Cuando los cambios alteraron
las firmezas, creencias, modo
de producción, y costumbres

Alfredo Allende

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Irene Lozano
 

Cuando los cambios alteraron las firmezas,
creencias, modo de producción, y costumbres

por Alfredo Allende

I- Actualmente se vive un vértigo de exploraciones técnico-científicas, descubrimientos e invenciones; nos sorprende ahora que hayan existido en otros tiempos oposiciones a las revoluciones en los horizontes del saber. Los nuevos diseños de aparatos y formas de arte, los cambios en las medicaciones, los permanentes descubrimientos arqueológicos, las alteraciones de las modas aún en el hablar, las continuas innovaciones en las comunicaciones e invenciones de modos de exploraciones en diversos campos del saber científico y tecnológico, constituyen el dinámico medio natural de nuestra cultura. Que se envíe gente a la luna o se vaya anunciando un viaje a Marte u otro planeta no nos asombra mayormente, ni que puedan clonarse plantas, animales y seres humanos.[i]

 

En cambio durante la Edad Media el misoneísmo, es decir la repulsa a los cambios, fue dominante. Más aún: no interesaban a la mayoría de la gente revelaciones que no modificaran su vida diaria. “Me importa un bledo que la tierra gire, o que lo haga el sol, que ese loco de Descartes tenga razón, o el extravagante Aristóteles….” Así declaraba exasperado un burgués del siglo XVII, manifestando un sentir común, seguramente tanto o más fuerte en los siglos anteriores.[ii]

 

La repercusión inmediata del “establishment” en los tiempos de Copérnico no sólo desde el ámbito católico fue de rechazo; verdaderamente los protestantes fueron los primeros en objetar con dureza al copercanismo. En la “Encylopedia of Spurious Science”, todavía en 1599 se declamaba con arrogancia y palpable temor: “La Teoría de que la Tierra se mueve alrededor del Sol, formulado por un sacerdote polaco, de nombre Copérnico o Koppernig, carece por completo de sentido, y sólo puede ser producto de una mente extraviada e inverosímil. Si la Tierra se moviera, todas nuestras ideas se vendrían abajo. Por lo tanto no se mueve.

 

El problema radicaba en que se podía cambiar una concepción que había durado mil quinientos años, con precedentes de autoridad en Grecia y que parecía eterna e inmutable. Martín Lutero se escandalizaba ante la novedosa y temida exposición del Universo diversa a la impuesta por la tradición tolemaica: “El pueblo presta oídos a un astrólogo advenedizo que se ha esforzado en demostrar que la Tierra gira, no los cielos o el firmamento, el Sol y la luna”… “Este necio desea revertir toda la ciencia astronómica, pero las Sagradas Escrituras nos dicen que Josué ordenó detener al Sol y no a la Tierra.” (Subrayado mío) Por su lado Juan Calvino citando a los Salmos, afirmó: “que el mundo no puede ser movido”, y remataba con ironía triunfal: “¿Quién se atrevería a colocar la autoridad de Copérnico por encima de la del Espíritu Santo?.[iii]

 

Amigo de Lutero, el notable teólogo alemán Melachton (1497-1560), que enseñaba astronomía sostenía que a pesar de los ojos, testigos de la revolución de los cielos a través del espacio cada veinticuatros horas, “algunos por amor a la novedad o para hacer gala de ingenio han inferido de ello que la Tierra se mueve, y sostienen que ni el Sol ni la octava esfera giran.” Y agregaba que era “una falta de honestidad y de decencia mantener públicamente tales ideas, y el ejemplo es pernicioso.” Ahí se encontraba el meollo de la indignación: el modelo que se proponía contradecía las Escrituras, con todo el peligro que ello significaba para el mantenimiento de las jerarquías implantadas; las construcciones de poder, sociales e ideológicas tendrían un “ejemplo pernicioso”.

