 |
Julio Rodríguez: “No me
hagan recordar la historia
que confirma cuanto digo” |
 |
Julio: pienso, luego existo
Raúl
Legnani |
 |
Un gran intelectual del
barrio de La Mondiola
Esteban Valenti |
|
|
Julio Rodríguez: “No me hagan recordar
la historia que confirma cuanto digo”
“Historia entorno a
la infatigable búsqueda de la libertad de los mercados. Endebles
son las defensas de la región. El Mercosur de hecho no existe. O
sea, si se quiere crear un organismo regional eficiente hay que
inventarlo de nuevo. Pero con un pie afuera. Brasil y Argentina
siempre han arrojado sus desechos en la vereda nuestra. Y lo
harán en el futuro por la desproporción de escala. No se trata
de maldad o de falta de generosidad, ni de cultura ni de buenas
maneras. Las leyes internas del poder les reclaman exportar el
caos al entorno para mantener el mínimo de orden al interno"
En mayo del 2002 el
general Líber Seregni y su Centro de Estudios Estratégicos 1815,
realizaron un seminario llamado "URUGUAY: Opciones para su
inserción en un mundo global”. Uno de los disertantes fue el
profesor, historiador Julio Rodríguez, quien falleciera el
pasado 13 de julio a los 75 años de edad, Lo que sigue es el
texto completo de aquella magistral conferencia.
De
la limitación de las opciones en aquellos que no las tienen
y que si la tienen es poca
Durante toda la época colonial la naciente sociedad que un siglo
después formaría la República Oriental del Uruguay, no tuvo
opciones. Las opciones eran ajenas y las penas de nosotros.
La Revolución de Independencia fue una opción compartida en el
virreinato del Río de la Plata y luego solitariamente proseguida
por nuestro país con su territorio y su jurisdicción propia. Nos
confrontamos, pues, a las opciones abiertas para una cierta
inserción autónoma en un mundo global.
Cuando nacimos, existía un determinado grado de interconexión
global de todas las regiones del planeta, y un centro dominante:
Gran Bretaña, cuna del capitalismo moderno. Con él por primera
vez surge un sistema económico cuyo motor interno exige su
expansión planetaria. El sistema capitalista crea su principal
criatura: el mercado mundial, y un seguro para su expansión: el
sistema colonial, ambos como intención y como realidad. Los
anteriores sistemas económico-sociales ni lo necesitaban ni lo
concebían.
Se trata de una opción planetaria objetiva sui generis, ya que
no fue proyecto de nadie en particular, sino resultado de la
autoorganización (autopoiética) del propio sistema, del paso de
las simples relaciones mercantiles a la autor reproducción del
capital. Y ciertamente, el movimiento reiterado de conversión de
la premisa en resultado, conllevó a que los Estados portadores
de ese nuevo nivel de sociedad internalizasen como proyecto y
estrategia la percepción, segregada por esa eficacia, de la
expansión del novísimo sistema económico; y que además
internalizasen que esa eficacia se redoblaba si esa conversión
forzada del planeta en mercado mundial era sostenida por el
aparato coercitivo de sus respectivos estados mediante dicho
sistema colonial.
Y es en ese mundo donde debemos ver los grados de libertad y el
abanico de opciones que se abren a este nuevo Estado
independiente.
En primer lugar el Uruguay no elige el sistema internacional
dentro del cual proponerse opciones: encuentra ya constituido el
sistema económico mundial capitalista dominante y asimismo, el
bajo nivel de sus propias relaciones socio-económicas internas.
Encuentra ya formado el mercado mundial; e ingresa a ese sistema
mundial de Estados con una dada correlación de fuerzas de los
Estados, y con un sistema de relaciones políticas
internacionales donde la desigualdad, la estructura jerárquica
de poder entre los Estados, las formas de subordinación
correlativas, están ya formadas, constituidas, y por supuesto,
enarboladas para ser ejercidas, y dentro de las cuales hay que
aceptar ese “mundo tal cual es”: como realidad objetiva que se
formó sin consultar nuestras opciones y que se nos impone como
dato “natural” que preexiste nuestra propia emergencia como
Estado, y que circunscribe, limita, acota y cristaliza un escaso
espacio de derechos, de libertad, de opciones, tanto más
restringidos por cuanto lo específico de nuestro parto nos hizo
de dimensión minúscula.
Tratemos someramente la inserción del Uruguay
en el mercado mundial, las alternativas de su mayor o menor
subordinación y los grados de libertad de sus opciones de
inserción, en el seno de un sistema imbricado económico-político
global como totalidad inescindible, y por tanto, irreductible a
cualquier modelo reductivo economicista tal como los que son
usuales en la retórica académica del “fundamentalismo de
mercado” (de Joseph Stiglitz, ”El malestar de la globalización”)
que por tanto es una pura entelequia carente de realidad
objetiva, pero con la prepotente pretensión de sustituir
al objeto sociedad real.
La inserción siempre fue una inserción subordinada con un
dado paquete de grados de libertad, muy escaso, porque ese
paquete estaba ya desigualmente repartido desde nuestro parto
como país.
En cada fase histórica, solo se trató de cómo modificar la
inserción y aumentar nuestros grados de libertad (o sea de
autonomía e independencia real). Yo creo que la otra gran
oportunidad donde el Uruguay manejó y empujó en lo posible la
opción fue a comienzos del siglo XX con la conformación
de lo que se ha dado en llamar el estado batllista que,
por supuesto, trasciende - por importante que haya sido - el
papel de José Batlle y Ordóñez y de su partido.
Ahí el Uruguay se abrió un espacio determinado, supo manejar con
inteligencia un conjunto de posibilidades reales en un mundo
que, por supuesto, no podía determinar.
En definitiva, la formación del mercado mundial, desde los
primeros esbozos del sistema colonial en el siglo XV hasta su
finalización y reparto final del mundo en el último tercio del
siglo XIX, dio acabado a la ínter conectividad mundial, a la
interdependencia de todas las regiones del planeta al sistema.
Pero hay que señalar que el sistema de interdependencia real
tiene dos polos: el polo de quienes gozan de los beneficios
de la interdependencia y el polo de los que sufren los
maleficios de la interdependencia.
De quiénes gozan y de quiénes sufren la interdependencia
La interdependencia entre todos los pueblos del planeta,
progresivamente fue incorporando forzadamente a todos los nichos
“indescubiertos” y temporalmente des-conectados de todas las
sociedades.
Esta interdependencia deja de ser una definición neutral cuando
además señalamos lo esencial: el mundo se divide entre quienes
gozan la interdependencia y entre quienes sufren la
interdependencia.
Esta interdependencia fue creciendo como tal, como
interdependencia.
Porque es posible medir el nivel o grado de expansión y de
complejidad de la interdependencia que en sí misma significa
aumento del intercambio de actividades entre los hombres y
aumento del intercambio del producto de esas actividades entre
los hombres. O sea: aumento del intercambio de bienes, de
servicios, de capitales, de fuerza de trabajo, etc. Y aumento de
las masas de población que participan en ese intercambio. Pero
lo que más importa en esa expansión de la interdependencia es
que ella se realizó bajo la forma universal de capital y
con la disminución de las formas de intercambio de valores de
uso sin revestimiento mercantil.
Rasgo que la separa radicalmente de todas las formas anteriores
de globalización y que la convierten en un salto histórico
cualitativo.
De la inserción al sistema globalizado nadie se escapa, de la
interconexión global entre todos los seres humanos nadie puede
evadirse.
Por tanto, el problema angustiante es el delinear las opciones
entre un programa máximo: cómo se pasa del sector de los que
sufren al sector de los que gozan la interdependencia (programa
éticamente descartable, y necio para nuestra escala); y un
programa mínimo: cómo aliviar los males de la interdependencia.
Y esto perdurará, salvo que haya un cambio radical de la
interdependencia universal que suponga la desaparición del
problema como tal. Como a corto plazo no lo hay, como a mediano
plazo no se vislumbra, y como a largo plazo estaremos todos
muertos, dejemos el cambio radical a nuestros descendientes
de no sé qué siglo de no sé qué milenio.
Pero la interdependencia no se define entre individuos, sino que
está determinada y mediada por los Estados, o como cada
vez más ocurre en nuestros días, entre comunidades
económico-jurídicas estatales (dentro de las cuales los Estados
conservan un grado contractual de autonomía diferenciada según
el tipo de Comunidad interestatal)
Los Estados anteriores a la irrupción del dominio aplastante de
Gran Bretaña, estaban habituados a la constante e indiscutible
intervención del Estado en la economía nacional e internacional.
Y en este intercambio económico entre los Estados se recurría
constantemente a la violencia, a la agresión, a la guerra, a la
conquista y al saqueo de los débiles por parte de los más
fuertes. La “razón de Estado” teorizada por Botero, era la
reasunción por parte del Estado, de las relaciones bio-animales
entre las tribus primigenias y entre los Estados antiguos: Todo
Estado ajeno es, como antes, considerado pura naturaleza animal,
y por tanto depredadle, saqueable, conquistable, ajusticiable
incluso mediante el genocidio.
Cuando surge el mercado mundial, este se impone por la fuerza.
Y luego con el tiempo, perdura por las ventajas objetivas
de la división del trabajo (o la especialización) mundial. Y
esta división del trabajo cristaliza y aumenta la desigualdad
porque se la dirige por los grandes Estados para que las
llamadas “ventajas comparativas” se realimenten
exponencialmente hasta que se las pueda teorizar
hipócritamente como hecho natural ahistórico, supuestamente
cándido y objetivo.
De cómo se trata de hacer lo que yo digo pero no lo que yo hago
La piadosa búsqueda del Santo Grial que durante siglos tanto
agitara a no menos santos caballeros, posiblemente sea de la
misma madera que la búsqueda de la Santa Libertad de Comercio,
perseguida por los piadosos sectarios del Consenso de
Washington. Pese a cuanto diga la llamada escuela neoliberal o
conservadora (que cada uno la denomine como guste), la libertad
de comercio, los mercados libres, solo existían como aspiración
académica o como retórica de aquellos pocos que por su potencia
exigían a los demás que la aceptaran. Gran Bretaña, - se lo
olvida -, erigió su potencia con las mejores y más eficaces
leyes proteccionistas siempre sostenidas por la violencia contra
los reluctantes, conforme al aforismo británico de “donde no
pasen nuestras mercancías, pasarán nuestros soldados”. EEUU
nació proteccionista y fue perfeccionando paso a paso su
sistema hasta desembocar en el New Deal de los años 30. Los
ejemplos son incontables.
