Meada Salvaje:
Correspondencia
por Darío Maucione

Toda acción tiene un resultado, una consecuencia. Un hombre puede cumplir una condena, en Cuba, por escuchar una emisora estadounidense. Un anciano puede morir en una residencia en la que lo alimentan mal. Un terapeuta puede detener una reflexión porque se acabó el tiempo. Una mujer puede valorar más la perdida de un objeto que la de una persona. Un viejo que se sienta a descansar, luego de su caminata matinal, puede morir en medio de un atentado. ¿Una buena meada puede erosionar un edificio? Tomás Teijeiro presenta ficciones que cuestionan el sentido.

 

Meada salvaje* puede tomarse como una mirada a algunos hábitos y costumbres que las personas tienen en el planeta en el que habitamos. Es también la exposición de situaciones complejas que pueden ser reales. Es un juego en el tiempo. El autor comienza su libro aclarando que todo lo relatado es ficción, incluso las referencias a hechos o personajes históricos. Luego se mete en la historia. Comienza con “El Che, que piensa antes de morir”, cuento en el que Ernesto Guevara confiesa que amanece pensando en la muerte. “En la revolución y en la muerte, que es una de sus consecuencias.” El lector también podrá trasladarse, en las especulaciones de Teijeiro,  a los atentados, del once de setiembre, a las torres gemelas de New York o al momento en que la lanza de Longinos penetró a Jesús, según mitos y leyendas del cristianismo. Agrega una nota al pie en la que explica que la lanza del soldado Cayo Casio Longinos atravesó el costado de Cristo conociéndose como lanza sagrada. Luego se refiere a la tradición, según un atlas, que cuenta que la lanza paso por las manos de “Carlomagno, Barbarroja, los Habsburgo y Hitler, entre otros”. Agrega que “aparentemente, en la actualidad existen cuatro lanzas inventariadas, una de ellas en poder del Vaticano”.

 

Además de divertirse con la historia, Teijeiro incluye algo sobrenatural en el cuento “El desaparecido”, en el que una persona se esfuma misteriosamente. Se parece a lo escrito por Edgar Allan Poe. Meada salvaje está dedicado “a los que también odian este mundo sin Borges, sin Burroughs, sin Bioy, sin Chillida, sin Levrero, sin Oteiza, sin Cunqueiro, sin Seymour Glass, sin Strummer, sin Brando, sin Ribeiro”, estas influencias rondan en sus relatos. Hay cuestionamientos humanos, crítica a la práctica del escritor y juegos con el destino entre un cazador y su presa.

 

Luego viene el epílogo “manifiesto intemporal”, destacado en tapa, en el que Tomás Teijeiro critica la ostentación verbal, la escritura para catedráticos, académicos y helenistas. Aclara que ha leído a entendidos en literatura “que insisten en clasificarlo todo en movimientos, corrientes, géneros y vertientes”. Se presenta la discusión  del objeto y el fin del arte. Teijeiro entiende que es un error no seguir “el fin democratizador de la cultura en general, y de la literatura en particular”. ¿La literatura debe dirigirse a todos? ¿Está bien que exista elitismo en cuanto existen autores que utilizan “palabras difíciles”? ¿La complejidad fomenta el estudio? Son preguntas que tienen distintas respuestas, Teijeiro propone reconocer “el carácter lúdico de la lectura” tomándola como un ejercicio de ocio que debe introducir al lector, lentamente, en distintos niveles de dificultad “a los efectos de no desestimularlo”. Teijeiro cree que “se debe escribir de forma que cualquiera sea capaz de interpretar cualquier texto”.

* Meada salvaje,Tomás Teijeiro, Editorial Artefato

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