 

Se demuestra con esto ejemplos, por lo demás, que la literalidad del texto era el principio al que se atuvieron los intérpretes bíblicos de todas las religiones del Libro. Debieron alegar metáforas cuando las realidades científicas demostraban que los textos sagrados no se compadecían con la demostración científica. La creación en 7 días, los relatos sobre la pareja primordial, la existencia de un Paraíso guardado por ángeles, la cosmología desprendida de las fábulas bíblicas, no tenían nada que ver con las investigaciones y comprobaciones arqueológicas, las relativas a la evolución de la Tierra, la destrucción del geocentrismo y aún del heliocentrismo a escala universal, las inconmensurables distancias de las estrellas, el reconocimiento de que sus luces provienen del pasado o que todavía se ven destellos de astros apagados desde hace décadas o siglos, entre otros descubrimientos, han cancelado las visiones pregalileanas definitivamente. Se quiere hacer revivir la sacralización de los  textos religiosos mediante el recurso sistemático a la simbología, olvidando que muchos fueron los castigos inflingidos a quienes avanzaron en ideas entonces consideradas heréticas por no responder a la letra de la Ley, del Antiguo y del Nuevo Testamento, como así a las opiniones de los llamados Padres de la Iglesia, o de los reverenciados filósofos calificados de iluminados de los tiempos paganos, sobre todo Platón y Aristóteles.

 

No han faltado opiniones fundadas sosteniendo la decadencia irremediable del ideal medieval de vida contemplativa reemplazada por el de vida activa; la tendencia hacia el puro recogimiento, cedió -para usar la terminología spengleriana- ante el empuje del Hombre faústico definido por su sed de dominación de la naturaleza e incluso por su inclinación hacia la opresión, como lo denunciamos todos quienes nos sentimos amenazados por esta furia de señorío sin límites sobre el mundo exterior, sobre el cuerpo humano y respecto de las propias mentes sometidas a un bombardeo mediático, siempre interesado en última instancia en logros crematísticos y de poder, jamás inocente. Por supuesto que esto no fue responsabilidad de los Copérnico, los Galileo o los Newton, que cumplieron formidables tareas investigativas y teóricas en sus empeños por realizar una aproximación a la realidad cosmológica u que abrieron un curso ilimitado para el progreso científico.

 

II- Se batían desesperadamente los anticopernicanos: si la Tierra girara, argüían, entonces la piedra tirada desde lo alto de una torre no podría llegar al pie de la misma dado que durante su caída la aquélla habría girado hacia el Este. Galileo superaba la dificultad, aplicando al problema uno de sus grandes descubrimientos, el principio de la inercia. La torre es, sin duda arrastrada por la rotación de la Tierra, pero también el guijarro sufre el mismo movimiento ya que adquiere una velocidad tangencial desde lo alto de la torre y la conserva -merced al principio de la inercia- durante su caída; por esta razón llega al pie de la torre.[iv]

 

El camino quedaba definitivamente despejado para la irrupción de la modernidad astrofísica, más aún cuando Galileo con su telescopio demostró que las perfecciones de los astros eran meras atribuciones fantasiosas de Aristóteles, de filósofos y de teólogos: la luna tenía una corteza escabrosa, como la de nuestra Tierra; el sol poseía manchas, lejos de la perfección atribuida por los peripatéticos griegos y los religiosos medievales. Venus presentaba fases que demostraban sus giros en derredor del sol y no en torno de la Tierra; Júpiter tenía un cortejo de satélites y la Vía Láctea se componía de miles de estrellas antes ignoradas.

 

El astrónomo italiano, bastante tiempo después de los acontecimientos señalados, no sólo tuvo problemas con sus descubrimientos celestes; sus adversarios le recordaron que si un pedazo de hielo flotaba en el agua se debía a su forma de placa, según lo había ya explicado -y para siempre, Aristóteles- a pesar de pertenecer a la categoría de cuerpo pesado. En una reunión en el palacio ducal, en Pisa, los profesores de la Universidad se acaloraron contra el sabio por sostener la tesis de los diferentes pesos relativos de los elementos. Pero las experiencias galileanas sobre los pesos de los cuerpos terminaron por derruir la antigua visión científica aristotélica, defendida con celo, aún durante dos siglos más por las corrientes religiosas que sentían la “Revolución” en ciernes, que un mundo mental y cultural que no podrían dominar surgía sin pausas desde los observatorios y los laboratorios de la ciencia en explosión.

 

Es preciso recordar que todo cambio sustancial, toda revolución científica, implica un desprestigio para quienes enseñan lo superado, aquello que pasa a ser antiguo. No importaba que Galileo explicara que no había placa que valiese, que no era una cuestión de forma puesto que hasta una bola de hielo flota en el agua. No podían concebir (tampoco lo querrían) los profesores de la vieja escuela, que las palabras “pesado” y “ligero” eran relativas, de que sólo tenían sentido en relación mutua, que no eran categorías absolutas de por sí. Reconocer esta verdad haría trasladar todo el viejo edificio supuestamente lógico-científico que, desde hacía muchos siglos, se había construido sobre los conceptos deducidos desde Platón y Aristóteles, sostenidos desde las esferas católica y protestante. Y los espíritus cultos, o muchos de ellos, simplemente temían por sus prebendas.

