Polémica: ¿Transformar
al Frente Amplio en partido?

Ernesto Piazza

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Nadie se anima a transformar
al FA en un partido político

Raúl Legnani

¿Transformar al Frente Amplio en partido?
por Ernesto Piazza

 

El periodista Raúl Legnani se pregunta (“La República”, 15/04/07) si el Frente Amplio no debería transformarse “en un partido político” y abandonar, “en un proceso, su concepción frentista”. En nuestra modesta opinión el FA es, a su peculiar e histórica manera, el principal partido uruguayo. Es cierto, es un frente, pero... El FA tiene por lo menos cinco características esenciales para ser en esta era posmoderna una fuerza política real, que de eso se trata:

 

1) Ideología. Esa difusa ideología de la izquierda contemporánea que, de todos modos, la distingue de otras corrientes políticas.

 

2) Programa. Que haya indefiniciones en el programa y formulaciones ambiguas, que suelen dar lugar a diferentes interpretaciones, no quiere decir que el FA no tenga una base programática a partir de la cual gobierna, pese a todo, con mayor coherencia que la mayoría de las fuerzas políticas latinoamericanas.

 

3) Organización. Una estructura orgánica débil, llena de contradicciones, pero que, no obstante, no impide que el FA sea, por lejos, la fuerza política más organizada del Uruguay.

 

4) Historia. Esa historia que suele entrar en conflicto con el presente, pero que otorga al FA otra condición que ha construido casi en exclusividad en el continente: su tradicionalización; el sentido de pertenencia, trasmitido generacionalmente incluso, que casi se ha extinguido en otras colectividades que lo tuvieron fuertemente.

 

5) Capacidad para captar y mantener adhesiones. El FA, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de los partidos y frentes en esta época, signada por los liderazgos personales y caudillismos más o menos mesiánicos, es el que concita las adhesiones ciudadanas por encima de sus propios líderes. Se votó y se votará al FA sea Tabaré Vázquez, José Mujica, Danilo Astori o Juan Pérez su candidato, aunque unos cuantos puedan sumarse o alejarse del lema electoral según cuál sea el postulante presidencial en la oportunidad. Pero en el Uruguay se vota “al Frente”. Más aun, sin dejar de reconocer el gran peso personal del presidente Vázquez y otras figuras, centenares de miles son “del Frente”, más allá de cualquier liderazgo.

 

¿Un partido “clásico”?

 

Ahora bien, transformar al FA en un partido único de la izquierda sería apostar al monolitismo. Se interpretaría como una señal en contra del pluralismo y en una sospechosa propensión al modelo de partido centralizado. Mala señal en estos tiempos de fuerte y justificada reivindicación de la diversidad, la descentralización y el democratismo en la sociedad y en los organismos.

 

Y si cuando se habla de transformar al FA en partido lo que se quiere decir (no lo dice Legnani) es que debe ser algo parecido, por ejemplo, a lo que ha sido el Partido Comunista (el partido de izquierda por antonomasia en las condiciones de la época bipolar: coherente, organizado, disciplinado, efectivo), digamos que eso, además de ser imposible, sería matar una de las señas de identidad del FA: el pluralismo. La balcanización de la izquierda sería la consecuencia inevitable.

 

Además no se entiende cómo se podrían compatibilizar el abandono de la concepción frentista con la existencia de varios partidos al interior del FA; es impensable que socialistas y comunistas, entre otros, se resignen a dejar de ser partidos y transformarse en “alas” o “sectores” de ese partido que los contendría.

 

Son indiscutibles los actuales problemas del FA señalados por Legnani: alejamiento de los frenteamplistas de la estructura, sectorización de las bases y transformación de los sectores en protectorados de sus dirigentes, distorsiones en el funcionamiento en perjuicio de la discusión política y de la eficiencia en la acción gubernativa. Pero el abandono de la concepción frentista lejos de dar respuesta adecuada a esos problemas los potenciaría. La “cultura frentista”, en contraposición a la “cultura partidista”, es una de las razones fundamentales de la permanencia del Frente Amplio, pese a sus problemas, y es ella la que asegurará la vigencia de esta peculiar formación política. Claro está, la “cultura frentista”, en tanto conquista histórica y creación de los hombres y mujeres de la izquierda uruguaya, debe ser cultivada, defendida, renovada.

 

¿Un posfrentismo?

 

Por otra parte, hubo varios y reiteradamente fracasados intentos de “superar” al FA por algo más amplio (grande, abarcativo, convocante) que nadie logró definir ni fundamentar con claridad. Y los fracasos de tales proyectos se deben a que el FA ha tenido esos cinco componentes (seguramente hay más) que son los de una fuerza arraigada en la sociedad y en su historia, única manera de ser una organización política gravitante y con vocación de permanencia.

