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La terrible inocencia del arte
Jorge Majfud
The University of Georgia
La
idea de que el arte está más allá de toda realidad
social se parece a la teología descarnada que
proscribe interpretaciones políticas en la muerte de
Jesús; o a las mitologías nacionalistas impuestas
como sagrados valores universales; o a los
templarios del idioma, que se escandalizan con la
impureza ideológica de la lengua que usan los
pueblos rebelados. En los tres casos, la reacción
contra interpretaciones o deconstrucciones sociales,
políticas e históricas tiene un mismo objetivo: la
imposición social, política e histórica de sus
propias ideologías. La misma "muerte de las
ideologías" fue una de las ideologías más terribles
ya que, al igual que los otros estados dictatoriales
del status quo, presumía de pureza y de neutralidad.
En el caso del arte,
dos ejemplos de esta ideología se tradujeron en la
idea de "el arte por el arte", en Europa, y del
Modernismo en Hispanoamérica. Este último, si bien
tuvo el mérito de reflexionar y practicar una visión
nueva sobre los instrumentos de expresión, pronto se
reveló como la "torre de marfil" que era. No sin
paradoja, sus mayores representantes comenzaron
cantándole a blancas princesas, inexistentes en el
trópico, y terminaron convirtiéndose en las máximas
figuras de la literatura comprometida del
continente: Rubén Darío, José Martí, José E. Rodó,
etc. Décadas más tarde, el mismo Alfonso Reyes
reconocerá que en América latina no se puede hacer
arte desde la torre de marfil, como en París. A lo
sumo, en medio del realismo trágico se puede hacer
realismo mágico.
Las torres de marfil
nunca fueron construcciones indiferentes a la
crudeza de la realidad del pueblo, sino formas nada
neutrales de negación de la misma, por el
lado de los artistas, y de consolidación de su
estado, por el lado de las elites dominantes
(políticamente dominantes, se entiende). Hay
variaciones históricas: hoy la torre de marfil es
una estratégica atalaya, un minarete o un campanario
laico levantado por el mercado de consumo. El
artista es menos el rey de su torre, pero su labor
consiste en hacer creer que su arte es pura
creación, incontaminada por las leyes del mercado o
con la moral y la política hegemónica. Al pie de la
torre bursátil, corren ríos de gente, de una oficina
a otra, escalando en rápidos ascensores otras torres
de cristal en nombre del progreso, la liberad, la
democracia y otros productos que se derraman de las
torres de comunicación.
Todas levantadas con
el mismo propósito. Porque más que contradicciones
como afirmaban los marxistas el capitalismo tardío
está construido de coherencias, de pensamiento
único, etc. El capitalismo es consecuente con sus
contradicciones.
La explicación de los
más fieles consumidores de arte comercial es siempre
la misma: buscan una forma sana de diversión que no
esté contaminada de violencia o de política, todo
eso que abunda en los informativos y en los
escritores "difíciles". Lo que nos recuerda que
pocos partidos hay tan demagogos y populistas como
el partido imperial del mercantilismo, con sus
eternas promesas de juventud eterna, de satisfacción
plena y de felicidad infinita. La idea de "diversión
sana" lleva implícito el entendido de que la ficción
fantástica o la ciencia ficción son géneros
neutrales, aparte de la historia política del mundo
y aparte de cualquier manipulación ideológica. Hay
por lo menos cinco razones para este consenso: (1)
también así pensaban grandes de la literatura, como
Jorge Luis Borges; (2) escritores mediocres han
confundido frecuentemente la profundidad o el
compromiso del escritor con el panfleto político;
(3) es lícito entender el arte desde esta
perspectiva purista, porque el arte también es
diversión y pasatiempo; (4) la idea de neutralidad
es parte de la fuerza de una cultura hegemónica que
es todo menos neutral; por último, (5) se confunde
neutralidad con "valores dominantes" y a éstos con
lo universal.
A
partir de aquí, creo que es muy fácil advertir al
menos dos grandes tipos de arte: (1) aquel que busca
dis-traer, di-vertir. Es decir, aquel que procura
"salirse del mundo". Paradójicamente, la función de
este tipo de arte es la inversa: el consumidor sale
de su rutina laboral y entra en este tipo de ficción
pasatista para recuperar energías. Una vez fuera de
la sala onírica del cine, fuera del best-seller
mágico, la obra no importa más que por su valor
anecdótico. Es el olvido lo que importa: dentro de
la obra se procura olvidar el mundo rutinario; al
salir de la obra, se procura olvidar el problema
planteado por la misma, ya que siempre es un
problema inventado al comienzo (el muerto) y
solucionado al final (el asesino era el mayordomo).
Esta es la función del
happy end.
Es una función socialmente reproductiva :
reproduce la energía productiva y los valores del
sistema que se sirve de ese individuo agotado por la
rutina. La obra de arte cumple aquí la misma función
que el prostíbulo y el autor es apenas la prostituta
que cobra por el placer reparador.
Diferente es el tipo
de arte problemático: no es confort lo que ofrece a
quien entra en su territorio. No es olvido sino
memoria lo que le reclama a quien sale de él. El
lector, el espectador no olvidan lo expuesto en ese
espacio estético porque el problema no ha sido
solucionado. La gran obra no soluciona un problema
porque no ha sido ella quien lo ha creado: es la
exposición del problema existencial del individuo,
lo que se llevará al salir de ella. Está claro que
en un mundo consumista este tipo de arte no puede
ser el prototipo ideal. Paradójicamente, la obra
problemática es una implosión del autor-lector,
una mirada hacia adentro que debería provocar una
conciencia crítica en el exterior que lo rodea.
La obra pasatista es lo inverso: es anestesia que
impone el olvido del problema existencial
reemplazándolo con la solución de un problema creado
por la obra misma.
Quiero decir que, al
reconocer las múltiples dimensiones y propósitos de
una obra de arte que incluye la diversión y el solo
placer estético, significa también reconocer las
dimensiones ideológicas en cualquier producto
cultural. Es decir, también una obra de "pura
imaginación" está recargada de valores políticos,
sociales, religiosos, económicos y morales. Bastaría
con poner el ejemplo de la ciencia ficción en Julio
Verne o de la literatura fantástica de Adolfo Bioy
Casares. La invención de Morel (1940)
calificada por Borges como perfecta, es también la
perfecta expresión de un escritor de la clase alta
argentina que podía darse el lujo del cultivo de la
imaginación más descarnada en medio de una sociedad
convulsionada por "la década infame" (1930-1943) Un
lujo y una necesidad para una clase que no quería
ver más allá de su estrecho círculo llamado
"universal". ¿Qué hay más alejado de los problemas
de la Argentina del momento que una isla perdida en
medio del océano, con una máquina reproduciendo la
nostalgia de una clase alta, hedonista por donde se
la mire, con un individuo perseguido por la justicia
que busca un Paraíso sin pobres y sin obreros? ¿Qué
más alejado de un mundo en medio del holocausto de
la Segunda Guerra mundial?
No obstante, es una
gran novela, lo que demuestra que el arte, si bien
no es sólo estética, tampoco es sólo
política, ni solo expresión de las relaciones
de poder, ni solo moral, etc.
La libertad, quizás,
sea la principal característica diferencial del
arte. Y cuando esta libertad no le da vuelta la cara
a la realidad trágica de su pueblo, entonces la
característica se convierte en conciencia moral. La
estética se reconcilia con la ética. La indiferencia
nunca es neutral; sólo la ignorancia es neutral,
pero resulta un problema ético y práctico promoverla
en nombre de alguna virtud.
LA
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