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Julio Rodríguez: “No me
hagan recordar la historia
que confirma cuanto digo”
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Raúl Legnani
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Esteban Valenti
   

Julio Rodríguez: “No me hagan recordar
la historia que confirma cuanto digo”

“Historia entorno a la infatigable búsqueda de la libertad de los mercados. Endebles son las defensas de la región. El Mercosur de hecho no existe. O sea, si se quiere crear un organismo regional eficiente hay que inventarlo de nuevo. Pero con un pie afuera. Brasil y Argentina siempre han arrojado sus desechos en la vereda nuestra. Y lo harán en el futuro por la desproporción de escala. No se trata de maldad o de falta de generosidad, ni de cultura ni de buenas maneras. Las leyes internas del poder les reclaman exportar el caos al entorno para mantener el mínimo de orden al interno"

En mayo del 2002 el general Líber Seregni y su Centro de Estudios Estratégicos 1815, realizaron un seminario llamado "URUGUAY: Opciones para su inserción en un mundo global”. Uno de los disertantes fue el profesor, historiador Julio Rodríguez, quien falleciera el pasado 13 de julio a los 75 años de edad, Lo que sigue es el texto completo de aquella magistral conferencia.

De la limitación de las opciones en aquellos que no las tienen y que si la tienen es poca

Durante toda la época colonial la naciente sociedad que un siglo después formaría la República Oriental del Uruguay, no tuvo opciones. Las opciones eran ajenas y las penas de nosotros.

 

La Revolución de Independencia fue una opción compartida en el virreinato del Río de la Plata y luego solitariamente proseguida por nuestro país con su territorio y su jurisdicción propia. Nos confrontamos, pues, a las opciones abiertas para una cierta inserción autónoma en un mundo global.

 

Cuando nacimos, existía un determinado grado de interconexión global de todas las regiones del planeta, y un centro dominante: Gran Bretaña, cuna del capitalismo moderno. Con él por primera vez surge un sistema económico cuyo motor interno exige su expansión planetaria. El sistema capitalista crea su principal criatura: el mercado mundial, y un seguro para su expansión: el sistema colonial, ambos como intención y como realidad. Los anteriores sistemas económico-sociales ni lo necesitaban ni lo concebían.

 

Se trata de una opción planetaria objetiva sui generis, ya que no fue proyecto de nadie en particular, sino resultado de la autoorganización (autopoiética) del propio sistema, del paso de las simples relaciones mercantiles a la autor reproducción del capital. Y ciertamente, el movimiento reiterado de conversión de la premisa en resultado, conllevó a que los Estados portadores de ese nuevo nivel de sociedad internalizasen como proyecto y estrategia la percepción, segregada por esa eficacia, de la expansión del novísimo sistema económico; y que además internalizasen que esa eficacia se redoblaba si esa conversión forzada del planeta en mercado mundial era sostenida por el aparato coercitivo de sus respectivos estados mediante dicho sistema colonial.

Y es en ese mundo donde debemos ver los grados de libertad y el abanico de opciones que se abren a este nuevo Estado independiente.

 

En primer lugar el Uruguay no elige el sistema internacional dentro del cual proponerse opciones: encuentra ya constituido el sistema económico mundial capitalista dominante y asimismo, el bajo nivel de sus propias relaciones socio-económicas internas. Encuentra ya formado el mercado mundial; e ingresa a ese sistema mundial de Estados con una dada correlación de fuerzas de los Estados, y con un sistema de relaciones políticas internacionales donde la desigualdad, la estructura jerárquica de poder entre los Estados, las formas de subordinación correlativas, están ya formadas, constituidas, y por supuesto, enarboladas para ser ejercidas, y dentro de las cuales hay que aceptar ese “mundo tal cual es”: como realidad objetiva que se formó sin consultar nuestras opciones y que se nos impone como dato “natural” que preexiste nuestra propia emergencia como Estado, y que circunscribe, limita, acota y cristaliza un escaso espacio de derechos, de libertad, de opciones, tanto más restringidos por cuanto lo específico de nuestro parto nos hizo de dimensión minúscula.

 

Tratemos someramente la inserción del Uruguay en el mercado mundial, las alternativas de su mayor o menor subordinación y los grados de libertad de sus opciones de inserción, en el seno de un sistema imbricado económico-político global como totalidad inescindible, y por tanto, irreductible a cualquier modelo reductivo economicista tal como los que son usuales en la retórica académica del “fundamentalismo de mercado” (de Joseph Stiglitz, ”El malestar de la globalización”) que por tanto es una pura entelequia carente de realidad objetiva, pero con la prepotente pretensión de sustituir al objeto sociedad real.

 

La inserción siempre fue una inserción subordinada con un dado paquete de grados de libertad, muy escaso, porque ese paquete estaba ya desigualmente repartido desde nuestro parto como país.

 

 En cada fase histórica, solo se trató de cómo modificar la inserción y aumentar nuestros grados de libertad (o sea de autonomía e independencia real). Yo creo que la otra gran oportunidad donde el Uruguay manejó y empujó en lo posible la opción fue a comienzos del siglo XX con la conformación de lo que se ha dado en llamar el estado batllista que, por supuesto, trasciende - por importante que haya sido - el papel de José Batlle y Ordóñez y de su partido.

 

Ahí el Uruguay se abrió un espacio determinado, supo manejar con inteligencia un conjunto de posibilidades reales en un mundo que, por supuesto, no podía determinar.

 

En definitiva, la formación del mercado mundial, desde los primeros esbozos del sistema colonial en el siglo XV hasta su finalización y reparto final del mundo en el último tercio del siglo XIX, dio acabado a la ínter conectividad mundial, a la interdependencia de todas las regiones del planeta al sistema.

 

Pero hay que señalar que el sistema de interdependencia real tiene dos polos: el polo de quienes gozan de los beneficios de la interdependencia y el polo de los que sufren los maleficios de la interdependencia.

 

De quiénes gozan y de quiénes sufren la interdependencia

La interdependencia entre todos los pueblos del planeta, progresivamente fue incorporando forzadamente a todos los nichos “indescubiertos” y temporalmente des-conectados de todas las sociedades.

Esta interdependencia deja de ser una definición neutral cuando además señalamos lo esencial: el mundo se divide entre quienes gozan la interdependencia y entre quienes sufren la interdependencia.

Esta interdependencia fue creciendo como tal, como interdependencia.

 

Porque es posible medir el nivel o grado de expansión y de complejidad de la interdependencia que en sí misma significa aumento del intercambio de actividades entre los hombres y aumento del intercambio del producto de esas actividades entre los hombres. O sea: aumento del intercambio de bienes, de servicios, de capitales, de fuerza de trabajo, etc. Y aumento de las masas de población que participan en ese intercambio. Pero lo que más importa en esa expansión de la interdependencia es que ella se realizó bajo la forma universal de capital y con la disminución de las formas de intercambio de valores de uso sin revestimiento mercantil.

 

Rasgo que la separa radicalmente de todas las formas anteriores de globalización y que la convierten en un salto histórico cualitativo.

De la inserción al sistema globalizado nadie se escapa, de la interconexión global entre todos los seres humanos nadie puede evadirse.

 

Por tanto, el problema angustiante es el delinear las opciones entre un programa máximo: cómo se pasa del sector de los que sufren al sector de los que gozan la interdependencia (programa éticamente descartable, y necio para nuestra escala); y un programa mínimo: cómo aliviar los males de la interdependencia.

 

Y esto perdurará, salvo que haya un cambio radical de la interdependencia universal que suponga la desaparición del problema como tal. Como a corto plazo no lo hay, como a mediano plazo no se vislumbra, y como a largo plazo estaremos todos muertos, dejemos el cambio radical a nuestros descendientes de no sé qué siglo de no sé qué milenio.

 

Pero la interdependencia no se define entre individuos, sino que está determinada y mediada por los Estados, o como cada vez más ocurre en nuestros días, entre comunidades económico-jurídicas estatales (dentro de las cuales los Estados conservan un grado contractual de autonomía diferenciada según el tipo de Comunidad interestatal)

 

Los Estados anteriores a la irrupción del dominio aplastante de Gran Bretaña, estaban habituados a la constante e indiscutible intervención del Estado en la economía nacional e internacional. Y en este intercambio económico entre los Estados se recurría constantemente a la violencia, a la agresión, a la guerra, a la conquista y al saqueo de los débiles por parte de los más fuertes. La “razón de Estado” teorizada por Botero, era la reasunción por parte del Estado, de las relaciones bio-animales entre las tribus primigenias y entre los Estados antiguos: Todo Estado ajeno es, como antes, considerado pura naturaleza animal, y por tanto depredadle, saqueable, conquistable, ajusticiable incluso mediante el genocidio.

 

Cuando surge el mercado mundial, este se impone por la fuerza. Y luego con el tiempo, perdura por las ventajas objetivas de la división del trabajo (o la especialización) mundial. Y esta división del trabajo cristaliza y aumenta la desigualdad porque se la dirige por los grandes Estados para que las llamadas “ventajas comparativas” se realimenten exponencialmente hasta que se las pueda teorizar hipócritamente como hecho natural ahistórico, supuestamente cándido y objetivo.

 

De cómo se trata de hacer lo que yo digo pero no lo que yo hago

La piadosa búsqueda del Santo Grial que durante siglos tanto agitara a no menos santos caballeros, posiblemente sea de la misma madera que la búsqueda de la Santa Libertad de Comercio, perseguida por los piadosos sectarios del Consenso de Washington. Pese a cuanto diga la llamada escuela neoliberal o conservadora (que cada uno la denomine como guste), la libertad de comercio, los mercados libres, solo existían como aspiración académica o como retórica de aquellos pocos que por su potencia exigían a los demás que la aceptaran. Gran Bretaña, - se lo olvida -, erigió su potencia con las mejores y más eficaces leyes proteccionistas siempre sostenidas por la violencia contra los reluctantes, conforme al aforismo británico de “donde no pasen nuestras mercancías, pasarán nuestros soldados”. EEUU nació proteccionista y fue perfeccionando paso a paso su sistema hasta desembocar en el New Deal de los años 30. Los ejemplos son incontables.

