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La inserción internacional de Uruguay
en la globalización: una mirada
multidimensional frente al nuevo siglo
por Lincoln Bizzozero Reveléz
Otros contenidos del
seminario ya publicados
Esta es la
ponencia del licenciado Lincoln Bizzozero Reveléz
que fue desarrollada en el Seminario
sobre inserción internacional del Uruguay el 14 y 15
de agosto pasado, organizado por la Cancillería de
la República y la Facultad de Ciencias Sociales.
1.- Inserción
internacional y política exterior: el marco de
análisis y de debate
En el transcurso de
pocos años Uruguay ha debido afrontar diversos
cambios del sistema internacional y del entorno
regional que han derivado en modificaciones y
ajustes de su política exterior. Ello ha llevado a
que las prioridades e instrumentos de inserción del
país al entorno internacional se modificaran en
consonancia con las definiciones de la política
exterior. La inserción internacional, que es la
acción y efecto de insertar, es decir incluir una
cosa en otra, implica de parte del sujeto que
realiza la misma en este caso la comunidad
política de los habitantes del territorio- un
conjunto de decisiones. Esas decisiones atañen a la
acción en sí, la dirección de la misma y hacia dónde
va dirigida, por lo que la inserción de un país que
se define a partir de su política exterior, estará
delimitada por los propios contextos estructurantes.
La modificación del
contexto internacional post-segunda guerra mundial
es el factor explicativo de la adaptación y ajustes
de la política exterior a partir de la década de los
cuarenta y cincuenta del siglo pasado. El
advenimiento de un régimen autoritario en
consonancia con los cambios de régimen en la región
y la transición democrática en confluencia con las
transiciones de Argentina y Brasil proveyeron nuevos
ajustes en la política exterior del país. A fines de
los ochenta se produjo otro cambio mayor en la
estructura del sistema internacional con la caída
del régimen soviético y el final de la guerra fría.
Como los contextos que surgen del ámbito
internacional, regional y global se han modificado
en las últimas décadas, en un proceso que comenzó
con anterioridad al cambio de siglo, debería
inferirse que la política exterior también ha debido
adaptarse, ajustarse o cambiarse, sobre todo si la
misma resulta ser de un país pequeño de la
periferia.
Los condicionantes
histórico-estructurales de la época colonial y de
los inicios del país resultan relevantes para
comprender la política exterior triangular del
Uruguay en una doble equidistancia: entre la
potencia marítima y la región por una parte y entre
Argentina y Brasil por la otra. La equidistancia
regional debió ser complementada por el sistema
político del país, para asegurar su subsistencia, a
través de instituciones capaces de garantizar la paz
interna[i].
De ahí que desde fines del siglo XIX hasta mediados
del siglo XX hubo una adecuación entre la
posición-país y el sistema político en cuanto a la
política exterior y las prioridades en materia de
inserción del país al sistema internacional de la
época. El
Uruguay marítimo articulado a Europa tanto
comercialmente como culturalmente constituyó el eje
de la política exterior uruguaya desde fines del
siglo XIX hasta la guerra de Corea.
La culminación de la segunda
guerra mundial aparejó cambios en la estructura del
sistema internacional, los cuales produjeron
concomitantemente modificaciones en la división
internacional del trabajo, con las consiguientes
repercusiones para el país. Durante las décadas de
los cuarenta y los cincuenta los esfuerzos de la
diplomacia uruguaya se consagraron a participar en
el nuevo orden internacional, en la gestación de las
instancias regionales políticas y económicas y en la
regionalización de su comercio exterior[ii].
Uruguay procesó desde los sesenta un conjunto de
cambios vinculados con su estrategia de desarrollo y
sus relaciones externas. En 1960 Uruguay firmó
conjuntamente con otros países de América Latina el
Tratado de Montevideo, por el cual se dio nacimiento
a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio
(ALALC), precursora de la actual Asociación
Latinoamericana de Integración (ALADI), iniciando un
nuevo período de relaciones económicas con la región
y terminando con la idea del desarrollo interno, la
diferenciación del entorno y con una estrategia
basada en la sustitución de importaciones.
Por otra parte, en la década de los
setenta, se forjaron instrumentos económicos
especiales, entre los cuales, el Convenio
Argentino-Uruguayo de Cooperación Económica y el
Protocolo de Expansión Comercial con Brasil, que
contribuyeron a los cambios en la dinámica de
acuerdos regionales además de contemplar
determinadas reivindicaciones de Uruguay, los cuales
sentaron nuevas bases en el giro regional de la
política exterior.
Las políticas
económicas ensayadas por el régimen autoritario
repercutieron en la inserción de Uruguay en el
mundo. Todas ellas estuvieron caracterizadas por la
apertura de la economía, la apuesta a la inversión
extranjera, la búsqueda de las ventajas
comparativas. Uruguay fue uno de los primeros países
en América del Sur en optar por una estrategia de
inserción completa a los mercados de capitales
internacionales. Las consecuencias que condicionaron
los rumbos posteriores fueron: la reestructuración
del sector bancario y el potenciar al país como
plaza financiera en la región; la vinculación y
mayor dependencia de la moneda nacional con el
dólar; y por último, un aumento en las fuentes de
financiamiento externo de la economía, en especial,
las del sector público (García Peluffo, 1999).
El retorno del
régimen democrático en 1985 posibilitó determinados
cambios en el orden de prioridades de las relaciones
externas y sobre todo en iniciar la vinculación de
la cooperación regional con el desarrollo y con la
vigencia del régimen democrático. Los países de la
región pasaron a ser parte prioritaria de la
estrategia de desarrollo, en particular en algunos
aspectos que conciernen el acceso a mercados, la
continuidad de la reconversión productiva y de la
apertura al mundo. Estos antecedentes viabilizaron
la decisión de participar en el proceso del MERCOSUR
y sentaron las bases para una profundización de la
cooperación regional en sintonía con los objetivos
definidos por los acuerdos e instancias regionales.
Los inicios del siglo
XXI aparejaron diversas crisis que repercutieron en
los países de la región y particularmente en
Argentina y Uruguay. En Uruguay, los efectos
económicas adversos de las economías argentina y
brasileña, el retroceso del proceso de integración y
los dilemas de un socio pequeño proveyeron las bases
para que se instalaran debates relevantes sobre las
prioridades externas del país, el papel de Uruguay
en la región, sobre su condición de socio pequeño y
la estrategia nacional.