 

Reiteramos nuestra coincidencia con Legnani acerca de las falencias del FA y hasta podríamos ampliar la lista. El Frente funciona mal, tiene contradicciones ideológicas, desacuerdos políticos, fallas organizativas, una estructura anacrónica incapaz de representar su realidad interna, un montón de trabas para ser partido de gobierno, impotencia para atraer a los jóvenes y convocar al ciudadano, y un sinnúmero de defectos más. Contra todos esos problemas se debe luchar. Algunos se pueden corregir, otros mitigar o disimular, otros se irán extinguiendo al cambiar las condiciones que los generaron y con otros habrá de convivir hasta su último día. El Frente está condenado a luchar siempre contra (por) sí mismo, como todo partido que esté realmente vivo en esta época de crisis global de la política (y de las estructuras políticas, tengan la forma de partido, de movimiento, de coalición de partidos o de combinación de todas ellas). El Frente Amplio no ganará esa guerra. Simplemente la librará por siempre. Es decir, mientras viva. Y vivirá mientras luche por su propia reivindicación.

 

¿Un partido moderno?

 

Por supuesto que, tal como está, es difícil que el Frente funcione bien. Pero no funcionará mejor porque cambie la concepción frentista por la de un partido “clásico” (nunca lo fue ni lo podrá ser), por moderno que se pretenda. Y a propósito, ¿qué es un partido moderno, o de nuevo tipo? ¿El neoperonismo kirchneriano?, ¿la coalición centroizquierdista chilena?, ¿el movimiento que respalda a Evo Morales?, ¿el partido único bolivariano del socialismo del siglo XXI?, ¿el PT de Brasil?, ¿el PRD de México, el Farabundo Martí de El Salvador o el sandinismo nicaragüense?, ¿el Partido Comunista de Cuba?, ¿los viejos partidos europeos socialdemócratas o conservadores?, ¿los verdes?, ¿los partidos reciclados de Europa del este, las variantes del socialismo democrático?, ¿las parafernalias electorales de EEUU?

 

Claro está, no tiene por qué haber un modelo de partido moderno y nosotros, como en el futbolero 1930, podemos ser los primeros en lograrlo. Pero, ¿no habremos concretado la hazaña en el 71? El Frente nació de una izquierda que dos décadas después sería derrotada en el mundo. Pero por eso mismo, también, ha sido tan difícil matarlo. No murió cuando “tuvo” que morir. Mientras sea este partido contradictorio, capaz de proezas como sobrevivir a la dictadura y reciclarse en democracia para ganarle a los otrora más viejos y fuertes partidos latinoamericanos, el Frente Amplio seguirá siendo una parte inalienable y esencial del Uruguay. ¿Transformarse en partido? No necesita eso; ya es. Transformarse en partidos, o volver a ser grandes partidos, es lo que otros quisieran. Y ojalá que puedan, porque no es bueno que la gran política de un país discurra dentro de un solo partido.

 

Renovación: el desafío

 

Obviamente, no le estamos pidiendo a los frenteamplistas la claudicación ante los indisimulables problemas de su fuerza política. Es imprescindible cambiar la estructura obsoleta que padece. Pero la cosa es más compleja. La mayor parte de los problemas del FA vienen desde afuera, son propios de nuestro tiempo (crisis de la política, de la militancia, de la participación social, de los organismos de base, etc.), aunque sean responsabilidad intransferible de los frenteamplistas. Resolverlos demandará paciencia, tenacidad y creatividad (inteligencia, espíritu crítico, valentía intelectual). Lo mismo que para gobernar.

 

La cosa sigue pasando por la renovación de la izquierda, que nada tiene que ver con atomizarse políticamente: la unidad sigue siendo un valor esencial a preservar y cultivar. Y tampoco alcanza con crear la mejor ingeniería orgánica. En todo caso ésta surgirá con la renovación. Estar en el gobierno le impone al Frente exigencias que van en esa dirección. ¿Que se camina despacio? Por supuesto; recién lo dijimos: harán falta paciencia, tenacidad y creatividad.

 

En suma, ante los problemas del Frente, no sirve cruzarse de brazos. Toda mejora de su funcionamiento, por pequeña que sea, será positiva. Pero no habrá avances sustanciales que no sean consecuencia de la profundización –compleja, traumática, conflictiva– del proceso de renovación ideológica y política. Esto es válido en general para la fuerza política y para el gobierno de la izquierda.  Somos optimistas al respecto, pero también conscientes de que será una batalla larga y complicada que deberá darse sistemáticamente. Y sin perder la calma, porque hay urgencia.

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