 

El llamado “consenso de Washington” (con su tríada capitolina: Hayek, Friedman, Greenspan) por supuesto, es un producto de exportación. El automatismo del mercado nunca existió, tiene toda la libertad de movimiento que le permite un conjunto de reglas de juego a las que se le da un determinado intervalo de vida útil, para que operen hasta que efectivamente ya no conviene que tengan esa libertad.

 

O sea que el automatismo del mercado siempre vivió en “libertad vigilada”.

Por ejemplo, la retórica académica y la publicística que hace su marketing, difunde como si fuese una ley natural, casi gravitatoria, el monto de la tasa de interés. Pero mal que le pese, la tasa de interés es un acto burocrático, administrativo, decidido por el Estado, o cedido a un banco central alter ego del Estado.

 

 La fijación administrativa de la tasa de interés fue impuesta por la fuerza por el gobierno inglés a la Banca de Inglaterra a mediados del siglo XIX, cuando el mundo descubrió las dos primeras crisis cíclicas del capitalismo. Hasta entonces la Banca se fiaba solo en el automatismo y consideraba una bellaquería que se lo mancillara. Pero el caos de esas crisis jamás vistas, devino en terremoto. El gobierno británico recordó entonces que su poder administrativo existía para ser usado. Intervino la Banca y la obligó a usar la tasa de interés como palanca política de regulación del ciclo.

 

La mano visible del gobierno político le quebró las falanges a la mano invisible del mercado. Y desde entonces siempre fue, es y será “de aquí a la eternidad”.

 

En mi intervención oral del Seminario sobre Servicios públicos de mayo del año pasado, recordé que la teoría retóricamente dominante es la ideología que el imperio vende a los tontos, pero que no aplica al interno, al modo en que

 

Manchester fabricaba telas con diseños tribales para el Africa o ponchos para el Río de la Plata, sin que fueran vestidos o endosados en Gran Bretaña, o al modo de aquellos detergentes no degradables que importábamos alegremente, pero cuyo consumo era prohibido en las metrópolis, o al modo de las bolsas de nylon que usamos los tontos de todos los países tontos, pero que en EEUU fueron sustituidas por las de papel, etc.

 

Un artefacto semejante es la ideología del libre cambio, del libre comercio, del mercado automático y la mano invisible, ideología cuyos inventores jamás, léase bien, jamás, aplicaron en la economía de sus países desde que fuera por ellos creada en el siglo XIX. La intervención del Estado y las leyes proteccionistas norteamericanas de los siglos XIX y XX, siguen vigentes.

 

 Toda la actual normativa es una simple serie de modificaciones coyunturales de la ley de Tratados bilaterales del período del New Deal de los años 30 Inglaterra sólo comenzó a aplicar retazos de esa doctrina en la segunda mitad del siglo XIX, porque su productividad y el mecanismo perverso del patrón oro, depositaba en Londres todas las reservas monetarias y títulos del mundo, para el clearing mundial.

 

Algunos países de Europa (y de América Latina) fueron fugazmente seducidos por la mentada doctrina durante la llamada “década liberal” de los 1860s, y de inmediato treparon a la carrera la escalera del proteccionismo y el intervencionismo estatal. Inglaterra abandonó su teoría, ideología y política económica en la primera guerra mundial, y jamás reincidió. En fin, Europa Occidental desde la creación de la primera comunidad económica europea a fines de los 50, aplica a rajatabla, colectivamente, lo que fuera su tradicional política histórica, el intervencionismo y el proteccionismo más descarado, discriminatorio y arbitrario que se haya conocido jamás, salvo en EEUU.

Incluso en esto.

 

Europa Occidental tiene sobre EEUU la enorme ventaja cultural de saber crear lubricantes teóricos tan diestramente escritos que suelen hipnotizarnos si nos distraemos. Como se sabe aducen razones ecológicas, de paisaje humano, de conservación de estilos de vida, etc. Obviamente los suyos. La ecología, el paisaje humano y la conservación del estilo de vida de este Uruguay y otros países igualmente descartables, no puede ingresar a la teoría porque el libreto está hecho, la platea está colmada con los socios privilegiados y en las ventanillas cuelga el cartel de “entradas agotadas”.

 

Entonces ¿dónde y bajo qué forma existe el libre comercio, la libertad de mercados y todas las categorías emparentadas? ¿Quién lo aplica?

Nadie.

 

Como se sabe hubo intentos de crear un mundo real a partir de la “realidad virtual” de la doctrina. El GATT se formó para eso. Y su heredera es la actual Organización Mundial de Comercio. En los limitados campos que impuso una dada libertad de comercio (en los sectores propios y convenientes para los grandes), prácticamente no hubo espacio para lo esencial de nuestras exportaciones agrícolas y de productos industriales derivados, sometidas a la arbitrariedad de los grandes Estados, principales clientes potenciales de los mismos, e incluso de aquellos que habían sido nuestros tradicionales compradores antes de que cada uno ingresara a la Comunidad Europea).

 

Los detalles seguramente serán ofrecidos por otros miembros del seminario.

Contra la idea bastante dominante hasta poco tiempo ha, mantengo la opinión de que si bien el futuro no está escrito ni está sometido a la fatalidad, una posibilidad real abierta es la del recrudecimiento neo-mercantilista entre las grandes potencias y - de paso cañazo - contra los países más débiles en el que estamos incluidos.

 

Sobre la aplicación de la Etología del Entorno

al dominio de la Sociología de la globalización

Varias veces utilicé la imagen del comportamiento de los pequeños mamíferos entre las patas de los desmesurados dinosaurios. El débil y el pequeño deben ser tanto más inteligentes, diestros y astutos, cuanto más minúscula su escala.

 

El primitivismo economicista de la escuela dominante, es incapaz de saltar por encima de su propio corral teórico. Pero nosotros estamos obligados a conocer con precisión el entorno. El depredador estudia el comportamiento de la presa. Tanto más obligatorio para la presa conocer el comportamiento y la ideología del depredador

 

Veamos pues el entorno ecológico y el tipo de depredadores que rondan en el planeta, con especial atención a la cosmovisión del depredador y a su forma de percepción trófica de la presa.

 

El doble discurso es una necesidad en una dada correlación de fuerzas. Desde el genoma inicial del zorro que entrevera las huellas, hasta el del tero que grita donde no pone los huevos, algo de ese fragmento de ADN ha pasado al Homo Sapiens, que constantemente ha necesitado decir lo que no hace y hacer lo que no dice. El lenguaje emite señales, pero tales señales pueden ser falsas o verdaderas, y porque pueden ser igualmente captadas como tales, Homo Sapiens creó la simulación y el doble discurso. Quizás hay una cierta selección natural en la promoción de los estadistas, y una selección natural aun más escrupulosamente monitoreada de los estadistas de los imperios.

 

Esto quizás explique la co-incidencia del dominio unipolar de EEUU y el irresistible ascenso de George W. Bush a la presidencia de la potencia hoy dominante. Ciertamente no se puede pedir que Bush haga gala de un exquisito doble discurso. Si, como parece, le cuesta hilvanar un discurso y encontrar las palabras correctas sin reemplazarlas por las que suenan parecido, sería poco humano reclamarle que preste atención a dos discursos cuando apenas puede con uno. De ahí que en este nuevo imperio americano se hayan creado dos discursos pero en dos portadores distintos. Los voceros de lengua sobada reiteran el viejo discurso de la libertad en general y de la libertad de los mercados en particular. Bush emite el solo discurso que ha aprendido en la lingua franca de la tradición vaquera del genocidio indio, el de la impunidad. Y la impunidad no vive de discursos sino del big stick.

 

La impunidad de EEUU es lo único que puede explicar que aplique además una política económica internacional que ya ni se preocupa de revestir con la retórica neoliberal o paleo conservadora (“If you like”). Ya no necesita edulcorar con ideología y modelos algebraicos triviales o barrocos, su voluntad irrestricta o prepotencia (etimológicamente pre-potencia, o sea puesta en práctica de su voluntad sin necesidad de recurrir a cada paso a la puesta en práctica de su potencia depredadora o venatoria Potencia que se da por sabida e interiorizada en los tropismos temerosos, temblorosos, de “nosotros”, la presa o preda, objeto de la depredación y - naturalmente - en los tropismos de la fuga, o en caso de estar acorralados, como de hecho lo estamos en un planeta chiquitito y lleno de gente, el tropismo del pánico, porque no hay puerta de emergencia que se abra a ninguna parte.

 

La desaparición de la bipolaridad, y la re-emergencia de una sola potencia dominante global, hace asimismo re-emerger la ideología imperial desnuda, al mejor estilo del viejo imperio romano, de la Casa de Austria del imperio español, (elegid imperios), y del más inmediato antecedente - de la aceptada dominación económico-política de John Bull (“dueño de los mares” y “dueño de Lombard Street” y del mercado mundial). Recojamos los mejores [o sea peores] atributos de todas esas formas de dominación y de ideología racista, tribal, fría y cruel, de todos esos sistemas de dominación de 3000 años de historia, y tendremos la actual forma de dominación de EEUU.

 

Insisto sobre lo que alguna vez dije [y que naturalmente no inventé] que la ideología bíblica del “pueblo elegido” ha sido la canción de cuna y la línea melódica de las primeras rondas infantiles del rústico y primigenio pueblo norteamericano, formado en la idea calvinista de que la riqueza es la señal que Dios da a los ricos para saber que están salvados por la eternidad, por gracia y arbitrio de Dios (del suyo, pues gozan del monopolio de Dios), desde antes de que los ricos tengan nada que hacer en este mundo y sin que nada tengan que hacer para merecer la salvación.

 

 Que la pobreza es la señal que Dios (suyo) da a los pobres para saber que están condenados para la eternidad por gracia y arbitrio de Dios (el suyo), desde antes de que los pobres tengan nada que hacer en este mundo, y sin que nada tengan que hacer para merecer la condenación eterna.