Un primer paso para tratar el
tema de la inserción internacional del país consiste
en visualizar los mapas que surgen del siglo XXI,
los escenarios posibles a partir de las tendencias
visibles y de la evolución en las instituciones e
ideas que propician las articulaciones humanas que
se van generando en los distintos espacios y
regímenes[iii].
Un segundo paso para dilucidar los interrogantes
referidos a la inserción del país consiste en
preguntarse sobre el modelo de desarrollo que se
busca y sobre las condiciones institucionales y
humanas que podrían hacer factible el mismo. Un
tercer escalón es la definición de políticas en los
distintos ámbitos de las relaciones externas del
país, lo cual implica tomar decisiones y articular
diferentes dimensiones (política, económica, social)
en diferentes ámbitos (mundial, global,
internacional, regional). De esta manera, el debate
sobre la inserción internacional de un país deja de
estar confinado a la economía y a la exclusiva
orientación del Estado en materia de instrumentos
para la inserción competitiva, para ubicarlo en el
ámbito de las relaciones internacionales (políticas,
económicas y sociales)[iv].
El trabajo
continuará, en el siguiente apartado, refiriéndose
brevemente a los temas sensibles que se derivan de
la participación de Uruguay en el proceso regional
tal como se fue estructurando y que alimentan los
debates actuales. En la sección consecutiva se
presentarán los cambios que se han producido en la
actual fase global del capitalismo y la
estructuración de regionalismos en tanto respuestas
a las demandas de una inserción competitiva. Esta
parte permitirá visualizar las bases materiales
sobre las cuales se deben plantear las políticas de
inserción internacional del país. Finalmente, la
cuarta sección expondrá los distintos ámbitos y
temas frente a los cuales debe responder Uruguay y
las posibilidades que tiene el país de articular los
distintos ámbitos, en tanto socio pequeño en América
del Sur.
2.- Transiciones y
herencias: los dilemas del país a inicios del siglo
XXI
Uruguay ingresó al
proceso regional del MERCOSUR por una conjunción de
factores entre los cuales cuentan fundamentalmente:
el lanzamiento de la Iniciativa para las Américas,
el impulso y reorientación del proceso de
cooperación argentino-brasileño, el impacto en los
sectores productivos y exportadores uruguayos
ligados al mercado regional sobre todo vía acuerdos
bilaterales (CAUCE y PEC), la reacción de actores
sociales y políticos que en algunos casos venían
planteando y reivindicando una mayor participación
en la región y finalmente la decisión
político-gubernamental que inclinó la balanza por
formar parte de un proceso de integración regional.
Durante la etapa de
transición del MERCOSUR, Uruguay continuó
implementando la misma política exterior regional,
de equidistancia entre los socios grandes, en las
negociaciones con vistas a la fase de Unión
Aduanera. Esta política fue complementada por la
convergencia ideológica y funcional de los gobiernos
del MERCOSUR en los temas de la agenda continental,
que posibilitó un marco general de cobertura por el
cual, los procesos de la región, del continente y
mundiales podían verse como complementarios
partiendo de la apertura y desregulación de las
economías en función de la inserción competitiva.
Hasta mediados de los noventa, los rendimientos
positivos de la etapa de transición del MERCOSUR y
la importancia asignada a las negociaciones para el
Arancel Externo Común y el sistema institucional y
de toma de decisiones, llevaron a que el espacio
regional fuera prioritario en la política exterior
del país.
Entre
1994 y 1995 Uruguay aprobó el ingreso a distintos
frentes de negociación del comercio vinculados entre
sí y que mostraban convergencias y superposiciones
temáticas: la Organización Mundial del Comercio, el
pasaje a la Unión Aduanera en el marco del espacio
regional y la consiguiente aprobación sobre la
estructura institucional y de toma decisiones del
Protocolo de Ouro Preto, la inmediata aprobación del
Acuerdo Marco Inter-Regional con la Unión Europea y
el inicio de negociaciones para una zona de libre
comercio continental. Como consecuencia de la
superposición de estos ámbitos y la convergencia de
los procesos, se le plantearon a Uruguay desde
mediados de los noventa dos alternativas básicas: la
de fomentar opciones negociadoras amplias en ámbitos
multilaterales y continentales (OMC, ALCA) que
resguardarían al país de constreñimientos
bilaterales y regionales, al amparo de una opción
universalista que debería contemplar mecanismos
compensatorios para el desarrollo; o la de negociar
al interior del bloque regional y otorgar prioridad
al fortalecimiento del MERCOSUR como instancia
previa a una negociación en los demás ámbitos.
En el
caso de Uruguay la decisión por fortalecer el ámbito
regional se fue dando por la propia participación en
el bloque sin mayores debates en instancias
políticas y sociales y sin medir las consecuencias
que implicaba ese compromiso. Las insuficiencias en
la liberalización comercial, un Arancel Externo
Común incompleto, la falta de una frontera comercial
común con la consiguiente falta de decisión sobre la
renta aduanera y la inexistencia de un Código
Aduanero regional, llevaron a que Uruguay (así como
Paraguay) se vieran confrontados a una situación
gravosa en términos de su potencial negociador. La
política comercial común con particular referencia
al Arancel Externo, el acceso al mercado regional,
el arancel a los bienes de capital, el trato a las
inversiones extranjeras y el comercio de servicios
fueron algunos de los temas sensibles que empezaron
a manifestarse a partir de esta situación en las
definiciones políticas, las instancias negociadoras
y en las decisiones de los operadores económicos.
Uno de
los asuntos de alta sensibilidad para Uruguay es el
de la política comercial común debido a varios
puntos que atañen al perfil exportador de productos
transformados a la región, a la vulnerabilidad de no
contar con instituciones de contralor y seguimiento
y a las dificultades en la consecución del objetivo
común. Todos estos puntos tienen estrecha relación,
ya que la falta de concreción de una
institucionalidad en el bloque coadyuva a la
dificultad en ir consolidando el Arancel Externo
Común y por otra parte esta falta de consolidación
apareja problemas específicos en determinados
sectores, que sobre todo repercuten en los socios
pequeños (Abreu, 2000).
Una
cuestión específica vinculada a la apuesta regional
que ha hecho Uruguay se vincula a su potencial
exportador regional de productos transformados sobre
la base de insumos importados en el régimen de
admisión temporal. En virtud de los acuerdos
regionales (CAUCE, PEC), diversos sectores
utilizaron el régimen y fueron definiendo la
exportación de productos transformados. Entre los
sectores que aprovecharon el régimen se cuentan: la
alimenticia, bebidas y tabaco, caucho, cuero,
maquinarias y equipos, metalurgia, petróleo,
plástico, química, textiles y vestimentas.
