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Cuando los cambios alteraron las firmezas,
creencias, modo de producción, y costumbres
por Alfredo Allende
I-
Actualmente se vive un vértigo de exploraciones
técnico-científicas, descubrimientos e invenciones;
nos sorprende ahora que hayan existido en otros
tiempos oposiciones a las revoluciones en los
horizontes del saber. Los nuevos diseños de aparatos
y formas de arte, los cambios en las medicaciones,
los permanentes descubrimientos arqueológicos, las
alteraciones de las modas aún en el hablar, las
continuas innovaciones en las comunicaciones e
invenciones de modos de exploraciones en diversos
campos del saber científico y tecnológico,
constituyen el dinámico medio natural de nuestra
cultura. Que se envíe gente a la luna o se vaya
anunciando un viaje a Marte u otro planeta no nos
asombra mayormente, ni que puedan clonarse plantas,
animales y seres humanos.[i]
En cambio
durante la Edad Media el misoneísmo, es decir la
repulsa a los cambios, fue dominante. Más aún: no
interesaban a la mayoría de la gente revelaciones
que no modificaran su vida diaria. Me importa un
bledo que la tierra gire, o que lo haga el sol, que
ese loco de Descartes tenga razón, o el extravagante
Aristóteles
. Así declaraba exasperado un
burgués del siglo XVII, manifestando un sentir
común, seguramente tanto o más fuerte en los siglos
anteriores.[ii]
La repercusión
inmediata del establishment en los tiempos de
Copérnico no sólo desde el ámbito católico fue de
rechazo; verdaderamente los protestantes fueron los
primeros en objetar con dureza al copercanismo. En
la Encylopedia of Spurious Science, todavía en
1599 se declamaba con arrogancia y palpable temor: La
Teoría de que la Tierra se mueve alrededor del Sol,
formulado por un sacerdote polaco, de nombre
Copérnico o Koppernig, carece por completo de
sentido, y sólo puede ser producto de una mente
extraviada e inverosímil. Si la Tierra se moviera,
todas nuestras ideas se vendrían abajo. Por lo tanto
no se mueve.
El problema radicaba
en que se podía cambiar una concepción que había
durado mil quinientos años, con precedentes de
autoridad en Grecia y que parecía eterna e
inmutable. Martín Lutero se escandalizaba ante la
novedosa y temida exposición del Universo diversa a
la impuesta por la tradición tolemaica: El
pueblo presta oídos a un astrólogo advenedizo que se
ha esforzado en demostrar que la Tierra gira, no los
cielos o el firmamento, el Sol y la luna
Este
necio desea revertir toda la ciencia astronómica,
pero las Sagradas Escrituras nos dicen que Josué
ordenó detener al Sol y no a la Tierra.
(Subrayado mío) Por su lado Juan Calvino citando a
los Salmos, afirmó: que el mundo no puede ser
movido, y remataba con ironía triunfal: ¿Quién
se atrevería a colocar la autoridad de Copérnico por
encima de la del Espíritu Santo?.[iii]
Amigo de Lutero, el
notable teólogo alemán Melachton (1497-1560), que
enseñaba astronomía sostenía que a pesar de los
ojos, testigos de la revolución de los cielos a
través del espacio cada veinticuatros horas, algunos
por amor a la novedad o para hacer gala de ingenio
han inferido de ello que la Tierra se mueve, y
sostienen que ni el Sol ni la octava esfera giran.
Y agregaba que era una falta de honestidad y de
decencia mantener públicamente tales ideas, y el
ejemplo es pernicioso. Ahí se encontraba el
meollo de la indignación: el modelo que se proponía
contradecía las Escrituras, con todo el peligro que
ello significaba para el mantenimiento de las
jerarquías implantadas; las construcciones de poder,
sociales e ideológicas tendrían un ejemplo
pernicioso.
