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Buena noticia para una buena política:
apareció un lobo
manso
por Alberto Ferrari Etcheberry
Reflexiones
preliminares
1. La política, sin duda, es forma y contenido; y su
principal conflicto es, precisamente, la relación
entre forma y contenido.
En realidad, para una
política cuyo objetivo substancial es el
mantenimiento del orden vigente, no hay tal
conflicto: esa política es, por definición,
mentirosa, como que no puede proclamar que su
objetivo es que los pobres sigan siendo pobres y
que la injusticia siga siendo injusticia. Por eso,
estrictamente, la forma de la política que defiende
el statu quo es la demagogia: la dominación
tiránica de quienes carecen de privilegio con su
propio consentimiento, como define el diccionario
de la lengua.
Por eso la relación
forma-contenido aparece como problema entre quienes
se proponen el cambio del statu quo. Para unos: el
fin justifica los medios, dicen que dijo Lenin;
esto es, el cambio social valida dejar de lado la
opinión ajena, como se reprochó a los bolcheviques
rusos y a sus seguidores en otros países, los
partidos comunistas. Para otros: el medio importa
más que el fin: el movimiento es todo y el fin es
nada, como habría dicho Bernstein, el teórico del
reformismo socialista alemán; esto es, el cambio
social debe supeditarse al respeto a los medios;
abreviando, el cretinismo parlamentario que se
reprochó a la social democracia.
La experiencia
soviética se concretó en Stalin; el gulag fue el
único medio y concluyó muy lejos del fin: las bandas
de oligarcas y el gobierno de la KGB. Los avances de
la socialdemocracia alemana y de sus émulos
franceses, italianos y españoles- en buena medida
abrieron el camino a quienes supeditaban todo a un
fin: Hitler, Mussolini, Franco.
¿La cuadratura del
círculo?
2. Hay otra lectura del apotegma corrientemente imputado a
Lenin: la sustancia del fin determina los medios que
pueden usarse para lograrlo. Esto es: el fin
justifica o no justifica los medios. La
búsqueda de una sociedad de hombres libres no puede
hacerse destruyendo su libertad, su autonomía, su
derecho a pensar. Por eso también si el fin es
nada inevitablemente el movimiento queda sin
rumbo y el todo se convierte en defensa del statu
quo, es decir, en demagogia.
Claro que no se
redujo al bolcheviquismo y sus herederos la
legitimación del cambio por el fin buscado a
despecho del medio usado. Entre nosotros,
sugestivamente peronismo y antiperonismo
coincidieron en el método, con la ventaja, para el
peronismo del resultado, esto es, la transformación
en sujeto de los excluidos. En ese sentido es un
error calificar al peronismo de demagogia; quizás
fue lo contrario: se propuso como conservador del
orden y concluyó en cierto modo subvirtiéndolo al
transformarse los pobres en una clase social con
conciencia de sí misma. Tampoco fue demagógico el
antiperonismo; tal vez fue idiota, pero no
demagógico: proclamó un objetivo antihistórico:
reducir la clase obrera a pobres con un método
explícitado: excluirla del sistema político.
De todos modos y más
cerca del hoy: borradas de la agenda propuestas al
estilo de la bolchevique y aun de la socialdemócrata
bernstiana, y de las revoluciones nacionales
estilo Perón, las tradiciones parecen concluir en
el progresismo, una versión aun más vaga y
confusa que sus antecedentes por lo que su contenido
demagógico es más visible. Sin definir qué es ser
progresista; sin precisar adonde se va; sin
concretar la propuesta presente, el progresismo es
nada más que una forma de la demagogia que le niega
a los no privilegiados tanto el fin como el medio;
esto es: el presente y el futuro.
3.Esta es la situación argentina actual que, además, se
engarza en la crisis del sistema europeo u
occidental de la acción política que, con marchas y
contramarchas, en definitiva es el surgido hace más
de dos siglos con la revolución francesa y sus
frutos: la soberanía popular y el nacionalismo
que engendraron a la opinión pública como el
factor legitimante. Ese sistema confina la
soberanía popular en la cadena que se inicia en el
voto para hacerla sinónimo de representación y
finalmente concluye depositándola en los partidos
políticos, ya en el marco del interés nacional, ya
en el marco de la construcción de la nación, que
devienen, de tal modo, contenidos programáticos
condicionantes de la soberanía popular.