 

Los que han sido elegidos para ser salvados - por puro acto de predestinación - deben demostrar solo una cosa, que por amor a Dios odian a los condenados, por lo tanto, todo acto de caridad, ayuda y solidaridad hacia los pobres, no solo es colaborar con los condenados (¡¡Anatema!!), sino que es una arrogante y subrepticia crítica a la predestinación de Dios, un intento diabólico de cambiar el plan divino que quiso marcar para siempre la separación radical entre los salvados y los condenados.

 

A este cimiento teológico calvinista se agrega la certeza de que Dios siempre tiene un pueblo elegido. Que los hebreos perdieron ese privilegio cuando rechazaron a Jesús como Mesías, y que el pueblo elegido, es el anglo-sajón, hasta que finalmente se redujo solo al de EEUU. Gracia y privilegio que son finales e irreversibles, que la tradición norteamericana con todo derecho y justicia califica de “Destino Manifiesto”, revelado en su propia y específica”zarza en llamas” al filo de los siglos 19 y 20 en un libro célebre. [Olvidé el autor, está en algún estante del segundo piso de la biblioteca].

 

Se me dirá que en EEUU toda esta teología e ideología no se discute en los bares ni es teoría que todos reciten como eruditos de plaza. Cierto. Pero todo el mundo de valores que impregnó la historia de su sociedad, la hizo suya bajo las formas más exquisitas o las más vulgares.

 

Bueno, bueno…, no desprecéis la vulgata. Fue su éxito como ideología vulgar, la que precisamente, la transformó en ideología dominante. Reagan y Bush son los mejores exponentes de esta Vulgata, gracias a sus poderosos bulbos olfativos de perros de caza que huelen a distancia el mínimo aroma azufrado del Diablo que segrega el Eje del Mal, y que constantemente exorcizan los demonios con misiles. La irreconciliable escisión entre “elegidos para la salvación” y “elegidos para la condenación”, es la base teológica sobre la que - mediante digestos sucesivos - se edificó la hoy avasallante distinción ética, moral, económica, social, cultural, ideológica, de la vulgata chabacana de los filmes, seriales, periódicos, revistas, que dividen al mundo entre “winners and losers” (ganadores y perdedores).

 

Es la versión cotidiana, coloquial, - posiblemente ya incorporada al genoma - de que la riqueza y el éxito están predestinados por el diseño divino, se haga lo que se haga para estar o no en la casta privilegiada amada por Dios (a esta altura absolutamente suyo).

 

Se nace ganador. Se nace perdedor.

El hardware de la potencia material de EEUU, revestida con el software operativo de la ideología de “ganador” y de “pueblo elegido”, y su inevitable percepción de todo el entorno como de masa informe de “perdedores” y de “pueblos descartables”, está siempre presente en todo trato de EEUU con estos pobrecitos latinoamericanos. Si alguno de los norteamericanos, - tentados por los demonios que siempre andan por ahí disfrazados de buen samaritano - nos tuviera lástima, estallaría de inmediato la reprobación de quienes poseen en el puño la prueba divina de que es un pecado diabólico el tenernos lástima.

 

Disparen sobre América Latina

Y esto a su vez permite entender el impiadoso tratamiento norteamericano a nuestra crisis regional. Doy por descartado que existe una amplia información respecto a la estrategia de la Casa Blanca de destruir el MERCOSUR y de ahogar en la cuna todo germen de fortalecimiento de un centro económico y político latinoamericano capaz de resistir su dominio. Pero habida cuenta de la existencia de esa estrategia - que aquí no trato - no es menos importante calibrar la psicología y la ideología del estratega que la opera.

 

El actual tratamiento del FMI a la Argentina es un movimiento reflejo, pavloviano, del tropismo culturalmente prenatal de toda la burocracia que obviamente obedece al amo de turno. Por tanto, no es entre sus bienmandados donde hay que profundizar.

 

Al enfrentarse a la recesión del 2000 y años siguientes, agravada luego de las Torres Gemelas, el gobierno de Bush aplicó al interno todas las medidas prohibidas en el célebre “manual” que en nuestro país siempre se enarbola ante nuestras narices, cada vez que pedimos un vasito de agua. O sea, subsidios y ayudas financieras a grandes empresas, rebaja selectiva de impuestos, elevación de aranceles al acero, subsidios descomunales a la agricultura, etc.

 

El “Consenso de Washington” se suicidó precisamente en Washington. Stiglitz diariamente insiste en que EEUU y Europa Occidental jamás se autoaplican las recetas del FMI, recetas que por orden de sus amos se ponen como condición obligatoria para los países menesterosos (y por vocearlo en las plazas, Stiglitz es hoy el más odiado de los apóstatas de la burocracia internacional). Pero los gobiernos de los grandes países del Grupo de los Siete prosiguen la difusión mediática de su descarado proteccionismo afirmando que no es proteccionismo porque se ha impuesto el léxico orwelliano en el cual cada término significa lo contrario.

 

Tomemos la crisis regional. El objetivo de EEUU, en el marco de su estrategia global de disgregar el MERCOSUR es, en cierto modo, una tarea ociosa, dado que se ha auto demolido por la conducta de sus socios mayores - Brasil y Argentina - cada vez que entran en panne y en pánico. Para lograrlo a EEUU no le importa la implosión y la explosión que suscite en Argentina. Porque con ello puede exportar a Brasil el caos económico-financiero de Argentina, como ya está sucediendo. No soy afecto a las teorías conspirativas.

 

 Pero EEUU sí que lo es, razón por la cual es aficionado a la conspiración como quedó en evidencia en Venezuela. Lo que vislumbro como estrategia más peligrosa, es que EEUU ha vuelto a la tradicional política del big stick, de imponer gobiernos despóticos con tal de que convenga a sus intereses como lo demostró con el apoyo al golpe militar en Venezuela. Está provocando el caos en Argentina - más allá de la vocación caótica del gobierno argentino - para tentar la posibilidad de suscitar el caos incluso aunque haga renacer los muertos (un partido militar). Eso le permitiría caotizar a Brasil, donde también podría apostar a un partido militar, tanto más con el pretexto del triunfo de Lula.

 

A EEUU, por toda esa cultura que mencioné al principio, no le importa que en el mundo impere el despotismo. No le importó durante todo un siglo cuando fomentó las sangrientas dictaduras latinoamericanas, ni ahora en China, Pakistán, Arabia Saudita, los emiratos árabes, las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, del Cáucaso, etc. No le importa porque en el catecismo cotidiano está consagrado que a nadie importa que rija el despotismo entre los condenados, cuando precisamente el despotismo es señal de su condenación en el cielo y merecido castigo en la tierra.

 

Endebles son las defensas de la región. El MERCOSUR de hecho no existe. O sea, si se quiere crear un organismo regional eficiente hay que inventarlo de nuevo. Pero con un pie afuera. Brasil y Argentina siempre han arrojado sus desechos en la vereda nuestra. Y lo harán en el futuro por la desproporción de escala. No se trata de maldad o de falta de generosidad, ni de cultura ni de buenas maneras. Las leyes internas del poder les reclaman exportar el caos al entorno para mantener el mínimo de orden al interno.

 

Pisotear las plantas del jardín uruguayo es imperceptible en el planeta. No pagan ningún costo político interno, sino al contrario. De triunfar Lula en Brasil, se disolverán muchas expectativas, porque Lula anuncia que hará exactamente más de lo mismo. Y encontrará buenísimas razones de izquierda para defender el pleno empleo brasileño contra nuestras exportaciones.

 

¿Dónde refugiarnos?

EEUU - magíster Powell dixit - ama al Uruguay. Es un país modelo, un faro de democracia. Y cierto es que se le puede dar oxígeno con poco. Se anuncian cifras significativas de apoyo crediticio diversificado Es poco para ellos, mucho para nosotros. Lo cual sorprende frente a la dureza que se aplica contra nuestros vecinos. Así, que de ser cierto cuanto se anuncia, además de “modelo” y “faro”, seremos escaparate. La cosa, pues, no sería contra Uruguay. La crisis que nos ha lastimado es parte de los “inevitables daños colaterales”, de fallas puntuales de los misiles “inteligentes” lanzados contra Brasil y Argentina.

 

¿Qué nuevos demonios despertará la operación de EEUU contra Argentina y Brasil? Bueno, bueno, bueno. Eso importa poco. El imperio se cree omnipotente. Avanza a la manera de aquellos mamuts prehistóricos que jamás en la segunda fila de la imponente manada pensaban que la primera fila se precipitaba en los barrancos preparados por los Neandertales. Es miope como todos los poderosos habituados a la impunidad. EEUU está predestinado a la salvación, los demás, a la condenación. God save América es una convicción profunda.

 

¿Quizás podamos refugiarnos en el cálido regazo de la madre patria europea?

A diferencia de EEUU, en la tradición de Europa Occidental ha predominado la percepción ética del mundo clásico y de su sucesor europeo occidental y cristiano.

 

Esta tradición dos veces milenaria, formalizada en la Etica a Nicómaco aristotélica, y luego tonsurada por la Summa Teológica tomista, trata la ética del comportamiento individual (y ahora por extensión, de la conducta de los Estados), como resultante del deber ser del estamento (y/o del Estado) dominante, único sujeto para quien se emite el discurso de la eticidad.

 

La ética es asunto de la sola clase bienestante, y en ella los individuos deben comportarse respecto a los bienes que sostienen su status, de modo que manteniendo su posición superior realicen una pacata distribución de su excedente entre los individuos de la clase inferior, precaviéndose con ello contra el temible alzamiento de los de abajo, pero cuidando que la distribución no afecte el patrimonio material de los de arriba. Los avaros que acumulan y no distribuyen, los pródigos que distribuyen y no acumulan, son los extremos condenables porque afectan el mantenimiento del status del individuo y de todo el estamento.

