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10a Bienal de Estambul, visión irónica de
"las promesas de la modernidad"
El 8 de setiembre y hasta el 4
de noviembre abrió La 10° Bienal de Estambul. Bajo
el lema No sólo posible, sino también necesario:
optimismo en la era de la guerra global, su
comisario, el chino Hou Hanru, ha reunido un
centenar de artistas especialmente comprometidos con
la crítica social y el activismo artístico, cuyo
común denominador es una visión irónica, a menudo
lúdica e incluso positiva de la realidad que les
rodea. Lo que sigue es la crónica del diario el País
de Madrid sobre dicho evento
El
comisario Hou Hanru ha reunido a cien artistas con
una visión irónica de la realidad Para examinar de
nuevo "las promesas de la modernidad", Hanru ha
emplazado las sedes expositivas en edificios
emblemáticos de las diferentes facetas de la
modernización de Estambul, donde el utópico proyecto
de la revolución republicana se enfrenta a una
realidad caótica y cambiante.
El
único espacio empleado en anteriores bienales,
Antrepo, un antiguo almacén del puerto, acoge la
muestra principal Entre-Polis, en la que unos 50
artistas exploran los conflictos geopolíticos y las
transformaciones urbanas, sociales, económicas y
tecnológicas, que mantienen al individuo en un
perpetuo estado de incertidumbre e inestabilidad.
Aquí junto al vídeo del perro amanuense que escribe
con la lengua textos de las grandes religiones de
Peng Hung Chih y a los combatientes adolescentes de
los collages digitales hiperrealistas del grupo
AES+F (que exponen también en el Pabellón de Rusia
de la Bienal de Venecia), se encuentran los cuatro
españoles convocados por Hanru.
Los, hasta hace un año, miembros del colectivo
madrileño El Perro se presentan por separado: Pablo
España e Iván López, bajo el nombre de Democracia,
con una foto y un vídeo que documentan la
destrucción de un gueto de chabolas; Ramón Mateos,
con un vídeo realizado especialmente para la bienal,
formado por ocho pantallas en las que otras tantas
personas cantan La Internacional en sus respectivos
idiomas, generando una cacofonía caótica que es una
verdadera pesadilla, incluso para la momia de Lenin,
que -desde otra pantalla- no puede evitar mostrar su
desagrado. Son vídeos también los de Fernando
Sánchez Castillo, que utiliza el sentido de lo
absurdo para denunciar la manipulación del
pensamiento, y Cristina Lucas, con una animación que
materializa los cambios geopolíticos del 500 antes
de Cristo hasta la actualidad, un año por segundo.
En total son 41 minutos, los mismos que dura la
performance, realizada para la inauguración, en la
que siete historiadores turcos disertan
simultáneamente sobre diferentes acontecimientos
mundiales.
Los
artefactos, diseminados por las salas, que forman
parte del proyecto Ésta no es una bomba de David Ter
Oganyan, y los equipos para diversos actos de
sabotajes del alemán Nasan Tur, que los visitantes
pueden tomar prestados y utilizar para sus propios
objetivos y a su propio riesgo, se suman a los
detectores de metales y los controles de seguridad,
para recordarnos el clima de amenaza constante en
que se encuentra sumida la sociedad contemporánea.
Hanru
entra en el debate sobre la posibilidad de demoler
el Centro Cultural Ataturk, un mastodonte
arquitectónico de los años cincuenta, emblema de la
nación laica y progresista querida por el presidente
Ataturk, más conocido como el padre de la patria,
utilizándolo para la exhibición Burn it or not?, en
la que 15 artistas reflexionan sobre la arquitectura
como reflejo de una época y una sociedad
determinadas. Destaca el trabajo fotográfico de Nina
Fischer y El Sani sobre la Biblioteca de París, el
de Markus Krottendorfer sobre el mítico Hotel
Rossija de Moscú y el de Aleksander Komarov sobre el
Bundestag de Berlín. La exposición más innovadora y
arriesgada, World Factory, se encuentra en el
Textile Traders Market, un enorme bazar de la década
de 1950, formado por un millar de pequeños
comercios. Encontrar los espacios no es fácil, pero
ofrece la ventaja de descubrir una realidad de la
ciudad completamente ajena al turismo.
Para adecuarse a los ritmos de una ciudad que nunca
duerme, hay dos programas nocturnos. Nightcomers es
un proyecto de vídeo dazibao (aquellos manifiestos
de protesta que los chinos colgaban durante la
Revolución Cultural), formado por 150 obras de corta
duración, que se proyectan al aire libre en 25
emplazamientos, tanto céntricos como periféricos, de
la ciudad. Dream House, abierto los fines de semana
hasta la madrugada, es una estructura en la segunda
planta de Antrepo, que reúne obras de 10 artistas.
Camas imposibles, auriculares para aislarse del
continuo ruido de la ciudad y muchos vídeos, además
de una vista espectacular sobre el Bósforo y las
mezquitas iluminadas.
LA
ONDA®
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