( Se dirá que nuestra
crisis es más profunda, por lo que suena a exceso
integrarla a ese marco general. Sin embargo, no es
más profunda sino más evidente, como que corresponde
a lo que se llama subdesarrollo. Esto es: el eslabón
más débil muestra antes el fenómeno, así como el
niño siente antes que el adulto la falta de oxígeno.
Basta poner sobre la mesa a Bush y los
fundamentalistas evangélicos, a Berlusconi, al hijo
de inmigrantes Sarkozy convertido en adalid de la
antiinmigración, para comprender que no hay
diferencias cualitativa ni cuantitativa, salvando
las distancias, esto es, la riqueza.)
Esa crisis general
del sistema político occidental no puede sorprender
porque es la respuesta a la negación de su basamento
histórico, la nación, por parte de distintos y
profundos fenómenos de globalización; en primer
lugar, la globalización informativa que ya ha
destruido el concepto mismo de opinión pública,
que fuera la brújula que, por afirmación o por
negación, guiaba la conducta de la cadena partido
político/representación/voto; en concreto, que
facilitaba la demagogia civilizada, entendida, está
dicho, como la manipulación de los no privilegiados
para hacerles aceptar acciones de gobierno
contrarias a sus intereses, aunque justificadas por
valores que eran o aparecían como comunes a todas
las clases o sectores.
También se ha roto la dicotomía de la
política;
su contenido no puede ya ser un objetivo tan
promisorio como abstracto que posponga la necesidad
de precisar los medios concretos para lograrlo; ni
los medios pueden reducirse a un procedimiento
formal que carezca de justificación concreta y
práctica.
De tal modo los no
privilegiados se encuentran hoy espontáneamente, sin
mediaciones políticas, enfrentados a sus problemas e
intereses concretos, aunque a menudo sea entendido
lo concreto meramente como cotidiano, por lo que, en
reemplazo de la opinión pública, la brújula del
mensaje político será ahora, en primer lugar, la
aptitud para definir ese interés concreto. Esa
aptitud y esa definición no tienen un contenido
apriorísticamente determinado. Así históricamente
ocurrió con la opinión pública: los actores
políticos buscaban definirla o influenciarla de
acuerdo al contenido social que pretendían
representar. También ahora será así, habrá
definiciones progresistas y no progresistas del
interés concreto, pero el mensaje político a los
no privilegiados será valorado sólo en cuanto esté
centrado en sus intereses concretos.
4.
Nada más alejado de la realidad política argentina
actual: clientelismo desaforado, partidos y
partiditos que funcionan como agencias de empleo,
incapacidad de gestión, la publicidad comercial como
único medio de vinculación con la gente, el
conocimiento de la realidad reducido a la encuesta
permanente, la ignorancia en primer lugar y la
corrupción luego como explicación suficiente para
entender los actos de gobierno.
Entre nosotros la
crisis del sistema político ha adquirido caracteres
tan caricaturescos precisamente porque la etapa
anterior y originaria, centrada en la opinión
pública, tuvo escasa vida: a lo sumo, concluyó en
1930. Y con ella desapareció la posibilidad de
formar partidos políticos que crearan y a la vez
interpretaran a la opinión pública, que enlazaran la
construcción de la nación con los intereses
concretos de los no privilegiados; partidos que, en
definitiva, fueran capaces de esa forma civilizada
de la demagogia que es el reformismo democrático. El
canto del cisne fue 1983: bastó para destruir el
militarismo pero no para resucitar a lo que nunca
había existido. Y a ello se suma la fenomenal
caricatura que es el peronismo como partido político
- una contradicción en los términos - para peor
despojado de su basamento obrero, minado por la
desindustrialización y por la corrupta
descomposición de su columna vertebral, el
sindicalismo.
¿Cómo subsiste, y se
profundiza, semejante situación?
En primer lugar porque ha
desaparecido el actor político central desde 1930 a
1983: las Fuerzas Armadas; y, a la vez, porque no
existen, nacional ni internacionalmente,
condiciones para su retorno. De tal modo, la
llamada clase política se ha comportado en cierto
modo como en el juego del baile por el lobo ausente.