 

Es exactamente en la astronomía donde se advierte cuán desgarradora es la lucha entre lo que se supone debe ser, lo que se quiere que sea perfecto, y la realidad confusa, cambiante, si se quiere imperfecta desde la perspectiva del inmovilismo o del movimiento inalterado y del geometrismo. Las estrellas y el mundo supralunar se acercaban en la cosmovisión pregalileana al cielo entendido como posada eterna de lo inmutable, que resultaba el ejemplo de las invariabilidades anheladas para el sistema de poder vigente, en el cual se incluían la religión y los órdenes sociales establecidos con las distribuciones de riqueza y las jerarquías concordantes, en una “armoniosa” relación de dominio.

 

III.- Había enseñado San Agustín en sus “Confesiones” -X, 35- cuando explicaba que hay una “concupiscencia vana y curiosa, disfrazada con el nombre de conocimiento y ciencia”…. “Ella (la curiosidad) es la que nos hace andar investigando los afectos ocultos de la naturaleza que nos es exterior y está fuera de nosotros…” Pero ¿qué? El importante clérigo de Angelis, intelectual de la Iglesia, todavía en 1673 negaba que los cometas fueran cuerpos celestes porque carecían de la perfección debida en el universo que imaginaba concordante con el ptolemaico.

 

En resumen, nada de innovaciones, todo está dicho, escrito y sellado por los sabios aceptados como tales por la Iglesia, el AT, los evangelios y la tradición. El que vaya por novedades se perderá, el que acepte la sapiencia oficializada será, a su vez, sabio y destinado a la salvación eterna. Desde un punto menos invadido por la religión, aunque no autónomo, el gran poeta Petrarca (1304-1374) también despreciaba los estudios alejados de la preocupación por saber qué somos porque “Aunque todas estas cosas fueran verdaderas (los estudios sobre la naturaleza) no contribuirían en modo alguno a una vida feliz, pues ¿en qué nos ayudaría familiarizarnos con la naturaleza de los animales, pájaros, peces y reptiles si seguimos ignorándolo todo respecto de la naturaleza de la especie humana, a la cual pertenecemos, y no sabemos, o no nos preocupamos por saber, de dónde venimos, y hacia dónde vamos? [v]

 

Sellada quedaba la verdad, expresión que no es sólo simbólica; tenía un valor mistérico pero además reconocía autoridad porque a los libros sagrados se los consideraban afianzados para siempre y únicamente accesibles a los iluminados. Del Apocalipsis de Juan: “Y vi en la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el trono, escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos”… “Y vi a un ángel poderoso que, a gran voz pregonaba: ‘¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? ’ ”   Apareció un Cordero y entonces en la fabulosa reunión celestial se postraron personajes gloriosos oyéndose un cántico que pregonó: “Tú eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre .…” El Cordero: el Hijo que recibe del Padre el libro por su sacrificio, semejante a Moisés que recibió las Tablas en el Sinaí. Existen en la Biblia pasajes donde se hallan inscriptos los destinos humanos y los nombres de aquellos que se salvarán (Enoc LXXXI, 1 en adelante, ó Éxodo XXXII, 32-33, etc.) Se podía, hasta cierto punto, disentir con Aristóteles, pero las enseñanzas consideradas permanentes del Estagirita estaban “selladas”, formaban parte de la tradición venerada. Y si fueran verdad las teorías o descubrimientos nuevos, como se lo preguntaba Petrarca ¿para qué servirían?, si no nos conocemos a nosotros mismos, olvidando o ignorando que la dialéctica del saber objetivo y el íntimo se potencian mutuamente.