Se demuestra con esto
ejemplos, por lo demás, que la literalidad del texto
era el principio al que se atuvieron los intérpretes
bíblicos de todas las religiones del Libro. Debieron
alegar metáforas cuando las realidades científicas
demostraban que los textos sagrados no se
compadecían con la demostración científica. La
creación en 7 días, los relatos sobre la pareja
primordial, la existencia de un Paraíso guardado por
ángeles, la cosmología desprendida de las fábulas
bíblicas, no tenían nada que ver con las
investigaciones y comprobaciones arqueológicas, las
relativas a la evolución de la Tierra, la
destrucción del geocentrismo y aún del
heliocentrismo a escala universal, las
inconmensurables distancias de las estrellas, el
reconocimiento de que sus luces provienen del pasado
o que todavía se ven destellos de astros apagados
desde hace décadas o siglos, entre otros
descubrimientos, han cancelado las visiones
pregalileanas definitivamente. Se quiere hacer
revivir la sacralización de los textos religiosos
mediante el recurso sistemático a la simbología,
olvidando que muchos fueron los castigos inflingidos
a quienes avanzaron en ideas entonces consideradas
heréticas por no responder a la letra de la Ley, del
Antiguo y del Nuevo Testamento, como así a las
opiniones de los llamados Padres de la Iglesia, o de
los reverenciados filósofos calificados de
iluminados de los tiempos paganos, sobre todo Platón
y Aristóteles.
No han faltado
opiniones fundadas sosteniendo la decadencia
irremediable del ideal medieval de vida
contemplativa reemplazada por el de vida activa; la
tendencia hacia el puro recogimiento, cedió -para
usar la terminología spengleriana- ante el empuje
del Hombre faústico definido por su sed de
dominación de la naturaleza e incluso por su
inclinación hacia la opresión, como lo denunciamos
todos quienes nos sentimos amenazados por esta furia
de señorío sin límites sobre el mundo exterior,
sobre el cuerpo humano y respecto de las propias
mentes sometidas a un bombardeo mediático, siempre
interesado en última instancia en logros
crematísticos y de poder, jamás inocente. Por
supuesto que esto no fue responsabilidad de los
Copérnico, los Galileo o los Newton, que cumplieron
formidables tareas investigativas y teóricas en sus
empeños por realizar una aproximación a la realidad
cosmológica u que abrieron un curso ilimitado para
el progreso científico.
II- Se batían
desesperadamente los anticopernicanos: si la Tierra
girara, argüían, entonces la piedra tirada desde lo
alto de una torre no podría llegar al pie de la
misma dado que durante su caída la aquélla habría
girado hacia el Este. Galileo superaba la
dificultad, aplicando al problema uno de sus grandes
descubrimientos, el principio de la inercia. La
torre es, sin duda arrastrada por la rotación de la
Tierra, pero también el guijarro sufre el mismo
movimiento ya que adquiere una velocidad tangencial
desde lo alto de la torre y la conserva -merced al
principio de la inercia- durante su caída; por esta
razón llega al pie de la torre.[iv]
El camino quedaba
definitivamente despejado para la irrupción de la
modernidad astrofísica, más aún cuando Galileo con
su telescopio demostró que las perfecciones de los
astros eran meras atribuciones fantasiosas de
Aristóteles, de filósofos y de teólogos: la luna
tenía una corteza escabrosa, como la de nuestra
Tierra; el sol poseía manchas, lejos de la
perfección atribuida por los peripatéticos griegos y
los religiosos medievales. Venus presentaba fases
que demostraban sus giros en derredor del sol y no
en torno de la Tierra; Júpiter tenía un cortejo de
satélites y la Vía Láctea se componía de miles de
estrellas antes ignoradas.