A comienzos de su gobierno, los socios de Menem,
aterrorizados por la hiperinflación y por sus
promesas incumplidas o incumplibles, justificaban
sus premuras económicas personales en que era
inevitable el inminente golpe militar; mientras que
entre los radicales se proponía posponer toda
crítica en defensa de las instituciones amenazadas
por el peligro del golpe. La historia impedía
comprender el presente. La convertibilidad fue
disipando ese temor, pero lo hizo trayendo una
corrupción tan inédita como impune que se fue
convirtiendo en la razón de ser de la acción
política que, de tal modo, perdía toda posibilidad
de su reforma desde adentro. En aquel presente el
riesgo no era el golpe militar sino la
descomposición (lademocracia a la colombiana,
presagié entonces) a la que hemos llegado:
el hoy permite comprender el
pasado.
Además, porque
recién ha surgido una generación cuya madurez no ha
sido trabada por las sucesivas leyes de amnistía que
hasta la amnistía de 1973 prohibían conocer la
historia; y que es, también, ajena a ese juego de
medio siglo de golpe militar y restauraciones
condicionadas, pero que ha crecido y crece en el
escenario de esa acción política degradada. Conoce
la historia; desapariciones, muertes y torturas han
sido y son el marco de su aproximación a la
política, pero cumplen la función de ser los
límites de un contenido abstracto, cuando no
inexistente y siempre ajeno a su propia experiencia.
Por eso es difícil
imaginar cómo, y hacia donde, puede cambiar la
actual situación política.
Es necesario
conformarse con mostrar algunos signos.
5.Un signo es la elección porteña que
ha ganado Macri.
¿Por qué? Sin duda, en primer lugar, porque ha sido
entendido como la negación del modo de hacer
política dominante.
Sus dos rivales se
abroquelaron en el lenguaje abstracto, como si
compitieran en la reunión de la mayor cantidad de
muestras de lo peor de la política actual, los que
definen y sólo interesan a sus propios actores.
Candidatos que no pueden mostrar su historia
encabezaban rejuntados anacrónicos, ninguno de cuyos
integrantes resisten pocos minutos de interrogatorio
riguroso, dedicados a la confrontación soez del
adversario que, frecuentemente, hasta ayer era
socio.
Por el lado de
Telerman, el radicalismo, un viejo exponente de la
pretensión reformista democrática, escondía su
senectud irreversible en un apoyo a ese saltimbaqui
oportunista, que incluía a un reciente expulsado por
traidor, que en términos políticos se expresaba en
un cargo menor con una candidata tan impresentable
como de dudosa chance, situación que justificaba que
se afirmara que ese apoyo se basaba en la promesa de
nombramientos que asegurarían la continuidad del que
fuera matriz democrática como agencia de empleos.
No fue menor la
desvinculación con la realidad de la campaña de
Filmus, aunque la prensa y aun sus rivales le
perdonaran la exposición pública y frecuente de su
currículo, de modo alguno más sólido que el de
Telerman. Y en este caso se agrega la inédita
participación con malas artes del gobierno nacional
y del Presidente y, como siempre, la imputación de
conductas pasadas de las que el propio Kirchner es
un caracterizado ejemplo: indiferencia ante el
proceso y la violación de los derechos humanos, el
neoliberalismo de los años noventa, el apoyo a la
convertibilidad, Cavallo y las privatizaciones, el
menemismo.
La confrontación
Telerman-Filmus pareció una recíproca recriminación
entre ladrones: cuando dos ladrones se pelean
siempre se aprende algo bueno, dice un refrán
alemán citado en una obra clásica. Mutatis mutandi,
ahora ocurrió algo similar y el único beneficiario
fue Macri, pero no pasivamente sino por el contexto
dentro del cual encaró su campaña: el buscado
alejamiento de todo lo que pudiera vincularlo a la
forma actual de la política.
Unico acompañado por
una mujer, Macri se mostró junto con ella y con su
silla de ruedas toda vez que pudo, formando un
equipo balanceado y no proclamado que se dirigía al
vecino la forma más concreta posible del votante
y, con ello, simbolizaba su alejamiento de toda
definición abstracta - pasada, presente o futura.
