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Adieu, l’ ami
Porque Julio, al igual que sus admirados Marx y Engels, era hombre al que nada de lo humano le era ajeno, aunque sí lo fuera lo divino ( omnisciencia, pre-ciencia, providencia, omnipotencia, etc. ).
Aprendió de pibe o de botija – categorías infantiles hoy bastante en desuso, no sólo en el vocabulario – la solidaridad en el comité infantil de España republicana de Rivera y Magariños Cervantes, que el corazón quedaba a la izquierda y que hacia ese lado había que llevar el cerebro. Lo aprendió de una vez y para siempre.
A una larga militancia de base en el Partido Comunista de Uruguay, y más tarde en el Frente Amplio, suma la docencia universitaria en Uruguay e Italia como historiador y la continua labor de investigador en una amplia gama de disciplinas hasta el fin de sus días, que lo convierten no sólo en uno de los máximos intelectuales de la izquierda uruguaya y del país, sino que su dimensión alcanza nivel internacional.
En ese campo se distingue su aporte, junto con los historiadores Lucía Sala y Nelson de la Torre, en la concepción y concreción demostrativa de la figura histórica de Artigas como político democrático, radical y avanzado, cuyo pensamiento sentara las bases programáticas del Frente Amplio. Queda como testimonio de esa tarea la publicación por el trío de historiadores de “Artigas: tierra y revolución” ( 1967 ), “Evolución económica de la Banda Oriental” ( 1967 ), “Estructura económico-social de la Colonia”, la colaboración de Julio Rodríguez, ejemplo de trabajo en equipo como los otros, en el libro de Lucía Sala y Rosa Alonso Eloy, “El Uruguay, pastoril y caudillesco” ( 1991 ). También publicaría sus investigaciones motivadas por la realidad actual globalizada y tecnológica, en un libro en solitario titulado “Pienso, luego escribo” ( 1994 ).
El rigor científico y la amplitud creativa del historiador también resultaba, con la frutilla de un enorme sentido del humor, de la ironía y de la amenidad, en sus brillantes apariciones en conferencias, mesas redondas o artículos de prensa, prendas que coinciden con su espíritu de independencia para el mantenimiento de una actitud muy crítica en su militancia política cuando se cuadrara (Hungría 1956, Checoslovaquia 1968, desplome del campo socialista). Y son esas mismas prendas, con el agregado de ser un animal de trabajo en el sentido admirable del término, las que lo llevan a aprovechar con astucia, tenacidad y sudor – “de gallego” proclamaría con ironía, pero orgulloso de su ascendencia – las infinitas posibilidades de la tecnología computarizada y de internet, para profundizar como aquellos maestros del siglo XIX en las entrañas del sistema capitalista actual y sus mutaciones.
Esa prodigiosa capacidad de orden y trabajo se traducen en archivos de por lo menos una docena de libros posibles, dedicados a sus dos grandes pasiones temáticas: el hombre, su evolución y búsqueda de la felicidad terrena desde los albores de la humanidad hasta la tendencia actual a la unanimidad del teléfono digital; y la Revolución Rusa, desde su origen hasta su final.
Si el Julio Rodríguez científico deja con su muerte un enorme vacío en el país, otro tanto ocurre con su ser humano cotidiano para quienes lo conocieron y cultivaron su amistad. Era hombre de fuerte empaque de buen bailarín de tango, que lo era, se presentaba a primera vista con rasgos ceñudos o huraños prontos a estallar en pasión, pero lo que explotaba de inmediato era su corazón bondadoso, a la izquierda, su alegría y euforia para la comunicación, cierto carisma seductor y una inevitable ternura, no exenta de algún brillo simpático de ironía para la relación con el otro, era de los que sabía que el otro existe.
Era hombre de tenacidad evidente y orgullo a veces desmedido y terco, en tanto que era hombre de amores únicos y para siempre: su querida compañera Alba, novia desde la adolescencia, sus hijos Sergio y Silvia, expresiones vivas de alguien poseedor de un fuerte sentimiento casero o clánico a lo gallego, el barrio La Mondiola que, a lo largo de toda su vida, lo tuvo merodeando en distintos domicilios, el Club Nacional de Fútbol, que lo vio jugar en sus divisiones inferiores y despertó una gran pasión por asistir a ese juego de coreografía precisa y hermosa por el número de protagonistas y por las dimensiones apropiadas de su escenario.
Alejado del estadio y las canchas de fútbol, acercado a las imágenes del juego por televisión, Julio Rodríguez mantenía hasta el final de sus días ese amor y compartía con este ex – hincha de Rampla Juniors el placer y la admiración por ver la magia de un Fabián O’Neill, un Alvaro Recoba o más recientemente un Juan Albín, considerados por los contras como “pechos fríos, comedores de pescado”, para nuestra indignación. Sí, la desolación y el vacío son enormes ante esta pérdida. Adieu, l’ami. LA ONDA® DIGITAL |
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