El
problema que empezó a percibirse en Uruguay fue la
convergencia del final del período de vigencia de
los acuerdos del CAUCE y el PEC y la dilación de las
negociaciones externas que hacían jugar el tiempo en
contra de los intereses de los negociadores
uruguayos que apostaban a la reducción del Arancel
Externo Común (AEC). De esta forma, los sectores que
utilizaban insumos importados en el régimen de
admisión temporal quedaron incluidos en un AEC que
se negociaba con terceros. La visibilidad de esta
situación y sectores en términos del desarrollo
nacional y también del problema regional y humano-
no pudo ser utilizada en las negociaciones externas
por la disyuntiva planteada a los socios pequeños,
pero tampoco fue negociada regionalmente por la
prioridad asignada a la consolidación del bloque.
Un tema
de sensibilidad de la Política Comercial Común para
Uruguay se produjo como consecuencia de la ausencia
de administración y supervisión del AEC y de los
instrumentos colaterales mediante algún órgano o
comisión ad-hoc. El escenario delineado ha sido para
Uruguay sumamente desventajoso, ya que quedaba
expuesto en el libre acceso de sus productos por la
falta de concreción de la zona de libre comercio,
pero además perdía sus ventajas derivadas del acceso
preferencial de productos transformados por quedar
incluidos los aranceles en un régimen que
contemplaba excepciones solamente para determinados
sectores de interés para los socios grandes.
Otro de
los temas sensibles en los que Uruguay comenzó a
percibir los costos de una integración regional sin
principios básicos sobre compromisos del proceso ha
sido el de los bienes de capital. Para Uruguay los
aranceles definidos en bienes de capital en el
espacio regional resultaron gravosos por el hecho de
tener que pagar un sobreprecio de un impuesto
elevado a las importaciones, cuando dichos bienes
ingresan en los países desarrollados con poco
recargo impositivo, o bien por el hecho de quedar
cautivo de la producción regional.
La otra
posibilidad de poder incursionar en nichos de
mercado sobre la base de especializaciones
productivas son las inversiones extranjeras
directas, pero ahí también las dificultades diversas
en la libre circulación de los productos por una
parte y los incentivos otorgados al inversor
extranjero por los países del MERCOSUR, en
particular por algunos Estados de Brasil, sin ningún
mecanismo corrector, provocaron distorsiones en el
mercado regional y con ello se vieron perjudicados
Paraguay y Uruguay.
La sensibilidad de
estos temas vinculados al desarrollo, el perfil
exportador e inserción de Uruguay en la región, la
definición de reglas e instituciones comunes, el
acceso al mercado, la falta de concreción de una
política comercial común y la percepción de los
costos-región que estaba asumiendo el país,
proveyeron las bases para que se plantearan cambios
en las definiciones de la política exterior del país
en el siglo XXI, ya sea vía modificación de las
prioridades externas a través de un estatuto
diferenciado con Estados Unidos en la respuesta
estratégica mundial, ya sea a través de una
diversificación de los mercados externos, y/o
concomitantemente buscando mecanismos de
flexibilización de los constreñimientos regionales a
través de acuerdos de facilitación comercial e
incluso de libre comercio.
3.- El final de la
guerra fría y los cambios en el sistema
internacional
Los cambios que se
han procesado en el funcionamiento del sistema
internacional deben entenderse como una respuesta a
las transformaciones acaecidas con la globalización
en la fase actual del capitalismo y a las
derivaciones que trajo la transición post-guerra
fría.
La
globalización plantea una intensificación de las
relaciones económicas, políticas, sociales y
culturales a través de las fronteras, incluyendo
todo tipo de actividades que incluyen temas
ecológicos, comerciales, culturales, e ideológicos (Messner,
2000). De esta evolución que atañe la producción, la
organización política, las ideas y la cultura
resultan significativos dos aspectos: la evolución
del Estado y del modelo productivo (Ianni, 1998;
García Canclini, 1999). El aspecto fundamental a
tener en cuenta es que la reformulación del Estado
se produce convergentemente y como consecuencia del
cambio del modelo productivo, que provoca un nuevo
mapa societario.
Los cambios en el
modelo productivo han generado consecuencias a
través de las Empresas Transnacionales (ET) que han
sido los agentes transmisores y articuladores del
funcionamiento y en las respuestas de los Estados a
través de acuerdos regionales a los efectos de
plantearse una inserción competitiva. La
articulación que plantean las ET para la gestión del
nuevo modelo productivo da lugar a un
aprovechamiento de las diferencias entre los
Estados en materia normativa a los efectos de
rebajar los costos (ambientales, laborales,
energéticos entre otros).
La actuación de las
Empresas transnacionales afecta de diversas maneras
el funcionamiento del sistema internacional. En
primer lugar, a través de su gestión estratégica
traspasan las fronteras nacionales al invertir en
secciones de la cadena productiva afectando de esta
forma las regulaciones nacionales en distintos
ámbitos (inversiones, patentes tecnológicas,
competencia, entre otros). En segundo término, esta
gestión estratégica que es global por el espacio
abarcado, termina teniendo repercusiones en ese
ámbito y por ende afecta también al sistema
internacional. En tercer orden, el comercio
internacional solamente puede ser entendido en un
porcentaje relevante del mismo, si se tiene un
adecuado conocimiento de la estrategia que asumen en
la búsqueda de las ventajas competitivas, que no se
reduce a un Estado o Estados específicos.
Las respuestas de los
Estados y también de las regiones en la inserción
competitiva estuvieron condicionadas por tres
aspectos del nuevo modelo productivo: la tecnología
sofisticada requerida por las nuevas técnicas de
producción, la importancia de la proximidad de los
abastecedores y de los mercados de donde derivan los
nuevos criterios de ubicación geográfica inherentes
a una producción de tipo flexible y el relativamente
alto nivel de capacitación de la fuerza laboral.