El vecino por definición tiene problemas e
intereses concretos, que no siempre el equipo
Macri-Micheti identificaba directamente pero sí a
través del uso del dinero: el costo de un canal
televisivo que nadie ve equivale a equis número de
escuelas; los inútiles guardias de tránsito que
parecen boy scouts disfrazados a tantos metros de
subtes prometidos y no cumplidos. A la vez, una
repetición de la palabra propuesta, el olvido
permanente de los rivales y una modesta publicidad.
Primera conclusión:
frente a dos exponentes de la forma política
dominante, Macri consiguió:
1) diferenciarse
absolutamente en forma y contenido;
2) llegar al interés
concreto del votante, incluyendo el de los no
privilegiados: propone arreglar las plazas, como
se burló el Presidente Kirchner.
6. Se le enrostra, sin embargo, que es la derecha
camuflada. Hay en error de concepto.
La derecha es, por
definición, realista. El conservadorismo es la
esencia de la derecha; esto es, la capacidad para
entender su propio privilegio como tal y, por lo
tanto, la necesidad de cuidar su fragilidad evitando
la confrontación abierta, que lleva a eliminar las
capas de la cebolla institucional e ideológica que
esconden ese privilegio. En tal sentido, la buena
derecha es siempre camuflada y es, además, buena
en cuanto no se escuda en la violencia. Claro que
esta derecha lampedusiana no tuvo existencia
social entre nosotros, por razones estructurales
varias, todas unidas a un momento de la conformación
nacional cuya perención ha sido acelerada
precisamente por los fenómenos de globalización.
De tal modo no sirve
descalificar a Macri como derecha, porque el
problema central hoy es el de la relación de los no
privilegiados con la política.
En otros términos,
hoy la política se ha reducido a la forma. O,
con mayor precisión, hoy sólo a partir de la forma,
de los medios que se usen para hacer política,
puede llegarse a un contenido de la política que sea
a la vez concreto y en el interés de los no
privilegiados.
Es por eso que el
fenómeno Macri va mucho más allá de esta elección.
En la Argentina la
derecha tradicionalmente ha optado por la violencia
o la usurpación de los gobiernos camaleónicos
surgidos del voto: Alzogaray, el Rodrigazo,
Martínez de Hoz, la Ucedé, Cavallo, son ejemplos más
o menos recientes.
Si de definiera a
Macri como la derecha, debería concluirse que hay
un cambio inédito: en 1928 fue la última vez que la
derecha pretendió el poder a través del voto.
También sería inédito que la derecha se ocupara
del vecino y los problemas municipales, cuestiones
que siempre despreció y que en la belle époque
electoralmente delegaba en el socialismo
tradicional.
Macri, sin duda, fue
apoyado en todos los barrios aunque en ningún lugar
obtuvo tantos votos como en los considerados
económicamente como de la derecha. Esto agrega
otra peculiaridad, porque los bolsillos de esos
sectores son los principales beneficiarios
de la política
económica del gobierno que jugaba su prestigio a la
candidatura Filmus nacionalizando, con buenas y,
sobre todo, malas artes, la campaña electoral para
aprovechar sus logros económicos.
Por otra parte, Macri
no ha hecho una campaña violenta ni confrontacional,
por lo que no parece la expresión de un voto
negativo o del llamado voto bronca.
Todo eso justifica
intentar trasladar el análisis a otro plano.
7. El gobierno nacional muestra resultados inéditos
en cuanto a las principales variantes económicas. La
Argentina ha pasado de la crisis brutal del 2002 a
una situación entonces impensable. Es cierto que las
principales causas de esa transformación fueron
anteriores a este gobierno, que ya heredó una curva
ascendente. También lo es que el artífice principal
(Lavagna) también fue heredado, como dos de los
ministros (Tomada y González García) que se
destacan mucho por sobre la mediocridad del resto.
Pero más importante que todo eso es que Kirchner
ha sabido y podido continuar y acrecentar lo
recibido.
