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Exportar capitales e invertir
en el exterior, no significa
ser imperialista
Luiz Alberto Moniz
Bandeira
Premio Juca Pato 2005 |
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Premio “Juca Pato” 2005
Honor a un gran sudamericano
Héctor Valle |
Moniz
Bandeira, premio Juca Pato
“Un país que actualmente exporte capitales
y haga inversiones en el exterior, no
significa que sea imperialista”
Disertación del Profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira al
recibir, el
pasado jueves 3 de agosto, el trofeo Juca Pato, otorgado al
Intelectual
del año 2005, por la Unión Brasileña de Escritores
con sede en la ciudad de Río de Janeiro/ Brasil.
(Versión en español de LA ONDA digital por Cristina Iriarte)
Con
nostalgia y tristeza por su desaparecimiento, quiero antes que
nada prestar homenaje a la memoria de nuestro querido amigo
Antônio Rezk, el primero que investigó el lanzamiento de mi
candidatura al Premio Juca Pato, inmediatamente después
del lanzamiento de la elección del notable economista, profesor
Luiz Gonzaga Belluzzo, que ya me brindara el honor de escribir
el prefacio de la 3ª edición de mi libro Presencia de los
Estados
Unidos en el Brasil , publicada por la Editora Senac/SP.
Ganar el tan honorable Trofeo Juca Pato,
que conlleva el ser elegido el Intelectual del Año de 2005,
constituye para mí el mayor homenaje que podría recibir, al
cumplir 70 años de vida y 50 años de intensa actividad literaria
y académica, pues fue en 1956 que, por indicación del poeta
Augusto Federico Schmidt, el Servicio de Documentación del
entonces Ministerio de Educación y Cultura publicó mi primer
libro, un libro de poemas, titulado Verticales.
Comencé a escribir poemas a los 14/15 años
de edad. Y poemas, según destacó el poeta alemán Rainer María
Rilke, no son, como algunos creen, simples sentimientos. Son
experiencias.
Mis experiencias, sin embargo, me desviaron
de la poesía, primer modo de expresión, que se diferencia de la
prosa, por la esencia, no por la forma y cualidades
superficiales, y pasó a dedicarme, casi exclusivamente, al
estudio científico y a la investigación académica, como
cientista político e historiador.
Y fue fundamental para mí el contacto
directo con el fenómeno político, que pasé a tener desde los 15
años de edad, cuando mi prima Isa Moniz de Aragão me llevó a
trabajar con ella en el Diario de Bahía, en el horario de
la tarde, luego de finalizadas las clases del curso, que aún
hacía, en el Colegio Estadual de Bahía. En Río de Janeiro,
donde fui a vivir después, a los 18/19 años de edad, en la casa
de mi tío, el periodista y profesor Edmundo Ferrão Moniz de
Aragão, a quien le debo gran parte de mi formación intelectual,
pasé a vivir dentro del medio político y a conocer los más
diversos personajes tanto de la política interna como de la
política exterior del Brasil.
Jean Jacques Rousseau, en su novela
epistolar Julie ou la nouvelle Héloïse, publicada en
1761, dijo: “Entiendo que es una locura querer estudiar la
sociedad (el mundo) como un simple observador. Quien desea
apenas observar no observará nada ya que, al ser inútil en el
trabajo, es un estorbo en la diversión, no está en ninguno de
los dos lados. Observamos la acción de los demás en la medida
en que actuamos nosotros mismos. En la escuela del mundo, como
en la del amor, tenemos que comenzar con el ejercicio práctico
de aquello que deseamos aprender” 1.
También Kart Kautsky destacó que lo que
aprendemos con la simple observación de las cosas es
insignificante comparado con lo que aprendemos por medio de la
experiencia.
El que milita, el que actúa, si está dotado
de una suficiente preparación científica, entenderá con más
facilidad el fenómeno político que el estudioso de gabinete, que
nunca tuvo el menor conocimiento práctico de las fuerzas
motrices de la historia.
Sin embargo, los hechos sólo valen por lo
que expresan y nada significan si no son concatenados, con base
en una teoría, de modo que permita establecer sus mutuas
relaciones.
Aceptar pura y simplemente la observación
y el registro de hechos brutos no es hacer ciencia. Es resbalar
hacia el empirismo estéril. No basta observar los fenómenos.
Es necesario averiguar sus causas, su desarrollo y
consecuencias.
A esta investigación, que tiende a develar
los hilos ocultos por atrás de la superficie de los
acontecimientos, algunos, intentando ocultar la realidad, la
llaman teoría conspirativa de la historia. Pero la ciencia
busca conocer y revelar los vínculos que condicionan e
interdigan los hechos, coordinarlos, y no puede descartar las
hipótesis, que serán o no desmentidas por la investigación
empírica. “Sabio no es seguramente quien observa y acumula
hechos; si no quien los armoniza e imprime unidad a esos
materiales dispersos: es quien parte del estudio analítico de
los fenómenos para llegar a una apreciación sintética, a la
determinación de las leyes generales que los rigen” –
escribió mi tío Egas Carlos Moniz Sodré de Aragão, catedrático
de la Facultad de Medicina de Bahia, en su obra La Vida y sus
Fenómenos Vitales2, publicada en 1892, poco antes
de su fallecimiento, a los 51 años de edad.
A lo largo de mi vida, no me limité a ser
un mero observador. Al mismo tiempo en que estudiaba ciencias
jurídicas, en las cuales me gradué en 1960, trabajé en
importantes periódicos, como el Diario da Noite, Jornal do
Commercio, Correio da Manhã y el Diario de Noticias,
de Río de Janeiro, en los cuales conviví con grandes
profesionales, como Nahum Sirotsky, que actualmente vive en
Israel, Luiz Paulistano y Antônio Callado, así como con dos
personalidades extraordinarias, mi prima Niomar Moniz Sodré
Bittencourt y el jurista Francisco Clementito de San Tiago
Dantas, luego canciller en el gobierno de João Goulart.