El astrónomo
italiano, bastante tiempo después de los
acontecimientos señalados, no sólo tuvo problemas
con sus descubrimientos celestes; sus adversarios le
recordaron que si un pedazo de hielo flotaba en el
agua se debía a su forma de placa, según lo había ya
explicado -y para siempre, Aristóteles- a pesar de
pertenecer a la categoría de cuerpo pesado. En una
reunión en el palacio ducal, en Pisa, los profesores
de la Universidad se acaloraron contra el sabio por
sostener la tesis de los diferentes pesos relativos
de los elementos. Pero las experiencias galileanas
sobre los pesos de los cuerpos terminaron por
derruir la antigua visión científica aristotélica,
defendida con celo, aún durante dos siglos más por
las corrientes religiosas que sentían la
Revolución en ciernes, que un mundo mental y
cultural que no podrían dominar surgía sin pausas
desde los observatorios y los laboratorios de la
ciencia en explosión.
Es preciso recordar que todo cambio
sustancial, toda revolución científica, implica un
desprestigio para quienes enseñan lo superado,
aquello que pasa a ser antiguo. No importaba que
Galileo explicara que no había placa que valiese,
que no era una cuestión de forma puesto que hasta
una bola de hielo flota en el agua. No podían
concebir (tampoco lo querrían) los profesores de la
vieja escuela, que las palabras pesado y ligero
eran relativas, de que sólo tenían sentido en
relación mutua, que no eran categorías absolutas de
por sí. Reconocer esta verdad haría trasladar todo
el viejo edificio supuestamente lógico-científico
que, desde hacía muchos siglos, se había construido
sobre los conceptos deducidos desde Platón y
Aristóteles, sostenidos desde las esferas católica y
protestante. Y los espíritus cultos, o muchos de
ellos, simplemente temían por sus prebendas.
Es exactamente en la
astronomía donde se advierte cuán desgarradora es la
lucha entre lo que se supone debe ser, lo que se
quiere que sea perfecto, y la realidad confusa,
cambiante, si se quiere imperfecta desde la
perspectiva del inmovilismo o del movimiento
inalterado y del geometrismo. Las estrellas y el
mundo supralunar se acercaban en la cosmovisión
pregalileana al cielo entendido como posada eterna
de lo inmutable, que resultaba el ejemplo de las
invariabilidades anheladas para el sistema de poder
vigente, en el cual se incluían la religión y los
órdenes sociales establecidos con las distribuciones
de riqueza y las jerarquías concordantes, en una
armoniosa relación de dominio.
III.- Había enseñado
San Agustín en sus Confesiones -X, 35- cuando
explicaba que hay una concupiscencia vana y
curiosa, disfrazada con el nombre de conocimiento y
ciencia
. Ella (la curiosidad) es la
que nos hace andar investigando los afectos ocultos
de la naturaleza que nos es exterior y está fuera de
nosotros
Pero ¿qué? El importante clérigo de
Angelis, intelectual de la Iglesia, todavía en 1673
negaba que los cometas fueran cuerpos celestes
porque carecían de la perfección debida en el
universo que imaginaba concordante con el
ptolemaico.
En resumen, nada de
innovaciones, todo está dicho, escrito y sellado por
los sabios aceptados como tales por la Iglesia, el
AT, los evangelios y la tradición. El que vaya por
novedades se perderá, el que acepte la sapiencia
oficializada será, a su vez, sabio y destinado a la
salvación eterna. Desde un punto menos invadido por
la religión, aunque no autónomo, el gran poeta
Petrarca (1304-1374) también despreciaba los
estudios alejados de la preocupación por saber qué
somos porque Aunque todas estas cosas fueran
verdaderas (los estudios sobre la naturaleza)
no contribuirían en modo alguno a una vida feliz,
pues ¿en qué nos ayudaría familiarizarnos con la
naturaleza de los animales, pájaros, peces y
reptiles si seguimos ignorándolo todo respecto de la
naturaleza de la especie humana, a la cual
pertenecemos, y no sabemos, o no nos preocupamos por
saber, de dónde venimos, y hacia dónde vamos?