A esa gestión
Kirchner le ha agregado una búsqueda permanente de
bases sociales y políticas propias, desde la
persecución a quien lo creó (Duhalde) a arrogarse
méritos en materia de derechos humanos y en el
repudio a los noventa que no resisten una mínima
confrontación con su historia personal, pasando por
hechos objetivos positivos, como la configuración
de la Corte Suprema, y negativos, como la
inexistente política exterior. Un saldo, empero, que
no alcanza a empalidecer los resultados
macroeconómicos.
Hay algo más que lo
distingue: la pretensión de generar una base
partidaria nueva, ajena a los tradicionales
peronismo y radicalismo con un corte transversal que
está destruyendo lo poco que les quedaba y que se
apoya en un hecho real y objetivo: en el mejor de
los casos, peronismo y radicalismo no son hoy sino
una confederación de fuerzas provinciales de escasos
vínculos entre sí y por lo tanto, preparadas para
insertarse en toda combinación que les otorgue un
espacio nacional sin alterar sus reductos locales.
Puede agregarse otra circunstancia,
quizás paradójica. Kirchner se presenta como un
hacedor, como un práctico: cuida la caja y le
importa el superavit fiscal; mantiene alto al dólar
cuando cae en todos lados, especialmente en Brasil,
el principal socio; pretende contener los precios
del consumo popular con un pedestre señor quen usa
pedestres métodos; ignora a sus ministros y jamás
los convoca a reunión de gabinete; desprecia los
modales y le gusta mostrarse como un muchachote
groserón, como tal vez lo es, que necesita ayuda.
Y, sin embargo, su discurso ( además de un atentado
a la gramática y a la sintaxis) es profundamente
ideologizado, aunque en tono de barricada: de acá
al FMI; neoliberalismo, los noventa, derechos
humanos, las madres de Plaza de Mayo, los setenta,
venimos del infierno. No puede negarse que este
discurso ideologizado se sostiene en la
tergiversación: la historia de Kirchner podría
figurar como ejemplo de lo que critica, pero esta
contradicción entre letra y hecho hoy es tan general
que, por un lado, ya no sobresale y, por otro, lo
que es peor, fortalece la
habitual actitud discepoliana de Cambalache: todo
es igual, nada es mejor
.
De todos modos lo que
parece más importante es que el discurso de
Kirchner junta lo viejo con lo nuevo, los vicios
de la política dominante actual con lo concreto y,
de tal modo, coloca, o pretende colocar, al votante
ante una opción que se fenomenaliza de modos
distintos: billetera o conducta/estilo de
gobierno; vuelta al pasado o aceptación de un
presente mediocre; madres de Plaza Mayo o soportar a
Quebracho y los cortes de calles. Aquí, entiendo,
radica la potencia y la debilidad de Kirchner -
especialmente en una elección municipal - y
precisamente en esta contradicción pegó la campaña
de Macri.
8. Macri se redujo a un único slogan: propuesta y
para cada uno de los 47 barrios identificó los
cuatro o cinco problemas principales y sus
propuestas como respuesta a una misma afirmación:
usted compartirá que no se puede
: Algunos
problemas comunes a todos los barrios: por ejemplo:
vivir con temor por un robo o por su vida;
convivir con la basura en las calles; tránsito y
ruidos. En otros agregó lo específico: construcción
de torres, vías de ferrocarril, malos olores,
iluminación, gente que vive en espacios públicos,
ocupación ilegal de inmuebles, roedores. Así surge
de la página de internet, que es una sola y
coherente con el audaz mensaje que llega oral y con
subtítulos: revolución contra los
conservadores. Pero, además así fue la
actividad proselitista: en los barrios y sin actos
multitudinarios con público llevado en ómnibus, como
el propio Macri lo subrayó señalando un hecho
comprobable por cualquier vecino. Sumó una
modesta publicidad circunscripta básicamente al
rostro y el nombre de los dos candidatos
principales, otro contraste verificable fácilmente y
anunció el fin de la copiosa e inútil publicidad
callejera que ha caracterizado sospechosamente al
gobierno porteño citando números comparativos: un
canal de televisión que nadie ve equivale a equis
escuelas, por ejemplo.