 

Lo apropiado es el comportamiento liberal (magnánimo), que mantiene simultáneamente el status del estamento superior y la reiteración sumisa del estamento inferior. La tradición medieval formalizada en la Summa de Tomás de Aquino, transforma la liberalidad de los antiguos en la caridad cristiana, principal virtud y deber del orden noble y eclesiástico. La tradición popular medieval tomó nota de esta multisecular y zorruna estrategia del orden estamental superior, y socavó su legitimidad - a falta de otra potencia - con el azote de la ironía en una antigua cantiga ibérica:

 

Qué vivo el marqués de Pombal

Que primero hizo a los pobres

Y después el hospital

 

La Comunidad Económica Europea se rige por esta ética dos veces milenaria: primero nos cierra los mercados con vetos de importación, cuotificación y/o altos aranceles, con el fin de mantener el status dominante con el mayor sostén social en el interior del huerto ineficiente de palacio. Luego, cuando percibe la indetenible invasión migratoria de los pobres y las temibles explosiones del fanatismo religioso, del irracionalismo y de la paranoia terrorista, amontona seminarios mundiales para predicar la caridad y compartir - con mesura y sin exceso - las sobras del banquete con las masas famélicas del planeta.

 

 De cómo la Metafísica se esconde bajo la piedra

¿Y entonces? ¿Cuál es el estatuto de la doctrina de la libertad de los mercados, del comercio libre y todas las categorías emparentadas?

En primer lugar es un modelo deseable del deber ser de la economía mundial. O sea es un principio ético que pretende legitimarse en una postulada eficiencia óptima si se lo aplica sin cortapisas. No descarto que alguna vez pudiere ser realidad, como no descarto el unicornio, las sirenas, las quimeras, y otros hermosísimos constructos de la imaginación creadora. Pero siempre lo hago con las reservas del caso que me merece la escasísima probabilidad de todo estado social perfecto, o sea con las reservas del caso a todas las utopías que proclamen que tal será el mejor de los futuros posibles.

 

El decálogo ético milenario que comenzó a sedimentarse en la humanidad postula varias situaciones igualmente deseables. Por ejemplo, “no matarás”, pese a lo cual se mata, y los Estados habiendo sustituido el primer disuasivo de la venganza privada, pasaron al ius punendi como monopolio público. “No robarás”, pese a lo cual se roba, y el Estado pasó de la restitución violenta del privado al arbitraje y probatoria del juicio público. También se reclama que “no se debe desear la mujer del prójimo” y al parecer no se ha logrado que los varones acaten el mandamiento ni menos aun que pase al ámbito del ius punendi público. Del Rey Salomón a Clinton, las dificultades son notorias y han demostrado ser imparables e impunibles.

 

Probablemente este nuevo principio del deber ser de la economía nacional e internacional pase por iguales vicisitudes. Sería dogmatismo de mi parte negar su eventual posibilidad. Qui vivrá, verrá. Solo me permito una robusta incredulidad.

 

Pero pienso que la esencial debilidad del modelo sobre el que se funda la teoría de la libertad de los mercados, y todos sus hijos y entenados teóricos, y las correlativas solicitudes de aplicación práctica, es la de ser un modelo absoluta y totalmente imperfecto de la realidad, de modo tal que cuando se lo aplica provoca desestabilizaciones en todos los niveles de la sociedad no incluidos en el modelo, que rinden ineficiente, onerosa, costosa, despilfarradora, la supuesta óptima asignación de los recursos humanos y materiales, etc. que postula la teoría como innegables y demostrados.

Pasemos, pues, a desmontar el artefacto:

 

La libertad de los mercados se mueve por definición en el solo ámbito de las relaciones económicas incontaminadas entre operadores que supuestamente solo mantienen relaciones puramente económicas entre sí. Pero los “operadores” son seres humanos que realizan un ilimitado intercambio de tipos de actividades, económicas, sociales, culturales, ideológicas, informacionales, religiosas, jurídicas, políticas, parentales, territoriales, afectivas, etc., reales o imaginarias. Por otra parte, estos operadores están integrados en instituciones, en diversos círculos secantes y eventualmente contradictorios entre sí, familiares, parentales, vecinales, grupales, rurales, urbanos, gremiales, corporativos, provinciales, estatales, regionales, etc.

 

Los sujetos individuales, grupales, institucionales, de este intercambio de actividades, realizan esas actividades todas al mismo tiempo desde un centro de conciencia y voluntad único, sin división esquizoide de sujetos diferentes para cada actividad. Ergo, este centro de conciencia y voluntad realiza todas las actividades y todas las tomas de conciencia de sus actividades contaminando unas con otras. Y por cuanto todas estas actividades por ser diferentes, están preñadas de toda clase de eventuales contradicciones, inevitablemente entran en contradicción entre sus diversos portadores, e incluso en la propia conciencia y en el propio comportamiento de cada sujeto portador (él mismo desgarrado por su pertenencia a instituciones contradictorias) de todo esa embrollada red de relaciones entre los hombres, en tanto sujetos de una red de intercambio de actividades, que por definición se solapa, se contrapone, se estorba y entrechoca, impidiendo toda clase de fluidez y limpidez de las relaciones postuladas por el modelo. Limpidez y fluidez de relaciones que sí en cambio existen sin dificultad en la cerebración de las ecuaciones lineales con la que retozan los cultores del manual de Milton Friedman (The Methodology of Positive Economics”) o de Gary Becker y George Stigler (“De Gustibus non est disputandum”).

 

Confrontados con disgusto a esa distancia inconmensurable entre sus modelos y la realidad, los teóricos del reduccionismo economicista, decretan olímpicamente que solo la economía es objetiva, y que todas las restantes actividades propias de las otras relaciones humanas, son subjetivas, o sea erradas. Todo aquello que impide la cristalización del modelo es universalmente calificado de obstáculo subjetivo, irracional, afectivo, emocional, moralizante, de barreras voluntaristas y populistas de los testarudos aparatos jurídicos, institucionales, que por multisecular ceguera de los hombres, obstaculizan la fluida y límpida aplicación del dogma. Voltaire los justifica, toda la historia anterior es un error y desvío de la razón raciocinante.

 

Los hombres han perseguido la levitación de las cosas y la de sus propios cuerpos. Al hacerlo afirmaban que se trataba de una meta objetiva, solo estorbada por el subjetivo voluntarismo de la ley de gravedad. Los hombres han querido trocar en oro el plomo, solo obstaculizado por la testaruda negativa del plomo a cambiar de peso atómico y de color. Los hombres han querido tal o cual cosa - ¡tantas! - hasta que alguien les hizo notar que el universo todo, desde las galaxias hasta la nube electrónica, desde las lentejas hasta el clima, se mueven por leyes objetivas imbricadas entre sí y que la libertad de la voluntad es apenas la necesidad hecha conciencia de la complejidad ineliminable de una totalidad inescindible.

 

Las aporías de los modelos lineales del fundamentalismo economicista

Si tal es el entorno, si tal es la mitología que nos exporta, si tal es el doble discurso de su doctrina y de su práctica, uno no puede menos de asombrarse que en esta orilla oriental del río Uruguay, nuestros paisanos neoliberales pretendan venderla a nuestros paisanos del pueblo llano. Lejos de mí la pretensión de impedir su vocación evangelizadora. Pero si del enemigo bien vale el consejo, “en verdad os digo” que imiten la conducta de los apóstoles Pedro y Pablo que marcharon a difundir la Buena Nueva a la Roma imperial. Nuestros apóstoles neoliberales, por tanto, deberían predicar unos en Washington, otros en Luxemburgo y Bruselas. Si allí convencen, se puede esperar pacientemente tres siglos para que advenga su Constantino el Grande, y promulgue su neo - edicto de Milán que - por fin - liberalice los Mercados.

Id - pues - y convertid a los Gentiles.

 

Volviendo al marco de opciones que se abre al Uruguay en esta sabana de Serengueti en que se ha transformado el planeta como teatro de una cadena trófica unilateral donde siempre los leones se comen a los venados, en tanto uruguayo comestible quiero socavar el zócalo teórico en que se fundan mis depredadores para mostrar que hay otro camino donde los venados no sean impunemente almuerzo de los carniceros. Pasemos de la metáfora sobre la realidad a la realidad sin metáforas.

 

La realidad es una totalidad que posee restricciones que impiden que se autonomice la resolución de un tipo de actividad sin al mismo tiempo atender la realimentación de todos los niveles de actividad (sociales, políticos, culturales, etc.) que no se dejan atrapar teóricamente por modelos lineales, como los que postula angélicamente esa doctrina.

 

Por el contrario siempre ha ocurrido que los sectores sociales que ocupan los nudos de esa red de actividades y relaciones que se desprecian en la ecuación, reclamen con la prepotencia objetiva e impersonal de la empiria, que se les permita introducirse en el sagrario de esa ecuación reduccionista economicista. Reclaman - si se me permite decir - ruidosamente, que se les asigne a todos un término en la ecuación, considerando que son objetivamente ineliminables.

 

Demostrando - cuando se corporizan en movimientos sociales y políticos espontáneos o deliberados -, que ese minúsculo sistema de ecuaciones supuestamente perfectas, puede que lo sea en un restricto y aburrido juego de mesa algebraico, donde los resultados que se pescan no hacen sino repetir lo que en la escueta ecuación se ha sembrado. Pero que cuando la sociedad cae en el vórtice de la espiral desorganizadora de la estabilidad social, se revelan lo que son, una perversa utopía disgregadora de la sociedad en su conjunto.

Quienes creen en el fundamentalismo de mercado y en la perfección algebraica de sus ecuaciones, que retocen cuanto quieran en la realidad virtual.

Y que allí se queden.

 

Cabe preguntarse de dónde viene la irrupción avasallante de la matemática en la ciencia económica, y cuán legítima es su aureola de cientificidad. Y sobre todo importa deslegitimar la seudocientificidad de su modo de aplicación por parte de la escuela neoliberal, porque si fuera científicamente imbatible estaríamos amolados (valga el lamento de Antonio Machado en su obituario poético a Lorca: “ni Dios te salva, Federico”).