[v]
Sellada quedaba la
verdad, expresión que no es sólo simbólica; tenía un
valor mistérico pero además reconocía autoridad
porque a los libros sagrados se los consideraban
afianzados para siempre y únicamente accesibles a
los iluminados. Del Apocalipsis de Juan: Y vi en
la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el
trono, escrito por dentro y por fuera y sellado con
siete sellos
Y vi a un ángel poderoso que, a gran
voz pregonaba: ¿Quién es digno de abrir el libro y
desatar sus sellos? Apareció un Cordero y
entonces en la fabulosa reunión celestial se
postraron personajes gloriosos oyéndose un cántico
que pregonó: Tú eres digno de tomar el libro y
abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con
tu sangre .
El Cordero: el Hijo que recibe del
Padre el libro por su sacrificio, semejante a Moisés
que recibió las Tablas en el Sinaí. Existen en la
Biblia pasajes donde se hallan inscriptos los
destinos humanos y los nombres de aquellos que se
salvarán (Enoc LXXXI, 1 en adelante, ó Éxodo XXXII,
32-33, etc.) Se podía, hasta cierto punto, disentir
con Aristóteles, pero las enseñanzas consideradas
permanentes del Estagirita estaban selladas,
formaban parte de la tradición venerada. Y si fueran
verdad las teorías o descubrimientos nuevos, como se
lo preguntaba Petrarca ¿para qué servirían?, si no
nos conocemos a nosotros mismos, olvidando o
ignorando que la dialéctica del saber objetivo y el
íntimo se potencian mutuamente.
IV- Por
supuesto que la atmósfera religiosa omnipotente
abarcaba a quienes no siendo cristianos, estaban
legitimados para desarrollar sus cultos; el caso
prototípico es el de los judíos. Durante la que ha
sido llamada época clásica judía, que se extiende
desde los siglos IX de nuestra era y los fines del
XVIII, se desenvolvió en Europa la vida de las
comunidades hebreas con un grado de intolerancia
religiosa interior y de abominación del saber que
llama la atención a quienes hoy han creído
candorosamente en un avance y progresismo
permanentes en la historia de esa etnia.
[vi]
Los rabinos prohibían el estudio de las lenguas lo
mismo que la ciencia, incluidas las matemáticas, la
geografía y la propia historia judía. El Talmud
mucho más que la propia Biblia, era la fuente de
dónde se abrevaban conocimientos, junto a la mística
que hay que suponer era privativa de los desvelos de
pequeñas minorías. Los sectores poderosos de las
colectividades hebreas solían ser aliadas de la
nobleza alta, de los prelados eminentes de la
Iglesia Católica, y a veces fungían de
intermediarios para la recolección de impuestos,
incluso para el tráfico de esclavos entre musulmanes
y cristianos: así las tres grandes religiones
monoteístas se entrelazaban para llevar a cabo el
más espurio de los comercios. Las poblaciones judías
en territorios cristianos no dejaban de tener
privilegios que alcanzaban exenciones impositivas y
simultáneamente el derecho de hacerse de impuestos
que gravaban sobre las capas de sus integrantes
modestos, como también poseían el derecho de
castigar sus propios herejes y hasta de aplicarles
penas.
Eran orgánicos al
mundo feudal cristiano, y propalaban la obediencia a
la autoridad, manteniendo el orden global de la
sociedades a las que pertenecían; los progroms no
eran acompañados normalmente por los poderes, sino
que surgían de la rebeliones contra los abusos que
no sólo tenían el emblemático rostro hebreo
-prestamistas, orfebres, rivales de las populares
órdenes mendicantes que sí repelían la presencia
judía- sino que se los conocía como factores de la
expoliación, olvidando que también los judíos pobres
eran objeto de esas exacciones. En la medida que se
entraba en tiempos revueltos, con pérdida de vigor
o extinción de los poderes centrales del feudalismo
y de las monarquías, arreciaban las persecuciones
contra los hebreos que, por tal razón, dejaban de
ser los aliados provechosos de las sociedades
cristianas diseminadas y organizadas en feudos. La
solución también estribaba en el quietismo, en el
misoneísmo: los judíos no deseaban tampoco novedades
que siempre entrañaban un peligro. El cambio operado
desde Galileo comenzó a alterar todo: la firmeza en
las creencias, el modo de producción, y por fin las
costumbres.