El llamado “consenso de Washington” (con su tríada capitolina:
Hayek, Friedman, Greenspan) por supuesto, es un producto de
exportación. El automatismo del mercado nunca existió, tiene
toda la libertad de movimiento que le permite un conjunto de
reglas de juego a las que se le da un determinado intervalo de
vida útil, para que operen hasta que efectivamente ya no
conviene que tengan esa libertad.
O sea que el automatismo del mercado siempre vivió en “libertad
vigilada”.
Por ejemplo, la retórica académica y la publicística que hace su
marketing, difunde como si fuese una ley natural, casi
gravitatoria, el monto de la tasa de interés. Pero mal que le
pese, la tasa de interés es un acto burocrático,
administrativo, decidido por el Estado, o cedido a un banco
central alter ego del Estado.
La fijación administrativa de la tasa de interés fue impuesta
por la fuerza por el gobierno inglés a la Banca de Inglaterra a
mediados del siglo XIX, cuando el mundo descubrió las dos
primeras crisis cíclicas del capitalismo. Hasta entonces la
Banca se fiaba solo en el automatismo y consideraba una
bellaquería que se lo mancillara. Pero el caos de esas crisis
jamás vistas, devino en terremoto. El gobierno británico recordó
entonces que su poder administrativo existía para ser usado.
Intervino la Banca y la obligó a usar la tasa de interés como
palanca política de regulación del ciclo.
La mano visible del gobierno político le quebró las
falanges a la mano invisible del mercado. Y desde
entonces siempre fue, es y será “de aquí a la eternidad”.
En mi intervención oral del Seminario sobre Servicios públicos
de mayo del año pasado, recordé que la teoría retóricamente
dominante es la ideología que el imperio vende a los tontos,
pero que no aplica al interno, al modo en que
Manchester fabricaba telas con diseños tribales para el Africa o
ponchos para el Río de la Plata, sin que fueran vestidos o
endosados en Gran Bretaña, o al modo de aquellos detergentes no
degradables que importábamos alegremente, pero cuyo consumo era
prohibido en las metrópolis, o al modo de las bolsas de nylon
que usamos los tontos de todos los países tontos, pero que en
EEUU fueron sustituidas por las de papel, etc.
Un artefacto semejante es la ideología del libre cambio, del
libre comercio, del mercado automático y la mano invisible,
ideología cuyos inventores jamás, léase bien, jamás,
aplicaron en la economía de sus países desde que fuera por ellos
creada en el siglo XIX. La intervención del Estado y las leyes
proteccionistas norteamericanas de los siglos XIX y XX, siguen
vigentes.
Toda la actual normativa es una simple serie de modificaciones
coyunturales de la ley de Tratados bilaterales del período del
New Deal de los años 30 Inglaterra sólo comenzó a aplicar
retazos de esa doctrina en la segunda mitad del siglo XIX,
porque su productividad y el mecanismo perverso del patrón oro,
depositaba en Londres todas las reservas monetarias y títulos
del mundo, para el clearing mundial.
Algunos países de Europa (y de América Latina) fueron fugazmente
seducidos por la mentada doctrina durante la llamada “década
liberal” de los 1860s, y de inmediato treparon a la carrera la
escalera del proteccionismo y el intervencionismo estatal.
Inglaterra abandonó su teoría, ideología y política económica en
la primera guerra mundial, y jamás reincidió. En fin, Europa
Occidental desde la creación de la primera comunidad económica
europea a fines de los 50, aplica a rajatabla, colectivamente,
lo que fuera su tradicional política histórica, el
intervencionismo y el proteccionismo más descarado,
discriminatorio y arbitrario que se haya conocido jamás, salvo
en EEUU.
Incluso en esto.
Europa Occidental tiene sobre EEUU la enorme ventaja cultural de
saber crear lubricantes teóricos tan diestramente escritos que
suelen hipnotizarnos si nos distraemos. Como se sabe aducen
razones ecológicas, de paisaje humano, de conservación de
estilos de vida, etc. Obviamente los suyos. La ecología, el
paisaje humano y la conservación del estilo de vida de este
Uruguay y otros países igualmente descartables, no puede
ingresar a la teoría porque el libreto está hecho, la
platea está colmada con los socios privilegiados y en las
ventanillas cuelga el cartel de “entradas agotadas”.
Entonces ¿dónde y bajo qué forma existe el libre
comercio, la libertad de mercados y todas las categorías
emparentadas? ¿Quién lo aplica?
Nadie.
Como se sabe hubo intentos de crear un mundo real a partir de la
“realidad virtual” de la doctrina. El GATT se formó para eso. Y
su heredera es la actual Organización Mundial de Comercio. En
los limitados campos que impuso una dada libertad de comercio
(en los sectores propios y convenientes para los grandes),
prácticamente no hubo espacio para lo esencial de nuestras
exportaciones agrícolas y de productos industriales derivados,
sometidas a la arbitrariedad de los grandes Estados, principales
clientes potenciales de los mismos, e incluso de aquellos que
habían sido nuestros tradicionales compradores antes de que cada
uno ingresara a la Comunidad Europea).
Los detalles seguramente serán ofrecidos por otros miembros del
seminario.
Contra la idea bastante dominante hasta poco tiempo ha, mantengo
la opinión de que si bien el futuro no está escrito ni está
sometido a la fatalidad, una posibilidad real abierta es la del
recrudecimiento neo-mercantilista entre las grandes potencias y
- de paso cañazo - contra los países más débiles en el que
estamos incluidos.
Sobre la aplicación de la Etología del Entorno
al dominio de la Sociología de la globalización
Varias veces utilicé la imagen del comportamiento de los
pequeños mamíferos entre las patas de los desmesurados
dinosaurios. El débil y el pequeño deben ser tanto más
inteligentes, diestros y astutos, cuanto más minúscula su
escala.
El primitivismo economicista de la escuela dominante, es
incapaz de saltar por encima de su propio corral teórico. Pero
nosotros estamos obligados a conocer con precisión el entorno.
El depredador estudia el comportamiento de la presa. Tanto más
obligatorio para la presa conocer el comportamiento y la
ideología del depredador
Veamos pues el entorno ecológico y el tipo de depredadores que
rondan en el planeta, con especial atención a la cosmovisión del
depredador y a su forma de percepción trófica de la presa.
El doble discurso es una necesidad en una dada correlación de
fuerzas. Desde el genoma inicial del zorro que entrevera las
huellas, hasta el del tero que grita donde no pone los huevos,
algo de ese fragmento de ADN ha pasado al Homo Sapiens, que
constantemente ha necesitado decir lo que no hace y hacer lo que
no dice. El lenguaje emite señales, pero tales señales pueden
ser falsas o verdaderas, y porque pueden ser igualmente captadas
como tales, Homo Sapiens creó la simulación y el doble discurso.
Quizás hay una cierta selección natural en la promoción de los
estadistas, y una selección natural aun más escrupulosamente
monitoreada de los estadistas de los imperios.
Esto quizás explique la co-incidencia del dominio unipolar de
EEUU y el irresistible ascenso de George W. Bush a la
presidencia de la potencia hoy dominante. Ciertamente no se
puede pedir que Bush haga gala de un exquisito doble discurso.
Si, como parece, le cuesta hilvanar un discurso y encontrar las
palabras correctas sin reemplazarlas por las que suenan
parecido, sería poco humano reclamarle que preste atención a dos
discursos cuando apenas puede con uno. De ahí que en este nuevo
imperio americano se hayan creado dos discursos pero en dos
portadores distintos. Los voceros de lengua sobada reiteran el
viejo discurso de la libertad en general y de la libertad de los
mercados en particular. Bush emite el solo discurso que ha
aprendido en la lingua franca de la tradición vaquera del
genocidio indio, el de la impunidad. Y la impunidad no vive de
discursos sino del big stick.
La impunidad de EEUU es lo único que puede explicar que aplique
además una política económica internacional que ya ni se
preocupa de revestir con la retórica neoliberal o paleo
conservadora (“If you like”). Ya no necesita edulcorar con
ideología y modelos algebraicos triviales o barrocos, su
voluntad irrestricta o prepotencia (etimológicamente
pre-potencia, o sea puesta en práctica de su voluntad sin
necesidad de recurrir a cada paso a la puesta en práctica de su
potencia depredadora o venatoria Potencia que se da por sabida e
interiorizada en los tropismos temerosos, temblorosos, de
“nosotros”, la presa o preda, objeto de la depredación y -
naturalmente - en los tropismos de la fuga, o en caso de estar
acorralados, como de hecho lo estamos en un planeta chiquitito y
lleno de gente, el tropismo del pánico, porque no hay puerta de
emergencia que se abra a ninguna parte.
La desaparición de la bipolaridad, y la re-emergencia de una
sola potencia dominante global, hace asimismo re-emerger
la ideología imperial desnuda, al mejor estilo del viejo
imperio romano, de la Casa de Austria del imperio español,
(elegid imperios), y del más inmediato antecedente - de la
aceptada dominación económico-política de John Bull (“dueño de
los mares” y “dueño de Lombard Street” y del mercado mundial).
Recojamos los mejores [o sea peores] atributos de todas esas
formas de dominación y de ideología racista, tribal, fría y
cruel, de todos esos sistemas de dominación de 3000 años de
historia, y tendremos la actual forma de dominación de EEUU.
Insisto sobre lo que alguna vez dije [y que naturalmente no
inventé] que la ideología bíblica del “pueblo elegido” ha
sido la canción de cuna y la línea melódica de las primeras
rondas infantiles del rústico y primigenio pueblo
norteamericano, formado en la idea calvinista de que la
riqueza es la señal que Dios da a los ricos para saber que
están salvados por la eternidad, por gracia y arbitrio de
Dios (del suyo, pues gozan del monopolio de Dios), desde
antes de que los ricos tengan nada que hacer en este mundo y sin
que nada tengan que hacer para merecer la salvación.