 

Se ha señalado que hasta los años 30 los conceptos económicos no se formalizaban y que en la segunda posguerra la ciencia económica comienza a utilizar la matemática como lenguaje y relega la prosa a simple apéndice del razonamiento. A más de medio siglo de la irrupción de la matemática, se ha vuelto un dogma que los números expresan entidades reales, y que son de por sí, “objetivos, ínter subjetivos y concluyentes”; a tal punto que despegan del suelo donde impera la voluntad humana y adquieren completa autonomía de vuelo y decisión. El avance del uso de la matemática fue tal, que con su ayuda la Economía ganó su ingreso a las ciencias naturales - codo a codo con la física de los sólidos y de los quanta -, pero solo lo consiguió sometiéndose al rito iniciático de no tratar jamás ninguna entidad no mensurable, ni de alterar su pulso considerando el mundo de los valores, ni de dejarse afectar por las consecuencias sociales de las ecuaciones.

 

Cierto es que toda “filial” de la empresa ciencia está obligada a cumplir dos de los mandamientos excluyentes de la “casa matriz” (regida por las ciencias naturales), según los cuales la ciencia debe tener como fin la predicción y el control. Lo extraño es que la ciencia económica dominante, en cambio, no solo fracasa en todas sus predicciones, sino que además queda reiteradamente estupefacta por la irrupción de novedades jamás previstas. En resumen: jamás ocurre lo que predice; jamás predice lo que ocurre.

 

Por otra parte, de existir capacidad de control de esta ciencia en el desenvolvimiento de su objeto - la economía - todos los economistas serían mega millonarios. Y si bien los hay, los hay porque el azar determina estocásticamente que haya ricos entre los economistas a tasas similares a la de los mecánicos, deportistas, cantantes de ópera y rock, narcotraficantes y tahures.

 

Pero quizás este fuese solo un pecado venial de la incorporación subrepticia ya no de las matemáticas, sino de una parte de las matemáticas. Me explico.

Toda la economía matematizada se maneja con modelos lineales, que como señalaran varios críticos - como me lo cuentan lo cuento -, son fácilmente manipulables. Pero lo que al parecer escapa incluso a estos críticos es que, más allá de las malicias, o simplemente, de las torpezas matemáticas de algunos economistas (me apuntan que efectivamente las cometen), la aplicación de las ecuaciones lineales en la economía se funda en la propia concepción metafísica de la escuela dominante.

 

La sociedad - y en su seno la economía - es un organismo vivo que se desenvuelve de modo probabilística y azaroso, y que como tal puede escalar hacia la forma superior del azar: el caos. Es un organismo constantemente realimentado por todos sus niveles de relaciones y por todos los comportamientos singulares que colisionan unos con otros dando resultados no volitivos, no queridos, no deseados, no pronosticables. No hay sujeto que determine el desenvolvimiento de la sociedad. La sociedad no es sujeto de sí misma, si lo fuera sería ella misma un sujeto trascendente, místico; es un organismo sin sujeto, descentrado, por más que los operadores, los seres humanos, persigan objetivos volitivos, racionales, intencionales, objetivos que por ser una función universal (de 6 mil millones de seres, de millones de instituciones, etc.) se dan los unos contra los otros cuando se agolpan en la estrecha puerta de ingreso al éxito, restrictez que el diablo ha elegido para que el desenvolvimiento de la sociedad se haga a espaldas de los hombres.

 

La extrema complejidad históricamente acumulada de la humanidad-sociedad, hace que el azar sea una función cada vez más predominante y que promueva objetivamente, a espaldas de los hombres que operan, fluctuaciones imprevisibles que solo aprovechan - en un breve intervalo histórico - a quienes poseen lo que cada época histórica determina y configura como paquete de las principales palancas de poder. Poseer palancas de poder - hoy - significa ser capaz de exportar el caos, el desorden al entorno, para preservar el máximo orden posible al interno. O sea, EEUU, no puede imponer su voluntad de modo voluntarístico - nunca pudo hacerlo - sino que puede disminuir el caos interno de su economía y desplazarlo al entorno. Repito, por un breve intervalo y en una coyuntura específica, la de hoy. Y porque puede hacerlo, lo hace cada vez más, en la medida que no encuentra resistencias objetivas. Porque por ahora de las resistencias subjetivas se ne frega.

 

La lógica de la escuela dominante es la lógica trivial, deductiva, lineal, propia de las ecuaciones de escasas incógnitas. Ya muy temprano se demostró la imposibilidad de resolver ecuaciones de quinto grado. Por eso la escuela neoliberal no admite más de cuatro en sus modelos supuestamente equivalentes a lo real. Nadie come vidrio en las redacciones de la revistas de economía á la page. Pero el mundo real es no-lineal, mundo que ni siquiera posee soluciones del tipo de las de la actual panoplia de las ecuaciones no-lineales que a veces - dicen por ahí - dan soluciones aproximativas con calculadoras de trillones de cuatrillones de operaciones por nanosegundo (o sea: nunca).

 

Por lo mismo, por no ser un mundo lineal, no existe el eslabón principal tirando del cual viene toda la cadena. No existe un mundo conectado linealmente, donde el instante t menos 1, inexorablemente desemboca en el instante t.

 

Es un mundo complejamente realimentado, que modifica constantemente sus regiones productoras privilegiadas de causalidades agentes hacia regiones desprivilegiadas de consecuencias pacientes. Porque tampoco se sabe dónde está la causa, dónde la consecuencia, en un mundo donde ambas cambian sus topos y sus precedencias, de modo constante. Un mundo donde hoy no sabemos dónde meter los dedos para apretar no se sabe cuál tecla.

 

Al que quiere una sola contabilidad, dos tazas

La historia parece ofrecer la evidencia de que el fundamentalismo es una estructura psicológica profunda que puede adoptar envolturas ideológicas opuestas. En la ciencia, en el arte, en el deporte, en las ideologías hay fundamentalismos contrapuestos. Los hay, pues, en la economía y en la política, entre estatistas y privatistas, entre la derecha y la izquierda, etc. También la historia ofrece la evidencia de que se puede pasar de un bando fundamentalista al otro. E incluso no faltan los ejemplos de que el fundamentalismo se exacerba cuando se pasa de uno al contrapuesto ¡Cuídate de los tránsfugas, de los apóstatas, de los neófitos! - predican unos -. O por el contrario se nos precave contra los que se aferran al pasado y se niegan a adecuar sus ideas a las nuevas realidades. ¡Cuídate de los nostálgicos! - predican otros.

 

Los fundamentalismos no pueden vivir sino polarizados, los unos contra los otros, o sea los unos con los otros. Legitiman su existencia por la existencia del contrapuesto. Y es tanta la necesidad que tiene el uno de la existencia del otro, que terminan incluso, paradójicamente, tratándose como caballeros del mismo orden que obedecen a un mismo código de comportamiento. El uno finaliza reconociéndose en el otro. Son combatientes pero caballeros, por lo que se tratan como iguales cada vez que asisten al entierro del adversario.

 

Todo corrimiento de un fundamentalismo hacia el límite cero, provoca en el otro el corrimiento hacia el límite infinito. Y viceversa. Por tanto, es fácil imaginarse qué le pueda ocurrir a los que no participan del combate fundamentalista. Se encuentran entre el yunque y el martillo. Tal el destino impiadoso que sufren los pueblos ajenos a las capillas.

 

Cada quien puede considerar cuál es, de todos, el fundamentalismo más peligroso. Pocos discutirán que en estos días, el azote del fundamentalismo en economía se ha vuelto como Atila, el azote de Dios.

 

En esta larga hora de dominio político de los sectarios del Consenso de Washington, los ministros de economía aplican el “manual”. Lo dicen, lo repiten, lo argumentan contra el opositor (“¡Pero si está en la tapa del manual”!). Uno se queda perplejo. Sin duda existe, dado que se lo alega. Pero al parecer es un texto esotérico, por cuanto jamás se sabe cuál es el “manual” y si se sabe cuál es, jamás se sabe dónde está. El fundamentalismo neoliberal, como los gnósticos, como los cabalistas medievales, tiene sus escrituras secretas.

 

El ministro de economía - en casi todo el mundo - considera que su misión principal es la de que cierren las cuentas. El ojo avizor a los ingresos y a los egresos, su meta es alentar el superávit y combatir el déficit fiscal. O sea, la contabilidad del Estado es su meta, su profesión, su pasión, y afirman que el Estado, como una empresa privada, como el hogar doméstico, posee las mismas leyes y las mismas obligaciones.

 

Quien se haya sumergido en el estudio de la historia ya no puede hacerse ilusiones respecto a las relaciones entre Estado y Sociedad. Por cuanto la actividad del Estado no es sino la actividad de su burocracia (electiva o permanente), la historia enseña que la Sociedad ha logrado muy pocas veces y solo fugazmente irrumpir en la sala de comando del Estado. Las sociedades pasan, la burocracia permanece. Tal es lo que la burocracia piensa de la sociedad y de sí misma. No puede extrañar, pues, que la burocracia considere que el Estado es su propiedad, y que solo en especiales coyunturas atienda los reclamos si no de toda la sociedad, por lo menos de una parte de ella que tiene suficiente envergadura, riqueza y poder para arrancar tal o cual porción legítima o ilegítima del patrimonio social.

 

Las autoridades del Estado son democráticamente elegidas (en el mejor de los mundos posibles aquí y ahora). Se parte del principio que representan los intereses generales de toda la sociedad. Ergo, se supone que el gobierno sea capaz de resolver el acertijo de mediar entre los intereses objetivamente contrapuestos o por lo menos no coincidentes de los diversos sectores económicos, sociales, culturales, ideológicos, gremiales, corporativos, etc.