[i]
Más allá de que haya intereses sectoriales
por acentuar el statu quo, por ejemplo
cuando una gran empresa con un producto
determinado traba innovaciones que podrían
descolocarla en el mercado. Resulta visible
que el empleo indiscriminado de
explotaciones contaminantes se oponen a la
diversificación de las llamadas energías
alternativas.
[ii]
Estas expresiones se hallan en Moliere,
Georges Bordonove, cap. 24. Edc. El Ateneo,
2006. Bs. Aires. Argentina, manifestadas por
Chandelle, amigo íntimo del gran autor con
irritación y un grado de alcoholismo que no
invalidaba su sinceridad; al contrario, la
hacía surgir con vehemencia.
[iii]
Las expresiones de Lucero y Calvino
extraídas de La Revolución copernicana,
Bertrand Russell, cap. II, de la edic.
Ledesma S:A.I.I., 1997, Buenos Aires. Las
siguientes de Melachton provienen de Las
imágenes del mundo.
[iv]
En De Galileo a Einstein, Disiderio Papp y
Jorge Estrella, pág. 57, abunda en
explicaciones en tal sentido. Edc.
Pedagógicas Chilenas, 1989, Santiago de
Chile.
[v]
La revolución copernicana, Thomas S. Kuhn,
pág. 178. Edc. Hyspamérica, 1978. Madrid.
[vi]
En Historia judía, religión judía. El peso
de tres mil años, Israel Shahak sostiene el
pensamiento que aquí se expone y que en
buena medida le debo. Shahak, que fuera
amigo del formidable intelectual palestino
Edward Said, ha sido a su vez, una de las
voces más nobles y humanistas que ha dado
Israel, y también un intelectual de
impresionante fuste. El libro citado:
ediciones A. Machado, 1997. Madrid.
Diferencias en buscar y
encontrar
en un libro y en Google
por Irene
Lozano
La gran
biblioteca que Google planea edificar en la
red ha embargado de júbilo a Kevin Kelly,
director de la revista de nuevas tecnologías
Wired, y ha sumido en el desconcierto y la
melancolía a John Updike, todo un escritor.
¿No es paradójico? Google está escaneando
una parte de los fondos de seis grandes
bibliotecas: las de las universidades de
Harvard, Stanford, Oxford y Michigan, así
como la New York Public Library, proyecto al
que se ha sumado recientemente la
Universidad Complutense de Madrid. Aunque en
el momento de escribir estas líneas se ha
paralizado el escaneo por nuevos problemas
legales con las editoriales, es presumible
que, antes o después, esta gran biblioteca
electrónica estará disponible en la red para
el acceso público.
Resulta,
sencillamente, fascinante. Pero no
conviene que, demudados ante la
magnificencia del proyecto, quedemos ciegos
ante sus inconvenientes o creamos a pies
juntillas todas las bondades que respecto a
él se han escrito. En The New York Times
Magazine , Kelly lo ha equiparado al viejo
sueño de la biblioteca universal de
Alejandría, concebida, según él, «para
albergar todos los rollos de papiro
existentes en el mundo conocido». En
realidad, el objetivo de Ptolomeo II cuando
ideó la que sería la biblioteca más
grandiosa del mundo antiguo no era almacenar
papiros, sino sabiduría. Tres siglos
antes de Cristo parecía estar mucho más
claro que hoy que lo relevante de los libros
no es su formato, sino su contenido. El
rey egipcio ordenó recopilar íntegramente la
literatura griega, en las mejores copias
posibles, clasificar las obras y
comentarlas. La biblioteca, sumamente
completa, también contenía traducciones de
obras literarias egipcias y babilonias. Se
trataba, en suma, de un proyecto de
conocimiento, de erudición, para el cual se
contrató a sabios griegos a los que se
ofreció un salario generoso y un lugar en
una academia radicada en el templo de las
Musas, el Museion, donde se albergaría la
primera de las dos colecciones de la célebre
biblioteca. La segunda, adscrita al templo
de Serapis, se llamaba el Serapeion.