           

IV- Por supuesto que la atmósfera religiosa omnipotente abarcaba a quienes no siendo cristianos, estaban legitimados para desarrollar sus cultos; el caso prototípico es el de los judíos. Durante la que ha sido llamada época clásica judía, que se extiende desde los siglos IX de nuestra era y los fines del XVIII, se desenvolvió en Europa la vida de las comunidades hebreas con un grado de intolerancia religiosa interior y de abominación del saber que llama la atención a quienes hoy han creído candorosamente en un avance y progresismo permanentes en la historia de esa etnia. [vi] Los rabinos prohibían el estudio de las lenguas lo mismo que la ciencia, incluidas las matemáticas, la geografía y la propia historia judía. El Talmud mucho más que la propia Biblia, era la fuente de dónde se abrevaban conocimientos, junto a la mística que hay que suponer era privativa de los desvelos de pequeñas minorías. Los sectores poderosos de las colectividades hebreas solían ser aliadas de la nobleza alta, de los prelados eminentes de la Iglesia Católica, y a veces fungían de intermediarios para la recolección de impuestos, incluso para el tráfico de esclavos entre musulmanes y cristianos: así las tres grandes religiones monoteístas se entrelazaban para llevar a cabo el más espurio de los comercios. Las poblaciones judías en territorios cristianos no dejaban de tener privilegios que alcanzaban exenciones impositivas y simultáneamente el derecho de hacerse de impuestos que gravaban sobre las capas de sus integrantes modestos, como también poseían el derecho de castigar sus propios herejes y hasta de aplicarles penas.

 

Eran orgánicos al mundo feudal cristiano, y propalaban la obediencia a la autoridad, manteniendo el orden global de la sociedades a las que pertenecían; los “progroms” no eran acompañados normalmente por los poderes, sino que surgían de la rebeliones contra los abusos que no sólo tenían el emblemático rostro hebreo -prestamistas, orfebres, rivales de las populares órdenes mendicantes que sí repelían la presencia judía- sino que se los conocía como factores de la expoliación, olvidando que también los judíos pobres eran objeto de esas exacciones. En la medida que se entraba en “tiempos revueltos”, con pérdida de vigor o extinción de los poderes centrales del feudalismo y de las monarquías, arreciaban las persecuciones contra los hebreos que, por tal razón, dejaban de ser los aliados provechosos de las sociedades cristianas diseminadas y organizadas en feudos. La solución también estribaba en el quietismo, en el misoneísmo: los judíos no deseaban tampoco novedades que siempre entrañaban un peligro. El cambio operado desde Galileo comenzó a alterar todo: la firmeza en las creencias, el modo de producción, y por fin las costumbres.


 

[i]  Más allá de que haya intereses sectoriales por acentuar el statu quo, por ejemplo cuando una gran empresa con un producto determinado traba innovaciones que podrían descolocarla en el mercado. Resulta visible que el empleo indiscriminado de explotaciones contaminantes se oponen a la diversificación de las llamadas “energías alternativas”.

[ii] Estas expresiones se hallan en “Moliere”, Georges Bordonove, cap. 24. Edc. El Ateneo, 2006. Bs. Aires. Argentina, manifestadas por Chandelle, amigo íntimo del gran autor con irritación y un grado de alcoholismo que no invalidaba su sinceridad; al contrario, la hacía surgir con vehemencia.

[iii] Las expresiones de Lucero y Calvino extraídas de “La Revolución copernicana”, Bertrand Russell, cap. II, de la edic. Ledesma S:A.I.I., 1997, Buenos Aires. Las siguientes de Melachton provienen de “Las imágenes del mundo”.

[iv] En “De Galileo a Einstein”, Disiderio Papp y Jorge Estrella, pág. 57, abunda en explicaciones en tal sentido. Edc. Pedagógicas Chilenas, 1989, Santiago de Chile.

[v] “La revolución copernicana”, Thomas S. Kuhn, pág. 178. Edc. Hyspamérica, 1978. Madrid.

[vi] En “Historia judía, religión judía. El peso de tres mil años”, Israel Shahak sostiene el pensamiento que aquí se expone y que en buena medida le debo. Shahak, que fuera amigo del formidable intelectual palestino Edward Said, ha sido a su vez, una de las voces más nobles y humanistas que ha dado Israel, y también un intelectual de impresionante fuste. El libro citado: ediciones A. Machado, 1997. Madrid.

 

 

Diferencias en buscar y encontrar

en un libro y en Google

por Irene Lozano

 

La gran biblioteca que Google planea edificar en la red ha embargado de júbilo a Kevin Kelly, director de la revista de nuevas tecnologías Wired, y ha sumido en el desconcierto y la melancolía a John Updike, todo un escritor. ¿No es paradójico? Google está escaneando una parte de los fondos de seis grandes bibliotecas: las de las universidades de Harvard, Stanford, Oxford y Michigan, así como la New York Public Library, proyecto al que se ha sumado recientemente la Universidad Complutense de Madrid. Aunque en el momento de escribir estas líneas se ha paralizado el escaneo por nuevos problemas legales con las editoriales, es presumible que, antes o después, esta gran biblioteca electrónica estará disponible en la red para el acceso público.