Esta experiencia, que tuve en la prensa, me
permitió el contacto directo con el fenómeno político, hechos y
personajes. Sin embargo, en virtud de mi formación académica y
teórica, no me conformé con la accidentalidad de los episodios
históricos, fuesen nacionales o internacionales, y procuré
interpretarlos en su encadenamiento mediato, en su
condicionalidad esencial, por entender que la ciencia política
sin historia es un mero ejercicio impresionista. Un artículo un
ensayo o un libro, evidentemente, no reflejan solo
experiencias.
Tuvo razón mi amigo y colega, el profesor
Luiz Gonzaga Belluzzo, al recordar, cuando recibió el Trofeo
Juca Pato, el año pasado, que Johann Christian Friedrich
Hölderlin, otro gran poeta alemán, consideraba el lenguaje el
mas peligroso de los bienes (“der Güter gefährlichstes, die
Sprache dem Menschen gegeben”), pero acentuaba que fue
entregada al hombre para que de testimonio de haber heredado lo
que él es, pues la herencia jamás es una donación, sino un deber3.
De hecho, cuando escribo, estoy dando un
testimonio de que soy lo que heredé, voy a revelar el legado que
recibí, adaptado al tiempo y a las circunstancias de mi vida, a
mis experiencias en la tierra.
Y algo que heredé y guardo es la memoria
paradigmática de un antepasado mío, el filósofo Antônio Ferrão
Moniz de Aragão, que fuera discípulo de Augusto Comte y quizás
el primer introductor del positivismo en el Brasil.
Él liberó a todos los esclavos al regresar
de Europa para asumir los ingenios de azúcar, de su padre, el
barón de Itapororoca, uno de los próceres de la lucha por la
independencia en Bahía, fallecido el 5 de diciembre de 1934.
Entendió que “dueño de ingenio, filósofo
y caballero son, en efecto, tres características difíciles de
unir en una sola persona”. Y prefirió ser filósofo. Dedicó
su vida al saber. Esta herencia yo la tenía que preservar y
trasmitirla a mi hijo. Es mi deber.
Fue dentro de tal tradición libertaria y de
amor al conocimiento que me crié, al mismo tiempo que recibía el
impacto de la lucha contra el nazi-fascismo, durante la Segunda
Guerra Mundial que aunque trabada en un escenario lejano,
repercutió en Bahía y marcó mi infancia. Los Estados Unidos se
mostraban entonces como el baluarte de la democracia, el paladín
de la libertad.
A los 18 años de edad, sin embargo, percibí
otro aspecto de la realidad. Acompañé de cerca, en Río de
Janeiro, la crisis político-militar durante la cual el gran
presidente Getúlio Vargas se suicidó, denunciando el dominio y
la expoliación de Brasil por parte de los grupos económicos y
financieros internacionales. “La campaña subterránea de los
grupos internacionales se alió a la de los grupos nacionales
sublevados contra el régimen de garantía
del trabajo” – acusó Vargas.
Y agregó: “Quise crear la libertad
nacional potenciando nuestras riquezas,
pero ni bien comienza a funcionar, la onda de agitación se
acrecienta. La Eletrobrás fue obstaculizada hasta la
desesperación. No quieren que el trabajador sea libre. No
quieren que el pueblo sea independiente”.
Estas palabras me despertaron a la
problemática de los intereses económicos, como eventuales
factores de fenómenos políticos, y al estudio de la penetración
de los Estados Unidos en el Brasil, su grado de influencia en
los acontecimientos y sus esfuerzos para impedir el vigoroso
surgimiento de industrialización que se dio durante los años 50
del siglo XX, como consecuencia de la implantación del complejo
siderúrgico de Volta Redonda.
El triunfo de la revolución en Cuba, en
1959, fue otro evento que enriqueció mi experiencia. Visité la
Habana, en abril de 1960, en la condición de editor político del
Diario de Noticias, de Río de Janeiro, integrando la
comitiva de Jânio Cuadros, entonces candidato a la presidencia
de la República. Allá conocí a Fidel Castro, al Che Guevara y a
otros. Asistí a sus conversaciones con Jânio Cuadros.
También, vi aviones, que salían de Miami,
vaciando bombas incendiarias sobre cañaverales cubanos, en las
inmediaciones de Santiago de Cuba. Eran acciones de terror, en
el contexto de la campaña, que la CIA ya perpetraba contra el
gobierno oriundo de la revolución, cuyo carácter real no era el
comunismo y si el nacionalismo, la lucha contra el predominio
imperial de los Estados Unidos.
A fin de entender este fenómeno, que fue la
revolución cubana, se tornaba necesaria conocer la esencia de su
processus histórico, dentro de las condiciones de toda
América Latina, cuyas contradicciones con el sofocante
predominio de los Estados Unidos, no resueltas, la misma
exprimió, y de ahí la popularidad y el amplio respaldo que
también recibió entre todos los pueblos de la región.
Mientras pudiese tener como vector la
formación de la identidad política nacional, con la derrota de
los que pretendían la integración de Cuba a los Estados Unidos
por parte de los independentistas, la revolución, comandada
por Fidel Castro, no constituyó un fenómeno aislado.