Uno de los
sabios que trabajaron en aquel inmenso
proyecto fue el poeta Calímaco, y uno de sus
cometidos fue confeccionar una especie de
índice de autores, sobre la base de los
exhaustivos catálogos de la biblioteca. Sven
Dahl en su Historia del libro cuenta cómo, a
pesar de que la mayor parte de su trabajo se
ha perdido, el conservado «confirma las
excelentes cualidades de bibliotecario del
viejo autor griego».
Saltan a la
vista las diferencias entre la biblioteca de
Alejandría y el proyecto puesto en marcha
por Google en «varias docenas de edificios
en todo el mundo, con trabajadores por horas
doblados sobre un escáner de mesa, que
convierten libros polvorientos en objetos de
alta tecnología», en palabras de Kelly.
También Ptolomeo podría haber contratado
esclavos letrados para que copiaran rollos
sin descanso. Le habría salido mucho más
barato, pero el suyo era un proyecto
intelectual, mientras que el de Google es un
trabajo meramente técnico por una
sencilla razón: todo el trabajo de
catalogación, clasificación o comentario de
los volúmenes ya se lo dan hecho las
bibliotecas y las editoriales.
Sin esa labor
previa, para la que resulta imprescindible
el know how de gentes como Calímaco, el
proyecto de Google resultaría baldío, pues
en lugar de una biblioteca daría como
resultado un marasmo de páginas
deslavazadas, tan caótico que, más que
ayudar al avance de la sabiduría,
contribuiría al aturdimiento general. Los
buscadores como Google, que Kelly elogia
entusiasmado, son de gran ayuda cuando se
quiere encontrar un título concreto de un
autor; pero en las bibliotecas también se
hace la operación inversa: consultar
genéricamente un asunto para descubrir
títulos desconocidos que pueden aportarnos
información relevante. Con frecuencia un
lector busca un libro, pero muy a menudo lo
encuentra, le sale al paso en los
anaqueles: los motores de búsqueda de
internet son inútiles para este tipo de
pesquisa incierta, necesaria y siempre
sorprendente.
La patraña de
la «democratización»
El mayor
elogio que Kevin Kelly reserva para la gran
biblioteca electrónica de Google es su
presunto carácter democrático: «Al contrario
que las viejas bibliotecas, cuyo acceso
estaba restringido a la elite, ésta será
realmente democrática, y ofrecerá todos los
libros a todo el mundo». O no ha pisado una
biblioteca en su vida o es una de esas
personas que se contenta con etiquetar como
«democrática» la labor en que andan para
blindarla contra cualquier posibilidad de
crítica. Hace mucho tiempo que, al menos en
Europa y Estados Unidos, las bibliotecas no
son territorio de la elite.
Las hay
restringidas a los investigadores, para
facilitar su trabajo, sin que por otro lado
cueste mucho acreditarse como tal; las hay
adscritas a una facultad o una universidad
determinada; las hay autonómicas,
municipales, de barrio, de las cajas de
ahorros; existen bibliobuses que recorren
los pueblos pequeños dejando libros y hasta
en el Metro de Madrid, sin gran esfuerzo, se
puede acceder a un servicio de préstamo para
el que las gentes hacen cola... Cualquier
persona interesada tiene ya a su disposición
muchos más libros de los que seguramente
podría leer en toda su vida.
No hace falta
ni dinero, ni tecnología, ni costosos
aparatos o programas informáticos que
caducan cada seis meses para leer. Y es una
suerte que así sea, porque aun en un país
desarrollado como España, el 63 por 100 de
la población mayor de catorce años no usa
internet, según un estudio de la Fundación
BBVA de octubre de 2005, pero no por ello
está privada de la lectura.