Estos tres aspectos muestran
claramente las diferencias en los puntos de partida,
en el proceso de globalización, entre diferentes
regiones del mundo, en lo que se refiere a la
internacionalización del comercio y la inversión en
la economía mundial. En la medida que la lógica
productiva
no
se limita más al Estado nacional, sino que su
referencia es la economía política global, las
respuestas estatales proveyeron a que el nuevo
regionalismo fuera visto como la afirmación de la
"regionalización" en el nuevo orden mundial (Inotai
- Hettne, 1994; Marques Moreira, 2000; Bizzozero,
2002). La manifestación más evidente de este proceso
fue la emergencia a fines de los ochenta de tres
bloques comerciales regionales, uno liderado por
Estados Unidos, otro por la Unión Europea y
finalmente el tercero por Japón, que se
desarrollaron a partir de formas institucionales muy
diferentes entre sí, pero que en definitiva
posibilitaron la extensión de la territorialidad del
Estado en su respuesta al proceso de
globalización-regionalización (Deblock-Brunelle,
1993).
Los países en vías de
desarrollo no formaron parte de este nuevo
regionalismo, pero debieron reaccionar frente a este
proceso, a partir de su situación de marginalidad.
Es a partir de esta situación, que importan los
antecedentes en los procesos de desarrollo e
integración regionales, como es el caso en América
Latina del pensamiento de la CEPAL y de la masa
crítica en instituciones e ideas que acompañaron los
distintos procesos. Es en este contexto que deben
incluirse las nuevas propuestas de cooperación
regional que se comenzaron a plantear a partir de
los noventa y ellas posibilitan distinguir las
respuestas estratégicas de los países en desarrollo
y diferenciarlas de otras respuestas más pragmáticas
y operativas para no incluir todas bajo la
denominación de nuevo regionalismo.
Los cambios que se
produjeron en el modelo productivo y sus
consecuencias en el ámbito público, tanto en las
reformas del Estado como en la adecuación de sus
políticas a la consideración del espacio externo
(regional, continental, mundial), tuvieron sus
repercusiones en los ámbitos de definición de la
política internacional. La cuestión de quiénes
tomaban la decisión en última instancia de los
asuntos vinculados a la paz y seguridad
internacional, de los temas del desarrollo económico
y social y las prioridades de la agenda
internacional, pasó a ser un punto de debate clave,
que se vinculó con la reforma de las Naciones Unidas
y de las instituciones económicas internacionales.
Uno de los temas
sensibles de la reforma del Consejo de Seguridad
tiene relación con su ampliación a los efectos de
tener en cuenta la nueva geografía política mundial
y la modalidad en que los Estados toman decisiones
sobre los temas internacionales. Ello implica
determinadas definiciones vinculadas con el ámbito
regional de pertenencia de los Estados, sobre todo
para los temas vinculados con ese espacio. En ese
sentido, si el Estado representaba un espacio
territorial (continente por ejemplo), el asiento en
el Consejo de Seguridad podía ser rotativo entre
diversos Estados de la región, lo cual apareja
necesariamente consecuencias en la modalidad de
decisión en el ámbito regional. En cambio, si las
reformas debían hacerse sobre el criterio realista
de las capacidades de los Estados y en particular
de gestionar la articulación internacional
regional y de controlar básicamente los asuntos
referidos a la paz y seguridad, el punto de partida
y de abordaje en las regiones del planeta pasaba a
ser sustancialmente diferente.
Otro de los asuntos
claves que se incorporó en la agenda internacional
ha sido el de la vigencia de algunos principios
rectores del sistema internacional dominantes hasta
el final de la guerra fría en el siglo pasado, en
particular el que atañe al principio de no
ingerencia en los asuntos internos, el principio de
no intervención, el de la aplicación de la ley y
jurisdicción nacional a los residentes en un país.
Estos principios han sido cuestionados práctica y
conceptualmente a partir de la década de los noventa
como consecuencia de distintos factores: la
desestabilización del espacio que aglutinaba los
países socialistas, que propulsó separatismos y
nacionalismos de diversa especie; la respuesta dada
por Estados Unidos y algunos Estados europeos a
contener los desbordes nacionalistas y a encuadrar
la transición de los países socialistas y de los
nuevos Estados en los marcos del régimen
democrático; la sensibilidad de la sociedad civil y
de la opinión pública de los países desarrollados
frente a determinadas violaciones sistemáticas de
derechos humanos, sobre todo cuando se trataba de
violaciones cometidas en una vecindad cercana.
Las reformas y
adaptación de las instituciones internacionales
plantean algunos temas sensibles a resolver. En
primer lugar, el que tiene que ver con la
adscripción en el ámbito y los derechos de las
Naciones Unidas y de las instituciones políticas por
una parte y económicas por la otra. La Organización
de Naciones Unidas está basada en los Estados y ha
tenido como referencia prioritaria, en particular en
los Estados desarrollados, los derechos ciudadanos y
su expresión en la democracia y el Estado de
bienestar. En cambio, las instituciones económicas
internacionales tienen como ancla prioritaria los
derechos patrimoniales y como referencia el ámbito
global. De ahí se desprenden algunas consecuencias
en las diferentes aproximaciones y prioridades entre
el ámbito internacional de las Naciones Unidas y el
que se construye cotidianamente en las reglas y
principios de las instituciones económicas
internacionales.
La Organización Mundial del
Comercio (OMC) es la primera institución que surge
en el período post-guerra fría y que plantea una
agenda de temas que pertenecen al ámbito global con
repercusiones en los ámbitos nacionales. Algunos
ejemplos particularmente sensibles de esta inclusión
de temas del ámbito nacional en la agenda global de
la OMC son la incorporación de la educación superior
entre los temas pasibles de ser negociados en el
Acuerdo General de Comercio de Servicios y la
vinculación del comercio con los derechos laborales
y la cuestión social (Bizzozero, 2000, 2003)[v].
Las consecuencias políticas, institucionales,
sociales y también funcionales que están ocasionando
estos temas en una transición nacional-
internacional a un ámbito internacional-global están
provocando un cuestionamiento importante que se
expresa a través de movimientos alternativos,
fundamentalistas y nacionalistas y que se manifiesta
en la agenda social.
Las instituciones
económicas internacionales expresan la evolución del
capitalismo en su fase actual en el siglo XXI: los
actores han pasado a un ámbito global en que definen
las estrategias. El apoyo político de esas
instituciones se encuentra en los países
desarrollados, en particular en el ámbito de la
Organización de Cooperación y Desarrollo Económico.
Sin embargo, se encuentran diferencias entre las
regiones y países en cuanto al papel del Estado, de
las instituciones democráticas y de la vigencia de
los derechos y garantías de los ciudadanos ante la
aplicación de las prácticas del capitalismo global.