Fue un fenómeno da América Latina, donde el
nacionalismo, que se manifestara, en gran medida, bajo formas
nazi-fascistas, durante los años 30 y 40, se inclinó cada vez
más hacia la izquierda, hasta el punto de identificarse con
el comunismo, como en el caso de Cuba, en medio de la Guerra
Fría, que se caracterizaba por la contradicción entre los dos
polos del poder internacional. Desde que la vis atractiva
de la Alemania nazi, como polo de poder económico, político
y militar, desapareciera con el término de la Segunda Guerra
Mundial, la Unión Soviética se manifestaba como la única fuerza
capaz de contraponerse al predominio de los Estados Unidos.
La manifestación del nacionalismo, bajo
las formas de nazi-fascismo o de comunismo, en diversos
países de América Latina, demuestra la necesidad de
re-evaluar los conceptos de izquierda o derecha, una vez que
tales tendencias ideológicas, importadas de Europa, se
modificaran, no sólo en su contenido, sino también incluso en
los objetivos que se propusieran, al expresar,
concretamente, otras condiciones económicas, sociales y
políticas.
Las contradicciones de América Latina con
los Estados Unidos llevaron el nacionalismo, que en Europa
constituyó la expresión política de la derecha, a
manifestarse, en países de América Latina, como fuerza de
izquierda, aún cuando usó la retórica del nazi-fascismo.
Y esto se debe al hecho de que, mientras la
permanencia de las palabras tiende a dar estabilidad al
concepto, la realidad es, que el concepto pretende representar y
la palabra exprimir, se modifica a cada instante, está en
movimiento, esto es, en un constante devenir, en un
continuo flujo en que el ser y el no ser se integran, según
resaltó el profesor Alberto da Rocha Barros4.
Heráclito ya había enseñado que “todas
las cosas fluyen, nada permanece parado”. Y a él
también se le atribuye la frase: “Nosotros entramos y no
entramos en los mismos ríos. Nosotros somos y no somos”5.
Tanto el concepto de izquierda y como el de
derecha no pueden, por lo tanto, estabilizarse, en la medida en
que precisan acompañar y reflejar la realidad mutante,
dentro de las condiciones geográficas e históricas, económicas,
sociales y políticas de las regiones donde el fenómeno político
ocurre.
Asistí a las transformaciones que se
procesaron en el mundo a lo largo de la segunda mitad del siglo
XX. Puedo decir también que viví los acontecimientos ocurridos
en el Brasil, desde el suicidio de Vargas, en 1954 y el gobierno
de Juscelino Kubitschek hasta la renuncia de Jãnio Cuadros a la
presidencia de la República, en 1961, y al golpe militar de
1964, tanto en la condición de asesor del diputado Sérgio
Magalhães, del PTB, presidente del Frente Parlamentario
Nacionalista y vice-presidente de la Cámara Federal, como de
periodista, jefe de reportaje en el Correio da Manhã y
jefe de la sección política del Diario de Noticias, dos
de los más importantes órganos de prensa brasileña.
El golpe militar de 1964 no constituyó
sorpresa alguna para mí. La amenaza estaba latente en la
política brasileña, desde que Jânio Quadros renunciara a la
presidencia de la República, con el intento de forzar al
Congreso a otorgarle el poder legislativo y entrar en receso
permanente, como condición para que él retornase al gobierno,
frente al impasse político y constitucional, que se crearía con
el veto previsible de los ministros militares a la investidura
del vice-presidente João Goulart en el cargo de presidente, como
su sucesor.
Este designio suyo lo divisé después,
porque, aunque nunca fuese adepto a Jânio Quadros, yo lo
acompañaba, al servicio del Diario de Noticias, de Río de
Janeiro, durante la campaña electoral, y poseía un conjunto de
informaciones que me permitieron deslindar el enigma y publicar,
dos meses después de la renuncia, un pequeño libro – El 24 de
Agosto de Jânio Quadros - en el cual revelé que Quadros
pretendía dar un golpe de Estado sui géneris,
constituyéndose “como alternativa para la junta militar que
él mismo sugiriera”7, cuando muchos aún creían en
la hipótesis de que fuera depuesto.
El propio Jânio Quadros, sin embargo,
confirmó, en la obra Historia del Pueblo Brasileño,
escrita por él en co-autoría con Afonso Arinos de Melo Franco,
que su propósito, al renunciar a la presidencia del Brasil,
fuera del hecho de constreñir al Congreso, coactado por los
acontecimientos, a delegarle las facultades legislativas, sin
perjudicar aparentemente, “los aspectos fundamentales de la
mecánica democrática”7.
Cité estos episodios, porque, desde el
golpe militar de 1964, sufrí todas sus consecuencias. Estuve
exiliado en Montevideo, donde conviví con el ex-presidente João
Goulart, Leonel Brizola, el general Enrique Oest, el coronel
Dagoberto Rodrigues y tantos otros. Volví clandestinamente al
Brasil.
En 1969, fui preso por los agentes del
CENIMAR, entre los cuales estaba un americano, agente de la
CIA. Después de un año, anulada la sentencia de la Auditoria de
Marina, fui libertado, pero otra vez, a comienzos de 1973, la
Marina de Guerra mandó prenderme. Así pasé más de un año
encarcelado en el Regimiento Marechal Caetano de Farias, en Río
de Janeiro.
Solamente en las vísperas de Navidad de
1973, fui soltado y, regresando a San Pablo, pude retomar las
actividades académicas, luego de diez años, los cuales viví
como exiliado, clandestino, semi-clandestino y preso, debido
a mi participación en la resistencia y oposición al régimen
militar. Mi querido y nostálgico amigo Mauricio Tragtemberg me
invitó para sustituirlo como profesor en la Escuela de
Sociología de San Pablo. Y pude hacer mi doctorado en ciencia
política en la Universidad de San Pablo.