En los países
pobres es mucho peor, como todo. Allí faltan
bibliotecas, pero también se carece de
acceso a internet, no porque la tecnología
no sea trasladable a esas zonas del mundo,
sino porque no hay dinero para financiarla.
El proyecto de Google no acomete ninguna
acción al respecto, así que no ofrecerá
«todos los libros a todo el mundo», como
promete Kelly, sino sólo a los conectados.
Pero hay algo
aún más importante: aún quedan grandes
estratos de la población mundial sin
alfabetizar, una cifra que oscila en
torno al 15 por 100 de media mundial,
pero que en algunos países alcanza
proporciones escandalosas, como el 64 por
100 de Afganistán, el 68 por 100 de
Mauritania o el 33 por 100 de Nicaragua,
según el Libro de datos de la CIA (www.cia.gov/cia/publications/factbook/fields/2103.html).
Por tanto, parece más digno de cualquier
proceso que se denomine de «democratización»
extender la alfabetización a esos 800
millones de personas, para los que toda esta
polémica resulta superflua porque son
incapaces de desentrañar los misterios del
libro impreso añorado por Updike. En un
discurso a los libreros pronunciado en la
convención Book Expo de Washington, el
novelista norteamericano aseguró que «los
libros normalmente tienen lomos», lo que
implica conceder importancia primordial al
objeto, exactamente igual que el tecnófilo
Kelly, pero en nostálgico.
La
fascinación del tecnopaleto
¿Alguien cree
que los analfabetos existentes hasta ahora
lo eran porque no se habían inventado los
buscadores electrónicos o el escáner? ¿O
será más bien por problemas políticos y
sociales que Google no va a solucionar? A
Kelly le gustaría quizá que cada nueva
invención tecnológica nos revolucionara la
vida, que equivaliera «a poner el pie en la
Luna», en sus propias palabras. La
fascinación del tecnopaleto, que abraza todo
nuevo invento electrónico y desecha lo viejo
sin mayores consideraciones, trasluce en su
intencionado contraste entre el «viejo libro
polvoriento» y el «objeto de alta
tecnología», es decir, apto para la vida
contemporánea.
Fuente: Revista de Occidente nº 308, Enero
2007
[1]
Más allá de que haya intereses sectoriales
por acentuar el statu quo, por ejemplo
cuando una gran empresa con un producto
determinado traba innovaciones que podrían
descolocarla en el mercado. Resulta visible
que el empleo indiscriminado de
explotaciones contaminantes se oponen a la
diversificación de las llamadas energías
alternativas.
[1]
Estas expresiones se hallan en Moliere,
Georges Bordonove, cap. 24. Edc. El Ateneo,
2006. Bs. Aires. Argentina, manifestadas por
Chandelle, amigo íntimo del gran autor con
irritación y un grado de alcoholismo que no
invalidaba su sinceridad; al contrario, la
hacía surgir con vehemencia.
[1]
Las expresiones de Lucero y Calvino
extraídas de La Revolución copernicana,
Bertrand Russell, cap. II, de la edic.
Ledesma S:A.I.I., 1997, Buenos Aires. Las
siguientes de Melachton provienen de Las
imágenes del mundo.
[1]
En De Galileo a Einstein, Disiderio Papp y
Jorge Estrella, pág. 57, abunda en
explicaciones en tal sentido. Edc.
Pedagógicas Chilenas, 1989, Santiago de
Chile.
[1]
La revolución copernicana, Thomas S. Kuhn,
pág. 178. Edc. Hyspamérica, 1978. Madrid.
[1]
En Historia judía, religión judía. El peso
de tres mil años, Israel Shahak sostiene el
pensamiento que aquí se expone y que en
buena medida le debo. Shahak, que fuera
amigo del formidable intelectual palestino
Edward Said, ha sido a su vez, una de las
voces más nobles y humanistas que ha dado
Israel, y también un intelectual de
impresionante fuste. El libro citado:
ediciones A. Machado, 1997. Madrid.
LA
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