Que la pobreza es la señal que Dios (suyo) da a los pobres
para saber que están condenados para la eternidad por gracia
y arbitrio de Dios (el suyo), desde antes de que los pobres
tengan nada que hacer en este mundo, y sin que nada tengan que
hacer para merecer la condenación eterna.
Los que han sido
elegidos para ser salvados - por puro acto de predestinación -
deben demostrar solo una cosa, que por amor a Dios odian a los
condenados, por lo tanto, todo acto de caridad, ayuda y
solidaridad hacia los pobres, no solo es colaborar con los
condenados (¡¡Anatema!!), sino que es una arrogante y
subrepticia crítica a la predestinación de Dios, un intento
diabólico de cambiar el plan divino que quiso marcar para
siempre la separación radical entre los salvados y los
condenados.
A este cimiento teológico calvinista se agrega la certeza de que
Dios siempre tiene un pueblo elegido. Que los hebreos
perdieron ese privilegio cuando rechazaron a Jesús como Mesías,
y que el pueblo elegido, es el anglo-sajón, hasta que finalmente
se redujo solo al de EEUU. Gracia y privilegio que son finales e
irreversibles, que la tradición norteamericana con todo derecho
y justicia califica de “Destino Manifiesto”, revelado en su
propia y específica”zarza en llamas” al filo de los siglos 19 y
20 en un libro célebre. [Olvidé el autor, está en algún estante
del segundo piso de la biblioteca].
Se me dirá que en EEUU toda esta teología e ideología no se
discute en los bares ni es teoría que todos reciten como
eruditos de plaza. Cierto. Pero todo el mundo de valores que
impregnó la historia de su sociedad, la hizo suya bajo las
formas más exquisitas o las más vulgares.
Bueno, bueno…, no desprecéis la vulgata.
Fue su éxito como ideología vulgar, la que precisamente, la
transformó en ideología dominante. Reagan y Bush son los
mejores exponentes de esta Vulgata, gracias a sus poderosos
bulbos olfativos de perros de caza que huelen a distancia el
mínimo aroma azufrado del Diablo que segrega el Eje del Mal, y
que constantemente exorcizan los demonios con misiles. La
irreconciliable escisión entre “elegidos para la salvación” y
“elegidos para la condenación”, es la base teológica sobre la
que - mediante digestos sucesivos - se edificó la hoy
avasallante distinción ética, moral, económica, social,
cultural, ideológica, de la vulgata chabacana de los filmes,
seriales, periódicos, revistas, que dividen al mundo entre
“winners and losers” (ganadores y perdedores).
Es la versión cotidiana, coloquial, - posiblemente ya
incorporada al genoma - de que la riqueza y el éxito están
predestinados por el diseño divino, se haga lo que se haga para
estar o no en la casta privilegiada amada por Dios (a esta
altura absolutamente suyo).
Se nace ganador. Se nace perdedor.
El hardware de la potencia material de EEUU, revestida con el
software operativo de la ideología de “ganador” y de “pueblo
elegido”, y su inevitable percepción de todo el entorno como de
masa informe de “perdedores” y de “pueblos descartables”, está
siempre presente en todo trato de EEUU con estos pobrecitos
latinoamericanos. Si alguno de los norteamericanos, - tentados
por los demonios que siempre andan por ahí disfrazados de buen
samaritano - nos tuviera lástima, estallaría de inmediato la
reprobación de quienes poseen en el puño la prueba divina de que
es un pecado diabólico el tenernos lástima.
Disparen sobre América Latina
Y esto a su vez permite entender el impiadoso tratamiento
norteamericano a nuestra crisis regional. Doy por descartado
que existe una amplia información respecto a la estrategia de la
Casa Blanca de destruir el MERCOSUR y de ahogar en la cuna
todo germen de fortalecimiento de un centro económico y político
latinoamericano capaz de resistir su dominio. Pero habida cuenta
de la existencia de esa estrategia - que aquí no trato - no es
menos importante calibrar la psicología y la ideología del
estratega que la opera.
El actual tratamiento del FMI a la Argentina es un movimiento
reflejo, pavloviano, del tropismo culturalmente prenatal
de toda la burocracia que obviamente obedece al amo de turno.
Por tanto, no es entre sus bienmandados donde hay que
profundizar.
Al enfrentarse a la recesión del 2000 y años siguientes,
agravada luego de las Torres Gemelas, el gobierno de Bush aplicó
al interno todas las medidas prohibidas en el célebre “manual”
que en nuestro país siempre se enarbola ante nuestras narices,
cada vez que pedimos un vasito de agua. O sea, subsidios y
ayudas financieras a grandes empresas, rebaja selectiva de
impuestos, elevación de aranceles al acero, subsidios
descomunales a la agricultura, etc.
El “Consenso de Washington” se suicidó precisamente en
Washington. Stiglitz diariamente insiste en que EEUU y Europa
Occidental jamás se autoaplican las recetas del FMI, recetas que
por orden de sus amos se ponen como condición obligatoria para
los países menesterosos (y por vocearlo en las plazas, Stiglitz
es hoy el más odiado de los apóstatas de la burocracia
internacional). Pero los gobiernos de los grandes países del
Grupo de los Siete prosiguen la difusión mediática de su
descarado proteccionismo afirmando que no es proteccionismo
porque se ha impuesto el léxico orwelliano en el cual cada
término significa lo contrario.
Tomemos la crisis regional. El objetivo de EEUU, en el marco de
su estrategia global de disgregar el MERCOSUR es, en cierto
modo, una tarea ociosa, dado que se ha auto demolido por la
conducta de sus socios mayores - Brasil y Argentina - cada vez
que entran en panne y en pánico. Para lograrlo a EEUU no le
importa la implosión y la explosión que suscite en Argentina.
Porque con ello puede exportar a Brasil el caos
económico-financiero de Argentina, como ya está sucediendo. No
soy afecto a las teorías conspirativas.
Pero EEUU sí que lo es, razón por la cual es aficionado a la
conspiración como quedó en evidencia en Venezuela. Lo que
vislumbro como estrategia más peligrosa, es que EEUU ha vuelto a
la tradicional política del big stick, de imponer gobiernos
despóticos con tal de que convenga a sus intereses como lo
demostró con el apoyo al golpe militar en Venezuela. Está
provocando el caos en Argentina - más allá de la vocación
caótica del gobierno argentino - para tentar la posibilidad de
suscitar el caos incluso aunque haga renacer los muertos (un
partido militar). Eso le permitiría caotizar a Brasil, donde
también podría apostar a un partido militar, tanto más con el
pretexto del triunfo de Lula.
A EEUU, por toda esa
cultura que mencioné al principio, no le importa que en el mundo
impere el despotismo. No le importó durante todo un siglo cuando
fomentó las sangrientas dictaduras latinoamericanas, ni ahora en
China, Pakistán, Arabia Saudita, los emiratos árabes, las
repúblicas ex soviéticas de Asia Central, del Cáucaso, etc. No
le importa porque en el catecismo cotidiano está consagrado que
a nadie importa que rija el despotismo entre los condenados,
cuando precisamente el despotismo es señal de su condenación en
el cielo y merecido castigo en la tierra.
Endebles son las defensas de la región. El MERCOSUR de hecho
no existe. O sea, si se quiere crear un organismo
regional eficiente hay que inventarlo de nuevo. Pero con un
pie afuera. Brasil y Argentina siempre han arrojado sus
desechos en la vereda nuestra. Y lo harán en el futuro por
la desproporción de escala. No se trata de maldad o de falta de
generosidad, ni de cultura ni de buenas maneras. Las leyes
internas del poder les reclaman exportar el caos al
entorno para mantener el mínimo de orden al interno.
Pisotear las plantas del jardín uruguayo es imperceptible en
el planeta. No pagan ningún costo político interno, sino al
contrario. De triunfar Lula en Brasil, se disolverán muchas
expectativas, porque Lula anuncia que hará exactamente más de lo
mismo. Y encontrará buenísimas razones de izquierda para
defender el pleno empleo brasileño contra nuestras
exportaciones.
¿Dónde refugiarnos?
EEUU - magíster
Powell dixit - ama al Uruguay. Es un país modelo, un faro de
democracia. Y cierto es que se le puede dar oxígeno con poco. Se
anuncian cifras significativas de apoyo crediticio diversificado
Es poco para ellos, mucho para nosotros. Lo cual sorprende
frente a la dureza que se aplica contra nuestros vecinos. Así,
que de ser cierto cuanto se anuncia, además de “modelo” y
“faro”, seremos escaparate. La cosa, pues, no sería contra
Uruguay. La crisis que nos ha lastimado es parte de los
“inevitables daños colaterales”, de fallas puntuales de los
misiles “inteligentes” lanzados contra Brasil y Argentina.
¿Qué nuevos demonios despertará la operación de EEUU contra
Argentina y Brasil? Bueno, bueno, bueno. Eso importa poco. El
imperio se cree omnipotente. Avanza a la manera de aquellos
mamuts prehistóricos que jamás en la segunda fila de la
imponente manada pensaban que la primera fila se precipitaba en
los barrancos preparados por los Neandertales. Es miope como
todos los poderosos habituados a la impunidad. EEUU está
predestinado a la salvación, los demás, a la condenación. God
save América es una convicción profunda.
¿Quizás podamos refugiarnos en el cálido regazo de la madre
patria europea?
A diferencia de EEUU, en la tradición de Europa Occidental ha
predominado la percepción ética del mundo clásico y de su
sucesor europeo occidental y cristiano.
Esta tradición dos veces milenaria, formalizada en la Etica a
Nicómaco aristotélica, y luego tonsurada por la Summa Teológica
tomista, trata la ética del comportamiento individual (y ahora
por extensión, de la conducta de los Estados), como resultante
del deber ser del estamento (y/o del Estado) dominante, único
sujeto para quien se emite el discurso de la eticidad.
La ética es asunto de la sola clase bienestante, y en ella los
individuos deben comportarse respecto a los bienes que sostienen
su status, de modo que manteniendo su posición superior realicen
una pacata distribución de su excedente entre los individuos de
la clase inferior, precaviéndose con ello contra el temible
alzamiento de los de abajo, pero cuidando que la distribución no
afecte el patrimonio material de los de arriba. Los avaros que
acumulan y no distribuyen, los pródigos que distribuyen y no
acumulan, son los extremos condenables porque afectan el
mantenimiento del status del individuo y de todo el estamento.
