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Ningún emigrante va a un país en
donde no existen posibilidades
de trabajo
por José Carlos García Fajardo
El pánico
ante la falsa invasión de inmigrantes responde a
cuestiones económicas y educativas. La Unión Europea
necesita cada año tres millones de inmigrantes para
estabilizar las curvas demográficas.
A ellos se deben las altas en la
Seguridad Social, el pago de las pensiones y de
impuestos, además de la ayuda a las personas mayores
y a los niños que alegran plazas y jardines
En la Unión Europea existe un
pánico irracional ante la falsa invasión de
inmigrantes, cuando no se trata más que de un
reajuste de la economía ante la crisis imperante.
Ningún emigrante va a un país en donde no existen
posibilidades de trabajo que le permitan vivir en
mejores condiciones que en sus países de origen, y
ayudar a sus familias. Con todas sus limitaciones y
agravios comparativos con los europeos, la
posibilidad de un trabajo remunerado, así como el
acceso a asistencia médica, higiene, mejoras
sociales, y a la posibilidad para sus hijos de
asistir a la escuela y de integrarse como
ciudadanos, es demasiado atractiva como para merecer
las penalidades que sean necesarias. No olvidemos
que más del 90% de los inmigrantes entran por los
aeropuertos o por las carreteras. Es falso que su
situación corresponda a las imágenes de las pateras
en el Mediterráneo. Y entraban por aeropuertos y
carreteras porque a los Estados europeos les
convenía su entrada, porque los necesitábamos.
Ante esa trapacería de los
poderes económicos y políticos, que podría derivar
en una xenofobia fascista como en Italia, es preciso
afirmar que en la Unión Europea necesitamos cada año
tres millones de inmigrantes porque nuestras curvas
demográficas se hunden por falta de nacimientos
suficientes para compensar fallecimientos y
jubilaciones, y por el envejecimiento de la
población que supone un enorme gasto de farmacia, de
atención médica, hospitalaria y de residencias
adecuadas. Para paliar esta situación vino en
nuestra ayuda la inmigración a la que debemos las
altas en la Seguridad Social, el pago de las
pensiones, de impuestos, y atender a millones de
puestos de trabajo que quedan sin cubrir como los
agrícolas, de la construcción, hostelería, servicios
municipales, domésticos y esa impagable ayuda a las
personas mayores y a los niños que alegran nuestras
plazas y jardines.
¿De qué hablamos cuando nos
referimos al racismo y a la xenofobia? Ninguno
pondríamos objeciones a ser vecinos del argelino
Zidane, de los negros Denzel Washington, Thierry
Henry, Michael Jordan, Whitney Houston, la escritora
norteamericana Toni Morrison, del candidato Obama,
Kofi Annan, Nelson Mandela, Desmond Tutu, Julius
Nyerere y el escritor nigeriano Ben Okri, de los
judíos Barenboim, Einstein, Philip Roth, Noah
Gordon, Norman Mailer, Paul Auster, Jaiffer, Barbara
Streisand, Cuba Gooding Jr, Woody Allen, Steven
Spielberg, Eric Hobsbawm, los musulmanes Salman
Rushdie, Omar Sharif, Naguib Mahfuz, Sami Naïr, los
hindúes Tagore, Gandhi, Nheru, y un enorme etcétera
sin el que el mundo habría resultado empobrecido.
Luego, no se trata del color de
la piel, ni de los hábitos alimenticios o de
prácticas religiosas sino estricta y llanamente de
una cuestión económica y de educación. Por eso, ante
el miedo que nos producen, dictamos una serie de
reglas como la OMC ha hecho con sus productos
agrícolas para favorecer nuestras exportaciones. No
así con el petróleo, el gas y las materias primas
que hemos convertido en imprescindibles para nuestro
modo de vida y de despilfarro. ¿Cómo podría
sobrevivir la Unión Europea sin los hidrocarburos,
los minerales, la pesca, las maderas, el coltan, la
bauxita, el café, té, cacao, soja, y tantas
riquezas que hemos mantenido bajo control o mediante
testaferros que nos han permitido conservar las
riquezas y desprendernos de las obligaciones que
teníamos durante el colonialismo.
El borrador francés para
endurecer la política europea de inmigración tiene
cinco puntos fundamentales. La UE será más estricta
en el control de las fronteras. A partir de 2011, se
expedirán sólo visados biométricos (con datos
fisonómicos del solicitante). También proponen crear
un Estado Mayor de Frontex (la policía europea de
fronteras). Se desplegarían instrumentos de
tecnología moderna en las fronteras, como un
registro automático y un sistema de vigilancia
interconectado. Se equiparía a las policías de los
países limítrofes con la UE para que contengan los
flujos migratorios. ¿Quién teme a quién en estos
guetos en los que pretendemos encerrarnos?.
Los Estados de la Unión
Europea renunciarán a las regularizaciones masivas.
Los papeles se darán en condiciones excepcionales y
caso por caso. Ningún país tomará medidas
administrativas o legislativas sin informar al
resto. Los Gobiernos favorecerán una inmigración
escogida, de carácter profesional: trabajadores
mejor formados para los empleos que Europa necesite
cubrir. Como hicimos con la selección de esclavos.
Para el que pretenda reunirse con su familia se
tendrá en cuenta la capacidad de integración
(recursos, alojamiento, dominio de la lengua). No
recuerdo que a los emigrantes europeos a América,
África, Asia y Australia les exigieran esto. Y habrá
un muy discutible contrato de integración: para
obtener la residencia, los extranjeros además de
aprender el idioma, conocerán las identidades
nacionales y valores como la igualdad entre sexos,
la tolerancia o el respeto a nuestras costumbres.
Los Estados agilizarán las
expulsiones, utilizando vuelos de regreso
conjuntos. ¿Los esposarán y administrarán fármacos
para que no molesten, como se ha hecho en muchas
ocasiones? En cinco años, la Unión Europea debe
haber aprobado acuerdos de readmisión con los
principales países de origen. Las sanciones contra
el tráfico de personas serán al menos tan duras como
las que combaten el narcotráfico.
Pero nada se dice para que los
Estados europeos acaben con el expolio de las
riquezas humanas y materiales a las que denominamos
recursos, buenos para ser explotados. Ni de
invertir en los países de origen parte de los
beneficios obtenidos con sus aportaciones.
Profesor Emérito
de la Universidad
Complutense de
Madrid (UCM)
fajardoccs@solidarios.org.es
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