A pesar de ser perseguido, durante diez
años, nunca paré de producir. No puedo dejar aquí de mencionar
un hecho que marcó mi carrera académica. Al salir de prisión, a
fines de 1970, mi querido amigo Ênio Silveira, propietario de la
Editorial Civilização Brasileira, me sugirió que escribiera
sobre la penetración de los Estados Unidos en el Brasil y
mensualmente me adelantó los derechos de autor, de modo que yo
pudiera sustentarme, además de suministrarme los recursos para
la realización de la investigación.
Conté entonces con el respaldo de un
escritor Ballano, Adonias Filho, considerado de derecha y ligado
a los militares, pero amigo mío y de Enio Silveira. Él, como
director de la Biblioteca Nacional, en Río de Janeiro, me dio
ahí un despacho especial y acceso a todos los libros y
documentos para que yo pudiera trabajar.
También conté con otros amigos dentro de
Itamaraty y el apoyo de Alzira Vargas de Amaral Peixoto, hija de
Getúlio Vargas, y de Euclides Aranha Neto, hijo del ex-canciller
y embajador Oswaldo Aranha, que me abrieron sus archivos.
Trabajé día y noche y, cuando fui
nuevamente condenado por la Auditoría de Marina bajo la
acusación de incitamiento de motín, escapé otra vez para San
Pablo, donde terminé el libro, en la clandestinidad, con
cobertura de Aldo Lins y Silva.
Al ser llevado nuevamente a prisión, a
comienzos de 1973, ya había entregado los originales a Ênio
Silveira. El libro se titula Presença dos Estados Unidos no
Brasil (Dois sécalos de História). Fue lanzado, en
setiembre de 1973, mientras yo estaba encarcelado en el
Regimiento Marechal Caetano de Farias.
Conté tales hechos porque ellos
consustancian mi experiencia y desde entonces pautaron mis
estudios e investigaciones. Y fue a partir de ahí que traté de
ampliar la investigación histórica, en los archivos, y
profundizar aún más, mis conocimientos sobre los Estados Unidos,
considerándolo como la expresión más avanzada del sistema
capitalista mundial, cuyo dominio se tornara inigualable luego
de la Segunda Guerra Mundial, aunque contestado por la Unión
Soviética y el Bloque Socialista.
El único medio de comprender el fenómeno,
según lo enseñó Karl Kautsky, es saber como comenzó. No
se puede comprender la sociedad actual sin saber como surgió,
como sus varios fenómenos (capitalismo, feudalismo,
cristianismo, judaísmo, etc.) se desarrollaron9. De
ahí que el cuentista político deba ser necesariamente
historiador.
Los Estados Unidos configuran un producto
directo de la gran revolución inglesa de 1648. Y el capitalismo
fue el único modo de producción que tuvo capacidad de expansión
mundial, extendiéndose a todas las regiones del planeta y
tendiendo siempre a eliminar todas las otras formaciones
económicas naturales, pre-capitalistas y no-capitalistas,
necesarias a su alimentación y desarrollo.
La economía mundial capitalista no
constituye, por lo tanto, un conjunto de economías nacionales,
sino un todo, una realidad viva, una unidad superior. Ella
integra, como un bloque asimétrico, potencias industriales y
países agrícolas y atrasados o en vías de desarrollo.
Y de ahí la imposibilidad de instituir, en
el modelo nacional, un sistema armónico y autosuficiente, con
todos los ramos económicos, sin considerar las condiciones
geográficas, históricas y culturales del país, que solamente
constituye un pedazo de la unidad económica mundial.
La división internacional del trabajo y de
las fuerzas productivas, y la creación del mercado mundial, así
como la subordinación de la industria en la Unión Soviética a la
tecnología extranjera y a la importación de materias primas
hacían, por consiguiente, inviable la sustentación de una
sociedad socialista, planificada, a mediano o a largo plazo. No
podía ser asimilada por el sistema capitalista mundial.
Y así es por lo que Lenin retrocedió del
comunismo militar o comunismo de guerra, implantado durante los
años de la guerra civil, y restableció el funcionamiento de
la economía de mercado, con la adopción de la NEP (Novaia
Ekonomitcheskaia Política), a partir de 1922, no como
táctica, a fin de enfrentar dificultades momentáneas9,
y sí como estrategia de desarrollo de las fuerzas productivas,
necesario al socialismo. Él concebía el capitalismo de
Estado como el capitalismo privado, permitido y controlado
por el Estado, y no como la propiedad y la operación de las
empresas por el Estado.
Stalin, mientras tanto, liquidó la NEP en
1927 y, con la perspectiva de instituir el socialismo dentro de
las fronteras nacionales de la Unión Soviética, trató de
implementar el Plan Quinquenal (1928-1933), promoviendo la
radical colectivización de las tierras y acelerando,
brutalmente, el proceso de industrialización.
Kart Kautsky, en aquel tiempo, criticó el
régimen soviético por haber transportado los métodos del “absolutismo
monárquico” de la política para las industrias, aumentando
más y más los poderes de los directores de fábricas sobre los
operarios, no obstante, sometiendo a los mismos directores a tal
subordinación al aparato político que les quitaba toda la
capacidad de actuar con independencia y así poder tomar por
cuenta propia cualquier iniciativa en el proceso de producción y
distribución10.
Y, a través de la restricción del consumo a
un mínimo absolutamente intolerable, el Estado se apropió del
excedente económico, con el cual se dispuso a crear y organizar
usinas, centrales de energía eléctrica, industrias de máquinas y
equipamientos, así como de otros bienes de capital11.
