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Cuando los cambios alteraron
las firmezas, creencias, modo
de producción, y costumbres

Alfredo Allende

Diferencias en buscar un libro
y encontrarlo y hacerlo en Google

Irene Lozano
 

Diferencias en buscar y encontrar
en un libro y en Google

por Irene Lozano

La gran biblioteca que Google planea edificar en la red ha embargado de júbilo a Kevin Kelly, director de la revista de nuevas tecnologías Wired, y ha sumido en el desconcierto y la melancolía a John Updike, todo un escritor. ¿No es paradójico? Google está escaneando una parte de los fondos de seis grandes bibliotecas: las de las universidades de Harvard, Stanford, Oxford y Michigan, así como la New York Public Library, proyecto al que se ha sumado recientemente la Universidad Complutense de Madrid. Aunque en el momento de escribir estas líneas se ha paralizado el escaneo por nuevos problemas legales con las editoriales, es presumible que, antes o después, esta gran biblioteca electrónica estará disponible en la red para el acceso público.

 

Resulta, sencillamente, fascinante. Pero no conviene que, demudados ante la magnificencia del proyecto, quedemos ciegos ante sus inconvenientes o creamos a pies juntillas todas las bondades que respecto a él se han escrito. En The New York Times Magazine , Kelly lo ha equiparado al viejo sueño de la biblioteca universal de Alejandría, concebida, según él, «para albergar todos los rollos de papiro existentes en el mundo conocido». En realidad, el objetivo de Ptolomeo II cuando ideó la que sería la biblioteca más grandiosa del mundo antiguo no era almacenar papiros, sino sabiduría. Tres siglos antes de Cristo parecía estar mucho más claro que hoy que lo relevante de los libros no es su formato, sino su contenido. El rey egipcio ordenó recopilar íntegramente la literatura griega, en las mejores copias posibles, clasificar las obras y comentarlas. La biblioteca, sumamente completa, también contenía traducciones de obras literarias egipcias y babilonias. Se trataba, en suma, de un proyecto de conocimiento, de erudición, para el cual se contrató a sabios griegos a los que se ofreció un salario generoso y un lugar en una academia radicada en el templo de las Musas, el Museion, donde se albergaría la primera de las dos colecciones de la célebre biblioteca. La segunda, adscrita al templo de Serapis, se llamaba el Serapeion.

 

Uno de los sabios que trabajaron en aquel inmenso proyecto fue el poeta Calímaco, y uno de sus cometidos fue confeccionar una especie de índice de autores, sobre la base de los exhaustivos catálogos de la biblioteca. Sven Dahl en su Historia del libro cuenta cómo, a pesar de que la mayor parte de su trabajo se ha perdido, el conservado «confirma las excelentes cualidades de bibliotecario del viejo autor griego».

 

Saltan a la vista las diferencias entre la biblioteca de Alejandría y el proyecto puesto en marcha por Google en «varias docenas de edificios en todo el mundo, con trabajadores por horas doblados sobre un escáner de mesa, que convierten libros polvorientos en objetos de alta tecnología», en palabras de Kelly. También Ptolomeo podría haber contratado esclavos letrados para que copiaran rollos sin descanso. Le habría salido mucho más barato, pero el suyo era un proyecto intelectual, mientras que el de Google es un trabajo meramente técnico por una sencilla razón: todo el trabajo de catalogación, clasificación o comentario de los volúmenes ya se lo dan hecho las bibliotecas y las editoriales.

 

Sin esa labor previa, para la que resulta imprescindible el know how de gentes como Calímaco, el proyecto de Google resultaría baldío, pues en lugar de una biblioteca daría como resultado un marasmo de páginas deslavazadas, tan caótico que, más que ayudar al avance de la sabiduría, contribuiría al aturdimiento general. Los buscadores como Google, que Kelly elogia entusiasmado, son de gran ayuda cuando se quiere encontrar un título concreto de un autor; pero en las bibliotecas también se hace la operación inversa: consultar genéricamente un asunto para descubrir títulos desconocidos que pueden aportarnos información relevante. Con frecuencia un lector busca un libro, pero muy a menudo lo encuentra, le sale al paso en los anaqueles: los motores de búsqueda de internet son inútiles para este tipo de pesquisa incierta, necesaria y siempre sorprendente.