Esas diferencias se encuentran plasmadas en cómo se
proyecta la articulación Estado-mercado sociedad
en el proceso de globalización y a la construcción
de un modelo de regionalismo en esta etapa.
La expresión
político-institucional de estas diferencias se
plantea en los modelos para efectivizar la
gobernanza mundial en el siglo XXI: mientras
para las instituciones económicas como el Banco
Mundial se trata de llevar adelante un conjunto de
prescripciones por parte de los actores que
intervienen en un proceso, pero donde el Estado
debería reducir su intervención al mínimo, el
proyecto europeo plantea una distinción en el modelo
de integración regional (Gaudin, 2002). La
credibilidad del modelo europeo frente a propuestas
del orden global y frente a los cuestionamientos
regionales por el déficit político y social se
plantea como un ejercicio cotidiano de legitimación
en distintos frentes, entre los cuales el frente
externo juega un papel de primer orden por la
capacidad de la Unión Europea de propulsarse como
tal en el sistema mundial (Santander, 2004). Un
ejemplo de esta diferenciación por parte de la Unión
Europea se encuentra en el énfasis puesto en la
concordancia de perspectivas con la región de
América Latina/Caribe en las políticas
multilaterales para la gobernanza mundial, la
vinculación entre la cohesión social como prioridad
temática con la participación de la sociedad civil y
su articulación con las reformas necesarias
políticas y económicas a llevar adelante para
mejorar la eficiencia en las políticas sociales, en
particular en la salud y educación (Bizzozero,
2007).
La gobernanza
expresa además de las prescripciones para un buen
gobierno y una adecuada gestión (en materia pública
o privada), un determinado modelo de articulación de
las instituciones del capitalismo global con la
sociedad. De ahí que los nuevos regionalismos no
solamente han sido una respuesta a los cambios que
se han procesado en la actual fase del capitalismo
global, sino también han proveído diferentes modelos
sobre los cuales construir la arquitectura de la
gobernanza mundial. La integración
multidimensional europea, constituye en ese sentido
la única expresión que busca adecuar los principios
e instituciones de la democracia y la dimensión
social a un espacio regional-global (De Filippo
2005).
4.- Ámbitos y
dimensiones de la inserción de Uruguay en el siglo
XXI
La gobernabilidad
internacional y regional, las respuestas de los
nuevos regionalismos a la nueva fase del capitalismo
global, el modelo de regionalismo y la modalidad de
construcción de la gobernanza mundial son el
marco de referencia frente al cual los países menos
desarrollados y los socios pequeños deben adaptarse
y también definir su orientación y prioridades a
inicios del siglo XXI[vi].
Este marco de
referencia debe ser complementado con el análisis
específico de algunas coyunturas y negociaciones que
constituyen el catalizador de las transiciones que
se están procesando en los distintos ámbitos
(nacional, regional, internacional y global). En ese
sentido, resulta relevante la definición (e
indefinición actual) de la Ronda del Desarrollo de
la OMC, ya que podría ser un primer resultado e
indicador de las dificultades en avanzar
multilateralmente en los nuevos temas y en generar
una base consensual mínima para vincular el comercio
con el desarrollo. Esta indefinición y el fracaso
del ALCA coadyuvan a que Estados Unidos haya
propulsado acuerdos bilaterales de libre comercio
con socios considerados estratégicos en términos
regionales. Por otra parte, se están desarrollando
en la agenda internacional y regional debates sobre
la energía y el desarrollo que atraviesan
horizontalmente diversos sectores productivos, pero
que también proveen nuevas bases de cooperación y
conflicto en las relaciones de Estados Unidos con
otras potencias, pero también en el espacio
continental con los países de América del Sur.
Las controversias que
se han planteado en Uruguay durante este siglo en
materia de política exterior y los debates que se
han sucedido sobre la participación del país en
misiones de paz, la firma de un Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos, la flexibilización del
acuerdo regional del MERCOSUR, los problemas
derivados de los uruguayos en el exterior y más
recientemente las relaciones bilaterales con
Argentina como consecuencia del bloqueo de los
puentes ilustran los temas de la agenda nacional
referidos a las relaciones externas. Esta agenda
internacional del país tiene distintos canales de
llegada y pertenece a diferentes ámbitos, lo que
otorga nuevas complejidades a la política exterior.
Uno de los ejes
fundamentales de la política exterior de Uruguay es
el de las relaciones con Estados Unidos. En ese
sentido hay dos núcleos de interés en que las
iniciativas provenientes de Estados Unidos
posibilitan canales de intercambio con Uruguay: el
que concierne a la gobernabilidad internacional y el
vinculado con el modelo de gobernanza
mundial. En el primer ámbito los temas que
conciernen a la democracia, los derechos humanos y
el combate al terrorismo, propician una agenda
positiva. Este punto de partida posibilita
intercambios y posibilidades en otros ámbitos
(cooperación, relaciones económicas, apoyo
financiero), y también determinados compromisos de
parte de Uruguay. Sin embargo, no debe inferirse de
esta convergencia en los principios democráticos y
republicanos, un apoyo en el conjunto de políticas
desplegadas y en la instrumentación de las mismas.
La guerra en Irak significó al respecto el punto de
inflexión por parte de Estados Unidos en esa agenda
positiva con muchos países latinoamericanos, al
buscar vincular las bases de la misma con una
cruzada de una coalición de países de diferentes
continentes para implantar la democracia y continuar
con el combate al terrorismo.
En este primer ámbito
de relaciones con Estados Unidos, vinculado con la
gobernabilidad internacional, Uruguay podría (y
debería) mantener y propulsar con vistas a las
próximas décadas un seguimiento de los temas que
conciernen los principios e instituciones
democráticas y los derechos humanos en el ámbito de
la Organización de las Naciones Unidas y en los
ámbitos correspondientes del continente y la región
sudamericana. La participación y responsabilidad
frente a los mismos proveen bases para participar en
misiones de paz, de observación de procesos
electorales, de supervisión de la aplicación de los
derechos humanos, lo que posibilitará sentar una
plataforma para una mejor inserción política
del país en el sistema internacional.