Esta acumulación primitiva de capital, en
que la socialización se convirtiera ya no más en consecuencia
pero sí en vía de desarrollo, sólo fue viable también mediante
la socialización del terror. Alrededor de 1931, Stalin ya
habría mandado ejecutar, como mínimo, un millón de ciudadanos
soviéticos o, según el historiador Roy Medvedev, cerca de 12
millones, además de otros 38 millones, que sufrieron las más
variadas medidas de represión (prisión, campos de trabajo,
etcétera)12, y determinó, en los 10 años siguientes,
esto es, hasta 1941, el fusilamiento de más de 100.000
dirigentes bolcheviques, entre los cuales todos o
prácticamente todos los compañeros de Lenin13.
No sin razón Leon Trotsky, en 1935, previó
que, sin la restauración de la libertad política y sindical, el
prolongado aislamiento de la Unión Soviética, dentro de una
economía mundial de mercado, acarrearía, finalmente, la
restauración del capitalismo y el surgimiento de una nueva clase
poseedora14.
De hecho, el colapso de la Unión Soviética
y del Bloque Socialista no negó, sino que confirmó la
conclusión a las que Karl Marx había llegado, expuestas en el
prefacio de Zur Kritik der Politschen Ökonomie, según las
cuales una formación social nunca se desmorona sin que las
fuerzas productivas dentro de ella estén suficientemente
desarrolladas, y que las nuevas relaciones de producción
superiores jamás aparezcan, en el lugar, antes que las
condiciones materiales de su existencia sean incubadas en las
entrañas de la propia sociedad antigua15. Ni
Marx ni Engels jamás concibieron el socialismo como vía de
desarrollo o modelo alternativo para el capitalismo, sino
como consecuencias de su expansión, de su madurez.
Sin el rápido perfeccionamiento de los
instrumentos de producción y el constante progreso de los medios
de transporte y de comunicación, conque la burguesía arrastraba
hasta a las naciones más bárbaras a la civilización, no sería
posible su implantación.
Lo que viabilizaba, científicamente, el
socialismo, de acuerdo con la teoría de Marx y Engels, era el
alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, que el
capitalismo impulsaba, pero que, al mismo tiempo, socializaba
cada vez más el trabajo, tornaba el progreso discriminatorio
y excluyente, en virtud del carácter privado de la apropiación
del excedente económico.
Sólo en dichas condiciones, el aumento de
la oferta de bienes y servicios, en cantidad y en calidad,
podría alcanzar un nivel en el que la liquidación de las
diferencias de clase constituyese un verdadero progreso y
tuviese consistencia, sin acarrear consigo el estancamiento o,
inclusive, la decadencia del modo de producción de la sociedad,
según lo advirtiera Engels16.
La desintegración de la Unión Soviética y
de todo el Bloque Socialista demostró que el capitalismo, como
sistema económico mundial, no había agotado su capacidad de
desarrollo. Y le dio un nuevo respiro, le abrió un nuevo
campo de expansión. El surgimiento de la nueva área, el Este
Europeo, con grandes zonas de economía no-capitalista, amplió el
círculo de consumo para el capital, como mercado para la
inversión de su excedente económico y como reserva de fuerza de
trabajo, posibilitándole el incremento de la reproducción, la
acumulación.
Así, los Estados Unidos, que ya se habían
convertido en la potencia dominante en Occidente, liderando el
cartel de las grandes potencias capitalistas, pudieron
avanzar en su proyecto de instituir un imperio global. Y
disponían por lo tanto de todas las condiciones.
Así, actualmente, los Estados Unidos
responden por cerca del 25% del PBI mundial, están al
frente del desarrollo científico y tecnológico, con cerca de 50%
de las patentes requeridas en todo el mundo, su poderío militar,
con 7.000 ojivas nucleares, es superior al de todas las demás
potencias y se expande por todos los países del mundo, donde
tiene bases instaladas y más de 300.000 soldados acuartelados.
Controlan la economía mundial por medio del FMI, Banco Mundial,
Banco Interamericano de Desarrollo y otras instituciones y
tratados.
También los Estados Unidos extienden su
preeminencia, a nivel cultural, a través del control de la
información y de aparatos ideológicos, como la CNN,
Internet, las agencias de noticias, el cine de Hollywood,
las sectas evangélicas fundamentalistas, fundaciones
académicas. E, igualmente, diversas instituciones como
National Endowment for Democracy, Internacional
Republican Institute, National Democratic Institute for
Internacional Affaire y el American Centre for
International Labour, brazo de la política exterior de la
AFL-CIO, promueven intereses de los Estados Unidos, en todos los
países, donde sus servicios de inteligencia igualmente
conducen acciones encubiertas, manipulando y subvencionando la
oposición interna a los gobiernos que eventualmente contraríen
los intereses políticos y estratégicos de Washington.
Al escribir la obra A Formação do
Imperio Americano no pretendí producir un libro sobre la
historia de los Estados Unidos, ni de la sociedad americana. Ya
hay muchas obras, narrando la historia de los Estados Unidos,
una historia en gran medida pasteurizada por los autores.
Mi objetivo fue hacer un análisis
estructural, en su dimensión
histórica, del proceso que posibilitó a los Estados Unidos
convertirse, en menos de un siglo,
en una superpotencia, un super-Estado
internacional, entendido como el dominium que ejerce
imperium (poder) sobre los hombres (para el caso sobre otros
Estados), de acuerdo al concepto amplio de Nicoolò
Machiavelli (1469-1527)17.
Investigué y recogí informaciones que están
en las más diversas fuentes, fuentes primarias, diarios,
memorias de presidentes de los Estados Unidos, secretarios de
Estado, asesores de Seguridad Nacional, agentes de la CIA
y de otros servicios de inteligencia, gangsters, que
mantuvieron reracionamientos con presidentes americanos, etc.