Lo apropiado es el comportamiento liberal (magnánimo), que
mantiene simultáneamente el status del estamento superior y la
reiteración sumisa del estamento inferior. La tradición medieval
formalizada en la Summa de Tomás de Aquino, transforma la
liberalidad de los antiguos en la caridad cristiana, principal
virtud y deber del orden noble y eclesiástico. La tradición
popular medieval tomó nota de esta multisecular y zorruna
estrategia del orden estamental superior, y socavó su
legitimidad - a falta de otra potencia - con el azote de la
ironía en una antigua cantiga ibérica:
Qué vivo el marqués de Pombal
Que primero hizo a los pobres
Y después el hospital
La Comunidad Económica Europea se rige por esta ética dos veces
milenaria: primero nos cierra los mercados con vetos de
importación, cuotificación y/o altos aranceles, con el fin de
mantener el status dominante con el mayor sostén social en el
interior del huerto ineficiente de palacio. Luego, cuando
percibe la indetenible invasión migratoria de los pobres y las
temibles explosiones del fanatismo religioso, del irracionalismo
y de la paranoia terrorista, amontona seminarios mundiales para
predicar la caridad y compartir - con mesura y sin exceso - las
sobras del banquete con las masas famélicas del planeta.
De cómo la Metafísica se esconde bajo la piedra
¿Y entonces? ¿Cuál es el estatuto de la doctrina de la libertad
de los mercados, del comercio libre y todas las categorías
emparentadas?
En primer lugar es un modelo deseable del deber ser de la
economía mundial. O sea es un principio ético que pretende
legitimarse en una postulada eficiencia óptima si se lo aplica
sin cortapisas. No descarto que alguna vez pudiere ser realidad,
como no descarto el unicornio, las sirenas, las quimeras, y
otros hermosísimos constructos de la imaginación creadora. Pero
siempre lo hago con las reservas del caso que me merece la
escasísima probabilidad de todo estado social perfecto, o sea
con las reservas del caso a todas las utopías que proclamen que
tal será el mejor de los futuros posibles.
El decálogo ético milenario que comenzó a sedimentarse en la
humanidad postula varias situaciones igualmente deseables. Por
ejemplo, “no matarás”, pese a lo cual se mata, y los Estados
habiendo sustituido el primer disuasivo de la venganza privada,
pasaron al ius punendi como monopolio público. “No robarás”,
pese a lo cual se roba, y el Estado pasó de la restitución
violenta del privado al arbitraje y probatoria del juicio
público. También se reclama que “no se debe desear la mujer del
prójimo” y al parecer no se ha logrado que los varones acaten el
mandamiento ni menos aun que pase al ámbito del ius punendi
público. Del Rey Salomón a Clinton, las dificultades son
notorias y han demostrado ser imparables e impunibles.
Probablemente este nuevo principio del deber ser de la economía
nacional e internacional pase por iguales vicisitudes. Sería
dogmatismo de mi parte negar su eventual posibilidad. Qui vivrá,
verrá. Solo me permito una robusta incredulidad.
Pero pienso que la esencial debilidad del modelo sobre el que se
funda la teoría de la libertad de los mercados, y todos sus
hijos y entenados teóricos, y las correlativas solicitudes de
aplicación práctica, es la de ser un modelo absoluta y
totalmente imperfecto de la realidad, de modo tal que cuando se
lo aplica provoca desestabilizaciones en todos los niveles de la
sociedad no incluidos en el modelo, que rinden ineficiente,
onerosa, costosa, despilfarradora, la supuesta óptima asignación
de los recursos humanos y materiales, etc. que postula la teoría
como innegables y demostrados.
Pasemos, pues, a desmontar el artefacto:
La libertad de los mercados se mueve por definición en el solo
ámbito de las relaciones económicas incontaminadas entre
operadores que supuestamente solo mantienen relaciones puramente
económicas entre sí. Pero los “operadores” son seres humanos que
realizan un ilimitado intercambio de tipos de actividades,
económicas, sociales, culturales, ideológicas, informacionales,
religiosas, jurídicas, políticas, parentales, territoriales,
afectivas, etc., reales o imaginarias. Por otra parte, estos
operadores están integrados en instituciones, en diversos
círculos secantes y eventualmente contradictorios entre sí,
familiares, parentales, vecinales, grupales, rurales, urbanos,
gremiales, corporativos, provinciales, estatales, regionales,
etc.
Los sujetos individuales, grupales, institucionales, de este
intercambio de actividades, realizan esas actividades todas al
mismo tiempo desde un centro de conciencia y voluntad único, sin
división esquizoide de sujetos diferentes para cada actividad.
Ergo, este centro de conciencia y voluntad realiza todas las
actividades y todas las tomas de conciencia de sus actividades
contaminando unas con otras. Y por cuanto todas estas
actividades por ser diferentes, están preñadas de toda clase de
eventuales contradicciones, inevitablemente entran en
contradicción entre sus diversos portadores, e incluso en la
propia conciencia y en el propio comportamiento de cada sujeto
portador (él mismo desgarrado por su pertenencia a instituciones
contradictorias) de todo esa embrollada red de relaciones entre
los hombres, en tanto sujetos de una red de intercambio de
actividades, que por definición se solapa, se contrapone, se
estorba y entrechoca, impidiendo toda clase de fluidez y
limpidez de las relaciones postuladas por el modelo. Limpidez y
fluidez de relaciones que sí en cambio existen sin dificultad en
la cerebración de las ecuaciones lineales con la que retozan los
cultores del manual de Milton Friedman (The Methodology of
Positive Economics”) o de Gary Becker y George Stigler (“De
Gustibus non est disputandum”).
Confrontados con disgusto a esa distancia inconmensurable entre
sus modelos y la realidad, los teóricos del reduccionismo
economicista, decretan olímpicamente que solo la economía es
objetiva, y que todas las restantes actividades propias de las
otras relaciones humanas, son subjetivas, o sea erradas. Todo
aquello que impide la cristalización del modelo es
universalmente calificado de obstáculo subjetivo, irracional,
afectivo, emocional, moralizante, de barreras voluntaristas y
populistas de los testarudos aparatos jurídicos,
institucionales, que por multisecular ceguera de los hombres,
obstaculizan la fluida y límpida aplicación del dogma. Voltaire
los justifica, toda la historia anterior es un error y desvío de
la razón raciocinante.
Los hombres han perseguido la levitación de las cosas y la de
sus propios cuerpos. Al hacerlo afirmaban que se trataba de una
meta objetiva, solo estorbada por el subjetivo voluntarismo de
la ley de gravedad. Los hombres han querido trocar en oro el
plomo, solo obstaculizado por la testaruda negativa del plomo a
cambiar de peso atómico y de color. Los hombres han querido tal
o cual cosa - ¡tantas! - hasta que alguien les hizo notar que el
universo todo, desde las galaxias hasta la nube electrónica,
desde las lentejas hasta el clima, se mueven por leyes objetivas
imbricadas entre sí y que la libertad de la voluntad es apenas
la necesidad hecha conciencia de la complejidad ineliminable de
una totalidad inescindible.
Las aporías de los
modelos lineales del fundamentalismo economicista
Si tal es el entorno, si tal es la mitología que nos exporta, si
tal es el doble discurso de su doctrina y de su práctica, uno no
puede menos de asombrarse que en esta orilla oriental del río
Uruguay, nuestros paisanos neoliberales pretendan venderla a
nuestros paisanos del pueblo llano. Lejos de mí la pretensión de
impedir su vocación evangelizadora. Pero si del enemigo bien
vale el consejo, “en verdad os digo” que imiten la conducta de
los apóstoles Pedro y Pablo que marcharon a difundir la Buena
Nueva a la Roma imperial. Nuestros apóstoles neoliberales, por
tanto, deberían predicar unos en Washington, otros en Luxemburgo
y Bruselas. Si allí convencen, se puede esperar pacientemente
tres siglos para que advenga su Constantino el Grande, y
promulgue su neo - edicto de Milán que - por fin - liberalice
los Mercados.
Id - pues - y convertid a los Gentiles.
Volviendo al marco de opciones que se abre al Uruguay en esta
sabana de Serengueti en que se ha transformado el planeta como
teatro de una cadena trófica unilateral donde siempre los leones
se comen a los venados, en tanto uruguayo comestible quiero
socavar el zócalo teórico en que se fundan mis depredadores para
mostrar que hay otro camino donde los venados no sean
impunemente almuerzo de los carniceros. Pasemos de la metáfora
sobre la realidad a la realidad sin metáforas.
La realidad es una totalidad que posee restricciones que impiden
que se autonomice la resolución de un tipo de actividad sin al
mismo tiempo atender la realimentación de todos los niveles de
actividad (sociales, políticos, culturales, etc.) que no se
dejan atrapar teóricamente por modelos lineales, como los que
postula angélicamente esa doctrina.
Por el contrario siempre ha ocurrido que los sectores sociales
que ocupan los nudos de esa red de actividades y relaciones que
se desprecian en la ecuación, reclamen con la prepotencia
objetiva e impersonal de la empiria, que se les permita
introducirse en el sagrario de esa ecuación reduccionista
economicista. Reclaman - si se me permite decir - ruidosamente,
que se les asigne a todos un término en la ecuación,
considerando que son objetivamente ineliminables.
Demostrando - cuando se corporizan en movimientos sociales y
políticos espontáneos o deliberados -, que ese minúsculo sistema
de ecuaciones supuestamente perfectas, puede que lo sea en un
restricto y aburrido juego de mesa algebraico, donde los
resultados que se pescan no hacen sino repetir lo que en la
escueta ecuación se ha sembrado. Pero que cuando la sociedad cae
en el vórtice de la espiral desorganizadora de la estabilidad
social, se revelan lo que son, una perversa utopía disgregadora
de la sociedad en su conjunto.
Quienes creen en el fundamentalismo de mercado y en la
perfección algebraica de sus ecuaciones, que retocen cuanto
quieran en la realidad virtual.
Y que allí se queden.
Cabe preguntarse de dónde viene la irrupción avasallante de la
matemática en la ciencia económica, y cuán legítima es su
aureola de cientificidad. Y sobre todo importa deslegitimar la
seudocientificidad de su modo de aplicación por parte de la
escuela neoliberal, porque si fuera científicamente imbatible
estaríamos amolados (valga el lamento de Antonio Machado en su
obituario poético a Lorca: “ni Dios te salva, Federico”).