En lo que concierne a
la gobernanza mundial, Uruguay ha tenido una
posición ambigua durante este siglo, que se reflejó
en los debates sobre un Tratado de Libre Comercio
con Estados Unidos. La ambigüedad proviene del hecho
de que se hicieron patentes en el país los dilemas
señalados anteriormente y a los que el MERCOSUR no
prestó atención, el estancamiento del frente de
negociaciones externo y a su vez la parálisis de la
Ronda de Doha, y como contrapartida, la modificación
del mapa exportador donde Estados Unidos pasó a
cubrir un porcentaje importante de los productos
exportados. Los debates y argumentaciones que se han
propulsado con el cambio de gobierno enfatizan el
intento de flexibilizar las reglas del MERCOSUR y de
posibilitar acuerdos extra-regionales, más que
insistir en una salida del proceso
(Giordano-Quevedo, 2006; Lorenzo 2006). Este punto
de partida, que resulta muy general, no ha obstado a
que se hayan expresado y manifestado sutiles
diferencias entre quienes enfatizan la
profundización del proceso regional a los efectos de
que pueda ser una plataforma para la inserción del
país y los que visualizan la región como una senda
para la inserción internacional (Hodara, 2006). El
énfasis en la profundización del proceso y en buscar
una articulación entre el país productivo y la
región dibuja los matices diferenciales con los
enfoques pragmáticos que enfatizan el acceso al
mercado en escenarios cambiantes (Bittencourt,
2003).
El debate sobre el Tratado de
Libre Comercio con Estados Unidos fue considerado en
general como una herramienta y una posibilidad para
el acceso al mercado más importante del mundo, para
las inversiones externas y para flexibilizar las
reglas de juego de la región. Sin embargo, pocos
enfoques visualizaron el punto como parte del debate
sobre el modelo de gobernanza mundial y sobre
la construcción de una arquitectura institucional
que posibilitara la aplicación de los principios
democráticos y de los derechos del ciudadano en el
espacio global[vii].
La poca
disponibilidad temporal real como para aprobar un
TLC por parte de Estados Unidos, la supervisión
regional de Brasil y la oposición interna de
sectores políticos y sociales llevaron a que el
Presidente de la República tomara la decisión de
canalizar las negociaciones con Estados Unidos hacia
un acuerdo marco de comercio e inversiones. En ese
acuerdo se establece un Consejo de Alto Nivel para
analizar distintos temas (facilitación del comercio
y las inversiones, propiedad intelectual,
biotecnología, tecnología de la comunicación,
compras gubernamentales) y sentar las bases de un
posible Tratado de Libre Comercio. El debate sigue
abierto desde el momento que el déficit en la
construcción del MERCOSUR aunado a la insuficiente
disponibilidad de los socios grandes en el camino de
la profundización y de la cohesión regional y a
algunas situaciones bilaterales que obstinadamente
son sacadas por interés nacional del ámbito
regional continúen dando argumentos a quienes
visualizan la vía de los Tratados de Libre Comercio
como el camino para la inserción competitiva del
país y para mejorar los términos del proceso
regional.
La apuesta a concretar
Tratados de Libre Comercio con global traders
plantea un camino para la inserción competitiva del
país. Este camino traduce una opción por un modelo
de gobernanza mundial, que aparta al país de
un posible aporte a una construcción regional
multidimensional, como resulta el modelo europeo y
deja abierto el flanco a un incremento del
cuestionamiento regional y de la dimensión política
y social. Estos desarrollos seguirán y no se
detendrán por más que se intente diferenciar el
comercio de la política y de la ideología,
como si los flujos de las corrientes humanas fueran
etéreos y no transmitieran los contenidos que las
circunscriben[viii].
Otro de los ejes
fundamentales de la política exterior de Uruguay es
el de las relaciones regionales. En este marco se
incluyen el MERCOSUR, las relaciones bilaterales con
Argentina y Brasil, el modelo de integración y de
cooperación regional. En el MERCOSUR, los temas
relevantes para Uruguay atañen las asimetrías, la
integración productiva, la facilitación del
comercio, la consolidación del proceso, la reforma
institucional, las negociaciones externas y la
consideración de un estatuto diferenciado de
economía menor en las mismas. Varios de estos temas
han ido avanzando en la línea de considerar las
asimetrías, las economías menores del MERCOSUR y la
consolidación del proceso. En esa dirección pueden
contarse la implementación de la Decisión 54/04 por
la cual se fijan pautas y plazos para la eliminación
del doble cobro del Arancel Externo Común, la
flexibilización de las reglas de origen a favor de
las economías menores, la entrada en vigor del Fondo
para la Convergencia Estructural (FOCEM) con la
aprobación de once proyectos-piloto, la puesta en
marcha del Parlamento MERCOSUR y la continuidad de
los trabajos para una reforma institucional. Sin
embargo, la lentitud en la aplicación de las
decisiones y resoluciones, la vigilancia de los
Estados sobre una posible regionalización de las
políticas y de asuntos región-mésticos, la
reafirmación de las características
intergubernamentales del proceso, las dificultades
en organizar la participación multidimensional de
actores de la sociedad civil y de diferentes
espacios territoriales, aunado a cuestiones
concretas e inmediatas que surgen en la
cotidianeidad vinculadas al comercio replantean la
cuestión de la participación del país y de su papel
en el MERCOSUR.
La inserción
regional del país atañe no solamente al MERCOSUR
y los vínculos con los países vecinos, sino también
las relaciones externas del bloque, la articulación
del mismo con los procesos globales y con los
distintos espacios: sudamericano,
latinoamericano/caribeño, iberoamericano,
euro-latinoamericano, continental y mundial. El
MERCOSUR seguirá estando en la agenda política y
social en los próximos años, tanto por los avances y
contenidos concretos, como por el hecho de que se
pondrá a prueba las capacidades y potencial para
profundizar su papel de articulador con los procesos
globales.
Uruguay es un país que tiene
varias denominaciones marítimo, pradera, frontera-,
que buscan caracterizarlo y que resultan difíciles
de articular. El proceso de globalización
regionalización replantea estas caracterizaciones y
en particular la frontera en tanto línea de
demarcación y delimitación nacional. Es en las
regiones fronterizas donde se perciben los síntomas
de muchos de los cambios que se van produciendo a
nivel territorial y que adelantan otros de mayor
envergadura. La mirada a las fronteras con Argentina
y Brasil es una muestra de las diferencias en las
políticas exteriores de nuestros vecinos. Mientras
las relaciones externas de Argentina han estado
caracterizadas por los conflictos con los países
vecinos, Brasil tiene una política de Estado con un
cuidado específico hacia sus extensas fronteras[ix].
