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Un debate
nacional saludable
La cultura como estrategia
Oribe Irigoyen |
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Nueva oposición
se nutre de la
globalización de lo catastrófico
Freddy Sorribas |
Un debate nacional saludable
La cultura como estrategia
por Oribe Irigoyen
Un debate saludable se ha instalado en la sociedad uruguaya en
torno a la democratización de los medios de comunicación, a la
ruptura del monopolio mediático que vive desde hace tiempo el
Uruguay, sobre todo en la televisión.
El origen del debate tuvo por protagonista al propio Presidente
de la República, Tabaré Vázquez y adquirió un impulso
amplificador, que trasciende la importancia indudable del tema
de la democratización de la información, con la intervención del
comunicador Esteban Valenti, hombre del gobierno, quien puso en
el centro del debate a la cultura.
En un artículo de la revista Bitácora, Valenti expresa su
alerta ante la circunstancia de que el gobierno de izquierda
está perdiendo la batalla de la cultura, esto es de las ideas,
que contribuyera y mucho al acceso del Frente Amplio a la máxima
magistratura del país.
Esa derrota de la cultura, según Valenti, tiene como principal
responsable a la propia fuerza política en el gobierno por su
conservadurismo en viejas fórmulas hoy ineficaces, por su
inercia política, incapacidad de iniciativa y creatividad, y
ausencia de ideas. A lo que se sumaría el alejamiento de los
intelectuales de la gestión de gobierno, con su cuota de
responsabilidad como sector social, pero con mayor
responsabilidad de la fuerza política gobernante en esa atonía
intelectual, que ha dejado de jugar el trascendente papel que
tuviera en otros tiempos, tanto en la izquierda como en el
Uruguay.
La mayor preocupación de Valenti proviene de que perder la
batalla de la cultura tendría consecuencias catastróficas para
el futuro del país en su inserción en el concierto de las
naciones. Y por el contrario, ganar esa batalla cultural
significaría el triunfo en el conflicto democrático hoy
debatido y llevaría al protagonismo real de toda la ciudadanía
en la vida del país. Pero sobre todo perfilaría la inserción del
Uruguay en el tormentoso mundo actual de la globalización, donde
la inteligencia, la cultura, resultan las fuerzas principales de
la civilización y de la economía.
El protagonismo de
la cultura
Entonces, por lo menos en alerta escrito, la cultura, Cenicienta
nacional en la consideración de los partidos políticos, adopta
un insólito protagonismo en la vida política del país, que le
corresponde por actuales preocupaciones estratégicas, pero
también por derecho propio. Bueno es que la voz de alerta surja
del mismo gobierno. Porque en caso de ser entendida y atendida,
podría significar un cambio estructural en la gestión del Frente
Amplio al frente de la nación, que iría más allá de la buena y
bienvenida administración capitalista que realiza hasta ahora.
Es que en la esfera política uruguaya, existe casi por
tradición, con alguna excepción histórica ( gestión de José
Batlle y Ordóñez, por ejemplo ), una concepción partidocéntrica
de la democracia, y además muy montevideana. Y se observa dentro
de los partidos, la ausencia no ya de una discusión democrática
de las políticas culturales, tampoco un debate acerca de la
democratización de la cultura. Para los partidos políticos
uruguayo, se sabe de buena data, la cultura es de otro planeta,
a lo sumo de la Tierra pero como flor azteca de adorno, motivo
apenas de actos celebratorios cuando obtiene triunfos
internacionales.
De igual modo, podría por lo menos sospecharse que la cultura
uruguaya tiene lo suyo para decir y ser considerado en el
posible debate actual sobre ella. Con los alrededor de 600
millones de dólares anuales promediales que moviliza pese a la
estrechez del mercado interno, la cultura alcanza dimensiones
importantes como una industria que hace circular más dinero y
crea más puestos de trabajo que otras industrias que han
merecido la atención especial del Estado y de los partidos
políticos ( la industria del arroz, por ejemplo ).
También, en relación con la inserción de la cultura en la
sociedad, puede percibirse una creciente democratización, de la
que ella es el motor
No está demás saber que del total del dinero movido por la
cultura, el 53 % es producto directo del público consumidor, el
40% está financiado por la publicidad de los medios masivos y el
6% proviene del Estado, menos que un deber cumplido. Aunque
estos guarismos no son de estricta actualidad el Uruguay no
ama las estadísticas aún con computación -, la situación actual
mantiene la tendencia.
La cultura como
quehacer
Otro plano de interés que ofrece lo interno de la cultura
uruguaya, tiene que ver con ella en tanto que actividad
ciudadana. Es bien conocido y aceptado que el uruguayo prefiere
consumir cultura ajena que crear la propia, las cifras
estadísticas así lo afirman, éstas también muestran que más de
la tercera parte de la población, un 35%, se ha dedicado por
placer en algún momento de su vida al dibujo, la pintura, la
cerámica, el canto, el baile o el cine. Esa práctica alcanza sus
mayores guarismos entre los jóvenes con un 49% en las edades
entre 15 y 30 años, un 33% para los mayores de 30 años y un 28%
para los mayores de 40 años, que han practicado actividades
culturales y artísticas. A estas comprobaciones numerales habría
que agregar algún rasgo singular que dejan entrever estos
guarismos.
Estos sugieren que no hay brechas significativas entre ricos y
pobres en esa práctica artística. Sin embargo, sí influye el
nivel de educación. Así, quienes poseen un nivel educativo
terciario ( universidad ) constituyen un 62% de los uruguayos
que han practicado alguna actividad artística o cultural, en
tanto que los poseedores de un nivel educativo primario (
escuela ) alcanzan sólo al 20%.
Podrá argumentarse que no viene al caso meter a fórceps y
mezclar las aceitunas del arte amateur nacional con el
imprescindible pan cotidiano de la cultura como instrumento
estratégico del accionar político de todo un país. Que existe
una desproporción inconmensurable de trascendencia entre ambos
como para traer las olivas a cuento. Pueden llevar razón en
algún sentido los objetores, pero también la tiene el
impertinente de las aceitunas. No sólo porque después de todo
aceitunas y pan son alimento del hombre, con distintas calorías,
claro, sino porque la situación real y actual del campo de la
cultura uruguaya constituye un trasfondo prometedor, pero sobre
todo porque posee un potencial latente, acaso dormido para ser
despertado, a tener en cuenta en el posible debate de crear una
nueva cultura. A cuenta de mayor cantidad en el futuro surge
este módico aporte a dicho debate, ojalá que pertinente y no del
todo desubicado.
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