 

Cabe preguntarse si no sería legítimo que el Estado procurase realizar una contabilidad global que tuviese en cuenta a toda la sociedad y contabilizase el conjunto de saldos y beneficios de todos los componentes de la misma. ¡Por Dios!, no estoy pidiendo que a balance hecho distribuya las ganancias de los gananciosos para cubrir las pérdidas de los perdidosos. Honni soit qui mal y pense. Sin duda, la contabilidad de los ingresos y egresos del Estado son imprescindibles, pero igualmente lo son el de las empresas, los trabajadores, los hogares, los individuos. Es a partir de este conjunto inescindible llamado Sociedad, que se impone como irrenunciable eso que se llama la política económica del Estado, para que todos los individuos o agrupamientos institucionales de individuos, posean asimismo la posibilidad, de estar bien informados, y de procurar alcanzar superávits y cancelar sus déficits.

 

Tanto más que al contrario de lo que piensa la burocracia, la burocracia es transeúnte, y la sociedad es la residente permanente. Tanto más que lo que le importa a la sociedad es que el Estado sea su instrumento, y no como piensa la burocracia que la sociedad sea un instrumento del Estado (o sea de la burocracia).

 

La idea de que el Estado deba ser un instrumento de la sociedad es la que más hace estallar de furia a la escuela económica dominante. “¡El Estado de Bienestar ha muerto para siempre!” proclaman. No se trata, claro está, de que yo crea en las hadas, y que dé al “Estado de Bienestar” del histórico “Como el Uruguay no hay” los atributos universales que le otorga  la nostalgia o por el contrario que le enrostra acusadoramente la escuela neoliberal. Lo que altera la serena compostura de la escuela, no es esa realidad, sino la mera intención de que el Estado sea patrimonio de la sociedad y que ésta reclame ser atendida por quienes fueron elegidos como sus representantes.

 

Consideremos pues, hasta qué punto es falsa, anticientífica y no representativa la teoría que reduce la contabilidad social a la contabilidad del Estado.

Comencemos por aquella parte de la no representatividad social de la contabilidad dominante, precisamente porque se somete a la propia opacidad que el sistema económico-social existente a nivel mundial impone a la percepción empírica intuitiva, que solo considera computarizable lo que el sistema segrega como económicamente significante.

 

El medio ambiente natural, la fertilidad del suelo, la preservación de la usina oxigenadora de los bosques, de las especies vegetales y animales que mantienen en su interacción la cadena equilibrada del mundo vivo, el sustrato inorgánico mineral agotable, la consistencia de la pureza del aire, del océano, de los ríos, la reserva mundial de agua potable, eso que en su conjunto llamamos Naturaleza, ha sido dispendiosamente saqueada en dos siglos de capitalismo por cuanto la contabilidad del sistema siempre consideró su uso como un costo cero que la empresa privada no debía incorporar a su contabilidad, del mismo modo que ningún Estado creyó que la naturaleza fuera patrimonio de la sociedad, ni que su misión como Estado era el de preservar esa propiedad de la humanidad contra el saqueo de grupos privados empresariales y estatales.

 

La conciencia social en íntimo intercambio con la conciencia científica desinteresada atravesó la opacidad de percepción irresponsable del sistema capitalista, mostrando la apropiación indebida del privado sobre la propiedad social transgeneracional de la naturaleza. Se logró al menos que fuera debate de organismos internacionales, que se aceptaran limitaciones aunque fuera solo verbales. Como se sabe, hasta ahora, hasta que todo cambie, esta conciencia social se ha visto sepultada por toneladas de documentos retóricos, por la hipocresía de los Estados, por la soberbia negativa de EEUU, y por la indetenible rutina de las empresas de saquear la naturaleza mientras su rapiña no se asiente como gasto en los libros de contabilidad de la escuela económica dominante.

 

El hambre y las enfermedades ocasionan centenares de millones de víctimas anuales. Rigiéndonos por los propios cánones académicos del costo de producción, se habría debido contabilizar el capital invertido para producir esos centenares de millones de seres humanos producidos por las usinas productoras - las familias - e incorporar su pérdida como una pérdida neta de capital, o por el contrario, a experiencia hecha, contabilizar el costo de mantenimiento de ese “capital humano” y las inversiones necesarias para el mismo. Pero aquí funciona esa espacialísima contabilidad según la cual, cuando el costo de mantenimiento de la unidad obsoleta (hambrienta y enferma) supera al del costo de la producción de otra unidad viable, se prefiere que siga la producción de nuevas unidades (seres vivos) y evitar el costo de mantenimiento de las unidades en obsolecencia por hambre o enfermedad.

 

Naturalmente esta contabilidad no existe para las empresas privadas a quienes el mercado de mano de obra siempre ofrece un nuevo producto de fuerza de trabajo a costo cero. Pero parece menos difícil de aceptar que no aparezca en la contabilidad de pérdidas y ganancias de un Estado representativo de toda la sociedad, y que no sea tarea del ministro de economía, pensar - en las horas libres - si se puede hacer algo para agregar esta contabilidad aunque sea como apéndice, como hipótesis, o si se quiere, como entretenimiento.

 

En el mundo todos los ministros de Economía tienen sí, especial preocupación por el Producto Bruto Interno. Allí naturalmente se incluye la producción de las empresas de bienes y servicios del propio Estado y de las empresas privadas. No se incluye la producción de los hogares a quienes se comete desde hace tres o cuatro millones de años (al menos desde el australopiteco), la producción del recurso “fuerza de trabajo”, para lo cual los hogares realizan una morosa y compleja producción de seres vivos biológicamente aptos para el trabajo y cargan con buena parte del costo de producción del nivel de pericia necesario para incorporarlos al mercado de trabajo. Como esta producción no se contabiliza como producto interno bruto, tampoco se contabiliza cuando el “capital humano” se despilfarra en el desempleo, cuando se rebaja la inversión en insumos para su mantenimiento biológico (alimentación, salud, vivienda, etc.) y mucho menos cuando se lleva al mínimo las inversiones en la formación de la pericia (educación) cada vez más exigente en un mundo inmerso en la mayor revolución tecnológica de la historia.

 

Véase que no hablo de hambre, marginalidad, abandono, enfermedades, utilizando un lenguaje compasivo ni dramático. Eso está vedado a la economía académica y a las ecuaciones. La ciencia económica se expresa cuantitativamente en ecuaciones objetivas, precisas, sin someterse a valores, emociones, ni otros elementos no mensurables.

 

 El economista puede condolerse por ello en casa, no en el ministerio. De ahí que he reducido a las familias, a los seres humanos, a la fuerza de trabajo, a meros instrumentos y objetos del sistema de producción, conforme sean insumos, productos en proceso, productos finales, productos obsoletos y finalmente descartables o convertibles en chatarra.

 

No se puede negar que he aprobado cum laude los requisitos y la exigencia de imparcialidad objetiva de la escuela económica dominante. Me he movido exclusivamente con sus normas científicas y a partir de los propios requisitos de la contabilidad, pero me encuentro con que la Contabilidad de la escuela deja un universo fuera de la cuenta. Que nadie espere que por esto la doctrina se sienta desconsolada. A tal objeción responderá que su tarea es precisamente la de considerar ese universo como un costo de rozamiento y fricción ineliminables en la máquina de la sociedad. Es un parámetro residual, una suerte de “errores y omisiones” del sistema, sobre el que se descarga todo lo que no se sabe dónde tirar.

 

Pero la revolución tecnológica tiene sus leyes. Quienes quieran enfrentarse a este desafío - ya no por compasión - sino por el gerencial motivo de mantener la competitividad de la empresa “Uruguay”, tendrán que incorporar todo ese ítem a la contabilidad social global. De no hacerlo serán gerentes incompetentes, incapaces de elevar la productividad, competitividad y rentabilidad de la empresa. Pero si lo hacen, ni siquiera me importa si no tienen compasión.

 

Otro discurso sobre la miseria de la economía y la

Economía de la miseria en Uruguay

Por las razones que se han debatido en estos días, el Uruguay se enfrenta a una situación de emergencia. A esta se la define como resultante exclusivamente del déficit fiscal, a su vez desencadenante de una crisis financiera de alto riesgo. En las soluciones propuestas - de hecho - no se consideran de emergencia la crisis del empleo, de la producción, de la pobreza, de la marginalidad. Y digo “de hecho”, por cuanto si se las considerase, tendrían a su vez un conjunto de medidas para atacar frontalmente y de modo urgente la reactivación económica, la solución de la pobreza, la marginalidad, el desamparo y el hambre que ya están presentes en sectores vastos de la población.

 

Bien, esto otra vez se explica por la monomaníaca anorexia de la doctrina y sus ecuaciones de primaria elemental, que por supuesto, no pueden expresar matemáticamente lo que significa vivir ese tipo de emergencias. Pero que por lo mismo, tampoco acepta que se tome en consideración el costo económico de no incluir esos problemas en el paquete de ecuaciones y soluciones que ya, ahora mismo, sin esperar más, deben acompañar ese paquete impositivo, que según se afirma, será la señal para que lleguen los créditos de los organismos internacionales.

 

¿Cuál es la dificultad? Que todos los decretos aprobados, por ejemplo - si se aprobaran en el día de hoy -, son todos matematizables. Es tal la potencia aprehensora del álgebra, que se supone que todo lo que no es matematizable no existe. Berkeley no pondría objeción a este retoque de su aforismo: “Ser es ser percibido y matematizable”. De hecho tal fue la opinión que subyacía en la respuesta de un ministro, cuando se le preguntó por qué solamente se decretaba un impuesto a las retribuciones personales: “porque no se pueden evadir”. O sea, la crisis del empleo, de la vivienda, las urgencias del hambre, la miseria y la marginalidad no logran ser expresadas por un parámetro que les permita ingresar a las ecuaciones, porque no son matematizables. En cambio entramos, porque son fácilmente matematizables, en la gravosidad del impuesto a los sueldos y jubilaciones.

 

Quiero explicarme aun más. La situación podría incluso considerarse potencialmente riesgosa. La revolución francesa y la revolución rusa estallaron espontáneamente cuando las mujeres, en París y Petrogrado, con sus protestas saquearon las panaderías. Véase qué banal comienzo para revoluciones que conmovieron al mundo y cambiaron la historia.