Algunas referencias de lo que acontece en regiones
fronterizas posibilitan avanzar en los escenarios
que condicionarán el desarrollo de los próximos
años. Entre las mismas pueden identificarse los
bloqueos de los puentes por el reiterado argumento
de la contaminación de las aguas que realizará la
Empresa Botnia y la aplicación de la Nueva Agenda de
Cooperación y Desarrollo Fronterizo Uruguay
Brasil.
El bloqueo de los puentes
atañe dos puntos en que los avances de la
globalización-regionalización pondrán en
cuestionamiento la inserción fronteriza de
Uruguay: la intromisión de actores privados en la
esfera pública y en las relaciones bilaterales de
los países; la consideración de una normativa
regional para la regulación, contralor, y aplicación
de la legislación y jurisdicción correspondiente de
Empresas Trasnacionales que operen en región
fronteriza[x].
La Nueva Agenda de Cooperación
y Desarrollo Fronterizo Uruguay Brasil, es un
ejemplo, desde la perspectiva brasileña, del buen
funcionamiento de un régimen fronterizo binacional
que debe continuar adaptándose por su especificidad
(Moreira, 2005)[xi]. Los cuatro Grupos de
Trabajo Salud, Educación, Cooperación Policial y
Judicial, Medio Ambiente y Saneamiento- han logrado
avances concretos en temas de alta sensibilidad para
la zona (Navarrete, 2006). Por otra parte, Brasil
está promoviendo acciones bilaterales concretas en
materia de educación superior, en iniciativas
productivas y en facilitación del comercio
fronterizo, que avanzan cambios que traerán
aparejados otras consecuencias para Uruguay en la
producción, las políticas de ordenamiento
territorial, de salud, educación y en materia de
población. La agenda positiva en el desarrollo de la
Nueva Agenda de Cooperación y Desarrollo Fronterizo
Uruguay- Brasil abre otras posibilidades en el eje
de la inserción fronteriza, tanto en materia
de seguridad ciudadana, educación, salud y ambiente
como en proyectos vinculados con el plan de
Integración de la Infraestructura Regional
Sudamericana (IIRSA) y los que pueda presentar el
país en el marco del FOCEM.
Las relaciones
bilaterales con Argentina y principalmente en este
momento con Brasil son, como lo fueron en décadas
pasadas, un ordenador de la agenda y un anticipo de
posibles desarrollos bilaterales y regionales en el
futuro. En ese sentido resultan de sumo interés
algunos puntos que fueron aprobados en la
declaración conjunta de Presidentes de Brasil y
Uruguay de febrero de este año en materia de
proyectos conjuntos y de facilidades crediticias
para las inversiones. En esa Declaración, además de
reivindicar la profundización de la integración
productiva en el marco del MERCOSUR y de fomentar la
presentación de propuestas para la eliminación de
asimetrías, se enfatizó en culminar las
negociaciones para renovar el Acuerdo Automotriz
entre Uruguay y Brasil (ACE nº 2) a los efectos de
que sirva para reiniciar los trabajos para una
Política Automotriz del MERCOSUR.
La inserción
regional de Uruguay no solamente está acotada a
la marcha del proceso regional del MERCOSUR, las
relaciones con Argentina y Brasil y fronterizas,
sino también debe encuadrarse en la reformulación
sudamericana y continental sobre algunos regímenes y
temas, como es el caso la producción y distribución
de energía (Pacheco Simanca, 2005). En ese sentido,
la I Cumbre Energética marcó determinadas pautas y
definiciones para la Unión de Naciones Sudamericanas
en la proyección de un Tratado Energético
Suramericano, que convergen con la creación de un
Banco del Sur y otras propuestas regionales. En esos
movimientos Uruguay busca posicionarse, para una
mejor inserción energética, en la producción de
biocombustibles y en la red de distribución del
Gasoducto del Sur.
Como los movimientos
regionales de cooperación se dan en un determinado
marco político, interesa resaltar el hecho de que
existen diferencias entre los países en la
construcción de la integración regional sudamericana
entre quienes enfatizan el objetivo de una
alternativa a la globalización (e incluso a
determinada forma de democracia y de hacer
política), quienes visualizan los proyectos de
cooperación y los acuerdos de libre comercio como la
base de la propuesta regional y quienes enfatizan
como estrategia la consecución de una integración
regional de múltiples niveles en que los Estados
definen la orientación y mantienen sus competencias[xii].
Estas visiones y caminos que trasuntan modelos
diferentes de cooperación-integración y propuestas
de desarrollo y funcionamiento, se plantean desde
el Estado, núcleos de poder y de instancias de
generación de proyectos e ideas, lo cual abre
opciones, limitadas estructuralmente, a los socios
pequeños de la región (Briceño Ruiz Alvarez de
Flores, 2006).
Las posibilidades que
tiene Uruguay de incidir en el ámbito sudamericano
van a depender de su inserción mercosuriana,
porque el MERCOSUR es el único espacio en el que el
país puede incidir directamente en su proyección al
espacio regional. Al respecto, la estrategia de
forzar al máximo las posibilidades de flexibilizar
el MERCOSUR alcanzó un techo para el país, que tiene
relación con los tiempos y respuestas de la región
por una parte y con lo que pretende y propone en
concreto Uruguay por la otra. Uruguay ha jugado un
papel determinado en la región que buscó continuar
dos líneas de pensamiento y de acción: la del
realismo que desde la perspectiva de un socio
pequeño planteó como orientación fundamental la
equidistancia entre los vecinos y la no ingerencia y
la del funcionalismo que desde el marco teórico de
la integración buscó consolidar los soportes
institucionales y normativos de los procesos
regionales. El cambio en las relaciones regionales,
que ha derivado en una asociación estratégica
argentino-brasilera, condiciona a Uruguay en tanto
socio pequeño y lo empuja a definir otra política
vinculada con la segunda línea de pensamiento. Es
así que se conjugan para Uruguay la viabilidad del
MERCOSUR con lo que puede aportar el Uruguay al
bloque y recibir del mismo (Caetano - Vaillant,
2004).
El MERCOSUR también
es el eje principal de las negociaciones externas y
un articulador regional de las relaciones políticas
y económicas internacionales. De los distintos
ámbitos en los que el MERCOSUR negocia, el de las
relaciones con la Unión Europea constituye el
epicentro de diversos asuntos que tienen múltiples
ramificaciones en temas concernientes a la
gobernabilidad internacional y la gobernanza
mundial. Las dificultades en la larga y lenta
negociación dan cuenta de los contextos, factores y
actores que inciden en la misma, pero además de las
diferencias en las prioridades, contenidos y
orientación entre ambos bloques (Bizzozero -
Vaillant, 2003; Bizzozero, 2007).