Se ha señalado que hasta los años 30 los conceptos económicos no
se formalizaban y que en la segunda posguerra la ciencia
económica comienza a utilizar la matemática como lenguaje y
relega la prosa a simple apéndice del razonamiento. A más de
medio siglo de la irrupción de la matemática, se ha vuelto un
dogma que los números expresan entidades reales, y que son de
por sí, “objetivos, ínter subjetivos y concluyentes”; a tal
punto que despegan del suelo donde impera la voluntad humana y
adquieren completa autonomía de vuelo y decisión. El avance del
uso de la matemática fue tal, que con su ayuda la Economía ganó
su ingreso a las ciencias naturales - codo a codo con la física
de los sólidos y de los quanta -, pero solo lo consiguió
sometiéndose al rito iniciático de no tratar jamás ninguna
entidad no mensurable, ni de alterar su pulso considerando el
mundo de los valores, ni de dejarse afectar por las
consecuencias sociales de las ecuaciones.
Cierto es que toda “filial” de la empresa ciencia está obligada
a cumplir dos de los mandamientos excluyentes de la “casa
matriz” (regida por las ciencias naturales), según los cuales la
ciencia debe tener como fin la predicción y el control. Lo
extraño es que la ciencia económica dominante, en cambio, no
solo fracasa en todas sus predicciones, sino que además queda
reiteradamente estupefacta por la irrupción de novedades jamás
previstas. En resumen: jamás ocurre lo que predice; jamás
predice lo que ocurre.
Por otra parte, de existir capacidad de control de esta ciencia
en el desenvolvimiento de su objeto - la economía - todos los
economistas serían mega millonarios. Y si bien los hay, los hay
porque el azar determina estocásticamente que haya ricos entre
los economistas a tasas similares a la de los mecánicos,
deportistas, cantantes de ópera y rock, narcotraficantes y
tahures.
Pero quizás este fuese solo un pecado venial de la incorporación
subrepticia ya no de las matemáticas, sino de una parte de las
matemáticas. Me explico.
Toda la economía matematizada se maneja con modelos lineales,
que como señalaran varios críticos - como me lo cuentan lo
cuento -, son fácilmente manipulables. Pero lo que al parecer
escapa incluso a estos críticos es que, más allá de las
malicias, o simplemente, de las torpezas matemáticas de algunos
economistas (me apuntan que efectivamente las cometen), la
aplicación de las ecuaciones lineales en la economía se funda en
la propia concepción metafísica de la escuela dominante.
La sociedad - y en su seno la economía - es un organismo vivo
que se desenvuelve de modo probabilística y azaroso, y que como
tal puede escalar hacia la forma superior del azar: el caos. Es
un organismo constantemente realimentado por todos sus niveles
de relaciones y por todos los comportamientos singulares que
colisionan unos con otros dando resultados no volitivos, no
queridos, no deseados, no pronosticables. No hay sujeto que
determine el desenvolvimiento de la sociedad. La sociedad no es
sujeto de sí misma, si lo fuera sería ella misma un sujeto
trascendente, místico; es un organismo sin sujeto, descentrado,
por más que los operadores, los seres humanos, persigan
objetivos volitivos, racionales, intencionales, objetivos que
por ser una función universal (de 6 mil millones de seres, de
millones de instituciones, etc.) se dan los unos contra los
otros cuando se agolpan en la estrecha puerta de ingreso al
éxito, restrictez que el diablo ha elegido para que el
desenvolvimiento de la sociedad se haga a espaldas de los
hombres.
La extrema complejidad históricamente acumulada de la
humanidad-sociedad, hace que el azar sea una función cada vez
más predominante y que promueva objetivamente, a espaldas de los
hombres que operan, fluctuaciones imprevisibles que solo
aprovechan - en un breve intervalo histórico - a quienes poseen
lo que cada época histórica determina y configura como paquete
de las principales palancas de poder. Poseer palancas de poder -
hoy - significa ser capaz de exportar el caos, el desorden al
entorno, para preservar el máximo orden posible al interno. O
sea, EEUU, no puede imponer su voluntad de modo voluntarístico -
nunca pudo hacerlo - sino que puede disminuir el caos interno de
su economía y desplazarlo al entorno. Repito, por un breve
intervalo y en una coyuntura específica, la de hoy. Y porque
puede hacerlo, lo hace cada vez más, en la medida que no
encuentra resistencias objetivas. Porque por ahora de las
resistencias subjetivas se ne frega.
La lógica de la escuela dominante es la lógica trivial,
deductiva, lineal, propia de las ecuaciones de escasas
incógnitas. Ya muy temprano se demostró la imposibilidad de
resolver ecuaciones de quinto grado. Por eso la escuela
neoliberal no admite más de cuatro en sus modelos supuestamente
equivalentes a lo real. Nadie come vidrio en las redacciones de
la revistas de economía á la page. Pero el mundo real es
no-lineal, mundo que ni siquiera posee soluciones del tipo de
las de la actual panoplia de las ecuaciones no-lineales que a
veces - dicen por ahí - dan soluciones aproximativas con
calculadoras de trillones de cuatrillones de operaciones por
nanosegundo (o sea: nunca).
Por lo mismo, por no ser un mundo lineal, no existe el eslabón
principal tirando del cual viene toda la cadena. No existe un
mundo conectado linealmente, donde el instante t menos 1,
inexorablemente desemboca en el instante t.
Es un mundo complejamente realimentado, que modifica
constantemente sus regiones productoras privilegiadas de
causalidades agentes hacia regiones desprivilegiadas de
consecuencias pacientes. Porque tampoco se sabe dónde está la
causa, dónde la consecuencia, en un mundo donde ambas cambian
sus topos y sus precedencias, de modo constante. Un mundo donde
hoy no sabemos dónde meter los dedos para apretar no se sabe
cuál tecla.
Al que quiere una sola contabilidad, dos tazas
La historia parece ofrecer la evidencia de que el
fundamentalismo es una estructura psicológica profunda que puede
adoptar envolturas ideológicas opuestas. En la ciencia, en el
arte, en el deporte, en las ideologías hay fundamentalismos
contrapuestos. Los hay, pues, en la economía y en la política,
entre estatistas y privatistas, entre la derecha y la izquierda,
etc. También la historia ofrece la evidencia de que se puede
pasar de un bando fundamentalista al otro. E incluso no faltan
los ejemplos de que el fundamentalismo se exacerba cuando se
pasa de uno al contrapuesto ¡Cuídate de los tránsfugas, de los
apóstatas, de los neófitos! - predican unos -. O por el
contrario se nos precave contra los que se aferran al pasado y
se niegan a adecuar sus ideas a las nuevas realidades. ¡Cuídate
de los nostálgicos! - predican otros.
Los fundamentalismos no pueden vivir sino polarizados,
los unos contra los otros, o sea los unos con los otros.
Legitiman su existencia por la existencia del contrapuesto. Y es
tanta la necesidad que tiene el uno de la existencia del otro,
que terminan incluso, paradójicamente, tratándose como
caballeros del mismo orden que obedecen a un mismo código de
comportamiento. El uno finaliza reconociéndose en el otro. Son
combatientes pero caballeros, por lo que se tratan como iguales
cada vez que asisten al entierro del adversario.
Todo corrimiento de un fundamentalismo hacia el límite cero,
provoca en el otro el corrimiento hacia el límite infinito. Y
viceversa. Por tanto, es fácil imaginarse qué le pueda ocurrir a
los que no participan del combate fundamentalista. Se encuentran
entre el yunque y el martillo. Tal el destino impiadoso que
sufren los pueblos ajenos a las capillas.
Cada quien puede considerar cuál es, de todos, el
fundamentalismo más peligroso. Pocos discutirán que en estos
días, el azote del fundamentalismo en economía se ha vuelto como
Atila, el azote de Dios.
En esta larga hora de dominio político de los sectarios del
Consenso de Washington, los ministros de economía aplican el
“manual”. Lo dicen, lo repiten, lo argumentan contra el opositor
(“¡Pero si está en la tapa del manual”!). Uno se queda perplejo.
Sin duda existe, dado que se lo alega. Pero al parecer es un
texto esotérico, por cuanto jamás se sabe cuál es el “manual” y
si se sabe cuál es, jamás se sabe dónde está. El fundamentalismo
neoliberal, como los gnósticos, como los cabalistas medievales,
tiene sus escrituras secretas.
El ministro de economía - en casi todo el mundo - considera que
su misión principal es la de que cierren las cuentas. El ojo
avizor a los ingresos y a los egresos, su meta es alentar el
superávit y combatir el déficit fiscal. O sea, la contabilidad
del Estado es su meta, su profesión, su pasión, y afirman que el
Estado, como una empresa privada, como el hogar doméstico, posee
las mismas leyes y las mismas obligaciones.
Quien se haya sumergido en el estudio de la historia ya no puede
hacerse ilusiones respecto a las relaciones entre Estado y
Sociedad. Por cuanto la actividad del Estado no es sino la
actividad de su burocracia (electiva o permanente), la historia
enseña que la Sociedad ha logrado muy pocas veces y solo
fugazmente irrumpir en la sala de comando del Estado. Las
sociedades pasan, la burocracia permanece. Tal es lo que la
burocracia piensa de la sociedad y de sí misma. No puede
extrañar, pues, que la burocracia considere que el Estado es su
propiedad, y que solo en especiales coyunturas atienda los
reclamos si no de toda la sociedad, por lo menos de una parte de
ella que tiene suficiente envergadura, riqueza y poder para
arrancar tal o cual porción legítima o ilegítima del patrimonio
social.
Las autoridades del Estado son democráticamente elegidas (en el
mejor de los mundos posibles aquí y ahora). Se parte del
principio que representan los intereses generales de toda la
sociedad. Ergo, se supone que el gobierno sea capaz de resolver
el acertijo de mediar entre los intereses objetivamente
contrapuestos o por lo menos no coincidentes de los diversos
sectores económicos, sociales, culturales, ideológicos,
gremiales, corporativos, etc.