Las cotejé, así como crucé todos los datos que existen pero
están dispersos, fragmentados y, por esto, no permiten al
público, de modo general, conocer la causa y la esencia del
fenómeno político, de los diversos episodios históricos,
episodios domésticos o internacionales, o que se dieron en otros
países, con la participación directa o indirecta de los Estados
Unidos. A partir de ahí traté de reconstruir el mosaico que la
formación Imperio Americano configuró. La historia es un
emerging design.
El cuentista político portugués Antônio de
Sousa Lara destacó muy bien que los Estados Unidos “configuraban
un modelo victorioso, o mejor aun, configuran el núcleo duro de
un modelo que alcanzó suceso, la supremacía sobre todos los
otros modelos político-económicos y sociales y que se tornó
hegemónico”18.
Sin embargo, “como no hay bella, sin un
pero”, según ponderó, los Estados Unidos, aunque configuren
el “único Estado que tiene poder político sin igual en el orden
interno, superior en el orden externo (…), el único Estado
verdaderamente soberano en la faz de la Tierra”, constituye
también una sociedad materialista, egoísta, hedonista, de
desperdicio, de degradación de la naturaleza, progresivo
irrespeto por los más débiles, dentro de la “teoría de los
descartables”, que anima a la sociedad de consumo a que todo se
puede tirar a la basura, desde los animales domésticos incómodos
y los fetos no deseados a los enfermos terminales, ascendentes y
parientes viejos y muy viejos “que insisten en no morir”19.
El modelo capitalista victorioso en los
Estados Unidos, pues, no está exento de paradojas, como aun
resaltó Sousa Lara, y para comprenderlo es fundamental percibir
cómo surgió, cómo se formó, cómo se desarrolló su realidad
histórica, tanto económica y social como política y cultural.
Naturalmente, tenía que partir de una
teoría y ningún otro concepto, salvo el del imperio, que puede,
por consiguiente, exprimir mejor, y de modo más aproximado,
tanto como sea posible, la realidad que los Estados Unidos
pasaron a configurar, sobre todo después de la Segunda Guerra
Mundial, y el carácter imperialista de su política
internacional.
Evidentemente, ninguna formación económica,
social y política se repite o se reproduce, con las mismas
características, a lo largo de la historia. El imperialismo,
además, no constituye solo un fenómeno del capitalismo,
resultante de la fusión del capital bancario con el capital
industrial, generando el capital financiero, que pasa a
controlar todo el proceso productivo.
Según reconoció Lenin, la política colonial
y el imperialismo ya existían antes de la fase actual del
capitalismo y, aún así, antes del capitalismo”20, a
ejemplo de Roma, cuyo sistema productivo se basaba en la
esclavitud. No fue Lenin, sin embargo, quien desarrolló la
teoría del imperialismo. Los conceptos básicos fueron
formulados por los economistas Rudolf Hilferding (1877 – 1941),
John Atkinson Hobson (1858 – 1940) y Rosa Luxemburgo (1870 –
1919). Fue en los dos primeros que Lenin se apoyó y muy poco o
nada agregó, excepto la esperanza de que el capitalismo, en su
fase imperialista, condujese plenamente a la socialización de la
producción, en sus más variados aspectos, y arrastrase a los
capitalistas, a pesar de su voluntad y conciencia, a un cierto
nuevo régimen social, de transición entre la libertad plena de
competencia y la socialización completa21.
No consideró que el imperialismo
constituyera la expresión política del proceso de acumulación
del capital, en lucha para conquistar las regiones
no-capitalistas que aún no se encontraban dominadas y que estas
regiones, en aquel tiempo, aún abarcaban gran parte de la Tierra22.
Ignoró el aporte de Rosa Luxemburgo y atacó violentamente la
hipótesis de Kautsky.
Pero el hecho fue que la revolución social
no se extendió en Europa y, luego de la Segunda Guerra Mundial,
en que los Estados Unidos e Inglaterra disputaron con Alemania
el dominio mundial, el cartel de las potencias
industriales de Occidente se consolidó, en la confrontación con
la Unión Soviética y el Bloque Socialista.
La realidad ya no era más la existente a
fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, en
que las potencias industriales – Inglaterra, Francia y otras –
repartían el mundo y acoplaban a sus economías, como colonias,
las regiones agrícolas, las regiones más atrasadas, en que la
guerra era la competencia comercial por otros medios, por medio
de las armas.
El imperialismo no era “el capitalismo
de transición o, más apropiadamente, agonizante”, como
imaginaba Lenin, juzgando que la revolución social que estallara
en Rusia iba a extenderse al resto de Europa23. La
política imperialista de aquel tiempo, de la Belle Époque,
sería desalojada por otra nueva, ultra-imperialista, en que
la explotación común por el capital financiero unido
internacionalmente sustituiría el conflicto bélico entre las
grandes potencias industriales, de acuerdo a la previsión de
Kautsky. Las guerras, para el consumo de material bélico, se
desviaron hacia la periferia del sistema capitalista.
Dado que la realidad se modifica a cada
instante, está en movimiento y continúa su mutación, el concepto
de imperialismo, en la medida en que debe y precisa acompañar y
reflejar esta realidad, no puede más, por lo tanto,
estratificarse con base en el modelo económico y político de
Roma, como también en el modelo de Inglaterra, Alemania o
Francia, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, no
obstante puedan existir elementos y trazos comunes de
identificación.
El concepto de imperialismo debe acompañar,
evolucionar y reflejar la transformación en las relaciones
económicas y políticas internacionales, ocurridas,
principalmente, a partir de la Segunda Guerra Mundial, como, por
ejemplo, la desaparición formal de las colonias, en la década de
1960, y la aparición de los NICs (New Industrializing
Countries.