La característica
principal de sus principales rivales fue, o es,
la heterogeneidad y hasta a veces la incoherencia,
tal vez resultado de la suma de grupos políticos
distintos; una cosa es la página de Filmus y otra la
de Heller, por ejemplo. El resultado es el
incremento tanto de los slogans como de la vaguedad
de sus contenidos: una modesta selección: Una
ciudad para todos; mejor salud y mejor educación;
la transformación de cambio; cambio social;
ciudad más equitativa y más hermosa; para todos la
misma ciudad; establecer criterios; implementar
acciones concretas; cada decisión de acuerdo a un
modelo de país y de ciudad; por el cambio. En
algún caso el absoluto desborde: Cromañón es igual
a los desaparecidos. Y ya con Filmus enfrentando a
Macri: contra quienes hambrearon al
pueblo;contra los 90; modelo empresarial o
estado activo; discutir los 70, los 90 y los
2000; contra un proyecto que deja a la gente sin
trabajo, sin jubilación, que margina y excluye.
Acentuar el contraste
de forma y contenido me parece un pleonasmo
innecesario, pero es útil señalar otro: la campaña
de Macri no parece ser fruto de la espontaneidad -
ya ninguna lo es ni del mecanismo al que recurre
habitualmente la pedestre política dominante: los
publicitarios - utilicen o mal, generalmente mal
las encuestas o los focus group-
devenidos en los responsables finales de identificar
el voto con la gaseosa y, en todo caso, al ciudadano
con el consumidor. En mi opinión, la sencillez y la
concreción son en el caso Macri el resultado de un
conocimiento y un análisis que es anterior y que va
mucho más allá de una campaña electoral y que por su
finura contrasta con la pobreza dominante, no sólo
en la política, por cierto, y, en el caso, con la
política en manos de agencias de publicidad.
Y eso es lo que a mi
juicio debe tenerse en cuenta, más allá del propio
Macri: ha aparecido un protagonista nuevo: un
mensaje político centrado en el interés concreto.
Ahora ya el vecino que vote a Macri podrá hacer lo
que desde hace años es imposible: valorar y
juzgar. Porque ¿ qué puede reprocharse al
candidato que propone la transformación de
cambio; estado activo; implementar acciones
concretas; o aún la condena de los noventa?
Sin duda Macri ha
mostrado aptitud para definir el interés concreto.
Queda por verse, por cierto, en buena medida la
sustancia: ¿quién puede negar que el temor por la
inseguridad es hoy común a todos los sectores
sociales? Macri propone duplicar policías: más allá
de si esto es bueno o no, es un dato verificable y
por lo tanto, exigible o reprochable. Recuperar
el derecho al reproche no es poco; tal vez sea
el comienzo de una preocupación ciudadana real por
lo común.
9. Política sin programa, sin propuesta, es puro
oportunismo, y oportunismo del peor. La política
tiene siempre, así sea de hecho, un contenido
didáctico. La lamentable acción política
dominante lo prueba: ha enseñado a fortalecerse en
los peores vicios de la cultura social tradicional
argentina: el no te metás que generó el yo,
argentino; el acomodo y el curro, el clientelismo y
los contratos convertidos en sistema de
financiación de los partidos políticos, mejor dicho,
de las internas de los partidos políticos. Y digo
fortalecerse porque ni por asomo creo que esta
sea una sociedad virtuosa manipulada por una malvada
partidocracia. Pero tampoco pienso que sea
irrecuperable, particularmente hoy cuando la
globalización informativa ha destruido el encierro
que anestesiaba mayores y mejores ambiciones.
Macri, entonces, puede reemplazar al
lobo que no existe más:
tal vez a partir de esta situación habrá políticos
que no jueguen en el bosque con la tranquilidad de
la ausencia de peligro: amén. Porque Macri, derecha
o no, es un lobo que no viene anunciado por el
comunicado número uno
¿Bienvenido Macri?
No: bienvenido el fenómeno Macri. Si
es derecha, bienvenida una derecha que baja al ruedo
y favorece el análisis concreto de la concreta
realidad porteña. Bienvenido que sepulte al
progresismo vacío y mentiroso. Bienvenido el desafío
a hacer política y construir caminos futuros a
partir del interés concreto.
LA
ONDA®
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