Cabe preguntarse si no sería legítimo que el Estado procurase
realizar una contabilidad global que tuviese en cuenta a toda la
sociedad y contabilizase el conjunto de saldos y beneficios de
todos los componentes de la misma. ¡Por Dios!, no estoy pidiendo
que a balance hecho distribuya las ganancias de los gananciosos
para cubrir las pérdidas de los perdidosos. Honni soit qui mal y
pense. Sin duda, la contabilidad de los ingresos y egresos del
Estado son imprescindibles, pero igualmente lo son el de las
empresas, los trabajadores, los hogares, los individuos. Es a
partir de este conjunto inescindible llamado Sociedad, que se
impone como irrenunciable eso que se llama la política económica
del Estado, para que todos los individuos o agrupamientos
institucionales de individuos, posean asimismo la posibilidad,
de estar bien informados, y de procurar alcanzar superávits y
cancelar sus déficits.
Tanto más que al contrario de lo que piensa la burocracia, la
burocracia es transeúnte, y la sociedad es la residente
permanente. Tanto más que lo que le importa a la sociedad es que
el Estado sea su instrumento, y no como piensa la burocracia que
la sociedad sea un instrumento del Estado (o sea de la
burocracia).
La idea de que el Estado deba ser un instrumento de la sociedad
es la que más hace estallar de furia a la escuela económica
dominante. “¡El Estado de Bienestar ha muerto para siempre!”
proclaman. No se trata, claro está, de que yo crea en las hadas,
y que dé al “Estado de Bienestar” del histórico “Como el Uruguay
no hay” los atributos universales que le otorga la nostalgia
o por el contrario que le enrostra acusadoramente la escuela
neoliberal. Lo que altera la serena compostura de la
escuela, no es esa realidad, sino la mera intención de que el
Estado sea patrimonio de la sociedad y que ésta reclame ser
atendida por quienes fueron elegidos como sus representantes.
Consideremos pues, hasta qué punto es falsa, anticientífica y no
representativa la teoría que reduce la contabilidad social a la
contabilidad del Estado.
Comencemos por aquella parte de la no representatividad social
de la contabilidad dominante, precisamente porque se somete a la
propia opacidad que el sistema económico-social existente a
nivel mundial impone a la percepción empírica intuitiva, que
solo considera computarizable lo que el sistema segrega como
económicamente significante.
El medio ambiente natural, la fertilidad del suelo, la
preservación de la usina oxigenadora de los bosques, de las
especies vegetales y animales que mantienen en su interacción la
cadena equilibrada del mundo vivo, el sustrato inorgánico
mineral agotable, la consistencia de la pureza del aire, del
océano, de los ríos, la reserva mundial de agua potable, eso que
en su conjunto llamamos Naturaleza, ha sido dispendiosamente
saqueada en dos siglos de capitalismo por cuanto la contabilidad
del sistema siempre consideró su uso como un costo cero que la
empresa privada no debía incorporar a su contabilidad, del mismo
modo que ningún Estado creyó que la naturaleza fuera patrimonio
de la sociedad, ni que su misión como Estado era el de preservar
esa propiedad de la humanidad contra el saqueo de grupos
privados empresariales y estatales.
La conciencia social en íntimo intercambio con la conciencia
científica desinteresada atravesó la opacidad de percepción
irresponsable del sistema capitalista, mostrando la apropiación
indebida del privado sobre la propiedad social transgeneracional
de la naturaleza. Se logró al menos que fuera debate de
organismos internacionales, que se aceptaran limitaciones aunque
fuera solo verbales. Como se sabe, hasta ahora, hasta que todo
cambie, esta conciencia social se ha visto sepultada por
toneladas de documentos retóricos, por la hipocresía de los
Estados, por la soberbia negativa de EEUU, y por la indetenible
rutina de las empresas de saquear la naturaleza mientras su
rapiña no se asiente como gasto en los libros de contabilidad de
la escuela económica dominante.
El hambre y las enfermedades ocasionan centenares de millones de
víctimas anuales. Rigiéndonos por los propios cánones académicos
del costo de producción, se habría debido contabilizar el
capital invertido para producir esos centenares de millones de
seres humanos producidos por las usinas productoras - las
familias - e incorporar su pérdida como una pérdida neta de
capital, o por el contrario, a experiencia hecha, contabilizar
el costo de mantenimiento de ese “capital humano” y las
inversiones necesarias para el mismo. Pero aquí funciona esa
espacialísima contabilidad según la cual, cuando el costo de
mantenimiento de la unidad obsoleta (hambrienta y enferma)
supera al del costo de la producción de otra unidad viable, se
prefiere que siga la producción de nuevas unidades (seres vivos)
y evitar el costo de mantenimiento de las unidades en
obsolecencia por hambre o enfermedad.
Naturalmente esta contabilidad no existe para las empresas
privadas a quienes el mercado de mano de obra siempre ofrece un
nuevo producto de fuerza de trabajo a costo cero. Pero parece
menos difícil de aceptar que no aparezca en la contabilidad de
pérdidas y ganancias de un Estado representativo de toda la
sociedad, y que no sea tarea del ministro de economía, pensar -
en las horas libres - si se puede hacer algo para agregar esta
contabilidad aunque sea como apéndice, como hipótesis, o si se
quiere, como entretenimiento.
En el mundo todos los ministros de Economía tienen sí, especial
preocupación por el Producto Bruto Interno. Allí naturalmente se
incluye la producción de las empresas de bienes y servicios del
propio Estado y de las empresas privadas. No se incluye la
producción de los hogares a quienes se comete desde hace tres o
cuatro millones de años (al menos desde el australopiteco), la
producción del recurso “fuerza de trabajo”, para lo cual los
hogares realizan una morosa y compleja producción de seres vivos
biológicamente aptos para el trabajo y cargan con buena parte
del costo de producción del nivel de pericia necesario para
incorporarlos al mercado de trabajo. Como esta producción no se
contabiliza como producto interno bruto, tampoco se contabiliza
cuando el “capital humano” se despilfarra en el desempleo,
cuando se rebaja la inversión en insumos para su mantenimiento
biológico (alimentación, salud, vivienda, etc.) y mucho menos
cuando se lleva al mínimo las inversiones en la formación de la
pericia (educación) cada vez más exigente en un mundo inmerso en
la mayor revolución tecnológica de la historia.
Véase que no hablo de hambre, marginalidad, abandono,
enfermedades, utilizando un lenguaje compasivo ni dramático. Eso
está vedado a la economía académica y a las ecuaciones. La
ciencia económica se expresa cuantitativamente en ecuaciones
objetivas, precisas, sin someterse a valores, emociones, ni
otros elementos no mensurables.
El economista puede condolerse por ello en casa, no en el
ministerio. De ahí que he reducido a las familias, a los seres
humanos, a la fuerza de trabajo, a meros instrumentos y objetos
del sistema de producción, conforme sean insumos, productos en
proceso, productos finales, productos obsoletos y finalmente
descartables o convertibles en chatarra.
No se puede negar que he aprobado cum laude los requisitos y la
exigencia de imparcialidad objetiva de la escuela económica
dominante. Me he movido exclusivamente con sus normas
científicas y a partir de los propios requisitos de la
contabilidad, pero me encuentro con que la Contabilidad de la
escuela deja un universo fuera de la cuenta. Que nadie espere
que por esto la doctrina se sienta desconsolada. A tal objeción
responderá que su tarea es precisamente la de considerar ese
universo como un costo de rozamiento y fricción ineliminables
en la máquina de la sociedad. Es un parámetro residual, una
suerte de “errores y omisiones” del sistema, sobre el que se
descarga todo lo que no se sabe dónde tirar.
Pero la revolución tecnológica tiene sus leyes. Quienes quieran
enfrentarse a este desafío - ya no por compasión - sino por el
gerencial motivo de mantener la competitividad de la empresa
“Uruguay”, tendrán que incorporar todo ese ítem a la
contabilidad social global. De no hacerlo serán gerentes
incompetentes, incapaces de elevar la productividad,
competitividad y rentabilidad de la empresa. Pero si lo hacen,
ni siquiera me importa si no tienen compasión.
Otro discurso sobre la miseria de la economía y la
Economía de la miseria en Uruguay
Por las razones que se han debatido en estos días, el Uruguay se
enfrenta a una situación de emergencia. A esta se la define como
resultante exclusivamente del déficit fiscal, a su vez
desencadenante de una crisis financiera de alto riesgo. En las
soluciones propuestas - de hecho - no se consideran de
emergencia la crisis del empleo, de la producción, de la
pobreza, de la marginalidad. Y digo “de hecho”, por cuanto si se
las considerase, tendrían a su vez un conjunto de medidas para
atacar frontalmente y de modo urgente la reactivación económica,
la solución de la pobreza, la marginalidad, el desamparo y el
hambre que ya están presentes en sectores vastos de la
población.
Bien, esto otra vez se explica por la monomaníaca anorexia de la
doctrina y sus ecuaciones de primaria elemental, que por
supuesto, no pueden expresar matemáticamente lo que significa
vivir ese tipo de emergencias. Pero que por lo mismo, tampoco
acepta que se tome en consideración el costo económico de no
incluir esos problemas en el paquete de ecuaciones y soluciones
que ya, ahora mismo, sin esperar más, deben acompañar ese
paquete impositivo, que según se afirma, será la señal para que
lleguen los créditos de los organismos internacionales.
¿Cuál es la dificultad? Que todos los decretos aprobados, por
ejemplo - si se aprobaran en el día de hoy -, son todos
matematizables. Es tal la potencia aprehensora del álgebra, que
se supone que todo lo que no es matematizable no existe.
Berkeley no pondría objeción a este retoque de su aforismo: “Ser
es ser percibido y matematizable”. De hecho tal fue la opinión
que subyacía en la respuesta de un ministro, cuando se le
preguntó por qué solamente se decretaba un impuesto a las
retribuciones personales: “porque no se pueden evadir”. O sea,
la crisis del empleo, de la vivienda, las urgencias del hambre,
la miseria y la marginalidad no logran ser expresadas por un
parámetro que les permita ingresar a las ecuaciones, porque no
son matematizables. En cambio entramos, porque son fácilmente
matematizables, en la gravosidad del impuesto a los sueldos y
jubilaciones.
Quiero explicarme aun más. La situación podría incluso
considerarse potencialmente riesgosa. La revolución francesa y
la revolución rusa estallaron espontáneamente cuando las
mujeres, en París y Petrogrado, con sus protestas saquearon las
panaderías. Véase qué banal comienzo para revoluciones que
conmovieron al mundo y cambiaron la historia.