El hecho
que, actualmente, un país exporta capitales y hace inversiones
en el exterior no significa que sea imperialista, que practique
una política imperialista. Si fuese así, Portugal, España,
China, África del Sur, el Brasil y otros diversos otros países
serían imperialistas.
Las fuerzas productivas del capitalismo, en
los más variados países, pretenden pasarse de la estrecha
raya del Estado nacional, al mismo tiempo en que se acentúa
el proceso de internacionalización/globalización, de
concentración del poder económico y político, a escala mundial,
de la economía. No puede tomarse más la pura y simple
exportación de capitales como parámetro del imperialismo.
El imperialismo, en la actualidad, asumió
nuevas características, las características de
ultra-imperialismo. Implica una política de poder, y los
Estados Unidos configuran la única potencia capaz de ejecutarla,
con el objetivo estratégico de asegurar fuentes de energía y de
materias primas, así como las inversiones y mercados de sus
grandes corporaciones, mediante el mantenimiento de bases
militares, en las más diversas regiones del mundo, en las cuales
avanzan sus intereses, a través de los medios de comunicación,
acciones encubiertas de los servicios de inteligencia,
lobbies, corrupción, presiones económicas directas o
indirectas por medio de organizaciones internacionales, como el
Banco Mundial, el FMI, donde detentan la posición mayoritaria.
La economía de los Estados Unidos, cuyo
dólar representa la principal moneda internacional de reserva,
está estrechamente entrelazada con el mercado mundial, a través
de flujos de importación y de exportación, con déficit crónico
comercial que alcanzó el record con U$S 725.8 billones, en 2005,
cerca del 17,5% más que en 2004, así como a través de flujos
financieros, remesas, lucros, intereses, amortizaciones,
royalties y dividendos, oriundos de sus inversiones directas
e indirectas, y de captación de capitales con la venta de bonos
del Tesoro americano.
Este entrelazado es tan profundo, la
dependencia es de tal magnitud que la política monetaria dictada
por el Federal Reserve Bank (FED), elevando o
disminuyendo las tasas de interés, o las decisiones del gobierno
americano y del Congreso, al imponer o abolir impuestos, y
subsidios repercuten sobre la economía de los más diversos
países y pueden sacudir todo el sistema capitalista mundial.
A fin de mantener la hegemonía, el Estado
americano financia los programas de investigación científica y
tecnológica, sobre todo a través de presupuesto de Defensa, que
alcanzó niveles record durante la administración del presidente
George W. Bush.
También el Estado americano subsidia
indirectamente las industrias bélicas, siderurgia, metalurgia,
fibras ópticas, etcétera, mediante la compra de armamentos y
otros pertrechos de uso militar o dual.
Y de modo de mantener el complejo
industrial-militar, la connivencia entre las grandes
corporaciones, contratistas de obra (contractors), y el
Pentágono, el gobierno de los Estados Unidos tiene siempre que
crear “nuevas amenazas” a su seguridad y a la way of life
de los americanos, así como a los intereses nacionales de los
Estados Unidos, intereses estos consustanciados, en el exterior,
tanto por la protección de las fuentes de energía, el petróleo,
y del acceso a los mercados externos, como por el respaldo y
defensa de los países clientes, a ejemplo de Arabia Saudita,
Israel y Egipto.
La producción en gran escala de armamentos,
de pertrechos militares de tecnología de punta y alto costo,
implica, por lo tanto, no sólo la necesidad de probarlos, sino
también de consumirlos en condiciones de guerra real, a fin de
que el Pentágono pueda hacer nuevas entregas, que mantengan el
proceso de reproducción, y descartar los armamentos antiguos, de
generaciones anteriores, vendiéndoselos a los países clientes, a
los centinelas del Imperio, según la expresión de la politóloga
americana Jan K. Black.
Los Estados Unidos, donde, sobre todo en la
segunda mitad del siglo XX, la polarización política y la
desigualdad económica se entrelazan cada vez más y, en 2002,
cerca de 34,6 millones, casi el total de la población de
Argentina, vivían por debajo del índice de pobreza, presentan,
sin embargo, un elevado nivel de vulnerabilidad.
Según la Heritage Foundation, ligada
al Partido Republicano, se espera que el déficit fiscal de los
Estados Unidos se eleve a U$S 1 trillón por año, hasta el 2017.
Este déficit se conjuga con el déficit comercial, que, según
anunció el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, en
febrero de 2006, batió un nuevo record, en 2005, alcanzando el
monto de U$S 725.8 billones. Esta tendencia, que se acelera,
llevó al Fondo Monetario Internacional , a comienzos de 2004, a
advertir que el déficit fiscal y el creciente desequilibrio
comercial, twin deficits, iban a elevar la deuda externa
de los Estados Unidos en tales proporciones que quebraba todos
los record y amenazaba la estabilidad de la economía global,
generando “significant risks@ para todo el mundo24.
Efectivamente, a partir del primer mandato
del presidente George W. Bush, los Estados Unidos tomaron
préstamos de los gobiernos y bancos extranjeros más que en todas
las administraciones desde 1776 a 2000. Su deuda externa
alcanzaría, el 30 de junio de 2003, la cifra de U$S 6 trillones,
de los cuales U$S 1.270 trillones del principal, de acuerdo con
el informe del Departamento del Tesoro25.
Correspondían a los Estados Unidos, en 2004, cerca del 22% de la
deuda externa combinada de 206 países, listados por el
Factbook, de la CIA, en un valor total de U$S 38,54
trillones26.