 

La patraña de la «democratización»

El mayor elogio que Kevin Kelly reserva para la gran biblioteca electrónica de Google es su presunto carácter democrático: «Al contrario que las viejas bibliotecas, cuyo acceso estaba restringido a la elite, ésta será realmente democrática, y ofrecerá todos los libros a todo el mundo». O no ha pisado una biblioteca en su vida o es una de esas personas que se contenta con etiquetar como «democrática» la labor en que andan para blindarla contra cualquier posibilidad de crítica. Hace mucho tiempo que, al menos en Europa y Estados Unidos, las bibliotecas no son territorio de la elite.

 

Las hay restringidas a los investigadores, para facilitar su trabajo, sin que por otro lado cueste mucho acreditarse como tal; las hay adscritas a una facultad o una universidad determinada; las hay autonómicas, municipales, de barrio, de las cajas de ahorros; existen bibliobuses que recorren los pueblos pequeños dejando libros y hasta en el Metro de Madrid, sin gran esfuerzo, se puede acceder a un servicio de préstamo para el que las gentes hacen cola... Cualquier persona interesada tiene ya a su disposición muchos más libros de los que seguramente podría leer en toda su vida.

 

No hace falta ni dinero, ni tecnología, ni costosos aparatos o programas informáticos que caducan cada seis meses para leer. Y es una suerte que así sea, porque aun en un país desarrollado como España, el 63 por 100 de la población mayor de catorce años no usa internet, según un estudio de la Fundación BBVA de octubre de 2005, pero no por ello está privada de la lectura.

 

En los países pobres es mucho peor, como todo. Allí faltan bibliotecas, pero también se carece de acceso a internet, no porque la tecnología no sea trasladable a esas zonas del mundo, sino porque no hay dinero para financiarla. El proyecto de Google no acomete ninguna acción al respecto, así que no ofrecerá «todos los libros a todo el mundo», como promete Kelly, sino sólo a los conectados.

 

Pero hay algo aún más importante: aún quedan grandes estratos de la población mundial sin alfabetizar, una cifra que oscila en torno al 15 por 100 de media mundial, pero que en algunos países alcanza proporciones escandalosas, como el 64 por 100 de Afganistán, el 68 por 100 de Mauritania o el 33 por 100 de Nicaragua, según el Libro de datos de la CIA (www.cia.gov/cia/publications/factbook/fields/2103.html). Por tanto, parece más digno de cualquier proceso que se denomine de «democratización» extender la alfabetización a esos 800 millones de personas, para los que toda esta polémica resulta superflua porque son incapaces de desentrañar los misterios del libro impreso añorado por Updike. En un discurso a los libreros pronunciado en la convención Book Expo de Washington, el novelista norteamericano aseguró que «los libros normalmente tienen lomos», lo que implica conceder importancia primordial al objeto, exactamente igual que el tecnófilo Kelly, pero en nostálgico.

 

La fascinación del tecnopaleto

¿Alguien cree que los analfabetos existentes hasta ahora lo eran porque no se habían inventado los buscadores electrónicos o el escáner? ¿O será más bien por problemas políticos y sociales que Google no va a solucionar? A Kelly le gustaría quizá que cada nueva invención tecnológica nos revolucionara la vida, que equivaliera «a poner el pie en la Luna», en sus propias palabras. La fascinación del tecnopaleto, que abraza todo nuevo invento electrónico y desecha lo viejo sin mayores consideraciones, trasluce en su intencionado contraste entre el «viejo libro polvoriento» y el «objeto de alta tecnología», es decir, apto para la vida contemporánea.

Fuente: Revista de Occidente nº 308, Enero 2007

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