No creo que se avecine nada parecido ni por asomo. Pero
cualquier tipo de estallido puede surgir espontáneamente en
cualquier momento si no se toman rápidas medidas. Quizás alguno,
absolutamente confiado en la perfección algebraica de la
ecuación, piense que un estallido espontáneo será
matemáticamente reprimido incluso aun cuando se expanda.
Aceptemos con dolor que así sea, por tanto, estimemos el costo
económico de la represión, de los pertrechos del aparato
represivo, del costo en destrucción de la infraestructura, del
costo de la capacidad productiva interrumpida, etc. sin hablar
de los costos humanos que un enfrentamiento provocaría y del
legado traumático que perviviría. Un buen estratega político
debe ser capaz de plantearse todos los escenarios eventuales.
Apuesto que ese costo sería muchísimo mayor y terriblemente más
traumático que cualquier otra solución que atienda ya con
recursos materiales, la emergencia que viven decenas de miles de
familias sepultadas en la pobreza y la marginalidad, única
salida que además evitaría el trauma de una conmoción social
espontánea y de su eventual represión, Y apuesto a que toda
política que asigne recursos públicos a la reactivación
económica dará resultados que al mismo tiempo que evitarán la
reiteración de la emergencia, tendrán el efecto multiplicador de
generar los recursos de repago del costo público inicial de
la reactivación económica, por tanto del empleo, por tanto del
conjunto de problemas que hoy aquejan a los sectores más débiles
de la sociedad. Esa sería la única forma de dar inicio al
círculo virtuoso de la sociedad y dentro de ella, de la
economía.
Combate entre prioridades para todos y prioridades para pocos
Respecto a la anunciada masa de crédito de los organismos
multilaterales, el problema no es tanto - por gravoso que sea -
el repago de ese endeudamiento en el plazo que se determine,
cuanto cómo y en qué se invierte el crédito recibido.
La prioridad debe ser ya atender esas urgencias del desempleo,
la pobreza y la marginalidad, porque ese no es un gasto sino una
inversión productiva, y productiva en el mejor de los sentidos,
productiva de un clima democrático y justiciero, solo en el cual
es posible postularse otros objetivos productivos. Y sin
necesidad de escalar los peldaños de una tarea y luego
morosamente la de otra, un paquete de medidas de defensa de la
producción nacional afectada por prácticas desleales
extranjeras, de sostén inicial a la reconversión tecnológica de
ciertos sectores bien elegidos y con futuro, de creación incluso
de nuevos sectores no existentes.
El Uruguay todavía sigue sometido al prejuicio - que nunca fue
verdadero - de que la salud, la vivienda decorosa y la educación
son gastos y no inversiones de alta productividad. Toda la
retórica es retórica si no se materializa en un esfuerzo de
inversión extraordinario en todos esos sectores. El mundo de
mañana es el de la expansión de la alta calificación de todos
los recursos humanos, lo que además supone la democratización y
el acceso igualitario de toda la población a las formas más
altas de la educación.
Por tanto, se abren dos caminos: o los créditos obtenidos se
vuelcan a reparar los estados contables del capital financiero
privado, a acrecentar el paquete distribuible en forma del viejo
clientelismo piramidal, o se destinan realmente a esas
prioridades de atención a los sectores que viven una espantosa
emergencia, a la reactivación económica y productiva, a la
salud, la vivienda y la educación acelerada del más alto nivel
con el más alto nivel de democraticidad de acceso de todos esos
bienes a toda la sociedad.
Pero vano sería todo si el Uruguay olvida que está inserto en un
conjunto de relaciones entre Estados donde no existe la caridad,
sino que existen intereses, y que los intereses no coincidentes
o contrapuestos se negocian. Nadie puede pagar millones para
evadirse del planeta como se hace en el irracional turismo
estelar, ni como describe Bradbury en su ficción de la
emigración de los negros oprimidos en su célebre cuento. Aquí
estamos; y es en ese aquí que debemos plantearnos una política
internacional, incluida una política económica.
Solo una sabía inserción plural en todos los círculos
posibles, Mercosur, tratados bilaterales, formas de alianzas
puntuales en defensa de nuestros intereses económicos, con quien
sea: Comunidad Europea, Nafta, EEUU, países árabes, Japón y
sudeste asiático, etc.
La gravedad de la crisis actual deviene del explosivo aumento de
la diferencia entre lo que pueden hacer los imperios y lo que
pueden hacer los micro mundos rurales como Uruguay es. Por
tanto, es la peor crisis - desde Augusto - de todas las
periferias que históricamente han estado subordinadas a
imperios. O sea, sencillamente estamos siendo arrastrados
por el tsunami global.
La crisis de 1929-33 en Uruguay fue tan espantosa como la
universal. Y desembocó donde sabemos. El Uruguay siguió la senda
abierta desde 1931 por Inglaterra, por varios países de Europa
central, EEUU, etc. Intervención del Estado, proteccionismo,
contralor de cambios, etc. Uruguay no inventó nada. Todo estaba
ya inventado en Inglaterra y EEUU, Uruguay utilizó sus
modelos. Y el modelo siguió hasta que se agotó.
Los autocalificados economistas seguidores del manual
neoliberal, afirman que el Uruguay habría inventado toda esa
abominable caja de herramientas de la intervención del Estado, y
que por testarudez siguió aplicando insanamente en la posguerra
mundial, cuando el mundo abría sus fronteras y expandía la
libertad de los mercados. Es el mundo y la historia del revés.
Exactamente lo contrario. Porque lo que no pudo hacer
Uruguay en los años 50-60 fue seguir el ritmo del estatismo,
proteccionismo y mercantilismo de los grandes centros (EEUU,
Europa occidental, Japón). No pudo porque precisamente no estaba
viviendo en palacio, sino fuera de palacio. No tenía murallas
contra los depredadores del mercado mundial. Y los otros eran
depredadores precisamente porque tenían murallas para defenderse
y máquinas de asalto para derribar los muros de adobe de la
economía uruguaya.
Los economistas académicos de la escuela neo-paleo-liberal, no
solo saben poco de economía, salvo la suya, sino que además se
ufanan de ignorar la historia y quienes la saben, gozan en
ocultarla.
En el hemisferio norte, los padres de esta criatura teórica
tienen poder. Pueden darse el gusto de ignorar Homero, el
Quijote, el Renacimiento, pueden jactarse de ser zafios, de no
necesitar saber, porque pueden pagar y alquilar al escriba que
lo sepa.
Nosotros no. Estamos angustiosamente necesitados de
saber historia. De saber por tanto qué se puede hacer de
aquello que se hizo antes, y qué no se puede hacer de lo que se
hizo antes.
Por último y breve, porque sobre lo que sigue, tengo demasiado
para decir, un universo para estudiar, y poquísimo espacio para
discurrir. Esto no es posible sin un amplio consenso político y
partidario, que abarque a las organizaciones sociales, a las
instituciones de enseñanza, a los productores y trabajadores del
campo y la ciudad.
Y aquí solo hay una dificultad, una pero corposa, que me
inquieta, la cuestión de si habrá una posibilidad de acordar en
torno a estas prioridades, la cuestión de si poseemos el
suficiente nivel de sabiduría política como para consensuar la
aplicación de esas medidas. En definitiva, si esta crisis podría
hacer nacer incluso una flor nueva, la de la cultura del
consenso para la emergencia coyuntural y para la estrategia de
amplio respiro.
Esta es la opción prioritaria.
No habrá opciones de inserción en este mundo global, si no se
resuelve previamente - en el concepto, no en el tiempo - la
capacidad de conformar un espacio vasto de apoyo a otro modelo
económico, donde el diálogo y el consenso entre todos los
partidos, organizaciones sociales, hombres de la inteligencia y
la cultura, serán los únicos instrumentos capaces de un
proyecto de inserción viable en un mundo que no dominamos, pero
en el cual estamos, y en el que debemos navegar sin
evasiones y sin utopías. Para que advenga: Ora pro nobis.
(Montevideo, 14-27
de mayo de 2002)
A modo de Apéndice
metodológico
El lector puede saltearse este apéndice, que es apenas una densa
síntesis de un trabajo metodológico que está incorporado en un
libro de historia concreta sobre el cual fatigo hace años. Pero
puede que tenga algún interés para quienes luchan contra los
mismos molinos que yo. Si lo exhibo temerosamente como
apéndice es porque el pudor me impide integrarlo en la Ponencia.
Sobre cómo una ecuación no-lineal de la economía
y la sociedad es un artefacto igualmente inalcanzable
La economía es un concepto difuso, polisemántico, al punto que
cada escuela y cada economista tiene el aparente derecho a
definirla a su modo. Cualquiera sea su definición, la economía
real es una, más allá de las dificultades de su representación
conceptual. Y esta representación, en tanto subconjunto
desgajado analíticamente del conjunto
actividad-global-de-la-sociedad, es precisamente un subconjunto
cuya actividad está sometida a las actividades de otros
subconjuntos - sociales, culturales, normativos, religiosos,
auto perceptivos, etc. - que a su vez sufren la determinación
del subconjunto economía, e interactúan y sobre determinan y
están sobredeterminados por el saldo de las interacciones de los
demás subconjuntos entre sí, del todo con cada parte, de las
interacciones entre parejas, tríadas, etc., de cualesquiera
subconjuntos significativos del conjunto totalidad.
Cada uno de los posibles subconjuntos cuando son analíticamente
perceptibles por sus actores, suelen generalmente ser percibidos
como tales, solo cuando han configurado una cierta autonomía de
función, cuando la fusión - confusión originaria e
indiferenciada entre actividades originarias deja paso a la
fisión entre actividades, de modo tal que se las comienza a
denotar en el concepto como actividad relativamente autónoma, o
sea una actividad que se reitera por un lapso suficientemente
prolongado como para que se la reconozca como actividad
separada, transformada en un ente separado de otros entes
(actividades) y se siente la necesidad práctica de denotarla en
el discurso (cotidiano o culto).