No creo que se avecine nada parecido ni por asomo. Pero cualquier tipo de estallido puede surgir espontáneamente en cualquier momento si no se toman rápidas medidas. Quizás alguno, absolutamente confiado en la perfección algebraica de la ecuación, piense que un estallido espontáneo será matemáticamente reprimido incluso aun cuando se expanda.

 

Aceptemos con dolor que así sea, por tanto, estimemos el costo económico de la represión, de los pertrechos del aparato represivo, del costo en destrucción de la infraestructura, del costo de la capacidad productiva interrumpida, etc. sin hablar de los costos humanos que un enfrentamiento provocaría y del legado traumático que perviviría. Un buen estratega político debe ser capaz de plantearse todos los escenarios eventuales.

 

Apuesto que ese costo sería muchísimo mayor y terriblemente más traumático que cualquier otra solución que atienda ya con recursos materiales, la emergencia que viven decenas de miles de familias sepultadas en la pobreza y la marginalidad, única salida que además evitaría el trauma de una conmoción social espontánea y de su eventual represión, Y apuesto a que toda política que asigne recursos públicos a la reactivación económica dará resultados que al mismo tiempo que evitarán la reiteración de la emergencia, tendrán el efecto multiplicador de generar los recursos de repago del costo público inicial de la reactivación económica, por tanto del empleo, por tanto del conjunto de problemas que hoy aquejan a los sectores más débiles de la sociedad. Esa sería la única forma de dar inicio al círculo virtuoso de la sociedad y dentro de ella, de la economía.

 

Combate entre prioridades para todos y prioridades para pocos

Respecto a la anunciada masa de crédito de los organismos multilaterales, el problema no es tanto - por gravoso que sea - el repago de ese endeudamiento en el plazo que se determine, cuanto cómo y en qué se invierte el crédito recibido.

 

La prioridad debe ser ya atender esas urgencias del desempleo, la pobreza y la marginalidad, porque ese no es un gasto sino una inversión productiva, y productiva en el mejor de los sentidos, productiva de un clima democrático y justiciero, solo en el cual es posible postularse otros objetivos productivos. Y sin necesidad de escalar los peldaños de una tarea y luego morosamente la de otra, un paquete de medidas de defensa de la producción nacional afectada por prácticas desleales extranjeras, de sostén inicial a la reconversión tecnológica de ciertos sectores bien elegidos y con futuro, de creación incluso de nuevos sectores no existentes.

 

El Uruguay todavía sigue sometido al prejuicio - que nunca fue verdadero - de que la salud, la vivienda decorosa y la educación son gastos y no inversiones de alta productividad. Toda la retórica es retórica si no se materializa en un esfuerzo de inversión extraordinario en todos esos sectores. El mundo de mañana es el de la expansión de la alta calificación de todos los recursos humanos, lo que además supone la democratización y el acceso igualitario de toda la población a las formas más altas de la educación.

 

Por tanto, se abren dos caminos: o los créditos obtenidos se vuelcan a reparar los estados contables del capital financiero privado, a acrecentar el paquete distribuible en forma del viejo clientelismo piramidal, o se destinan realmente a esas prioridades de atención a los sectores que viven una espantosa emergencia, a la reactivación económica y productiva, a la salud, la vivienda y la educación acelerada del más alto nivel con el más alto nivel de democraticidad de acceso de todos esos bienes a toda la sociedad.

 

Pero vano sería todo si el Uruguay olvida que está inserto en un conjunto de relaciones entre Estados donde no existe la caridad, sino que existen intereses, y que los intereses no coincidentes o contrapuestos se negocian. Nadie puede pagar millones para evadirse del planeta como se hace en el irracional turismo estelar, ni como describe Bradbury en su ficción de la emigración de los negros oprimidos en su célebre cuento. Aquí estamos; y es en ese aquí que debemos plantearnos una política internacional, incluida una política económica.

 

Solo una sabía inserción plural en todos los círculos posibles, Mercosur, tratados bilaterales, formas de alianzas puntuales en defensa de nuestros intereses económicos, con quien sea: Comunidad Europea, Nafta, EEUU, países árabes, Japón y sudeste asiático, etc.

 

La gravedad de la crisis actual deviene del explosivo aumento de la diferencia entre lo que pueden hacer los imperios y lo que pueden hacer los micro mundos rurales como Uruguay es. Por tanto, es la peor crisis - desde Augusto - de todas las periferias que históricamente han estado subordinadas a imperios. O sea, sencillamente estamos siendo arrastrados por el tsunami global.

 

La crisis de 1929-33 en Uruguay fue tan espantosa como la universal. Y desembocó donde sabemos. El Uruguay siguió la senda abierta desde 1931 por Inglaterra, por varios países de Europa central, EEUU, etc. Intervención del Estado, proteccionismo, contralor de cambios, etc. Uruguay no inventó nada. Todo estaba ya inventado en Inglaterra y EEUU, Uruguay utilizó sus modelos. Y el modelo siguió hasta que se agotó.

 

Los autocalificados economistas seguidores del manual neoliberal, afirman que el Uruguay habría inventado toda esa abominable caja de herramientas de la intervención del Estado, y que por testarudez siguió aplicando insanamente en la posguerra mundial, cuando el mundo abría sus fronteras y expandía la libertad de los mercados. Es el mundo y la historia del revés. Exactamente lo contrario. Porque lo que no pudo hacer Uruguay en los años 50-60 fue seguir el ritmo del estatismo, proteccionismo y mercantilismo de los grandes centros (EEUU, Europa occidental, Japón). No pudo porque precisamente no estaba viviendo en palacio, sino fuera de palacio. No tenía murallas contra los depredadores del mercado mundial. Y los otros eran depredadores precisamente porque tenían murallas para defenderse y máquinas de asalto para derribar los muros de adobe de la economía uruguaya.

 

Los economistas académicos de la escuela neo-paleo-liberal, no solo saben poco de economía, salvo la suya, sino que además se ufanan de ignorar la historia y quienes la saben, gozan en ocultarla.

 

En el hemisferio norte, los padres de esta criatura teórica tienen poder. Pueden darse el gusto de ignorar Homero, el Quijote, el Renacimiento, pueden jactarse de ser zafios, de no necesitar saber, porque pueden pagar y alquilar al escriba que lo sepa.

 

Nosotros no. Estamos angustiosamente necesitados de saber historia. De saber por tanto qué se puede hacer de aquello que se hizo antes, y qué no se puede hacer de lo que se hizo antes.

 

Por último y breve, porque sobre lo que sigue, tengo demasiado para decir, un universo para estudiar, y poquísimo espacio para discurrir. Esto no es posible sin un amplio consenso político y partidario, que abarque a las organizaciones sociales, a las instituciones de enseñanza, a los productores y trabajadores del campo y la ciudad.

 

Y aquí solo hay una dificultad, una pero corposa, que me inquieta, la cuestión de si habrá una posibilidad de acordar en torno a estas prioridades, la cuestión de si poseemos el suficiente nivel de sabiduría política como para consensuar la aplicación de esas medidas. En definitiva, si esta crisis podría hacer nacer incluso una flor nueva, la de la cultura del consenso para la emergencia coyuntural y para la estrategia de amplio respiro.

 

Esta es la opción prioritaria. No habrá opciones de inserción en este mundo global, si no se resuelve previamente - en el concepto, no en el tiempo - la capacidad de conformar un espacio vasto de apoyo a otro modelo económico, donde el diálogo y el consenso entre todos los partidos, organizaciones sociales, hombres de la inteligencia y la cultura, serán los únicos instrumentos capaces de un proyecto de inserción viable en un mundo que no dominamos, pero en el cual estamos, y en el que debemos navegar sin evasiones y sin utopías. Para que advenga: Ora pro nobis.

(Montevideo, 14-27 de mayo de 2002)

 

A modo de Apéndice metodológico

El lector puede saltearse este apéndice, que es apenas una densa síntesis de un trabajo metodológico que está incorporado en un libro de historia concreta sobre el cual fatigo hace años. Pero puede que tenga algún interés para quienes luchan contra los mismos molinos que yo. Si lo exhibo temerosamente como apéndice es porque el pudor me impide integrarlo en la Ponencia.

 

Sobre cómo una ecuación no-lineal de la economía

y la sociedad es un artefacto igualmente inalcanzable

La economía es un concepto difuso, polisemántico, al punto que cada escuela y cada economista tiene el aparente derecho a definirla a su modo. Cualquiera sea su definición, la economía real es una, más allá de las dificultades de su representación conceptual. Y esta representación, en tanto subconjunto desgajado analíticamente del conjunto actividad-global-de-la-sociedad, es precisamente un subconjunto cuya actividad está sometida a las actividades de otros subconjuntos - sociales, culturales, normativos, religiosos, auto perceptivos, etc. - que a su vez sufren la determinación del subconjunto economía, e interactúan y sobre determinan y están sobredeterminados por el saldo de las interacciones de los demás subconjuntos entre sí, del todo con cada parte, de las interacciones entre parejas, tríadas, etc., de cualesquiera subconjuntos significativos del conjunto totalidad.

 

Cada uno de los posibles subconjuntos cuando son analíticamente perceptibles por sus actores, suelen generalmente ser percibidos como tales, solo cuando han configurado una cierta autonomía de función, cuando la fusión - confusión originaria e indiferenciada entre actividades originarias deja paso a la fisión entre actividades, de modo tal que se las comienza a denotar en el concepto como actividad relativamente autónoma, o sea una actividad que se reitera por un lapso suficientemente prolongado como para que se la reconozca como actividad separada, transformada en un ente separado de otros entes (actividades) y se siente la necesidad práctica de denotarla en el discurso (cotidiano o culto).