 

Resulta, sencillamente, fascinante. Pero no conviene que, demudados ante la magnificencia del proyecto, quedemos ciegos ante sus inconvenientes o creamos a pies juntillas todas las bondades que respecto a él se han escrito. En The New York Times Magazine , Kelly lo ha equiparado al viejo sueño de la biblioteca universal de Alejandría, concebida, según él, «para albergar todos los rollos de papiro existentes en el mundo conocido». En realidad, el objetivo de Ptolomeo II cuando ideó la que sería la biblioteca más grandiosa del mundo antiguo no era almacenar papiros, sino sabiduría. Tres siglos antes de Cristo parecía estar mucho más claro que hoy que lo relevante de los libros no es su formato, sino su contenido. El rey egipcio ordenó recopilar íntegramente la literatura griega, en las mejores copias posibles, clasificar las obras y comentarlas. La biblioteca, sumamente completa, también contenía traducciones de obras literarias egipcias y babilonias. Se trataba, en suma, de un proyecto de conocimiento, de erudición, para el cual se contrató a sabios griegos a los que se ofreció un salario generoso y un lugar en una academia radicada en el templo de las Musas, el Museion, donde se albergaría la primera de las dos colecciones de la célebre biblioteca. La segunda, adscrita al templo de Serapis, se llamaba el Serapeion.

 

Uno de los sabios que trabajaron en aquel inmenso proyecto fue el poeta Calímaco, y uno de sus cometidos fue confeccionar una especie de índice de autores, sobre la base de los exhaustivos catálogos de la biblioteca. Sven Dahl en su Historia del libro cuenta cómo, a pesar de que la mayor parte de su trabajo se ha perdido, el conservado «confirma las excelentes cualidades de bibliotecario del viejo autor griego».

 

Saltan a la vista las diferencias entre la biblioteca de Alejandría y el proyecto puesto en marcha por Google en «varias docenas de edificios en todo el mundo, con trabajadores por horas doblados sobre un escáner de mesa, que convierten libros polvorientos en objetos de alta tecnología», en palabras de Kelly. También Ptolomeo podría haber contratado esclavos letrados para que copiaran rollos sin descanso. Le habría salido mucho más barato, pero el suyo era un proyecto intelectual, mientras que el de Google es un trabajo meramente técnico por una sencilla razón: todo el trabajo de catalogación, clasificación o comentario de los volúmenes ya se lo dan hecho las bibliotecas y las editoriales.

 

Sin esa labor previa, para la que resulta imprescindible el know how de gentes como Calímaco, el proyecto de Google resultaría baldío, pues en lugar de una biblioteca daría como resultado un marasmo de páginas deslavazadas, tan caótico que, más que ayudar al avance de la sabiduría, contribuiría al aturdimiento general. Los buscadores como Google, que Kelly elogia entusiasmado, son de gran ayuda cuando se quiere encontrar un título concreto de un autor; pero en las bibliotecas también se hace la operación inversa: consultar genéricamente un asunto para descubrir títulos desconocidos que pueden aportarnos información relevante. Con frecuencia un lector busca un libro, pero muy a menudo lo encuentra, le sale al paso en los anaqueles: los motores de búsqueda de internet son inútiles para este tipo de pesquisa incierta, necesaria y siempre sorprendente.

 

La patraña de la «democratización»

El mayor elogio que Kevin Kelly reserva para la gran biblioteca electrónica de Google es su presunto carácter democrático: «Al contrario que las viejas bibliotecas, cuyo acceso estaba restringido a la elite, ésta será realmente democrática, y ofrecerá todos los libros a todo el mundo». O no ha pisado una biblioteca en su vida o es una de esas personas que se contenta con etiquetar como «democrática» la labor en que andan para blindarla contra cualquier posibilidad de crítica. Hace mucho tiempo que, al menos en Europa y Estados Unidos, las bibliotecas no son territorio de la elite.

 

Las hay restringidas a los investigadores, para facilitar su trabajo, sin que por otro lado cueste mucho acreditarse como tal; las hay adscritas a una facultad o una universidad determinada; las hay autonómicas, municipales, de barrio, de las cajas de ahorros; existen bibliobuses que recorren los pueblos pequeños dejando libros y hasta en el Metro de Madrid, sin gran esfuerzo, se puede acceder a un servicio de préstamo para el que las gentes hacen cola... Cualquier persona interesada tiene ya a su disposición muchos más libros de los que seguramente podría leer en toda su vida.