De ahí que solo morosamente, el objeto así deslindado como
relativamente autonomizado, recibe una mirada pesquisadora, que
la percibe como objeto específico de conocimiento, y que por
tanto puede admitir un método específico de conocimiento que
tarde o temprano se convierte en ciencia relativamente
específica de conocimiento del objeto dado, en tanto actividad
que se reitera el plazo suficiente para que sea aceptada
intuitivamente como relación real, específica, que los hombres
establecen entre sí, en el ámbito mayor de las relaciones
generales de los hombres entre sí.
La transformación de una relación (o intercambio específico de
actividades entre los hombres), cuando es analíticamente
separada del conjunto mayor, cuando es abstraída del conjunto
mayor, admite - y casi exige - que se la considere -
temporalmente - como un objeto suficiente en sí mismo, para
poder percibir sincrónicamente los atributos de su ser
“actividad”. El riesgo implícito en la operación analítica de
abstracción solo puede ser compensado si se aborda la tarea de
recuperación de su inclusión en el conjunto totalidad real,
mediante la síntesis del objeto representado con el objeto
totalidad representado. Lo concreto es la síntesis de todas las
determinaciones y las determinaciones son por definición
diacrónicas, desplegadas en el movimiento y en el tiempo.
Ese momento del proceso de pensamiento supone percibir ese
objeto “actividad” en su existencia diacrónica, como un ente
constantemente interconectado en el tiempo con el conjunto, de
modo tal que se perciba la sobredeterminación que recibe del
entorno, las modificaciones que adopta para seguir siendo
idéntico a sí mismo (o sea, para permanecer como actividad, como
ser, como ente, sin ser aniquilado por el entorno), y a su vez,
cómo modifica al entorno con su propia actividad y con ese su
propio modo da adecuarse a las modificaciones del entorno.
Toda actividad históricamente muy prolongada es percibida por
sus sujetos, como una actividad que trasciende al sujeto, a la
sociedad de sujetos, y que posee los atributos de una dada
eternidad, al punto tal, que aun cuando la actividad en años,
siglos o milenios se haya modificado radicalmente, puede no ser
percibida como habiendo cambiado ni la actividad, ni el conjunto
total da actividades, ni el sujeto sociedad partero de la
actividad específica y de la totalidad del conjunto de
actividades, ni el portador individual que participa de la toma
de conciencia.
De ahí que la percepción o conciencia real de la actividad
puede rezagarse relativamente bastante de la propia modificación
de la actividad. Y esto no puede asombrar, porque la toma de
conciencia de la propia actividad, de su modo de interactuar con
las demás actividades deslindadas y con la actividad de la
sociedad en su conjunto, es a su vez, una actividad
específica de la conciencia social y de sus alícuotas las
conciencias subjetivas individuales. Y también ella en tanto
actividad de la conciencia, está sobredeterminada por el entorno
y sobredetermina todas las demás actividades deslindadas por su
modo específico de percibirlas.
Esto significa que
su modo de percepción no puede menos que modificar al objeto
mismo percibido, porque al modificar su comportamiento frente al
objeto percibido, no puede menos que modificar al objeto mismo
que percibe, dado ese su comportamiento puede ser todo lo
apropiado o todo lo irracional que imaginar se pueda, de cuyo
resulta que en tanto comportamiento suyo fruto de una dada
percepción del objeto, pueden suscitarse alternativas
divergentes de comportamiento modificador de ese objeto (su
entorno).
Ahora bien, supongamos que se desee retozar y jugar al juego
matemático. En tanto representación simbólica de la realidad, la
notación matemática reclama que se definan por un lado los
objetos significativos de la dinámica que se desea caracterizar,
y por otro lado la de asignarles los términos símbolos, uno a
uno; y por último debe definir los comportamientos y relaciones
entre los términos reales expresables en comportamientos y
relaciones entre sus símbolos. Esto supone en primer término
caracterizar los objetos “actividad” con un dado criterio,
criterio que predetermina el modo de su combinación simbólica en
el modelo pensado de esa realidad concreta que lo precede; y que
por ello, en tanto realidad concreta, no se somete a la
combinación simbólica de sus representaciones, sino exactamente
todo lo contrario, dado que esta combinación de los símbolos,
podrá ser más o menos una representación válida si el criterio
que la precede es válido.
La dictadura matemática de las ecuaciones reduccionistas sobre
el comportamiento de los hombres se revela lo que es, en el
mejor de los casos, una mordaza neurótica con que los hombres
limitan su propia potencia y en el peor de los casos un rito
shamánico para anestesiar las resistencias de una tribu
inquieta. “Mi” criterio de creación de pares objeto-real versus
símbolo-pensado, es el que considero válido, e infinitamente más
abarcativo de lo real que los reductivos de las diversas
escuelas que se disputan el legado neoclásico. Todos los sujetos
pensantes - yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos - tienen
igual posibilidad de tentar su ecuación abarcativa con mayor o
menor cantidad de términos.
Supongamos por ejemplo el siguiente elenco: (e) economía; (s)
relaciones sociales entre los hombres en la producción,
distribución, consumo e intercambio de los bienes y servicios;
(j) conjunto de normas que regulan las relaciones entre los
hombres; (p) relaciones políticas y carácter de los órganos
coercitivos de poder a los que se comete la función de imponer
las normas; (t) nivel de la tecnología, del conocimiento, y de
las formas de su transmisión y ampliación; (n) grado de
satisfacción de las necesidades humanas históricamente fijadas y
del nivel de acceso a los medios de producción, trabajo y
subsistencias (alimentación, salud, vivienda, etc). (c)
conciencia que la sociedad posee de su propia forma social de
existencia; (h) memoria histórica y/o mitológica y tradiciones
de la sociedad; (v) valores dominantes en la sociedad; (d)
democraticidad, o grado de participación de los miembros de la
sociedad en la determinación de todos los elementos anteriores
incluido: acceso a los comandos de la economía, determinación de
las relaciones sociales, de la creación normativa, de los
órganos de poder, de acceso a la tecnología, a los medios de
producción y trabajo, a la satisfacción de las necesidades
sociales, a la conformación de la conciencia social, de la
memoria histórica y las tradiciones, de los valores, y a la
propia expansión de la democraticidad.
Por supuesto podemos asimismo trazar una dependencia entre los
referidos términos, de modo tal que en un cierto momento
histórico, tales o cuales términos son equipotentes, por lo cual
todos los términos dependen del nivel dado de todos los demás, o
que en otro instante, algunos de los términos son más y otros
menos dependientes del nivel de los demás, o que algunos son
coyunturalmente decisivos e imponen un alto grado de dependencia
a los restantes, etc. Sea como sea, se puede diseñar
primariamente una formulación en la que la dinámica de la
sociedad (DS) es función del nivel o grado de esos términos
asignados, taquigráficamente expresados en esta igualdad: DS = f
(e,s,p,j,t,n,c,h,v,d)
Aquí se considera que todos los elementos son igualmente
objetivos, que incluso los términos supuestamente subjetivos:
conciencia de sí de la sociedad, memoria de sí, valores, u otros
cualesquiera, son entendidos como objetivos. Cualquier estudioso
de la historia sabe que el nivel de correspondencia entre la
conciencia social y la sociedad real, por mítica y falsa que
pueda parecer a una parte de sus actores que no la compartan, o
a los que no participan de ella en el espacio o en el tiempo y
por tanto tienen dificultades para comprenderla, es un dato
objetivo en tanto resultado de una determinada historia de
conformación secular de la propia conciencia social, de sus
tradiciones y valores. Las sociedades no crean artificiosa e
instantáneamente ni su conciencia, ni su memoria de sí, ni sus
valores. Por el contrario son los elementos de forja más morosa
y de mayor y más prolongada resistencia al cambio y a la
extinción.
Algún diestro matemático podría incluso crear un modelo más
complejo de realimentación entre los términos, creando algún
sistema de ecuaciones de n grados que satisficiese las
dependencias y dominancias de unos términos con otros, y algún
otro barroco artificio que diera cuenta de las variadas
posibilidades históricas que ofrece un organismo tan complejo y
tan cambiante a lo largo de su existencia humano-social.
De todos modos ni siquiera sé si alguien haya hecho el intento,
pero el sentido común sí que lo ha más o menos resuelto,
desestimando el intento y confiando en el saber hacer
pragmáticamente una opción política que trata de atender la
evidente y esencial interdependencia y contradictoriedad del
objeto sociedad, de sus subconjuntos (e,s,p,j,t,n,c,h,v,d) y de
la probable imposibilidad de reducir su dinámica interactiva a
una ecuación, que en todo caso, no sería sino un truismo, una
tautología, una mera taquigrafía de conceptos.
Pero la empiria histórica, y este razonamiento de imposibilidad
por el absurdo, han más que demostrado la fatuidad de reducir
este complejo ovillo intercausal de n dimensiones y de n
incógnitas a ecuaciones lineales de juegos de mesa.
Sin duda la proliferación de los términos, la capacidad
abarcativa del sistema de ecuaciones que se derive, - se
objetará por parte de mis contradictores - imposibilitan el
montaje de una matemáticas manejable. Sugerirán lo tantas veces
afirmado, que cuanto menos términos conformen la o las
ecuaciones, tanto más fácil será despejarlas y recibir
sugestiones aplicables a la práctica económica. Este
razonamiento se lo encuentra entre muchos sesudos economistas, y
pocos advierten que es algo así como no buscar las llaves
perdidas donde se han caído sino cerca de un foco de luz porque
se ve mejor.
Sería la confesión auricular del pecador. Hete aquí que ponderan
las ventajas de la extrema simplicidad de sus ecuaciones, lo
cual ciertamente es inmejorable para los juegos de mesa, pero no
para representar la dinámica real de la sociedad ni de sus
subconjuntos (economía, producción, etc.)
Pero de todos modos la doctrina se aplica; de todos modos se la
hace pasar por ciencia, y con ello, sus autores creen que
endosándose la túnica cándida de la cientificidad serán elegidos
al Senado académico, o por lo menos podrán acorralar a sus
contradictores y sedar a los que padecen las consecuencias
Pero la gente común continuará reclamando el cumplimiento de una
verdad milenaria, intuitiva y elemental: que toda la humanidad
tiene igual derecho a gozar de la vida, de sus frutos y de los
frutos de su trabajo.
Será difícil matematizar una ecuación que los calme y los
pacientice.
No me hagan recordar la historia que confirma cuanto digo.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|