 

De ahí que solo morosamente, el objeto así deslindado como relativamente autonomizado, recibe una mirada pesquisadora, que la percibe como objeto específico de conocimiento, y que por tanto puede admitir un método específico de conocimiento que tarde o temprano se convierte en ciencia relativamente específica de conocimiento del objeto dado, en tanto actividad que se reitera el plazo suficiente para que sea aceptada intuitivamente como relación real, específica, que los hombres establecen entre sí, en el ámbito mayor de las relaciones generales de los hombres entre sí.

 

La transformación de una relación (o intercambio específico de actividades entre los hombres), cuando es analíticamente separada del conjunto mayor, cuando es abstraída del conjunto mayor, admite - y casi exige - que se la considere - temporalmente - como un objeto suficiente en sí mismo, para poder percibir sincrónicamente los atributos de su ser “actividad”. El riesgo implícito en la operación analítica de abstracción solo puede ser compensado si se aborda la tarea de recuperación de su inclusión en el conjunto totalidad real, mediante la síntesis del objeto representado con el objeto totalidad representado. Lo concreto es la síntesis de todas las determinaciones y las determinaciones son por definición diacrónicas, desplegadas en el movimiento y en el tiempo.

 

Ese momento del proceso de pensamiento supone percibir ese objeto “actividad” en su existencia diacrónica, como un ente constantemente interconectado en el tiempo con el conjunto, de modo tal que se perciba la sobredeterminación que recibe del entorno, las modificaciones que adopta para seguir siendo idéntico a sí mismo (o sea, para permanecer como actividad, como ser, como ente, sin ser aniquilado por el entorno), y a su vez, cómo modifica al entorno con su propia actividad y con ese su propio modo da adecuarse a las modificaciones del entorno.

 

Toda actividad históricamente muy prolongada es percibida por sus sujetos, como una actividad que trasciende al sujeto, a la sociedad de sujetos, y que posee los atributos de una dada eternidad, al punto tal, que aun cuando la actividad en años, siglos o milenios se haya modificado radicalmente, puede no ser percibida como habiendo cambiado ni la actividad, ni el conjunto total da actividades, ni el sujeto sociedad partero de la actividad específica y de la totalidad del conjunto de actividades, ni el portador individual que participa de la toma de conciencia.

 

De ahí que la percepción o conciencia real de la actividad puede rezagarse relativamente bastante de la propia modificación de la actividad. Y esto no puede asombrar, porque la toma de conciencia de la propia actividad, de su modo de interactuar con las demás actividades deslindadas y con la actividad de la sociedad en su conjunto, es a su vez, una actividad específica de la conciencia social y de sus alícuotas las conciencias subjetivas individuales. Y también ella en tanto actividad de la conciencia, está sobredeterminada por el entorno y sobredetermina todas las demás actividades deslindadas por su modo específico de percibirlas.

 

Esto significa que su modo de percepción no puede menos que modificar al objeto mismo percibido, porque al modificar su comportamiento frente al objeto percibido, no puede menos que modificar al objeto mismo que percibe, dado ese su comportamiento puede ser todo lo apropiado o todo lo irracional que imaginar se pueda, de cuyo resulta que en tanto comportamiento suyo fruto de una dada percepción del objeto, pueden suscitarse alternativas divergentes de comportamiento modificador de ese objeto (su entorno).

 

Ahora bien, supongamos que se desee retozar y jugar al juego matemático. En tanto representación simbólica de la realidad, la notación matemática reclama que se definan por un lado los objetos significativos de la dinámica que se desea caracterizar, y por otro lado la de asignarles los términos símbolos, uno a uno; y por último debe definir los comportamientos y relaciones entre los términos reales expresables en comportamientos y relaciones entre sus símbolos. Esto supone en primer término caracterizar los objetos “actividad” con un dado criterio, criterio que predetermina el modo de su combinación simbólica en el modelo pensado de esa realidad concreta que lo precede; y que por ello, en tanto realidad concreta, no se somete a la combinación simbólica de sus representaciones, sino exactamente todo lo contrario, dado que esta combinación de los símbolos, podrá ser más o menos una representación válida si el criterio que la precede es válido.

 

La dictadura matemática de las ecuaciones reduccionistas sobre el comportamiento de los hombres se revela lo que es, en el mejor de los casos, una mordaza neurótica con que los hombres limitan su propia potencia y en el peor de los casos un rito shamánico para anestesiar las resistencias de una tribu inquieta. “Mi” criterio de creación de pares objeto-real versus símbolo-pensado, es el que considero válido, e infinitamente más abarcativo de lo real que los reductivos de las diversas escuelas que se disputan el legado neoclásico. Todos los sujetos pensantes - yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos - tienen igual posibilidad de tentar su ecuación abarcativa con mayor o menor cantidad de términos.

 

Supongamos por ejemplo el siguiente elenco: (e) economía; (s) relaciones sociales entre los hombres en la producción, distribución, consumo e intercambio de los bienes y servicios; (j) conjunto de normas que regulan las relaciones entre los hombres; (p) relaciones políticas y carácter de los órganos coercitivos de poder a los que se comete la función de imponer las normas; (t) nivel de la tecnología, del conocimiento, y de las formas de su transmisión y ampliación; (n) grado de satisfacción de las necesidades humanas históricamente fijadas y del nivel de acceso a los medios de producción, trabajo y subsistencias (alimentación, salud, vivienda, etc). (c) conciencia que la sociedad posee de su propia forma social de existencia; (h) memoria histórica y/o mitológica y tradiciones de la sociedad; (v) valores dominantes en la sociedad; (d) democraticidad, o grado de participación de los miembros de la sociedad en la determinación de todos los elementos anteriores incluido: acceso a los comandos de la economía, determinación de las relaciones sociales, de la creación normativa, de los órganos de poder, de acceso a la tecnología, a los medios de producción y trabajo, a la satisfacción de las necesidades sociales, a la conformación de la conciencia social, de la memoria histórica y las tradiciones, de los valores, y a la propia expansión de la democraticidad.

 

Por supuesto podemos asimismo trazar una dependencia entre los referidos términos, de modo tal que en un cierto momento histórico, tales o cuales términos son equipotentes, por lo cual todos los términos dependen del nivel dado de todos los demás, o que en otro instante, algunos de los términos son más y otros menos dependientes del nivel de los demás, o que algunos son coyunturalmente decisivos e imponen un alto grado de dependencia a los restantes, etc. Sea como sea, se puede diseñar primariamente una formulación en la que la dinámica de la sociedad (DS) es función del nivel o grado de esos términos asignados, taquigráficamente expresados en esta igualdad: DS = f (e,s,p,j,t,n,c,h,v,d)

 

Aquí se considera que todos los elementos son igualmente objetivos, que incluso los términos supuestamente subjetivos: conciencia de sí de la sociedad, memoria de sí, valores, u otros cualesquiera, son entendidos como objetivos. Cualquier estudioso de la historia sabe que el nivel de correspondencia entre la conciencia social y la sociedad real, por mítica y falsa que pueda parecer a una parte de sus actores que no la compartan, o a los que no participan de ella en el espacio o en el tiempo y por tanto tienen dificultades para comprenderla, es un dato objetivo en tanto resultado de una determinada historia de conformación secular de la propia conciencia social, de sus tradiciones y valores. Las sociedades no crean artificiosa e instantáneamente ni su conciencia, ni su memoria de sí, ni sus valores. Por el contrario son los elementos de forja más morosa y de mayor y más prolongada resistencia al cambio y a la extinción.

 

Algún diestro matemático podría incluso crear un modelo más complejo de realimentación entre los términos, creando algún sistema de ecuaciones de n grados que satisficiese las dependencias y dominancias de unos términos con otros, y algún otro barroco artificio que diera cuenta de las variadas posibilidades históricas que ofrece un organismo tan complejo y tan cambiante a lo largo de su existencia humano-social.

 

De todos modos ni siquiera sé si alguien haya hecho el intento, pero el sentido común sí que lo ha más o menos resuelto, desestimando el intento y confiando en el saber hacer pragmáticamente una opción política que trata de atender la evidente y esencial interdependencia y contradictoriedad del objeto sociedad, de sus subconjuntos (e,s,p,j,t,n,c,h,v,d) y de la probable imposibilidad de reducir su dinámica interactiva a una ecuación, que en todo caso, no sería sino un truismo, una tautología, una mera taquigrafía de conceptos.

 

Pero la empiria histórica, y este razonamiento de imposibilidad por el absurdo, han más que demostrado la fatuidad de reducir este complejo ovillo intercausal de n dimensiones y de n incógnitas a ecuaciones lineales de juegos de mesa.

 

Sin duda la proliferación de los términos, la capacidad abarcativa del sistema de ecuaciones que se derive, - se objetará por parte de mis contradictores - imposibilitan el montaje de una matemáticas manejable. Sugerirán lo tantas veces afirmado, que cuanto menos términos conformen la o las ecuaciones, tanto más fácil será despejarlas y recibir sugestiones aplicables a la práctica económica. Este razonamiento se lo encuentra entre muchos sesudos economistas, y pocos advierten que es algo así como no buscar las llaves perdidas donde se han caído sino cerca de un foco de luz porque se ve mejor.

 

Sería la confesión auricular del pecador. Hete aquí que ponderan las ventajas de la extrema simplicidad de sus ecuaciones, lo cual ciertamente es inmejorable para los juegos de mesa, pero no para representar la dinámica real de la sociedad ni de sus subconjuntos (economía, producción, etc.)

 

Pero de todos modos la doctrina se aplica; de todos modos se la hace pasar por ciencia, y con ello, sus autores creen que endosándose la túnica cándida de la cientificidad serán elegidos al Senado académico, o por lo menos podrán acorralar a sus contradictores y sedar a los que padecen las consecuencias

 

Pero la gente común continuará reclamando el cumplimiento de una verdad milenaria, intuitiva y elemental: que toda la humanidad tiene igual derecho a gozar de la vida, de sus frutos y de los frutos de su trabajo.

Será difícil matematizar una ecuación que los calme y los pacientice.

No me hagan recordar la historia que confirma cuanto digo.

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