 

No hace falta ni dinero, ni tecnología, ni costosos aparatos o programas informáticos que caducan cada seis meses para leer. Y es una suerte que así sea, porque aun en un país desarrollado como España, el 63 por 100 de la población mayor de catorce años no usa internet, según un estudio de la Fundación BBVA de octubre de 2005, pero no por ello está privada de la lectura.

 

En los países pobres es mucho peor, como todo. Allí faltan bibliotecas, pero también se carece de acceso a internet, no porque la tecnología no sea trasladable a esas zonas del mundo, sino porque no hay dinero para financiarla. El proyecto de Google no acomete ninguna acción al respecto, así que no ofrecerá «todos los libros a todo el mundo», como promete Kelly, sino sólo a los conectados.

 

Pero hay algo aún más importante: aún quedan grandes estratos de la población mundial sin alfabetizar, una cifra que oscila en torno al 15 por 100 de media mundial, pero que en algunos países alcanza proporciones escandalosas, como el 64 por 100 de Afganistán, el 68 por 100 de Mauritania o el 33 por 100 de Nicaragua, según el Libro de datos de la CIA (www.cia.gov/cia/publications/factbook/fields/2103.html). Por tanto, parece más digno de cualquier proceso que se denomine de «democratización» extender la alfabetización a esos 800 millones de personas, para los que toda esta polémica resulta superflua porque son incapaces de desentrañar los misterios del libro impreso añorado por Updike. En un discurso a los libreros pronunciado en la convención Book Expo de Washington, el novelista norteamericano aseguró que «los libros normalmente tienen lomos», lo que implica conceder importancia primordial al objeto, exactamente igual que el tecnófilo Kelly, pero en nostálgico.

 

La fascinación del tecnopaleto

¿Alguien cree que los analfabetos existentes hasta ahora lo eran porque no se habían inventado los buscadores electrónicos o el escáner? ¿O será más bien por problemas políticos y sociales que Google no va a solucionar? A Kelly le gustaría quizá que cada nueva invención tecnológica nos revolucionara la vida, que equivaliera «a poner el pie en la Luna», en sus propias palabras. La fascinación del tecnopaleto, que abraza todo nuevo invento electrónico y desecha lo viejo sin mayores consideraciones, trasluce en su intencionado contraste entre el «viejo libro polvoriento» y el «objeto de alta tecnología», es decir, apto para la vida contemporánea.
Fuente: Revista de Occidente nº 308, Enero 2007

 

[1]  Más allá de que haya intereses sectoriales por acentuar el statu quo, por ejemplo cuando una gran empresa con un producto determinado traba innovaciones que podrían descolocarla en el mercado. Resulta visible que el empleo indiscriminado de explotaciones contaminantes se oponen a la diversificación de las llamadas “energías alternativas”.

[1] Estas expresiones se hallan en “Moliere”, Georges Bordonove, cap. 24. Edc. El Ateneo, 2006. Bs. Aires. Argentina, manifestadas por Chandelle, amigo íntimo del gran autor con irritación y un grado de alcoholismo que no invalidaba su sinceridad; al contrario, la hacía surgir con vehemencia.

[1] Las expresiones de Lucero y Calvino extraídas de “La Revolución copernicana”, Bertrand Russell, cap. II, de la edic. Ledesma S:A.I.I., 1997, Buenos Aires. Las siguientes de Melachton provienen de “Las imágenes del mundo”.

[1] En “De Galileo a Einstein”, Disiderio Papp y Jorge Estrella, pág. 57, abunda en explicaciones en tal sentido. Edc. Pedagógicas Chilenas, 1989, Santiago de Chile.

[1] “La revolución copernicana”, Thomas S. Kuhn, pág. 178. Edc. Hyspamérica, 1978. Madrid.

[1] En “Historia judía, religión judía. El peso de tres mil años”, Israel Shahak sostiene el pensamiento que aquí se expone y que en buena medida le debo. Shahak, que fuera amigo del formidable intelectual palestino Edward Said, ha sido a su vez, una de las voces más nobles y humanistas que ha dado Israel, y también un intelectual de impresionante fuste. El libro citado: ediciones A. Machado, 1997. Madrid.

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