la de los partisanos y más atrás los calciatori fiorentinos, aunque haya sido por un par de votos). Y está magníficamente bien que los argelinos no pierdan ni un solo fervor de la idolatría que te profesan.
Pero nosotros, los uruguayos verdaderamente futboleros, los que por vos hinchamos por Francia con el orgullo que los polacos sienten por el inglés de Conrad, preferimos pecar contigo, porque sabemos que vos mismo, digas lo que digas, tampoco te lo vas a perdonar nunca. ¿Cómo pudiste entrar en esa, Zizú? A esos italianos los agarrás afuera como hizo Giacomazzi. Pero no te mientas. No iban a penales. Tenías el alargue ganado. Los italianos se caían en la cancha y Buffon ya no podría sacarte la próxima genialidad como te atajó el cabezazo en el primer chico. En esa situación no podemos entrar en ninguna provocación por más temperamentales que seamos, Zizú, y por mucha carpeta que tengan los tanos. Ni Carlitos Bueno entraba ahí, Zizú.
Como futboleros no te disculpamos nada. Pero, por supuesto, tenés toda nuestra solidaridad humana y política. Te queremos tanto que no te perdonamos, como no perdonamos a Glenda. Vamos a cortar la filmación del partido en el final del primer chico del alargue. Y entonces sí, corregido ese error en la película, tendrás la eterna pleitesía al mayor artista del fútbol, después de Maradona, que ha quedado registrado en videos mundialistas. Esa no te la quita nadie. ¡Chapeau, Zizú! Anterior articulo del autor: LaOnda 296 LA ONDA® DIGITAL |
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