Uruguay (y también el
MERCOSUR) se encuentra inserto en distintos espacios
que confluyen, cooperan y compiten de acuerdo a los
temas y áreas en la defensa de intereses específicos
y construcción de un determinado orden internacional
y global: el continental, el sudamericano, el
latinoamericano, euro-latinoamericano/caribeño,
iberoamericano. En esos distintos espacios, los
emigrantes han pasado a ser un asunto relevante, que
atañe distintos aspectos: el de los derechos
humanos, el financiero, el de las relaciones con el
país de residencia, las posibilidades de canalizar
proyectos científicos y productivos entre otros. La
inclusión de la dimensión social entre los temas de
la política exterior del país da cuenta también de
la necesidad de implementar algunas propuestas y
recursos institucionales y humanos que atiendan esta
faceta de la inserción a las distintas dimensiones
de la inserción del país pautarán las relaciones
internacionales del país.
La expresión de las
diversas facetas de la inserción internacional del
país en el siglo XXI plantea desafíos globales,
dilemas regionales y coyunturas nacionales. La
modalidad en que se procese la articulación entre
los distintos ámbitos y la prioridad que asignemos
señales del camino que queramos transitar y del
modelo de desarrollo al que queramos llegar. En las
próximas décadas iremos hacia mayores grados de
participación regional, donde se pondrán a prueba
las distintas dimensiones de la inserción del país
al mundo. En las respuestas que se vayan dando en
las distintas dimensiones de la inserción del país
se irá forjando un camino y un arquetipo de
regionalismo, que buscará contemplar el desarrollo
humano y social.
Pagina vinculante:
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[i]
Alberto Methol Ferré (1969) El Uruguay
como problema (Montevideo, EBO), 2ª.
Edición, es quien presenta la intrínseca
vinculación entre las capacidades nacionales
en el plano interno y la necesidad de
asegurar el frente externo. Luis Alberto de
Herrera (1988) El Uruguay internacional
(Montevideo, Cámara de Representantes) 1ª
edición en 1911, es el pionero y referente
del pensamiento internacional del país.
[ii]
Esto por supuesto implicaba más que la
colocación de las exportaciones, las
negociaciones sobre aranceles o sobre cuotas
(Magariños, 1994)
[iii]
El espacio es una noción territorial con un
contenido geopolítico y de comunidades
humanas. Puede referirse a una civilización
como en el caso de Huntington o bien a una
división geográfica (Europa, América, Asia),
o a asociaciones políticas en proceso y/o en
negociaciones (espacio euro-mediterráneo,
espacio iberoamericano).
[iv]
El concepto inserción internacional no se
encuentra en el diccionario de Relaciones
Internacionales como noción propia de la
disciplina. Tampoco se lo ubica como
instrumento o finalidad en relación a la
política exterior. Véase al respecto,
Marie-Claude Smouts Darío Battistella
Pascal Vennesson (2003) Dictionnaire des
relations internacionales Paris,
Dalloz.
[v]
Estos temas han sido tratados en la
literatura reciente a partir del nuevo
escenario resultante de la aprobación de la
OMC y de los acuerdos en distintas
disciplinas. La novedad de los temas plantea
múltiples derivaciones y complejidades que
no resultan de fácil dilucidación.
[vi]
La referencia a los países menos
desarrollados y socios pequeños está
planteada expresamente. La categoría de
países menos desarrollados tiene una
referencia específica en materia de
desarrollo, en cambio el socio pequeño tiene
una connotación comparativa y de escala que
se expresa en los acuerdos de los cuales
forma parte y en las negociaciones.
[vii]
Una de las excepciones fue el estudio
realizado por la COMISEC (2006) Aspectos
de la inserción internacional del Uruguay.
Análisis y reflexiones Presidencia de la
República, Oficina de Planeamiento y
Presupuesto, Montevideo, Uruguay. La
Universidad de la República organizó un
debate sobre la inserción internacional del
Uruguay cuyo disparador fue la posibilidad
de firmar un TLC con Estados Unidos. La
organización de las jornadas previó
distintos temas álgidos del debate: las
negociaciones internacionales en la OMC,
acceso a mercados, compras gubernamentales,
propiedad intelectual y política exterior de
Uruguay.
[viii]
Los anexos laboral y ambiental al Tratado de
Libre Comercio de América del Norte son una
de las muestras más cercanas y provocativas
en cuanto al alcance a darle a los
principios, contenidos y reglas del régimen
de comercio internacional. El denominado
libre flujo de bienes al amparo de regímenes
que no contemplan los derechos humanos y
sociales elementales han llevado a
desarticular sectores enteros, como pasó con
los productos provenientes de China en la
década de los noventa. En materia de
acuerdos con global traders, un
Tratado de Libre Comercio con China traería
aparejado otras consecuencias, que deberían
ser analizadas cuidadosamente antes de
difundirlas como una opción estratégica o
negociadora de Uruguay en el marco de
transiciones importantes. Los recientes
casos de juguetes chinos con material
tóxico, son solamente una de las puntas de
un iceberg difícil de ocultar.
[ix]
La Constitución Federal de Brasil prevé
políticas territoriales específicas para la
faixa de fronteira, que abarca un 27 % del
territorio nacional.
[x]
La operación no tiene por qué tener efectos
contaminantes para que opere la normativa
regional en la región fronteriza. Este
resulta un primer paso en una normativa para
el espacio regional, pero tiene efectos
específicos en una zona que resulta especial
por sus características.
[xi]
La iniciativa para modificar la aproximación
a la frontera y considerarla como una
oportunidad para el desarrollo e integración
regional partió de Uruguay. La Nueva Agenda
es una concreción de este siglo, así como
otros mecanismos bilaterales en la relación
política uruguayo-brasileña, como lo es el
Mecanismo de Consultas y Concertación
Política que tuvo su primera reunión en
agosto del 2005.
[xii]
Claramente no se incluye el modelo europeo
en las perspectivas inmediatas, aun cuando
se encuentra como una alternativa presente
en el imaginario colectivo de políticos y
analistas. A pesar de que existe masa
crítica para plantearla como posibilidad,
la corriente de la historia da cuenta de
un renovado vigor del Estado como respuesta
a las desenfrenadas consecuencias del
modelo neo-liberal.
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