Y, de acuerdo con el World Factbook,
de la CIA, la deuda nacional de los Estados Unidos, en 2005,
representaba el 64.7% del PBI, estimado en U$S 12.49 trillones,
mientras la deuda externa de China, con un PBI calculado en U$S
2.225 trillones, era del orden de U$S 242 billones. Y, en el
primer semestre de 2006, la deuda externa de los Estados Unidos
tendía a crecer, en una media, de U$S 628 millones todos los
días. La deuda del gobierno federal, en junio de 2006, ya
estaba en el entorno de los U$S 8,3 trillones27.
El alta del precio del petróleo, del cual
la guerra en Irak lleva sacado 1,5 millones de barriles/día del
mercado, y de oro, así como la valorización del euro son
síntomas de la profunda crisis que esconde la economía
americana.
Los Estados Unidos emiten dólares, sin
base, para pagar la energía, commodities y manufacturas
que importan, y los países que les venden, tales como Arabia
Saudita, China y otros, con los mismos dólares sin base compran
bonos del Tesoro Americano.
En otras palabras, son los bancos centrales
de otros países que continúan financiando el déficit en la
cuenta corriente de la balanza de pagos de los Estados, que en
2005 alcanzó el record de U$S 805 billones, 25% más que en 2004
y el equivalente a 6,4% del PBI28.
Las estadísticas del Departamento del
Tesoro indicaban, a fines de 2004, que los extranjeros
detentaban el 44% del débito federal en poder del público.
Cerca de 64% de los 44% estaban en poder de los bancos centrales
de otros países, la mayor parte de los bancos centrales de Japón
y de China. Sólo China detenta cerca de U$S 854 billones, el
valor más alto que el déficit de la cuenta corriente de la
balanza de pagos de los Estados Unidos.
Esta situación genera ciertamente un enorme
potencial de riesgo para los Estados Unidos, si los bancos
pararan de comprar los bonos del Tesoro o comenzaran a
venderlos, masivamente, en el mercado. Lo que aparta, por el
momento, la perspectiva de colapso es el hecho de que el dólar
es la moneda internacional de reserva.
Aparta, pero no elimina la amenaza. “The
most world’s richest, most powerful country, depends on the
savings of the world’s poorest” – exclamaron Bill Bonner y
Addison Wiggin, en su obra Empire of Debt29.
Pero ¿hasta cuando?
La burbuja
financiera de los Estados Unidos, inflada de esta manera, va a
explotar, día más día menos. El 28 de marzo de 2006, el Asian
Development Bank advirtió a sus miembros en el sentido de que se
preparasen para un posible colapso del dólar, que, aunque
incierto, tendría graves consecuencias para la economía mundial30.
El financista George Soros considera que el estallido de la
burbuja es inevitable y previo que se daría en 2007.
Señales muy
similares a las que marcaron el declive y la caída del Imperio
Romano descritos tan magistralmente por Edward Gibbon, ya se
manifiestan y se acentúan en los Estados Unidos. Sin un estado
de guerra permanente la economía de los Estados Unidos deja de
funcionar. La paz es contraria a sus intereses. Lo mismo
sucedió con el Imperio Romano, cuya economía, en la forma que
finalmente alcanzó, se basaba en la guerra31.
El Imperio
Americano, militarista, necesita también de guerras para
mantener su economía en funcionamiento, reducir el número de
desocupados, etc. Ya se enfrenta, sin embargo, con serias
dificultades para frenarlas en más de un escenario de
operaciones. Los gastos con las guerras en Irak, donde los
Estados Unidos ya sufrieron más de 2.510 bajas, y en Afganistán,
donde las fuerzas de la OTAN pierden más y más soldados cada
año, sin conseguir dominar la situación, concurren para agravar
la perspectiva de una grave y profunda crisis en su economía.
La guerra en Irak y en Afganistán está perdida para los Estados
Unidos.
Dentro de tres o
cuatro años, tal vez menos, los Estados Unidos, cualquiera sea
su presidente, tendrán que retirar las tropas de Irak.
La crisis en Oriente
Medio, mientras tanto, tiende a agravarse. Aunque no sea el
único factor, la política del presidente George W. Bush, con la
llamada guerra contra el terrorismo, es en gran medida
responsable por el recrudecimiento del conflicto en Palestina y
que ahora se extiende al Líbano.
El Estado de Israel,
por cierto, tiene el derecho de existir. Es una realidad
irreversible y no se puede pretender destruirlo como intentan
los radicales, fundamentalistas islámicos. Nada, sin embargo,
justifica la masacre de civiles y la devastación de la
infraestructura del Líbano y de la Franja de Gaza que las
fuerzas armadas de Israel van a perpetrar, como gendarme del
Imperio Americano, a fin de extirpar a Hizbolah, la milicia
chiita apoyada por Irán. Israel pierde lo que le queda de
autoridad política y moral, así como compromete su economía y el
futuro de su propia seguridad.
Los Estados Unidos
no podrán sustentarlo, indefinidamente, en medio de los pueblos
musulmanes, que pasarán a hostilizarlo y amenazarlo cada vez
más, como consecuencia del odio y del sentimiento de venganza
generados por tamaña ferocidad.
Si la decadencia del
Imperio Romano duró muchos siglos, la decadencia del Imperio
Americano probablemente llevará tan solo unas décadas. El
desarrollo de los medios de comunicación y del transporte
imprimió una mayor velocidad a la civilización moderna.
El desarrollo de las
herramientas electrónicas, la tecnología digital, imprimieron
velocidad al tiempo. Y la caída del Imperio Americano será
tan vertiginosa, dramática y violenta como su ascensión.
Al
reproducir este material en español es necesario
colocar el origen
de esta traducción
.
Traducido para LA ONDA digital
por Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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